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Universitarios
Fandom: Historia
Creado: 18/1/2026
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RomanceHistóricoUA (Universo Alternativo)Estudio de PersonajeLenguaje ExplícitoPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Ambientación CanonLirismo
El Lavabo y la Frontera
La tarde se estiraba en un lienzo de oro y sombras por los ventanales góticos de la Universidad. El campus, usualmente un hervidero de mentes inquietas, comenzaba a vaciarse, dejando un eco de pasos lejanos y el murmullo del viento entre las hojas secas. Isaac Newton, como siempre, era el último en irse de la biblioteca, envuelto en el aura de su propia gravedad. Sus pasos, metódicos y silenciosos, lo llevaron por un pasillo lateral, uno de esos corredores olvidados que conectaban las alas más antiguas del edificio. No había nadie, o al menos eso creía.
De pronto, una sombra familiar se deslizó por el arco de piedra y desapareció en la penumbra de un pasadizo estrecho. Colón. El corazón de Newton dio un vuelco, un temblor impropio de su habitual compostura. Se detuvo, su mente analítica intentando procesar el impulso irracional que lo invadía. ¿Seguirlo? ¿A dónde?
El pasadizo llevaba a un ala en desuso, conocida por sus baños antiguos, clausurados por reparaciones. Nadie iba allí. Era un lugar muerto, olvidado. Pero la imagen de Colón, esa silueta audaz y un poco salvaje, se había grabado en su retina. Una fuerza gravitacional, más allá de cualquier ley que él hubiera formulado, lo atrajo.
Cambiando su rumbo, Isaac se adentró en el pasillo, percibiendo el aire más frío, el silencio más denso. La puerta de madera, marcada con un cartel de "Mantenimiento", estaba entreabierta. Una hendija oscura. Dudó un instante, el último vestigio de su razón luchando contra la m marea de una curiosidad prohibida. Luego, el deseo, puro y simple, se impuso. Empujó la puerta.
El baño era cavernoso, con azulejos blancos y negros que formaban un patrón laberíntico en el suelo. Los lavabos de porcelana, antiguos y manchados, se alineaban bajo espejos empañados por el tiempo. El aire era pesado, con un olor a humedad y a algo metálico, casi eléctrico. Y allí estaba Colón, apoyado contra uno de los lavabos, con la mirada fija en el reflejo de la ventana.
Al escuchar el crujido de la puerta, se giró. Sus ojos oscuros, profundos, se posaron en Newton. Una sonrisa lenta y provocadora se extendió por su rostro.
–Sabía que vendrías –dijo Colón, su voz un susurro ronco que resonó en el espacio vacío. El sonido era extrañamente íntimo.
Newton no respondió. Se quedó inmóvil, como un cervatillo atrapado por la luz. La puerta, con un chirrido lúgubre, se cerró detrás de él. El golpe seco resonó, sellándolos dentro. La oscuridad se intensificó, y por un momento, Isaac se sintió atrapado, no solo en la habitación, sino en la órbita de Colón.
Colón dio un paso, luego otro, acortando la distancia entre ellos. Isaac no se movió. Su mente, habitualmente una fortaleza de lógica, estaba en caos. Las fórmulas, las leyes, todo lo que lo definía, se desvanecía ante la presencia magnética de este hombre.
Cristóbal se detuvo a centímetros de él, su aliento cálido rozando la piel de Isaac. La proximidad era electrizante. Isaac sintió el calor irradiando del cuerpo de Colón, la fuerza contenida en sus hombros, la promesa peligrosa en sus ojos.
–¿Te atreves, Newton? –preguntó Colón, su voz apenas audible. Un desafío, una invitación.
Isaac tragó saliva. Sus manos, que normalmente sostenían plumas y compases con precisión, temblaban. No sabía qué responder, no sabía qué hacer. Solo sabía que no quería que Colón se alejara.
Colón, con una seguridad que desarmaba, tomó la iniciativa. Extendió una mano y rozó la mejilla de Isaac, un toque ligero como una chispa. Isaac se estremeció. Los dedos de Colón delinearon la línea de su mandíbula, luego se deslizaron por la nuca, aferrándose con firmeza.
