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Universidad III
Fandom: Historia
Creado: 19/1/2026
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RomanceUA (Universo Alternativo)HistóricoLenguaje ExplícitoOscuroPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Estudio de PersonajeMpreg
El eco de los imperios
El sol de la tarde se filtraba entre los edificios de piedra de la universidad, pintando de un oro melancólico el camino que Alejandro I y Napoleón Bonaparte recorrían hacia la facultad de Sociales. Las hojas crujían bajo sus pies, una sinfonía otoñal que contrastaba con la tensión silenciosa que vibraba entre ellos. No hablaban de la próxima clase, ni de los campos que iban a inspeccionar, sino de algo mucho más íntimo que se había gestado entre miradas furtivas, roces accidentales y besos robados. Un deseo latente, una corriente subterránea que amenazaba con desbordarse.
– ¿Crees que este método de riego sea realmente eficiente para los cultivos de la universidad? –preguntó Alejandro, su voz un murmullo suave que apenas rompía la quietud del atardecer. Intentaba sonar casual, pero la forma en que sus ojos se desviaban hacia Napoleón delataba su nerviosismo.
Napoleón, a su lado, resopló.
– Eficiente o no, lo que importa es el control. Si tenemos un sistema que podemos optimizar, podemos maximizar la producción. Es una cuestión de estrategia, Alejandro, no de caprichos agronómicos.
Su mirada se posó en el perfil de Alejandro, deteniéndose en la línea de su mandíbula, en la curva de su cuello. La tensión en el aire se hizo casi palpable, una electricidad que no venía de los cables de alta tensión, sino de la inquebrantable conexión entre ellos. Napoleón no era un hombre de rodeos, y menos cuando el deseo le quemaba.
– ¿Y tú, qué piensas? –continuó Napoleón, su voz ahora más grave, casi un susurro. – ¿Crees que el control es bueno, Alejandro?
Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda, a pesar del sol. Sabía a qué se refería Napoleón. No hablaban de riego, sino del control que ejercían el uno sobre el otro, de la forma en que sus voluntades se doblaban y se entrelazaban.
– El control puede ser necesario –respondió Alejandro, deteniéndose frente a la entrada de la facultad de Sociales, un edificio imponente de ladrillo rojo y ventanas arqueadas. – Pero también puede ser sofocante.
Napoleón sonrió, una sonrisa ladeada que no llegaba a sus ojos, pero que prometía.
– Depende de quién lo ejerza, y sobre quién.
El comentario dejó a Alejandro sin aliento. La atmósfera se había vuelto densa, cargada de una expectación que les impedía seguir con la farsa de la conversación académica. Los campos de la universidad quedaron olvidados. Sus ojos se encontraron, y en esa conexión silenciosa, se desnudaron las intenciones.
– ¿Vamos? –dijo Alejandro, señalando con la cabeza hacia el interior del edificio.
Napoleón asintió, y sus pasos los llevaron por los pasillos casi desiertos. Las aulas estaban vacías, las puertas cerradas, y el eco de sus pisadas resonaba en el silencio. El sol naranja se colaba por los ventanales, creando largas sombras que se estiraban y se contraían con cada paso. El corazón de Alejandro latía con fuerza contra sus costillas, un tamborileo que amenazaba con delatarlo.
Llegaron a los baños del segundo piso. Alejandro echó un vistazo a ambos lados del pasillo, asegurándose de que no hubiera nadie. El pasillo estaba desierto. Con un gesto apenas perceptible, abrió la puerta del baño y entró. Napoleón lo siguió, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el silencio.
La luz tenue del baño apenas iluminaba el espacio. El aire se volvió pesado, cargado de la tensión acumulada. Alejandro se giró para enfrentar a Napoleón, sus ojos fijos en los de él, intentando descifrar la vorágine de emociones que sentía.
Sin mediar palabra, Alejandro dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ellos. Su mano se alzó, temblorosa, y rozó la mejilla de Napoleón. La piel del emperador estaba cálida bajo su tacto. Con un suspiro apenas audible, Alejandro se inclinó y posó sus labios sobre los de Napoleón.
