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Lo que el viento se llevó
Fandom: JoJo Bizarre adventure
Creado: 22/1/2026
Etiquetas
DramaAngustiaDolor/ConsueloRecortes de VidaRealismoEstudio de PersonajeHistoria DomésticaArregloRomanceAcciónFantasíaRealismo MágicoAventuraThrillerAmbientación Canon
Mareas del Destino
El sol de Japón, que se colaba por las persianas, no lograba disipar la tensión en el apartamento. Jotaro Kujo, con su imponente figura, permanecía de pie junto a la ventana, los hombros tensos. Su mirada, fija en el horizonte urbano, era tan impenetrable como siempre. Pero Anne, que lo conocía desde que era una niña, podía sentir la tormenta gestándose bajo esa superficie. Jolyne, con sus quince años y una actitud desafiante, estaba sentada en el sofá, las piernas cruzadas y el ceño fruncido, su mirada clavada en algo invisible en el suelo. El silencio era denso, pesado, cargado de palabras no dichas y reproches.
—Jolyne —la voz de Jotaro era grave, un intento de suavidad que sonaba más a un trueno distante—, me alegra que hayas venido.
Jolyne no levantó la vista. —No tenía opción, ¿verdad? Mamá dijo que si no venía, ella misma me arrastraría hasta aquí. Algo sobre "deberes familiares" y "la boda de tu padre". Como si eso fuera algo que me importara.
Anne, sentada en una silla individual, observaba la escena con una mezcla de empatía y cautela. Su mano, instintivamente, se posó sobre su vientre, donde la vida crecía, ajena a la complejidad de los lazos que la esperaban. Había una punzada de culpa en su pecho. Sabía que su presencia era un catalizador, un recordatorio tangible de la distancia que se había creado entre padre e hija.
Jotaro se giró, su rostro sombrío. —Sé que esto es difícil para ti.
—¿Difícil? —Jolyne finalmente levantó la vista, sus ojos verdes, tan parecidos a los de su padre, brillaban con una furia contenida—. ¿Difícil es que de repente aparezcas diciendo que te casas? ¿Difícil es que te cases con… ella?
El último pronombre, pronunciado con un desprecio apenas velado, se clavó en Anne. No era un ataque personal, lo sabía. Era la herida de Jolyne hablando. Pero dolía.
Jotaro dio un paso adelante, su voz más firme. —Anne y yo…
—No me interesa —lo interrumpió Jolyne, poniéndose de pie de un salto—. No me interesa tu historia, ni tu nueva vida, ni tu… tu nueva familia. Tú ya tienes una familia, ¿recuerdas? Una que abandonaste hace años.
La palabra "abandonaste" resonó en la habitación como un eco amargo. Jotaro cerró los ojos por un instante, un gesto casi imperceptible de dolor. Anne sintió un nudo en la garganta. Jotaro nunca había sido bueno con las palabras, y ahora, frente a la furia de su hija, parecía aún más torpe.
—Jolyne, eso no es… —comenzó Jotaro.
—¿No es qué? —Jolyne se acercó a él, su voz subiendo de volumen—. ¿No es verdad? ¿Acaso no te fuiste? ¿Acaso no pasaste años sin una llamada, sin una visita? ¿Crees que no me di cuenta cuando mamá lloraba en silencio? ¿Crees que no noté tu ausencia en cada cumpleaños, en cada festival escolar?
Las palabras de Jolyne eran dardos envenenados, cada una dirigida a un punto vulnerable en el corazón de Jotaro. Anne vio cómo el rostro de su prometido se endurecía, no por ira, sino por una vergüenza y una impotencia que rara vez mostraba.
—Tenía mis razones —murmuró Jotaro, su voz apenas audible.
—¡Tus razones! —Jolyne se rió, una risa amarga y hueca—. Siempre tus razones. Razones que siempre fueron más importantes que nosotras, ¿verdad? Más importantes que tu propia hija.
Un silencio tenso se apoderó de la habitación. Jotaro se mantuvo inmóvil, como una estatua de piedra. Anne se levantó, sintiendo la necesidad de intervenir, de calmar la situación, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Sabía que no era su lugar. Este era un enfrentamiento entre padre e hija, un dolor que se había incubado durante años.