–Nadie nos encontrará aquí –murmuró Colón, sus ojos fijos en los de Isaac.
Luego, sin previo aviso, se inclinó y sus labios se encontraron. El beso fue brusco al principio, hambriento. Isaac sintió una explosión de sensaciones: el sabor a menta y algo salado de la boca de Colón, la suavidad de sus labios, la presión de su cuerpo. Nunca había experimentado algo así. Era un caos bendito.
Isaac, torpe y hambriento, respondió con una urgencia que lo sorprendió. Sus manos, antes temblorosas, se alzaron y se aferraron a los hombros de Colón, arrugando la tela de su chaqueta. Sus labios se movieron con una ferocidad inexperta, abriendo paso a la lengua de Colón, que exploró cada rincón de su boca.
El beso se profundizó, volviéndose más insistente. Colón lo guió, con una mano en su nuca y la otra en su cintura, empujándolo suavemente hacia atrás hasta que la espalda de Isaac chocó con el frío de la porcelana del lavabo. El impacto fue un recordatorio de dónde estaban, un contraste brutal entre la frialdad del mármol y el fuego que los consumía.
Isaac se arqueó contra el lavabo, su cuerpo respondiendo a cada movimiento de Colón. Sus piernas se entrelazaron, sus respiraciones se mezclaron en un ritmo frenético. Los gemidos de Colón fueron bajos, guturales, mientras que los de Isaac eran ahogados, casi inaudibles, una mezcla de sorpresa y rendición.
Colón separó sus labios por un instante, solo para hablar.
–¿Lo sientes, Newton? –su voz era áspera, cargada de una pasión que Isaac no creía posible. –¿Sientes cómo esto nos consume?
Isaac no pudo hablar. Solo asintió, sus ojos cerrados, su mente en blanco, excepto por la abrumadora sensación de la piel de Colón contra la suya, el olor de su cuerpo, el sabor de su boca.
Las manos de Colón se deslizaron por la espalda de Isaac, desabrochando los botones de su camisa con una habilidad sorprendente. Isaac hizo lo mismo, sus dedos torpes luchando con la tela de Colón, con la impaciencia de un hombre que descubre un nuevo lenguaje.
La ropa cayó al suelo, formando pequeños montículos oscuros en el suelo de azulejos. El aire fresco del baño se sintió delicioso contra su piel caliente. Colón empujó a Isaac más contra el lavabo, sus cuerpos desnudos chocando con una fuerza que los dejó sin aliento.
La intimidad se consumó de una manera cruda y real. Colón era el de arriba, el que tomaba el control, el que guiaba cada movimiento. Isaac, el de abajo, se dejó llevar, su cuerpo cediendo a una fuerza mayor que la gravedad misma. Los gemidos ahogados, los suspiros, el roce de sus pieles... cada sonido, cada sensación, era un descubrimiento.
El tiempo se comprimió, el ruido del campus desapareció. Solo existían ellos dos, en ese baño abandonado, en ese momento suspendido. El eco de sus cuerpos chocando contra el lavabo, el sonido de sus besos, se mezclaban en una sinfonía secreta.
Mientras tanto, en el pasillo exterior, Nikola Tesla, cómplice absoluto, vigilaba. Su rostro pálido y anguloso, iluminado por la tenue luz de una linterna, se mantenía en alerta. Sus oídos, afinados como los de un murciélago, captaban cualquier sonido que pudiera indicar una presencia no deseada. Cada pocos minutos, consultaba su reloj de bolsillo, marcando el tiempo que les quedaba. Era un guardián silencioso, un arquitecto de la privacidad de sus amigos. Sabía que lo que ocurría allí era más que un simple encuentro; era una frontera cruzada, un punto de no retorno.
Dentro del baño, Colón se movió con una intensidad que hizo a Isaac jadear. Sus cuerpos se unieron en un ritmo ancestral, en una danza de piel y aliento. Isaac, al principio rígido, se fue soltando, sus caderas respondiendo con una naturalidad que lo asombró. Sus manos, antes tímidas, ahora se aferraban a la espalda de Colón, arañando la piel con una inconsciencia placentera.