Fue un beso suave, apenas un roce, una pregunta silenciosa. Alejandro intentaba ver si Napoleón reaccionaba, si tomaba la iniciativa, si se atrevía a cruzar la línea que hasta ahora solo habían rozado.
Napoleón no se hizo esperar. El beso suave se transformó en algo voraz, impaciente. Su boca se abrió sobre la de Alejandro, las lenguas chocando, una danza frenética de deseo. Las manos de Napoleón se aferraron a la cintura de Alejandro, atrayéndolo hacia él con una fuerza que le quitó el aliento. Alejandro respondió con la misma intensidad, sus manos enredándose en el cabello oscuro de Napoleón, tirando suavemente.
El beso se profundizó, volviéndose más y más exigente. Napoleón gruñó, un sonido gutural que hizo vibrar a Alejandro. Sus labios se separaron por un instante, solo para que Napoleón pudiera besar el cuello de Alejandro, dejando un rastro de besos húmedos y ardientes que le erizaron la piel.
– Eres… –murmuró Napoleón, su voz ronca contra la piel de Alejandro, – tan… dulce.
El aliento de Alejandro se enganchó en su garganta. De repente, sintió una humedad en su cuello. Napoleón le había escupido, un gesto crudo y primitivo que lo excitó más de lo que jamás hubiera imaginado. Era una muestra de posesión, una marca de su dominio.
Alejandro gimió, un sonido apenas audible, y sus manos se deslizaron por la espalda de Napoleón, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la tela de su ropa. La necesidad era abrumadora, un fuego que los consumía a ambos.
Napoleón se separó un poco, sus ojos brillando con una intensidad salvaje. De su bolsillo sacó un pequeño frasco con lubricante. Alejandro entendió el mensaje. Sus dedos temblaban mientras lo tomaba.
– Hazlo –ordenó Napoleón, su voz un susurro cargado de autoridad.
Alejandro asintió, su corazón martilleando. Abrió el frasco y vertió un poco de lubricante en sus dedos. Con la respiración entrecortada, introdujo un dedo en su propia abertura, sintiendo el calor y la humedad. Luego, un segundo dedo, estirando lentamente. El dolor era mínimo, eclipsado por el deseo ardiente.
Napoleón lo observaba, sus ojos fijos en cada movimiento, cada gesto, como si estuviera grabando la escena en su memoria. Su mirada era una mezcla de deseo, posesión y una extraña ternura.
Cuando Alejandro estuvo listo, sus ojos se encontraron de nuevo con los de Napoleón. No hubo necesidad de palabras. Napoleón lo tomó de la cintura, levantándolo con una facilidad sorprendente, y lo empujó contra la pared. El golpe sordo resonó en el baño, pero ninguno de los dos lo notó.
La pared fría contra su espalda era un contraste con el fuego que lo consumía por dentro. Las piernas de Alejandro flaquearon, pero Napoleón lo sostuvo firmemente. Susurró obscenidades al oído de Alejandro, palabras crudas y explícitas que hicieron que la sangre le hirviera en las venas.
– Eres mío, Alejandro –gruñó Napoleón, su aliento caliente en la oreja de Alejandro. – Solo mío.
Y entonces, sin previo aviso, lo penetró.
Alejandro soltó un gemido ahogado, una mezcla de dolor y placer. La sensación era abrumadora, la plenitud de Napoleón llenándolo por completo. Se aferró a los hombros de Napoleón, sus uñas clavadas en su piel, mientras el emperador comenzaba a moverse dentro de él.
Las embestidas eran profundas y rítmicas, cada una de ellas provocando un gemido de Alejandro. La pared vibraba con el impacto de sus cuerpos, y el eco de sus respiraciones agitadas llenaba el espacio. Napoleón seguía susurrando, palabras de posesión, de dominio, de un deseo insaciable.
– Así es como te quiero, Alejandro –dijo Napoleón, su voz ronca, casi incomprensible. – De espaldas, sin poder verme la cara, sintiéndome… dentro de ti.
