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ellas
Fandom: Ot25
Creado: 2/2/2026
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DramaDolor/ConsueloRealismoEstudio de PersonajeLenguaje ExplícitoDiscriminaciónDismorfia CorporalRomance
La tentación de vuestros pechos
La semana en la Academia de Operación Triunfo se había tornado un torbellino de emociones para Cris y Lau. Las galas de los lunes eran un escaparate de talento, pero también de juicios, y no solo por parte del jurado. Desde el incidente de la primera gala, donde Olivia y Claudia no pudieron evitar observar sus curvas, una nueva dinámica se había instaurado en la casa.
Los días siguientes a la gala, la tensión era palpable. Los compañeros, envalentonados por la atención que Cris y Lau habían recibido, no dudaban en lanzar comentarios hirientes sobre sus cuerpos. “Vaya par de vacas”, “¿No os da vergüenza ir así por la vida?”, “Con esas tetas y ese culo, ¿quién se va a fijar en vuestra voz?”. Cada frase era una puñalada que calaba hondo en la ya frágil autoestima de Cris y Lau. Las lágrimas se convirtieron en compañeras silenciosas, derramadas en la soledad de sus habitaciones o bajo el abrazo reconfortante de la ducha. La inseguridad, un monstruo que siempre acechaba, ahora las devoraba por completo.
Pero no estaban solas. Olivia y Claudia, como dos leonas protectoras, emergían cada vez que la situación lo requería. Sus voces, aunque a veces tímidas, se alzaban con una ferocidad inesperada, silenciando a los atacantes con réplicas ingeniosas y, a menudo, muy explícitas.
Un día, mientras Cris y Lau ensayaban en la sala de canto, el grupo de compañeros más ruidoso se acercó.
– ¿En serio vais a seguir con esos top? – preguntó uno de ellos con sorna, sus ojos deteniéndose en el escote de Cris. – Vuestras tetas van a salirse.
Cris, con los ojos vidriosos, agachó la cabeza. Lau, a su lado, apretó los puños, intentando contener la rabia y la vergüenza.
– ¿Y cuál es el problema? – la voz de Olivia resonó en la sala, haciendo que todos se giraran. Claudia estaba a su lado, con los brazos cruzados y una mirada desafiante. – ¿Os molesta que estén tan buenas? ¿Que se os caiga la baba cada vez que las veis?
Los compañeros se quedaron en silencio, sorprendidos por la intervención.
– Lo que os pasa es que estáis necesitados – continuó Claudia, con una sonrisa pícara. – Y Cris y Lau os ponen muchísimo con esas tetazas y esos culazos, pero vais a tener que aguantaros. Son nuestras.
Un rubor intenso subió por el cuello de Cris y Lau, extendiéndose por sus mejillas. Sentían el calor en sus zonas más íntimas, un cosquilleo que las recorría de pies a cabeza. La vergüenza se mezclaba con una excitación inesperada. Los compañeros, por su parte, se quedaron sin palabras, algunos con la boca abierta, otros con las miradas perdidas en el suelo. La tensión sexual en el ambiente era casi palpable.
– ¡Eso es! – exclamó Olivia, acercándose a Cris y Lau y pasando un brazo protector por sus hombros. – Son nuestras y solo nuestras. Así que, si no podéis contener vuestra envidia, mejor que os vayáis a otro lado.
Los compañeros, humillados y sin argumentos, se dispersaron murmurando, dejando a las cuatro chicas solas.
– Gracias, chicas – dijo Cris, la voz apenas un susurro, mientras se secaba una lágrima furtiva.
– No tenéis que agradecer nada – respondió Claudia, acariciándole el pelo. – Nadie tiene derecho a haceros sentir mal por vuestros cuerpos. Y menos cuando son tan perfectos.
Laura, que había permanecido en silencio, finalmente habló, su voz temblaba ligeramente.
– Pero es que... no sé. A veces siento que tienen razón.
– ¿Qué dices, Rubia? – Olivia la miró con severidad. – ¿Cómo van a tener razón? Tienes un cuerpo escultural, un culo que desafía la gravedad y unas tetas que son la envidia de cualquier mujer. Eres pura tentación.
Las palabras de Olivia hicieron que Lau se sonrojara aún más. Sentía el calor en sus pechos, la piel de gallina en sus brazos.
– Exacto – añadió Claudia, posando una mano en el hombro de Cris. – Y tú, Enana, eres una diosa. Esos abdominales, esas curvas, esa boca... Eres puro fuego. Y tu lunar en la barbilla... me dan unas ganas de besarlo.