Colón susurró palabras en su oído, palabras que Isaac no entendía por completo, pero que sentía en cada fibra de su ser: promesas de descubrimiento, de viajes a lugares inexplorados, de una pasión que lo arrastraría más allá de sí mismo.
El orgasmo llegó como una explosión, un torbellino de sensaciones que lo dejó sin aliento, tembloroso, completamente expuesto. Colón se aferró a él, sus cuerpos temblaban juntos en la resaca del placer.
Cuando la respiración se normalizó, cuando el temblor disminuyó, Colón se apoyó en el hombro de Isaac, sus labios rozando su cuello.
–Lo sabías, ¿verdad? –murmuró Colón. –Sabías que esto iba a pasar.
Isaac asintió, incapaz de articular una palabra. Su mente estaba en una nebulosa, su cuerpo agotado, pero su espíritu se sentía extrañamente ligero, liberado.
Con un suspiro, Colón se separó lentamente, sus ojos oscuros brillando con una satisfacción innegable. Ayudó a Isaac a vestirse, sus manos rozando su piel con una familiaridad que ya no era nueva, sino esperada.
Unos minutos después, la puerta se abrió un poco. Tesla asomó la cabeza, sus ojos claros escaneando la escena.
–Cinco minutos –dijo en un susurro.
Colón asintió. Se volvió hacia Isaac, sus labios se curvaron en una sonrisa.
–Nos vemos en clase, Newton.
Y con eso, salió, dejando a Isaac con el corazón latiendo a mil por hora, su cuerpo aún resonando con el eco de lo que acababa de suceder.
Isaac se recompuso, sus manos temblorosas abotonando su camisa. Se miró en el espejo empañado. Su cabello estaba revuelto, sus labios hinchados, sus ojos brillaban con una luz nueva. Ya no era el mismo. Había cruzado una frontera, y no había vuelta atrás.
Unos minutos después, salió del baño, su paso más ligero de lo habitual. Tesla lo esperaba en el pasillo, su rostro una máscara de calma, pero sus ojos brillaban con una comprensión silenciosa.
–¿Todo bien, Isaac? –preguntó Tesla, su voz suave.
Isaac asintió, incapaz de mirarlo a los ojos.
–Sí, Nikola. Todo bien.
Salieron del edificio, separados, desordenados y satisfechos, con la certeza silenciosa de que no había sido una escapada inocente, sino una frontera cruzada que ya no podía deshacerse. El mundo exterior les pareció más brillante, más intenso, como si la realidad misma se hubiera recalibrado. La gravedad, para Isaac Newton, había adquirido una nueva y deliciosa definición.
De pronto, una sombra familiar se deslizó por el arco de piedra y desapareció en la penumbra de un pasadizo estrecho. Colón. El corazón de Newton dio un vuelco, un temblor impropio de su habitual compostura. Se detuvo, su mente analítica intentando procesar el impulso irracional que lo invadía. ¿Seguirlo? ¿A dónde?
El pasadizo llevaba a un ala en desuso, conocida por sus baños antiguos, clausurados por reparaciones. Nadie iba allí. Era un lugar muerto, olvidado. Pero la imagen de Colón, esa silueta audaz y un poco salvaje, se había grabado en su retina. Una fuerza gravitacional, más allá de cualquier ley que él hubiera formulado, lo atrajo.
Cambiando su rumbo, Isaac se adentró en el pasillo, percibiendo el aire más frío, el silencio más denso. La puerta de madera, marcada con un cartel de "Mantenimiento", estaba entreabierta. Una hendija oscura. Dudó un instante, el último vestigio de su razón luchando contra la m marea de una curiosidad prohibida. Luego, el deseo, puro y simple, se impuso. Empujó la puerta.
El baño era cavernoso, con azulejos blancos y negros que formaban un patrón laberíntico en el suelo. Los lavabos de porcelana, antiguos y manchados, se alineaban bajo espejos empañados por el tiempo. El aire era pesado, con un olor a humedad y a algo metálico, casi eléctrico. Y allí estaba Colón, apoyado contra uno de los lavabos, con la mirada fija en el reflejo de la ventana.
Al escuchar el crujido de la puerta, se giró. Sus ojos oscuros, profundos, se posaron en Newton. Una sonrisa lenta y provocadora se extendió por su rostro.