Alejandro cerró los ojos, la cabeza apoyada en la pared. El placer era tan intenso que rozaba el dolor. Se sentía completamente rendido, a merced de Napoleón, y extrañamente, eso lo excitaba aún más. El mundo exterior desapareció, reducido a la sensación del cuerpo de Napoleón contra el suyo, el ritmo de sus embestidas, el sonido de sus gemidos.
De repente, Napoleón se detuvo. Alejandro sintió un escalofrío de decepción, pero antes de que pudiera protestar, el emperador lo giró.
Ahora, sus ojos se encontraban de nuevo. Napoleón lo tenía levantado, las piernas de Alejandro rodeando su cintura, su cuerpo presionado contra el de él. La nueva posición les permitía verse el rostro, observar la intensidad de sus emociones.
Los ojos de Napoleón estaban oscuros, llenos de un deseo primitivo. Había una chispa de triunfo en ellos, una satisfacción por el control que ejercía. Alejandro, por su parte, tenía las mejillas sonrojadas, el cabello revuelto, los labios hinchados por los besos. Sus ojos estaban vidriosos, llenos de una mezcla de placer y rendición.
– Así me gusta más –dijo Napoleón, una sonrisa ladeada jugando en sus labios. – Verte la cara mientras te hago mío.
Y volvió a moverse, sus embestidas ahora más lentas, más deliberadas, permitiendo que Alejandro disfrutara de cada sensación. Los gemidos de Alejandro se hicieron más fuertes, más desinhibidos. Se aferró a Napoleón, sus piernas apretando su cintura, su cuerpo temblando con cada embestida.
Napoleón observó la expresión de Alejandro, la forma en que sus ojos se cerraban en éxtasis, la forma en que su boca se abría en un gemido silencioso. Quería dejar su marca, no solo en su cuerpo, sino en su alma. Quería que Alejandro llevara algo de él, algo que lo uniera a él para siempre. Tenía preservativos, sí, pero no quería usarlos. Quería que Alejandro quedara embarazado, que llevara su semilla, que no pudiera dejarlo.
El pensamiento de un hijo, de una unión tan profunda, lo excitó aún más. Sus embestidas se hicieron más frenéticas, más urgentes. El placer se intensificó, alcanzando un clímax que los consumió a ambos.
Alejandro gritó, un grito ahogado de puro placer, mientras su cuerpo se contraía en un espasmo. Sintió el calor de Napoleón extendiéndose dentro de él, la sensación de plenitud.
Napoleón gruñó, su cuerpo temblando, y se dejó caer contra la pared, aún sosteniendo a Alejandro. Su respiración era agitada, sus músculos tensos.
Permanecieron así por un momento, sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones mezcladas, el eco de sus gemidos aún resonando en el silencio del baño.
Luego, Napoleón se separó un poco, sus ojos fijos en los de Alejandro, una expresión de triunfo en su rostro.
– Ahora –dijo, su voz ronca, – es tu turno.
Alejandro lo miró, aún aturdido por el placer. Entendió lo que quería. Con un suspiro, se deslizó hasta el suelo, arrodillándose frente a Napoleón.
El emperador lo observó, una sonrisa satisfecha en sus labios. Alejandro, con manos temblorosas, desabrochó los pantalones de Napoleón, liberando su miembro.
Con delicadeza, Alejandro tomó a Napoleón en su boca, sintiendo la dureza y el calor. Comenzó a mover su cabeza, succionando y lamiendo, intentando complacerlo de la misma manera en que él había sido complacido.
Napoleón gimió, sus manos enredándose en el cabello de Alejandro, guiando sus movimientos. Cerró los ojos, disfrutando de la sensación, de la entrega total de Alejandro.
