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Universidad IV

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Creado: 19/1/2026

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El Duelo de las Pieles y las Lenguas

– ¡Mira qué insolencia! –exclamó Góngora, deteniéndose bruscamente en el pasillo de la facultad, sus ojos oscuros clavados en Quevedo con una mezcla de desdén y fascinación. – ¿Acaso la musa de la fealdad te ha dictado hoy, Quevedo, para que tus pasos resuenen con la misma gracia que un burro cojo?

Quevedo, que caminaba con su habitual desaliño elegante, se giró lentamente, una sonrisa sardónica curvando sus labios. Sus gafas, ligeramente torcidas, no ocultaban la agudeza de su mirada.

– Góngora –respondió, su voz un látigo bien afilado–, veo que tu ingenio, cual ramera vieja, sigue maquillando la vulgaridad con afeites de latín. Preferiría la cojera de un asno a la pomposidad vacía de tu verbo.

Se encontraban, como de costumbre, en aquella danza verbal que era ya una tradición en los pasillos de la Universidad de Salamanca. Se dirigían al salón de ensayo de la tuna, donde ambos, a pesar de sus mutuas diatribas, compartían un amor por la música y el vino. Pero el camino hasta allí era, invariablemente, un campo de batalla.

– ¡Vulgaridad la tuya –replicó Góngora, avanzando un paso, su ademán teatral–, que reduces la belleza a la inmundicia, como un cerdo que hoza en el fango y cree haber hallado la verdad!

– Y tú, como un alquimista loco –contrarrestó Quevedo, acercándose también, sus cuerpos casi rozándose ahora–, que transforma el oro puro del sentido en plomo ilegible, para que solo los necios te crean genio.

El aire entre ellos chispeaba, cargado de una tensión que pocos entendían. Para la mayoría, era una rivalidad académica, el choque entre dos titanes de la palabra. Pero para ellos, era algo más profundo, visceral, una atracción que se manifestaba en la agresión. Sus miradas se encontraron, y por un instante, la hostilidad dio paso a un destello de algo inconfesable.

– ¿Plomo? –susurró Góngora, su voz bajando a un tono peligroso. – Querrás decir que mi plomo es tan denso que tu mente, acostumbrada a la levedad de lo obvio, no puede levantarlo.

– Y tu oro es tan falso –replicó Quevedo, su aliento cálido en la cara de Góngora– que solo un ciego lo confundiría con la verdad.

La distancia que los separaba se había evaporado. Sus narices casi se tocaban, la furia y el deseo entremezclándose en un cóctel explosivo. Góngora, sin previo aviso, agarró a Quevedo por la solapa de su chaqueta y lo arrastró hacia él. El beso fue una colisión, no un encuentro. Una batalla de bocas, de dientes, de lenguas que se enredaban con la misma ferocidad con la que sus palabras se habían atacado. No había dulzura, solo una necesidad imperiosa de dominar, de consumir.

Las manos de Quevedo se aferraron a los hombros de Góngora, empujándolo y atrayéndolo a la vez. El pasillo, antes un escenario para su duelo dialéctico, se convirtió en un testigo mudo de su pasión profana. Pasos apresurados se oyeron a lo lejos, y Góngora, con un gruñido, tiró de Quevedo hacia la puerta más cercana: la del salón de ensayo de la tuna.

Entraron a tropezones, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el amplio espacio. El salón estaba vacío, las sillas apiladas, los instrumentos cubiertos con lonas. El olor a madera vieja y a polvo llenaba el aire.

El beso continuó, más salvaje, más desesperado. Góngora empujó a Quevedo contra una pared, sus cuerpos chocando con fuerza. Las manos de Góngora viajaron a la camisa de Quevedo, desabrochando los botones con una velocidad sorprendente, mientras sus labios devoraban cada centímetro de piel que encontraba.

– ¡Desgraciado! –jadeó Quevedo, rompiendo el beso por un instante, aunque sus manos ya estaban despojando a Góngora de su propia chaqueta, sus dedos hábiles desabrochando la camisa. – ¡Siempre tan impaciente!

– ¡Y tú tan lento –replicó Góngora, arrancando un botón de la camisa de Quevedo con un tirón–, tan lleno de artificios, incluso para desvestirte!

La ropa voló por el aire, cayendo en montones desordenados sobre el suelo. La tensión acumulada durante años de rivalidad, de palabras hirientes y miradas cargadas, se desataba ahora en un frenesí de piel contra piel. Góngora se deleitó al ver el cuerpo de Quevedo, esa mezcla de fortaleza y vulnerabilidad que tan bien conocía. Sus manos recorrieron la piel, sintiendo cada músculo, cada cicatriz.

Quevedo, por su parte, no era menos agresivo. Sus dedos se engancharon en el pelo de Góngora, tirando de él hacia atrás para exponer su cuello, donde dejó una marca roja con sus labios.

– ¡Qué asco! –siseó Quevedo, aunque su voz era un jadeo. – ¡Incluso en esto eres tan… barroco!

– ¡Y tú tan… prosaico! –respondió Góngora, mordiendo el hombro de Quevedo, extrayendo un gemido de sus labios.

Los pantalones cayeron al suelo con un susurro, revelando la desnudez bajo la ropa. Góngora, con una sonrisa que no era de alegría sino de pura malevolencia, empujó a Quevedo, que acabó apoyado en la pared en cuatro patas, su trasero expuesto y tembloroso.

– ¿Así que te atreves a criticar mi estilo? –dijo Góngora, su voz grave, cargada de una amenaza seductora.

Quevedo solo pudo jadear, su respiración entrecortada.

– ¡No me hagas rogar, Góngora! –gruñó Quevedo, intentando mantener un atisbo de dignidad, pero su cuerpo traicionaba su deseo.