—Jolyne, por favor —Anne finalmente encontró su voz, suave pero firme—. Entiendo que estés molesta, pero…
Jolyne se giró hacia ella con una mirada de puro desafío. —Tú no entiendes nada. Tú eres la razón por la que él está aquí ahora. La "mujer más joven" que finalmente lo hizo sentar cabeza. ¿Crees que no sé cómo funciona esto? Él siempre busca algo nuevo, algo que lo mantenga ocupado hasta que se aburra. Y luego, simplemente se va.
La acusación de Jolyne, aunque injusta, tenía un eco de verdad en la historia de Jotaro. Él mismo lo sabía. Su vida había sido una sucesión de huidas, de misiones, de proteger a otros a costa de su propia felicidad y la de los que amaba.
—No es así, Jolyne —dijo Anne, su voz ahora más fuerte. No iba a permitir que se le culpara por algo que no era suyo—. Yo no estoy aquí para reemplazar a nadie. Y tu padre… él no es el mismo hombre que era.
Jolyne soltó una carcajada incrédula. —Claro que no. Ahora tiene un "bebé en camino" —su mirada se posó en el vientre de Anne, una mezcla de curiosidad y desdén—. ¿Y qué? ¿Crees que eso lo va a cambiar? ¿Crees que un bebé lo va a atar? Él siempre encontrará una excusa para irse. Siempre lo hace.
El corazón de Anne se encogió. La crudeza de las palabras de Jolyne era un reflejo del miedo más profundo de Anne: que Jotaro, a pesar de sus promesas, a pesar de su amor, volvería a huir. Pero no iba a dejar que ese miedo la dominara, no ahora.
—Tu padre no se va a ir —dijo Anne, con una convicción que sorprendió a la propia Jolyne—. Él está aquí. Y se va a quedar.
Jotaro, que había permanecido en silencio, finalmente habló. Su voz era baja, áspera, pero cargada de una emoción que Anne rara vez había escuchado. —Jolyne, sé que te hice daño. Sé que no estuve ahí. Y no hay nada que pueda decir para cambiar el pasado. Pero… no me voy a ir otra vez.
Jolyne lo miró, sus ojos llenos de lágrimas contenidas. —Eso es lo que siempre dices.
—No —Jotaro dio otro paso, acortando la distancia entre ellos—. Esta vez es diferente. Te lo prometo.
La promesa de Jotaro, tan rara y preciada, flotaba en el aire. Jolyne no respondió. Simplemente se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, el peso de sus emociones demasiado grande para contenerlo.
—Me voy —dijo, sin mirar atrás—. No puedo hacer esto ahora.
Y con eso, se fue, dejando un vacío en la habitación y un eco de su dolor.
Jotaro se desplomó en el sofá, su rostro entre sus manos. Anne se acercó a él, posando una mano suave en su hombro.
—Le duele, Jotaro —dijo Anne con voz suave—. Y tiene derecho a sentirlo.
Jotaro asintió, sin levantar la vista. —Lo sé. Fui un idiota. Un cobarde.
—No eres un cobarde —Anne se sentó a su lado, abrazándolo. Los músculos de Jotaro estaban tensos, pero no la apartó—. Solo… no sabías cómo quedarte.
El silencio se instaló entre ellos, un silencio diferente al anterior. Este era un silencio de comprensión, de consuelo. Anne sabía que el camino por delante sería largo y difícil. Reconstruir una familia, sanar viejas heridas, no era una tarea fácil. Pero mientras abrazaba a Jotaro, sintió una certeza inquebrantable. Ella estaba ahí para quedarse. Y Jotaro, por primera vez en su vida, también.
***
Pasaron los días, y la tensión en el apartamento de Jotaro seguía siendo palpable. Jolyne evitaba a su padre y a Anne con una habilidad sorprendente, refugiándose en su habitación o saliendo a explorar las calles de Tokio con una actitud desafiante. Anne, a pesar de la incomodidad, intentaba tender puentes, dejando pequeños gestos de amabilidad: un plato de su comida favorita en la puerta de su habitación, una nota con información sobre los lugares de interés para adolescentes en Tokio. Todo era recibido con silencio o con una mirada esquiva.