Y mientras Alejandro lo complacía, Napoleón se inclinó, su boca buscando la de Alejandro. Sus labios se encontraron, y Napoleón comenzó a besarlo, su lengua explorando la boca de Alejandro, mientras este le hacía un oral. Era un intercambio de placer, un acto de intimidad cruda y poderosa, que sellaba su conexión de una manera que las palabras nunca podrían. El eco de los imperios, los gritos de batalla y las decisiones de estado, se disolvieron en el silencio de ese baño universitario, reemplazados por los gemidos y las respiraciones de dos hombres que habían encontrado su propio campo de batalla en el cuerpo del otro.
– ¿Crees que este método de riego sea realmente eficiente para los cultivos de la universidad? –preguntó Alejandro, su voz un murmullo suave que apenas rompía la quietud del atardecer. Intentaba sonar casual, pero la forma en que sus ojos se desviaban hacia Napoleón delataba su nerviosismo.
Napoleón, a su lado, resopló.
– Eficiente o no, lo que importa es el control. Si tenemos un sistema que podemos optimizar, podemos maximizar la producción. Es una cuestión de estrategia, Alejandro, no de caprichos agronómicos.
Su mirada se posó en el perfil de Alejandro, deteniéndose en la línea de su mandíbula, en la curva de su cuello. La tensión en el aire se hizo casi palpable, una electricidad que no venía de los cables de alta tensión, sino de la inquebrantable conexión entre ellos. Napoleón no era un hombre de rodeos, y menos cuando el deseo le quemaba.
– ¿Y tú, qué piensas? –continuó Napoleón, su voz ahora más grave, casi un susurro. – ¿Crees que el control es bueno, Alejandro?
Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda, a pesar del sol. Sabía a qué se refería Napoleón. No hablaban de riego, sino del control que ejercían el uno sobre el otro, de la forma en que sus voluntades se doblaban y se entrelazaban.
– El control puede ser necesario –respondió Alejandro, deteniéndose frente a la entrada de la facultad de Sociales, un edificio imponente de ladrillo rojo y ventanas arqueadas. – Pero también puede ser sofocante.
Napoleón sonrió, una sonrisa ladeada que no llegaba a sus ojos, pero que prometía.
– Depende de quién lo ejerza, y sobre quién.
El comentario dejó a Alejandro sin aliento. La atmósfera se había vuelto densa, cargada de una expectación que les impedía seguir con la farsa de la conversación académica. Los campos de la universidad quedaron olvidados. Sus ojos se encontraron, y en esa conexión silenciosa, se desnudaron las intenciones.
– ¿Vamos? –dijo Alejandro, señalando con la cabeza hacia el interior del edificio.
Napoleón asintió, y sus pasos los llevaron por los pasillos casi desiertos. Las aulas estaban vacías, las puertas cerradas, y el eco de sus pisadas resonaba en el silencio. El sol naranja se colaba por los ventanales, creando largas sombras que se estiraban y se contraían con cada paso. El corazón de Alejandro latía con fuerza contra sus costillas, un tamborileo que amenazaba con delatarlo.
Llegaron a los baños del segundo piso. Alejandro echó un vistazo a ambos lados del pasillo, asegurándose de que no hubiera nadie. El pasillo estaba desierto. Con un gesto apenas perceptible, abrió la puerta del baño y entró. Napoleón lo siguió, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el silencio.
La luz tenue del baño apenas iluminaba el espacio. El aire se volvió pesado, cargado de la tensión acumulada. Alejandro se giró para enfrentar a Napoleón, sus ojos fijos en los de él, intentando descifrar la vorágine de emociones que sentía.
Sin mediar palabra, Alejandro dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ellos. Su mano se alzó, temblorosa, y rozó la mejilla de Napoleón. La piel del emperador estaba cálida bajo su tacto. Con un suspiro apenas audible, Alejandro se inclinó y posó sus labios sobre los de Napoleón.
Fue un beso suave, apenas un roce, una pregunta silenciosa. Alejandro intentaba ver si Napoleón reaccionaba, si tomaba la iniciativa, si se atrevía a cruzar la línea que hasta ahora solo habían rozado.