–Sabía que vendrías –dijo Colón, su voz un susurro ronco que resonó en el espacio vacío. El sonido era extrañamente íntimo.
Newton no respondió. Se quedó inmóvil, como un cervatillo atrapado por la luz. La puerta, con un chirrido lúgubre, se cerró detrás de él. El golpe seco resonó, sellándolos dentro. La oscuridad se intensificó, y por un momento, Isaac se sintió atrapado, no solo en la habitación, sino en la órbita de Colón.
Colón dio un paso, luego otro, acortando la distancia entre ellos. Isaac no se movió. Su mente, habitualmente una fortaleza de lógica, estaba en caos. Las fórmulas, las leyes, todo lo que lo definía, se desvanecía ante la presencia magnética de este hombre.
Cristóbal se detuvo a centímetros de él, su aliento cálido rozando la piel de Isaac. La proximidad era electrizante. Isaac sintió el calor irradiando del cuerpo de Colón, la fuerza contenida en sus hombros, la promesa peligrosa en sus ojos.
–¿Te atreves, Newton? –preguntó Colón, su voz apenas audible. Un desafío, una invitación.
Isaac tragó saliva. Sus manos, que normalmente sostenían plumas y compases con precisión, temblaban. No sabía qué responder, no sabía qué hacer. Solo sabía que no quería que Colón se alejara.
Colón, con una seguridad que desarmaba, tomó la iniciativa. Extendió una mano y rozó la mejilla de Isaac, un toque ligero como una chispa. Isaac se estremeció. Los dedos de Colón delinearon la línea de su mandíbula, luego se deslizaron por la nuca, aferrándose con firmeza.
–Nadie nos encontrará aquí –murmuró Colón, sus ojos fijos en los de Isaac.
Luego, sin previo aviso, se inclinó y sus labios se encontraron. El beso fue brusco al principio, hambriento. Isaac sintió una explosión de sensaciones: el sabor a menta y algo salado de la boca de Colón, la suavidad de sus labios, la presión de su cuerpo. Nunca había experimentado algo así. Era un caos bendito.
Isaac, torpe y hambriento, respondió con una urgencia que lo sorprendió. Sus manos, antes temblorosas, se alzaron y se aferraron a los hombros de Colón, arrugando la tela de su chaqueta. Sus labios se movieron con una ferocidad inexperta, abriendo paso a la lengua de Colón, que exploró cada rincón de su boca.
El beso se profundizó, volviéndose más insistente. Colón lo guió, con una mano en su nuca y la otra en su cintura, empujándolo suavemente hacia atrás hasta que la espalda de Isaac chocó con el frío de la porcelana del lavabo. El impacto fue un recordatorio de dónde estaban, un contraste brutal entre la frialdad del mármol y el fuego que los consumía.
Isaac se arqueó contra el lavabo, su cuerpo respondiendo a cada movimiento de Colón. Sus piernas se entrelazaron, sus respiraciones se mezclaron en un ritmo frenético. Los gemidos de Colón fueron bajos, guturales, mientras que los de Isaac eran ahogados, casi inaudibles, una mezcla de sorpresa y rendición.
Colón separó sus labios por un instante, solo para hablar.
–¿Lo sientes, Newton? –su voz era áspera, cargada de una pasión que Isaac no creía posible. –¿Sientes cómo esto nos consume?
Isaac no pudo hablar. Solo asintió, sus ojos cerrados, su mente en blanco, excepto por la abrumadora sensación de la piel de Colón contra la suya, el olor de su cuerpo, el sabor de su boca.
Las manos de Colón se deslizaron por la espalda de Isaac, desabrochando los botones de su camisa con una habilidad sorprendente. Isaac hizo lo mismo, sus dedos torpes luchando con la tela de Colón, con la impaciencia de un hombre que descubre un nuevo lenguaje.
La ropa cayó al suelo, formando pequeños montículos oscuros en el suelo de azulejos. El aire fresco del baño se sintió delicioso contra su piel caliente. Colón empujó a Isaac más contra el lavabo, sus cuerpos desnudos chocando con una fuerza que los dejó sin aliento.