La boda se acercaba, y los preparativos avanzaban a pesar del ambiente. Joseph Joestar había llegado, trayendo consigo su habitual torbellino de energía y excentricidad, lo que, para sorpresa de Anne, logró arrancar algunas sonrisas forzadas a Jolyne. Joseph, con su particular manera de ser, no dudaba en soltar comentarios sobre la "nueva familia" de Jotaro, lo que a veces irritaba a Jolyne, pero otras veces, extrañamente, la hacía reír.
Una tarde, mientras Jotaro estaba fuera atendiendo asuntos de la Fundación Speedwagon, Anne encontró a Jolyne sentada en el balcón, mirando el atardecer. Dudó un momento, pero luego tomó una respiración profunda y se acercó.
—¿Te importa si me siento? —preguntó Anne, su voz suave.
Jolyne se encogió de hombros, sin apartar la vista del horizonte. —Haz lo que quieras.
Anne se sentó en la silla de al lado, dejando un espacio prudente entre ellas. El silencio se prolongó, solo roto por el sonido lejano del tráfico de la ciudad.
—Sé que no te agrado —dijo Anne finalmente, con honestidad.
Jolyne resopló. —No es que no me agrades. Es que… no entiendo por qué estás aquí.
—Estoy aquí porque amo a tu padre —la respuesta de Anne fue sencilla, directa.
Jolyne se giró para mirarla, sus ojos verdes llenos de una mezcla de curiosidad y escepticismo. —Y él te ama a ti, ¿verdad? Por eso te vas a casar. Por eso vas a tener un bebé.
—Sí —Anne asintió—. Él me ama. Y yo lo amo a él.
—¿Y qué pasa con mi madre? —la voz de Jolyne era apenas un susurro, pero la pregunta resonó en el aire.
Anne miró el horizonte por un momento, buscando las palabras adecuadas. —Tu padre y tu madre tuvieron una historia. Una historia importante. Pero las personas cambian, Jolyne. Las vidas toman rumbos diferentes. A veces, el amor se transforma, o simplemente… se apaga. Eso no significa que no fuera real en su momento.
—¿Entonces él simplemente se aburrió de nosotras? —Jolyne volvió a su tono desafiante.
—No —Anne negó con la cabeza—. Tu padre nunca se aburrió de ti. Él te ama, Jolyne. Más de lo que puedes imaginar. Pero él… él no sabía cómo ser un padre. No sabía cómo ser un esposo. No sabía cómo quedarse. Tenía miedo.
Jolyne frunció el ceño. —¿Miedo? ¿De qué? Mi padre no le tiene miedo a nada.
—Él le tiene miedo a perder a las personas que ama —Anne miró directamente a los ojos de Jolyne—. O peor, le tiene miedo a hacerles daño. Por eso se mantuvo alejado. Creía que si te mantenía a distancia, te protegería. No fue la decisión correcta, lo sé. Y él lo sabe. Pero no fue por falta de amor, Jolyne. Nunca.
Las palabras de Anne parecieron perforar la coraza de Jolyne. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y su labio inferior comenzó a temblar.
—Pero… pero siempre estuvo ausente —su voz se quebró—. Siempre me sentí… sola. Como si no fuera suficiente.
Y entonces, las lágrimas que Jolyne había contenido durante tanto tiempo finalmente se desbordaron. Lloró, las lágrimas rodando por sus mejillas, el dolor de años de ausencia y resentimiento liberándose en un torrente silencioso. Anne no dijo nada. Simplemente se acercó a ella, y con un gesto suave, la atrajo hacia ella, abrazándola.
Jolyne se resistió por un momento, pero luego cedió, apoyando su cabeza en el hombro de Anne y llorando sin control. Anne la sostuvo, su propia garganta apretada por la emoción. No había palabras que pudieran borrar el pasado, pero tal vez, solo tal vez, el consuelo de ese abrazo podía empezar a sanar.