Napoleón no se hizo esperar. El beso suave se transformó en algo voraz, impaciente. Su boca se abrió sobre la de Alejandro, las lenguas chocando, una danza frenética de deseo. Las manos de Napoleón se aferraron a la cintura de Alejandro, atrayéndolo hacia él con una fuerza que le quitó el aliento. Alejandro respondió con la misma intensidad, sus manos enredándose en el cabello oscuro de Napoleón, tirando suavemente.
El beso se profundizó, volviéndose más y más exigente. Napoleón gruñó, un sonido gutural que hizo vibrar a Alejandro. Sus labios se separaron por un instante, solo para que Napoleón pudiera besar el cuello de Alejandro, dejando un rastro de besos húmedos y ardientes que le erizaron la piel.
– Eres… –murmuró Napoleón, su voz ronca contra la piel de Alejandro, – tan… dulce.
El aliento de Alejandro se enganchó en su garganta. De repente, sintió una humedad en su cuello. Napoleón le había escupido, un gesto crudo y primitivo que lo excitó más de lo que jamás hubiera imaginado. Era una muestra de posesión, una marca de su dominio.
Alejandro gimió, un sonido apenas audible, y sus manos se deslizaron por la espalda de Napoleón, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la tela de su ropa. La necesidad era abrumadora, un fuego que los consumía a ambos.
Napoleón se separó un poco, sus ojos brillando con una intensidad salvaje. De su bolsillo sacó un pequeño frasco con lubricante. Alejandro entendió el mensaje. Sus dedos temblaban mientras lo tomaba.
– Hazlo –ordenó Napoleón, su voz un susurro cargado de autoridad.
Alejandro asintió, su corazón martilleando. Abrió el frasco y vertió un poco de lubricante en sus dedos. Con la respiración entrecortada, introdujo un dedo en su propia abertura, sintiendo el calor y la humedad. Luego, un segundo dedo, estirando lentamente. El dolor era mínimo, eclipsado por el deseo ardiente.
Napoleón lo observaba, sus ojos fijos en cada movimiento, cada gesto, como si estuviera grabando la escena en su memoria. Su mirada era una mezcla de deseo, posesión y una extraña ternura.
Cuando Alejandro estuvo listo, sus ojos se encontraron de nuevo con los de Napoleón. No hubo necesidad de palabras. Napoleón lo tomó de la cintura, levantándolo con una facilidad sorprendente, y lo empujó contra la pared. El golpe sordo resonó en el baño, pero ninguno de los dos lo notó.
La pared fría contra su espalda era un contraste con el fuego que lo consumía por dentro. Las piernas de Alejandro flaquearon, pero Napoleón lo sostuvo firmemente. Susurró obscenidades al oído de Alejandro, palabras crudas y explícitas que hicieron que la sangre le hirviera en las venas.
– Eres mío, Alejandro –gruñó Napoleón, su aliento caliente en la oreja de Alejandro. – Solo mío.
Y entonces, sin previo aviso, lo penetró.
Alejandro soltó un gemido ahogado, una mezcla de dolor y placer. La sensación era abrumadora, la plenitud de Napoleón llenándolo por completo. Se aferró a los hombros de Napoleón, sus uñas clavadas en su piel, mientras el emperador comenzaba a moverse dentro de él.
Las embestidas eran profundas y rítmicas, cada una de ellas provocando un gemido de Alejandro. La pared vibraba con el impacto de sus cuerpos, y el eco de sus respiraciones agitadas llenaba el espacio. Napoleón seguía susurrando, palabras de posesión, de dominio, de un deseo insaciable.
– Así es como te quiero, Alejandro –dijo Napoleón, su voz ronca, casi incomprensible. – De espaldas, sin poder verme la cara, sintiéndome… dentro de ti.
Alejandro cerró los ojos, la cabeza apoyada en la pared. El placer era tan intenso que rozaba el dolor. Se sentía completamente rendido, a merced de Napoleón, y extrañamente, eso lo excitaba aún más. El mundo exterior desapareció, reducido a la sensación del cuerpo de Napoleón contra el suyo, el ritmo de sus embestidas, el sonido de sus gemidos.