Góngora, ignorando el ruego, se arrodilló detrás de él, la punta de su erección rozando la entrada de Quevedo. El contacto fue una descarga eléctrica, un gemido ahogado escapó de los labios del madrileño.

– ¡Oh, Quevedo! –dijo Góngora, su voz un susurro malicioso. – ¿Acaso la verdad no necesita preparación? ¿O es que tu cuerpo, tan acostumbrado a la crudeza, no sabe apreciar la delicadeza?

Quevedo apretó los dientes, su cuerpo arqueándose ligeramente.

– ¡Maldito seas! –siseó. – ¡Siempre tan pretencioso!

Góngora se rió, una risa profunda y gutural. Y entonces, sin previo aviso, sin lubricación, sin piedad, empujó.

El grito de Quevedo fue ahogado, una mezcla de dolor, sorpresa y un placer incipiente que se negaba a reconocer. Góngora había entrado en seco, una venganza calculada por cada palabra hiriente, cada crítica mordaz. El cuerpo de Quevedo se tensó, sus músculos temblaron, pero no intentó escapar.

– ¡Así es como se siente la verdad, Quevedo! –gruñó Góngora, moviéndose lentamente, buscando el ritmo, el placer en la agonía.

– ¡La verdad es… dolorosa! –jadeó Quevedo, sus uñas arañando la pared.

Góngora sintió la resistencia, la tensión, y eso solo avivó su fuego. Se movió con más fuerza, cada embestida un golpe, una afirmación de su dominio. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en el silencio del salón de ensayo.

– ¿Y ahora quién es el rústico, Quevedo? –preguntó Góngora, su aliento caliente en la oreja de Quevedo.

Quevedo, incapaz de responder con palabras, solo pudo gemir.

Góngora, notando la dificultad, se salió por un momento, el aire frío golpeando la piel sensible de Quevedo. Este gimió de frustración. Góngora sacó un pequeño frasco de lubricante de su bolsillo, con esa preparación que siempre le caracterizaba.

– No digas que no soy considerado –dijo Góngora, con una sonrisa cruel, aplicando un poco de lubricante en su entrada y un poco en la de Quevedo. – Aunque la belleza, a veces, requiere un poco de esfuerzo.

Quevedo, humillado pero excitado, apretó los puños. Góngora volvió a entrar, esta vez con más facilidad, pero no menos intensidad. Las embestidas se hicieron más profundas, más rítmicas. Quevedo se movía con él, su cuerpo adaptándose al ritmo, su mente nublada por la sensación.

– ¡Más! –gimió Quevedo, su voz ronca. – ¡Más, Góngora!

La petición le dio a Góngora una oleada de poder. Lo agarró por las caderas, levantándolo ligeramente, y lo empujó contra la pared una y otra vez. El placer se mezclaba con la agresión, el odio con el deseo.

– ¿Quién es el que suplica ahora, Quevedo? –susurró Góngora, inclinándose para morder el cuello de Quevedo.

– ¡Tú eres un… un bárbaro! –jadeó Quevedo, su voz entrecortada. – ¡Un… un poeta de burdel!

Góngora se rió, su cuerpo vibrando con el esfuerzo. Sabía que las palabras de Quevedo, aunque hirientes, eran su forma de expresar el placer. Lo giró bruscamente, obligándolo a mirar hacia él, su rostro rojo y sudoroso, sus ojos inyectados en sangre.

– ¡Mírame, Quevedo! –ordenó Góngora, sus ojos oscuros fijos en los de Quevedo. – ¡Mira a tu verdugo!

Quevedo lo miró, y en sus ojos, Góngora vio una mezcla de furia, desafío y una rendición que le hizo sentir un poder inmenso. Góngora se movió con más fuerza, golpeando el interior de Quevedo con cada embestida, buscando el punto más profundo, el más sensible.

El cuerpo de Quevedo se arqueó, sus gemidos se volvieron más agudos. Sus manos, que antes habían estado aferradas a la pared, se engancharon ahora en la espalda de Góngora, arañando la piel, dejando marcas rojas.

– ¡Góngora! –gritó Quevedo, su voz quebrada.

Góngora sintió el clímax acercarse, una oleada de calor que lo inundaba. Quería castigar a Quevedo, quería destrozarlo, pero también quería poseerlo por completo. La idea de dejarlo embarazado, de implantar su semilla en el cuerpo de su enemigo, era un pensamiento embriagador.

Con un último empuje profundo, Góngora se vació dentro de Quevedo, sintiendo el calor de su semen inundar el interior de su rival. Quevedo gritó, un grito que fue una mezcla de placer y humillación. Su cuerpo se sacudió con espasmos, su cabeza cayendo hacia atrás, el sudor brillando en su piel.

Góngora se quedó dentro de él por un momento, respirando con dificultad, sintiendo el cuerpo de Quevedo temblar bajo el suyo. El silencio en el salón de ensayo era denso, solo roto por sus respiraciones agitadas.

Lentamente, Góngora se retiró, dejando a Quevedo jadeando y temblando en el suelo. La satisfacción de haberlo destrozado, de haberlo poseído, era inmensa. Se arrodilló a su lado, observando el cuerpo de Quevedo, esa mezcla de furia y vulnerabilidad que tanto lo atraía.

Quevedo se movió, intentando levantarse, pero sus piernas cedieron. Miró a Góngora, sus ojos aún cargados de desafío, pero también de algo más, algo que Góngora no pudo descifrar.

– ¡Maldito seas, Góngora! –murmuró Quevedo, su voz ronca. – ¡Maldito seas por esto!

Góngora solo sonrió, una sonrisa de triunfo.

– Y tú, Quevedo –dijo, su voz suave, casi cariñosa. – Maldito seas por hacerme desearte tanto.
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