—Él nunca te abandonó porque no te quisiera —susurró Anne, acariciando el cabello de Jolyne—. Solo… no supo cómo quedarse. Pero ahora está aprendiendo. Por ti. Por nosotros.
El llanto de Jolyne disminuyó lentamente, transformándose en sollozos entrecortados. Cuando finalmente se separó de Anne, sus ojos estaban rojos e hinchados, pero algo en su mirada había cambiado. La desconfianza seguía ahí, pero ahora había una pizca de vulnerabilidad, de comprensión.
—No quiero que pienses que estoy tratando de ocupar el lugar de tu madre —dijo Anne, mirándola a los ojos—. Ella es tu madre. Y siempre lo será. Yo solo… quiero ser parte de esta familia. Si me lo permites.
Jolyne se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. —No sé si puedo.
—No tienes que hacerlo de inmediato —Anne le ofreció una pequeña sonrisa—. Pero podemos intentarlo. ¿Qué te parece?
Jolyne la miró por un largo momento, evaluándola. Finalmente, un suspiro escapó de sus labios. —Supongo que… supongo que no tienes la culpa de todo esto.
Anne sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro. —No, no la tengo. Pero estoy aquí. Y me gustaría que tú también lo estuvieras.
Otro silencio se extendió entre ellas, pero esta vez, no era un silencio de tensión. Era un silencio de tregua, de una barrera que empezaba a ceder. Jolyne se puso de pie, su expresión aún seria, pero con una chispa diferente en sus ojos.
—Tengo hambre —dijo Jolyne, con un tono más suave de lo habitual.
Anne se rió suavemente. —Yo también. ¿Qué te parece si pedimos algo de comida japonesa? Tu padre no tardará en llegar.
Jolyne asintió, y por primera vez desde que había llegado a Japón, una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
Anne sabía que este era solo el comienzo. Había mucho por sanar, mucho por construir. Pero mientras observaba a Jolyne ir hacia la cocina, sintió una oleada de esperanza. Las mareas del destino los habían traído juntos, y con paciencia y amor, tal vez podrían construir algo nuevo, algo que, a pesar de las cicatrices del pasado, fuera fuerte y duradero. La familia Kujo, extraña y disfuncional como era, estaba empezando a encontrar su propio camino, con un Jotaro torpe pero presente, una Anne que era el equilibrio y la marea constante, y una Jolyne que, poco a poco, aprendía a convivir con la idea de una nueva familia, y el futuro bebé, que ya era amado por todos, incluso por un Star Platinum que observaba con curiosidad desde la sombra.
—Jolyne —la voz de Jotaro era grave, un intento de suavidad que sonaba más a un trueno distante—, me alegra que hayas venido.
Jolyne no levantó la vista. —No tenía opción, ¿verdad? Mamá dijo que si no venía, ella misma me arrastraría hasta aquí. Algo sobre "deberes familiares" y "la boda de tu padre". Como si eso fuera algo que me importara.
Anne, sentada en una silla individual, observaba la escena con una mezcla de empatía y cautela. Su mano, instintivamente, se posó sobre su vientre, donde la vida crecía, ajena a la complejidad de los lazos que la esperaban. Había una punzada de culpa en su pecho. Sabía que su presencia era un catalizador, un recordatorio tangible de la distancia que se había creado entre padre e hija.
Jotaro se giró, su rostro sombrío. —Sé que esto es difícil para ti.
—¿Difícil? —Jolyne finalmente levantó la vista, sus ojos verdes, tan parecidos a los de su padre, brillaban con una furia contenida—. ¿Difícil es que de repente aparezcas diciendo que te casas? ¿Difícil es que te cases con… ella?
El último pronombre, pronunciado con un desprecio apenas velado, se clavó en Anne. No era un ataque personal, lo sabía. Era la herida de Jolyne hablando. Pero dolía.
Jotaro dio un paso adelante, su voz más firme. —Anne y yo…
—No me interesa —lo interrumpió Jolyne, poniéndose de pie de un salto—. No me interesa tu historia, ni tu nueva vida, ni tu… tu nueva familia. Tú ya tienes una familia, ¿recuerdas? Una que abandonaste hace años.