Cris se encogió, sintiendo cómo el rubor le subía hasta la raíz del pelo. La mención de su lunar, y la forma en que Claudia lo dijo, la hizo sentir un escalofrío que le recorrió la espalda. Las palabras de sus amigas, lejos de avergonzarla, la hacían sentir deseada, apreciada. Y, sí, un poco mojada.
Las noches se convirtieron en un refugio para las cuatro. La intimidad del dormitorio, lejos de las miradas de los demás, permitía que las defensas cayeran y que la ternura floreciera. Cris, con su inseguridad a flor de piel, encontró consuelo en el abrazo de Claudia.
– Clau, ¿puedo dormir contigo? – preguntó una noche, la voz apenas audible. – Es que... tus tetas son muy cómodas.
Claudia sonrió, su corazón latiendo con fuerza.
– Claro que sí, Enana. Ven aquí.
Cris se acurrucó contra el cuerpo de Claudia, su cabeza descansando entre sus pechos. El calor, la suavidad, el latido constante del corazón de su amiga, la envolvieron en una sensación de seguridad y paz. Las manos de Claudia acariciaban su espalda, susurrándole palabras de consuelo.
– Eres preciosa, ¿sabes? – le dijo Claudia, mientras Cris se quedaba dormida. – No dejes que nadie te haga creer lo contrario.
Mientras tanto, en la cama contigua, Laura buscaba el mismo refugio en Olivia.
– Oli, ¿te importa si me acurruco un poco? – preguntó Lau, con la voz ahogada por las lágrimas. – Tus tetas son... muy blanditas.
Olivia abrió los brazos, su corazón enternecido.
– Ven aquí, Rubia. Siempre hay espacio para ti.
Lau se recostó contra Olivia, su rostro escondido en el hueco de su cuello, su mano apoyada en uno de los suaves pechos de su amiga. El olor de Olivia, una mezcla de dulzura y algo terroso, la calmaba. Olivia la abrazó con fuerza, acariciándole el pelo rubio.
– Eres una monada, Lau – susurró Olivia. – Y tienes el cuerpo más sexy que he visto en mi vida. No llores más, por favor.
Las palabras de Olivia hicieron que Lau se sonrojara hasta las orejas, pero también le brindaron un consuelo inmenso. Poco a poco, el llanto cesó, reemplazado por la respiración pausada del sueño.
Los días pasaban, y la dinámica se repetía. Los comentarios de los compañeros, cada vez más audaces, eran recibidos con la misma ferocidad por parte de Olivia y Claudia.
– ¡Miradlas! ¡Parecen dos putas con esos pantalones tan ajustados! – exclamó un compañero un día, mientras Cris y Lau pasaban por su lado.
Olivia y Claudia, que estaban cerca, se detuvieron en seco.
– ¿Putas? – preguntó Olivia, sus ojos cobrizos brillando con furia. – ¿O es que os molesta que Cris tenga ese culo tan respingón y Lau esas piernas de infarto?
– Lo que os pasa es que estáis verdes de envidia – añadió Claudia, con una sonrisa arrogante. – Y lo peor es que sabéis que aunque se pongan un saco de patatas, seguirán estando más buenas que todas vosotras juntas.
Las chicas se ruborizaron, sintiendo el calor en sus zonas íntimas. La forma en que Olivia y Claudia las defendían, la manera en que describían sus cuerpos con tanta admiración, las hacía sentir poderosas, deseables. Y, una vez más, la humedad se instalaba en sus braguitas.
Unas semanas más tarde, la tensión en la casa era casi insoportable. La gala se acercaba y los nervios estaban a flor de piel. Durante la cena, los comentarios no se hicieron esperar.
– Cris, ¿no te da vergüenza ir con ese escote? – preguntó una compañera con malicia. – Se te van a salir las tetas.
Cris, que ya estaba al límite, sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos.
– ¡Basta ya! – la voz de Claudia tronó en el comedor. – ¿Qué pasa con sus tetas? ¿Que son tan grandes y perfectas que os hacen sentir inferiores?
– Es que no entiendo por qué os metéis con ellas – intervino Olivia, con la voz cargada de indignación. – Cris tiene unas tetas que son un pecado, y un culo que es puro arte. Y Lau... Lau es una diosa, con ese cuerpo atlético y esas curvas de escándalo.