De repente, Napoleón se detuvo. Alejandro sintió un escalofrío de decepción, pero antes de que pudiera protestar, el emperador lo giró.
Ahora, sus ojos se encontraban de nuevo. Napoleón lo tenía levantado, las piernas de Alejandro rodeando su cintura, su cuerpo presionado contra el de él. La nueva posición les permitía verse el rostro, observar la intensidad de sus emociones.
Los ojos de Napoleón estaban oscuros, llenos de un deseo primitivo. Había una chispa de triunfo en ellos, una satisfacción por el control que ejercía. Alejandro, por su parte, tenía las mejillas sonrojadas, el cabello revuelto, los labios hinchados por los besos. Sus ojos estaban vidriosos, llenos de una mezcla de placer y rendición.
– Así me gusta más –dijo Napoleón, una sonrisa ladeada jugando en sus labios. – Verte la cara mientras te hago mío.
Y volvió a moverse, sus embestidas ahora más lentas, más deliberadas, permitiendo que Alejandro disfrutara de cada sensación. Los gemidos de Alejandro se hicieron más fuertes, más desinhibidos. Se aferró a Napoleón, sus piernas apretando su cintura, su cuerpo temblando con cada embestida.
Napoleón observó la expresión de Alejandro, la forma en que sus ojos se cerraban en éxtasis, la forma en que su boca se abría en un gemido silencioso. Quería dejar su marca, no solo en su cuerpo, sino en su alma. Quería que Alejandro llevara algo de él, algo que lo uniera a él para siempre. Tenía preservativos, sí, pero no quería usarlos. Quería que Alejandro quedara embarazado, que llevara su semilla, que no pudiera dejarlo.
El pensamiento de un hijo, de una unión tan profunda, lo excitó aún más. Sus embestidas se hicieron más frenéticas, más urgentes. El placer se intensificó, alcanzando un clímax que los consumió a ambos.
Alejandro gritó, un grito ahogado de puro placer, mientras su cuerpo se contraía en un espasmo. Sintió el calor de Napoleón extendiéndose dentro de él, la sensación de plenitud.
Napoleón gruñó, su cuerpo temblando, y se dejó caer contra la pared, aún sosteniendo a Alejandro. Su respiración era agitada, sus músculos tensos.
Permanecieron así por un momento, sus cuerpos entrelazados, sus respiraciones mezcladas, el eco de sus gemidos aún resonando en el silencio del baño.
Luego, Napoleón se separó un poco, sus ojos fijos en los de Alejandro, una expresión de triunfo en su rostro.
– Ahora –dijo, su voz ronca, – es tu turno.
Alejandro lo miró, aún aturdido por el placer. Entendió lo que quería. Con un suspiro, se deslizó hasta el suelo, arrodillándose frente a Napoleón.
El emperador lo observó, una sonrisa satisfecha en sus labios. Alejandro, con manos temblorosas, desabrochó los pantalones de Napoleón, liberando su miembro.
Con delicadeza, Alejandro tomó a Napoleón en su boca, sintiendo la dureza y el calor. Comenzó a mover su cabeza, succionando y lamiendo, intentando complacerlo de la misma manera en que él había sido complacido.
Napoleón gimió, sus manos enredándose en el cabello de Alejandro, guiando sus movimientos. Cerró los ojos, disfrutando de la sensación, de la entrega total de Alejandro.
Y mientras Alejandro lo complacía, Napoleón se inclinó, su boca buscando la de Alejandro. Sus labios se encontraron, y Napoleón comenzó a besarlo, su lengua explorando la boca de Alejandro, mientras este le hacía un oral. Era un intercambio de placer, un acto de intimidad cruda y poderosa, que sellaba su conexión de una manera que las palabras nunca podrían. El eco de los imperios, los gritos de batalla y las decisiones de estado, se disolvieron en el silencio de ese baño universitario, reemplazados por los gemidos y las respiraciones de dos hombres que habían encontrado su propio campo de batalla en el cuerpo del otro.