La palabra "abandonaste" resonó en la habitación como un eco amargo. Jotaro cerró los ojos por un instante, un gesto casi imperceptible de dolor. Anne sintió un nudo en la garganta. Jotaro nunca había sido bueno con las palabras, y ahora, frente a la furia de su hija, parecía aún más torpe.
—Jolyne, eso no es… —comenzó Jotaro.
—¿No es qué? —Jolyne se acercó a él, su voz subiendo de volumen—. ¿No es verdad? ¿Acaso no te fuiste? ¿Acaso no pasaste años sin una llamada, sin una visita? ¿Crees que no me di cuenta cuando mamá lloraba en silencio? ¿Crees que no noté tu ausencia en cada cumpleaños, en cada festival escolar?
Las palabras de Jolyne eran dardos envenenados, cada una dirigida a un punto vulnerable en el corazón de Jotaro. Anne vio cómo el rostro de su prometido se endurecía, no por ira, sino por una vergüenza y una impotencia que rara vez mostraba.
—Tenía mis razones —murmuró Jotaro, su voz apenas audible.
—¡Tus razones! —Jolyne se rió, una risa amarga y hueca—. Siempre tus razones. Razones que siempre fueron más importantes que nosotras, ¿verdad? Más importantes que tu propia hija.
Un silencio tenso se apoderó de la habitación. Jotaro se mantuvo inmóvil, como una estatua de piedra. Anne se levantó, sintiendo la necesidad de intervenir, de calmar la situación, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Sabía que no era su lugar. Este era un enfrentamiento entre padre e hija, un dolor que se había incubado durante años.
—Jolyne, por favor —Anne finalmente encontró su voz, suave pero firme—. Entiendo que estés molesta, pero…
Jolyne se giró hacia ella con una mirada de puro desafío. —Tú no entiendes nada. Tú eres la razón por la que él está aquí ahora. La "mujer más joven" que finalmente lo hizo sentar cabeza. ¿Crees que no sé cómo funciona esto? Él siempre busca algo nuevo, algo que lo mantenga ocupado hasta que se aburra. Y luego, simplemente se va.
La acusación de Jolyne, aunque injusta, tenía un eco de verdad en la historia de Jotaro. Él mismo lo sabía. Su vida había sido una sucesión de huidas, de misiones, de proteger a otros a costa de su propia felicidad y la de los que amaba.
—No es así, Jolyne —dijo Anne, su voz ahora más fuerte. No iba a permitir que se le culpara por algo que no era suyo—. Yo no estoy aquí para reemplazar a nadie. Y tu padre… él no es el mismo hombre que era.
Jolyne soltó una carcajada incrédula. —Claro que no. Ahora tiene un "bebé en camino" —su mirada se posó en el vientre de Anne, una mezcla de curiosidad y desdén—. ¿Y qué? ¿Crees que eso lo va a cambiar? ¿Crees que un bebé lo va a atar? Él siempre encontrará una excusa para irse. Siempre lo hace.
El corazón de Anne se encogió. La crudeza de las palabras de Jolyne era un reflejo del miedo más profundo de Anne: que Jotaro, a pesar de sus promesas, a pesar de su amor, volvería a huir. Pero no iba a dejar que ese miedo la dominara, no ahora.
—Tu padre no se va a ir —dijo Anne, con una convicción que sorprendió a la propia Jolyne—. Él está aquí. Y se va a quedar.
Jotaro, que había permanecido en silencio, finalmente habló. Su voz era baja, áspera, pero cargada de una emoción que Anne rara vez había escuchado. —Jolyne, sé que te hice daño. Sé que no estuve ahí. Y no hay nada que pueda decir para cambiar el pasado. Pero… no me voy a ir otra vez.
Jolyne lo miró, sus ojos llenos de lágrimas contenidas. —Eso es lo que siempre dices.
—No —Jotaro dio otro paso, acortando la distancia entre ellos—. Esta vez es diferente. Te lo prometo.