La intimidad se consumó de una manera cruda y real. Colón era el de arriba, el que tomaba el control, el que guiaba cada movimiento. Isaac, el de abajo, se dejó llevar, su cuerpo cediendo a una fuerza mayor que la gravedad misma. Los gemidos ahogados, los suspiros, el roce de sus pieles... cada sonido, cada sensación, era un descubrimiento.
El tiempo se comprimió, el ruido del campus desapareció. Solo existían ellos dos, en ese baño abandonado, en ese momento suspendido. El eco de sus cuerpos chocando contra el lavabo, el sonido de sus besos, se mezclaban en una sinfonía secreta.
Mientras tanto, en el pasillo exterior, Nikola Tesla, cómplice absoluto, vigilaba. Su rostro pálido y anguloso, iluminado por la tenue luz de una linterna, se mantenía en alerta. Sus oídos, afinados como los de un murciélago, captaban cualquier sonido que pudiera indicar una presencia no deseada. Cada pocos minutos, consultaba su reloj de bolsillo, marcando el tiempo que les quedaba. Era un guardián silencioso, un arquitecto de la privacidad de sus amigos. Sabía que lo que ocurría allí era más que un simple encuentro; era una frontera cruzada, un punto de no retorno.
Dentro del baño, Colón se movió con una intensidad que hizo a Isaac jadear. Sus cuerpos se unieron en un ritmo ancestral, en una danza de piel y aliento. Isaac, al principio rígido, se fue soltando, sus caderas respondiendo con una naturalidad que lo asombró. Sus manos, antes tímidas, ahora se aferraban a la espalda de Colón, arañando la piel con una inconsciencia placentera.
Colón susurró palabras en su oído, palabras que Isaac no entendía por completo, pero que sentía en cada fibra de su ser: promesas de descubrimiento, de viajes a lugares inexplorados, de una pasión que lo arrastraría más allá de sí mismo.
El orgasmo llegó como una explosión, un torbellino de sensaciones que lo dejó sin aliento, tembloroso, completamente expuesto. Colón se aferró a él, sus cuerpos temblaban juntos en la resaca del placer.
Cuando la respiración se normalizó, cuando el temblor disminuyó, Colón se apoyó en el hombro de Isaac, sus labios rozando su cuello.
–Lo sabías, ¿verdad? –murmuró Colón. –Sabías que esto iba a pasar.
Isaac asintió, incapaz de articular una palabra. Su mente estaba en una nebulosa, su cuerpo agotado, pero su espíritu se sentía extrañamente ligero, liberado.
Con un suspiro, Colón se separó lentamente, sus ojos oscuros brillando con una satisfacción innegable. Ayudó a Isaac a vestirse, sus manos rozando su piel con una familiaridad que ya no era nueva, sino esperada.
Unos minutos después, la puerta se abrió un poco. Tesla asomó la cabeza, sus ojos claros escaneando la escena.
–Cinco minutos –dijo en un susurro.
Colón asintió. Se volvió hacia Isaac, sus labios se curvaron en una sonrisa.
–Nos vemos en clase, Newton.
Y con eso, salió, dejando a Isaac con el corazón latiendo a mil por hora, su cuerpo aún resonando con el eco de lo que acababa de suceder.
Isaac se recompuso, sus manos temblorosas abotonando su camisa. Se miró en el espejo empañado. Su cabello estaba revuelto, sus labios hinchados, sus ojos brillaban con una luz nueva. Ya no era el mismo. Había cruzado una frontera, y no había vuelta atrás.
Unos minutos después, salió del baño, su paso más ligero de lo habitual. Tesla lo esperaba en el pasillo, su rostro una máscara de calma, pero sus ojos brillaban con una comprensión silenciosa.
–¿Todo bien, Isaac? –preguntó Tesla, su voz suave.
Isaac asintió, incapaz de mirarlo a los ojos.
–Sí, Nikola. Todo bien.
Salieron del edificio, separados, desordenados y satisfechos, con la certeza silenciosa de que no había sido una escapada inocente, sino una frontera cruzada que ya no podía deshacerse. El mundo exterior les pareció más brillante, más intenso, como si la realidad misma se hubiera recalibrado. La gravedad, para Isaac Newton, había adquirido una nueva y deliciosa definición.