Las palabras de Olivia y Claudia, pronunciadas con tanta pasión y convicción, hicieron que Cris y Lau se sonrojaran hasta la raíz del pelo. Sentían el calor subir por sus cuerpos, la humedad en sus entrepiernas. La tensión en el comedor era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
– Lo que os pasa es que estáis necesitados – continuó Claudia, su mirada desafiante recorriendo a los compañeros. – Y Cris y Lau os ponen mucho con esas tetazas y esos culazos, pero vais a tener que aguantaros porque solo son nuestros. Y el que no lo entienda, que se atenga a las consecuencias.
Los compañeros, ante la amenaza implícita en las palabras de Claudia, se quedaron en silencio. El resto de la cena transcurrió en un ambiente tenso, pero al menos Cris y Lau pudieron comer en paz.
Esa noche, Cris se acurrucó en los brazos de Claudia, su cabeza descansando en sus pechos.
– Gracias, Clau – susurró Cris, su voz amortiguada por la tela del pijama de su amiga. – No sé qué haría sin ti.
– No tienes que dar las gracias, Enana – respondió Claudia, besándole la coronilla. – Siempre te protegeré. Y tus tetas son tan cómodas, que me encanta que te quedes aquí.
Lau, por su parte, buscó el consuelo de Olivia.
– Oli, ¿puedo dormir contigo otra vez? – preguntó, su voz apenas un hilo. – Tus tetas son el mejor cojín del mundo.
Olivia sonrió, abrazándola con fuerza.
– Claro que sí, Rubia. Y eres tan mona que no puedo resistirme a tenerte cerca.
Lau se acurrucó contra Olivia, sintiendo el calor de su cuerpo y la suavidad de sus pechos. El sueño la envolvió rápidamente, liberándola por unas horas de las inseguridades y las miradas acusadoras.
A la mañana siguiente, las cuatro se despertaron con una sensación de paz y unidad. El lazo que las unía se había fortalecido con cada ataque, con cada defensa. Cris y Lau, aunque aún inseguras, se sentían más protegidas que nunca. Y Olivia y Claudia, por su parte, habían descubierto una faceta de sí mismas que no conocían: la de protectoras feroces, dispuestas a todo por las personas que querían.
La semana avanzó, y con ella, los ensayos para la gala. Cris y Lau se esforzaban al máximo, intentando canalizar sus emociones en sus canciones. Los comentarios de los compañeros persistían, pero ahora, cada vez que alguien se atrevía a decir algo, Olivia y Claudia aparecían como rayos, listas para la batalla.
– ¡Mirad a Cris, parece que va a reventar el top de lo grandes que tiene las tetas! – exclamó un compañero durante un ensayo de baile.
– ¡Y mirad a Lau, con ese culo que parece que va a tirar la pared!
Cris y Lau se detuvieron en seco, sus rostros palideciendo. Pero antes de que pudieran decir algo, Olivia y Claudia ya estaban allí.
– ¿Y qué si Cris revienta el top? – preguntó Olivia, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y desafío. – Significa que tiene unas tetas tan maravillosas que ni la tela más fuerte puede contenerlas. ¡Y eso es un privilegio, no un problema!
– Y el culo de Lau... ¡es una obra de arte! – añadió Claudia, con una sonrisa pícara. – Un culo que te deja sin aliento, un culo que te hace babear. ¿A vosotros no os gustaría tener un culo así?
Los compañeros se quedaron en silencio, algunos con la boca abierta, otros sonrojados hasta las orejas. Cris y Lau, por su parte, sentían el calor subir por sus cuerpos, un cosquilleo en sus entrepiernas. La desvergüenza de sus amigas, la forma en que elogiaban sus cuerpos sin pudor, las hacía sentir deseadas, excitadas.
– Lo que os pasa – continuó Olivia, acercándose a Cris y tocándole el brazo con ternura – es que estáis muertos de envidia. Y os gustaría tocar estas tetas, ¿verdad? Pues os vais a quedar con las ganas, porque solo son nuestras.
– Y este culazo – dijo Claudia, pasando una mano por la nalga de Lau, quien se estremeció al contacto – solo lo disfrutamos nosotras. Así que, si no podéis dejar de mirarlas, al menos hacedlo en silencio y con respeto.
Los compañeros, completamente avergonzados, se dispersaron, dejando a las cuatro chicas solas. Cris y Lau se miraron, sus rostros sonrojados, sus cuerpos temblorosos. La excitación era palpable, la tensión sexual en el aire casi irrespirable.