La promesa de Jotaro, tan rara y preciada, flotaba en el aire. Jolyne no respondió. Simplemente se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, el peso de sus emociones demasiado grande para contenerlo.
—Me voy —dijo, sin mirar atrás—. No puedo hacer esto ahora.
Y con eso, se fue, dejando un vacío en la habitación y un eco de su dolor.
Jotaro se desplomó en el sofá, su rostro entre sus manos. Anne se acercó a él, posando una mano suave en su hombro.
—Le duele, Jotaro —dijo Anne con voz suave—. Y tiene derecho a sentirlo.
Jotaro asintió, sin levantar la vista. —Lo sé. Fui un idiota. Un cobarde.
—No eres un cobarde —Anne se sentó a su lado, abrazándolo. Los músculos de Jotaro estaban tensos, pero no la apartó—. Solo… no sabías cómo quedarte.
El silencio se instaló entre ellos, un silencio diferente al anterior. Este era un silencio de comprensión, de consuelo. Anne sabía que el camino por delante sería largo y difícil. Reconstruir una familia, sanar viejas heridas, no era una tarea fácil. Pero mientras abrazaba a Jotaro, sintió una certeza inquebrantable. Ella estaba ahí para quedarse. Y Jotaro, por primera vez en su vida, también.
***
Pasaron los días, y la tensión en el apartamento de Jotaro seguía siendo palpable. Jolyne evitaba a su padre y a Anne con una habilidad sorprendente, refugiándose en su habitación o saliendo a explorar las calles de Tokio con una actitud desafiante. Anne, a pesar de la incomodidad, intentaba tender puentes, dejando pequeños gestos de amabilidad: un plato de su comida favorita en la puerta de su habitación, una nota con información sobre los lugares de interés para adolescentes en Tokio. Todo era recibido con silencio o con una mirada esquiva.
La boda se acercaba, y los preparativos avanzaban a pesar del ambiente. Joseph Joestar había llegado, trayendo consigo su habitual torbellino de energía y excentricidad, lo que, para sorpresa de Anne, logró arrancar algunas sonrisas forzadas a Jolyne. Joseph, con su particular manera de ser, no dudaba en soltar comentarios sobre la "nueva familia" de Jotaro, lo que a veces irritaba a Jolyne, pero otras veces, extrañamente, la hacía reír.
Una tarde, mientras Jotaro estaba fuera atendiendo asuntos de la Fundación Speedwagon, Anne encontró a Jolyne sentada en el balcón, mirando el atardecer. Dudó un momento, pero luego tomó una respiración profunda y se acercó.
—¿Te importa si me siento? —preguntó Anne, su voz suave.
Jolyne se encogió de hombros, sin apartar la vista del horizonte. —Haz lo que quieras.
Anne se sentó en la silla de al lado, dejando un espacio prudente entre ellas. El silencio se prolongó, solo roto por el sonido lejano del tráfico de la ciudad.
—Sé que no te agrado —dijo Anne finalmente, con honestidad.
Jolyne resopló. —No es que no me agrades. Es que… no entiendo por qué estás aquí.
—Estoy aquí porque amo a tu padre —la respuesta de Anne fue sencilla, directa.
Jolyne se giró para mirarla, sus ojos verdes llenos de una mezcla de curiosidad y escepticismo. —Y él te ama a ti, ¿verdad? Por eso te vas a casar. Por eso vas a tener un bebé.
—Sí —Anne asintió—. Él me ama. Y yo lo amo a él.
—¿Y qué pasa con mi madre? —la voz de Jolyne era apenas un susurro, pero la pregunta resonó en el aire.
Anne miró el horizonte por un momento, buscando las palabras adecuadas. —Tu padre y tu madre tuvieron una historia. Una historia importante. Pero las personas cambian, Jolyne. Las vidas toman rumbos diferentes. A veces, el amor se transforma, o simplemente… se apaga. Eso no significa que no fuera real en su momento.
—¿Entonces él simplemente se aburrió de nosotras? —Jolyne volvió a su tono desafiante.
—No —Anne negó con la cabeza—. Tu padre nunca se aburrió de ti. Él te ama, Jolyne. Más de lo que puedes imaginar. Pero él… él no sabía cómo ser un padre. No sabía cómo ser un esposo. No sabía cómo quedarse. Tenía miedo.
Jolyne frunció el ceño. —¿Miedo? ¿De qué? Mi padre no le tiene miedo a nada.
—Él le tiene miedo a perder a las personas que ama —Anne miró directamente a los ojos de Jolyne—. O peor, le tiene miedo a hacerles daño. Por eso se mantuvo alejado. Creía que si te mantenía a distancia, te protegería. No fue la decisión correcta, lo sé. Y él lo sabe. Pero no fue por falta de amor, Jolyne. Nunca.
Las palabras de Anne parecieron perforar la coraza de Jolyne. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y su labio inferior comenzó a temblar.
—Pero… pero siempre estuvo ausente —su voz se quebró—. Siempre me sentí… sola. Como si no fuera suficiente.
Y entonces, las lágrimas que Jolyne había contenido durante tanto tiempo finalmente se desbordaron. Lloró, las lágrimas rodando por sus mejillas, el dolor de años de ausencia y resentimiento liberándose en un torrente silencioso. Anne no dijo nada. Simplemente se acercó a ella, y con un gesto suave, la atrajo hacia ella, abrazándola.
Jolyne se resistió por un momento, pero luego cedió, apoyando su cabeza en el hombro de Anne y llorando sin control. Anne la sostuvo, su propia garganta apretada por la emoción. No había palabras que pudieran borrar el pasado, pero tal vez, solo tal vez, el consuelo de ese abrazo podía empezar a sanar.
—Él nunca te abandonó porque no te quisiera —susurró Anne, acariciando el cabello de Jolyne—. Solo… no supo cómo quedarse. Pero ahora está aprendiendo. Por ti. Por nosotros.
El llanto de Jolyne disminuyó lentamente, transformándose en sollozos entrecortados. Cuando finalmente se separó de Anne, sus ojos estaban rojos e hinchados, pero algo en su mirada había cambiado. La desconfianza seguía ahí, pero ahora había una pizca de vulnerabilidad, de comprensión.
—No quiero que pienses que estoy tratando de ocupar el lugar de tu madre —dijo Anne, mirándola a los ojos—. Ella es tu madre. Y siempre lo será. Yo solo… quiero ser parte de esta familia. Si me lo permites.
Jolyne se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. —No sé si puedo.
—No tienes que hacerlo de inmediato —Anne le ofreció una pequeña sonrisa—. Pero podemos intentarlo. ¿Qué te parece?
Jolyne la miró por un largo momento, evaluándola. Finalmente, un suspiro escapó de sus labios. —Supongo que… supongo que no tienes la culpa de todo esto.
Anne sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro. —No, no la tengo. Pero estoy aquí. Y me gustaría que tú también lo estuvieras.
Otro silencio se extendió entre ellas, pero esta vez, no era un silencio de tensión. Era un silencio de tregua, de una barrera que empezaba a ceder. Jolyne se puso de pie, su expresión aún seria, pero con una chispa diferente en sus ojos.
—Tengo hambre —dijo Jolyne, con un tono más suave de lo habitual.
Anne se rió suavemente. —Yo también. ¿Qué te parece si pedimos algo de comida japonesa? Tu padre no tardará en llegar.
Jolyne asintió, y por primera vez desde que había llegado a Japón, una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.
Anne sabía que este era solo el comienzo. Había mucho por sanar, mucho por construir. Pero mientras observaba a Jolyne ir hacia la cocina, sintió una oleada de esperanza. Las mareas del destino los habían traído juntos, y con paciencia y amor, tal vez podrían construir algo nuevo, algo que, a pesar de las cicatrices del pasado, fuera fuerte y duradero. La familia Kujo, extraña y disfuncional como era, estaba empezando a encontrar su propio camino, con un Jotaro torpe pero presente, una Anne que era el equilibrio y la marea constante, y una Jolyne que, poco a poco, aprendía a convivir con la idea de una nueva familia, y el futuro bebé, que ya era amado por todos, incluso por un Star Platinum que observaba con curiosidad desde la sombra.