– Sois las mejores – dijo Cris, abrazando a Claudia con fuerza.
– Y vosotras sois las más monas y las más buenas – respondió Claudia, besándole la mejilla.
Laura se acercó a Olivia, su mano rozando la de su amiga.
– Gracias, Liv – susurró. – No sé qué haría sin ti.
– No hay de qué, Rubia – respondió Olivia, entrelazando sus dedos con los de Laura. – Eres una monada. Y tu cuerpo... tu cuerpo es un sueño.
Las palabras de sus amigas, lejos de avergonzarlas, las hacían sentir poderosas, deseables. La inseguridad aún estaba allí, pero ahora venía acompañada de una nueva sensación de confianza, una sensación de ser deseadas y protegidas. Y cada noche, Cris se acurrucaba en los pechos de Claudia, y Lau en los de Olivia, encontrando en la suavidad de sus cuerpos un refugio seguro, un lugar donde sus inseguridades se disipaban y donde la ternura y la excitación se entrelazaban en un dulce abrazo. La tentación de sus pechos se había convertido en su consuelo, su fortaleza y, quizás, el inicio de algo más.
Los días siguientes a la gala, la tensión era palpable. Los compañeros, envalentonados por la atención que Cris y Lau habían recibido, no dudaban en lanzar comentarios hirientes sobre sus cuerpos. “Vaya par de vacas”, “¿No os da vergüenza ir así por la vida?”, “Con esas tetas y ese culo, ¿quién se va a fijar en vuestra voz?”. Cada frase era una puñalada que calaba hondo en la ya frágil autoestima de Cris y Lau. Las lágrimas se convirtieron en compañeras silenciosas, derramadas en la soledad de sus habitaciones o bajo el abrazo reconfortante de la ducha. La inseguridad, un monstruo que siempre acechaba, ahora las devoraba por completo.
Pero no estaban solas. Olivia y Claudia, como dos leonas protectoras, emergían cada vez que la situación lo requería. Sus voces, aunque a veces tímidas, se alzaban con una ferocidad inesperada, silenciando a los atacantes con réplicas ingeniosas y, a menudo, muy explícitas.
Un día, mientras Cris y Lau ensayaban en la sala de canto, el grupo de compañeros más ruidoso se acercó.
– ¿En serio vais a seguir con esos top? – preguntó uno de ellos con sorna, sus ojos deteniéndose en el escote de Cris. – Vuestras tetas van a salirse.
Cris, con los ojos vidriosos, agachó la cabeza. Lau, a su lado, apretó los puños, intentando contener la rabia y la vergüenza.
– ¿Y cuál es el problema? – la voz de Olivia resonó en la sala, haciendo que todos se giraran. Claudia estaba a su lado, con los brazos cruzados y una mirada desafiante. – ¿Os molesta que estén tan buenas? ¿Que se os caiga la baba cada vez que las veis?
Los compañeros se quedaron en silencio, sorprendidos por la intervención.
– Lo que os pasa es que estáis necesitados – continuó Claudia, con una sonrisa pícara. – Y Cris y Lau os ponen muchísimo con esas tetazas y esos culazos, pero vais a tener que aguantaros. Son nuestras.
Un rubor intenso subió por el cuello de Cris y Lau, extendiéndose por sus mejillas. Sentían el calor en sus zonas más íntimas, un cosquilleo que las recorría de pies a cabeza. La vergüenza se mezclaba con una excitación inesperada. Los compañeros, por su parte, se quedaron sin palabras, algunos con la boca abierta, otros con las miradas perdidas en el suelo. La tensión sexual en el ambiente era casi palpable.
– ¡Eso es! – exclamó Olivia, acercándose a Cris y Lau y pasando un brazo protector por sus hombros. – Son nuestras y solo nuestras. Así que, si no podéis contener vuestra envidia, mejor que os vayáis a otro lado.
Los compañeros, humillados y sin argumentos, se dispersaron murmurando, dejando a las cuatro chicas solas.
– Gracias, chicas – dijo Cris, la voz apenas un susurro, mientras se secaba una lágrima furtiva.
– No tenéis que agradecer nada – respondió Claudia, acariciándole el pelo. – Nadie tiene derecho a haceros sentir mal por vuestros cuerpos. Y menos cuando son tan perfectos.
Laura, que había permanecido en silencio, finalmente habló, su voz temblaba ligeramente.
– Pero es que... no sé. A veces siento que tienen razón.
– ¿Qué dices, Rubia? – Olivia la miró con severidad. – ¿Cómo van a tener razón? Tienes un cuerpo escultural, un culo que desafía la gravedad y unas tetas que son la envidia de cualquier mujer. Eres pura tentación.
Las palabras de Olivia hicieron que Lau se sonrojara aún más. Sentía el calor en sus pechos, la piel de gallina en sus brazos.
– Exacto – añadió Claudia, posando una mano en el hombro de Cris. – Y tú, Enana, eres una diosa. Esos abdominales, esas curvas, esa boca... Eres puro fuego. Y tu lunar en la barbilla... me dan unas ganas de besarlo.
Cris se encogió, sintiendo cómo el rubor le subía hasta la raíz del pelo. La mención de su lunar, y la forma en que Claudia lo dijo, la hizo sentir un escalofrío que le recorrió la espalda. Las palabras de sus amigas, lejos de avergonzarla, la hacían sentir deseada, apreciada. Y, sí, un poco mojada.
Las noches se convirtieron en un refugio para las cuatro. La intimidad del dormitorio, lejos de las miradas de los demás, permitía que las defensas cayeran y que la ternura floreciera. Cris, con su inseguridad a flor de piel, encontró consuelo en el abrazo de Claudia.
– Clau, ¿puedo dormir contigo? – preguntó una noche, la voz apenas audible. – Es que... tus tetas son muy cómodas.
Claudia sonrió, su corazón latiendo con fuerza.
– Claro que sí, Enana. Ven aquí.
Cris se acurrucó contra el cuerpo de Claudia, su cabeza descansando entre sus pechos. El calor, la suavidad, el latido constante del corazón de su amiga, la envolvieron en una sensación de seguridad y paz. Las manos de Claudia acariciaban su espalda, susurrándole palabras de consuelo.
– Eres preciosa, ¿sabes? – le dijo Claudia, mientras Cris se quedaba dormida. – No dejes que nadie te haga creer lo contrario.
Mientras tanto, en la cama contigua, Laura buscaba el mismo refugio en Olivia.
– Oli, ¿te importa si me acurruco un poco? – preguntó Lau, con la voz ahogada por las lágrimas. – Tus tetas son... muy blanditas.
Olivia abrió los brazos, su corazón enternecido.
– Ven aquí, Rubia. Siempre hay espacio para ti.
Lau se recostó contra Olivia, su rostro escondido en el hueco de su cuello, su mano apoyada en uno de los suaves pechos de su amiga. El olor de Olivia, una mezcla de dulzura y algo terroso, la calmaba. Olivia la abrazó con fuerza, acariciándole el pelo rubio.
– Eres una monada, Lau – susurró Olivia. – Y tienes el cuerpo más sexy que he visto en mi vida. No llores más, por favor.
Las palabras de Olivia hicieron que Lau se sonrojara hasta las orejas, pero también le brindaron un consuelo inmenso. Poco a poco, el llanto cesó, reemplazado por la respiración pausada del sueño.
Los días pasaban, y la dinámica se repetía. Los comentarios de los compañeros, cada vez más audaces, eran recibidos con la misma ferocidad por parte de Olivia y Claudia.
– ¡Miradlas! ¡Parecen dos putas con esos pantalones tan ajustados! – exclamó un compañero un día, mientras Cris y Lau pasaban por su lado.
Olivia y Claudia, que estaban cerca, se detuvieron en seco.
– ¿Putas? – preguntó Olivia, sus ojos cobrizos brillando con furia. – ¿O es que os molesta que Cris tenga ese culo tan respingón y Lau esas piernas de infarto?
– Lo que os pasa es que estáis verdes de envidia – añadió Claudia, con una sonrisa arrogante. – Y lo peor es que sabéis que aunque se pongan un saco de patatas, seguirán estando más buenas que todas vosotras juntas.
Las chicas se ruborizaron, sintiendo el calor en sus zonas íntimas. La forma en que Olivia y Claudia las defendían, la manera en que describían sus cuerpos con tanta admiración, las hacía sentir poderosas, deseables. Y, una vez más, la humedad se instalaba en sus braguitas.
Unas semanas más tarde, la tensión en la casa era casi insoportable. La gala se acercaba y los nervios estaban a flor de piel. Durante la cena, los comentarios no se hicieron esperar.
– Cris, ¿no te da vergüenza ir con ese escote? – preguntó una compañera con malicia. – Se te van a salir las tetas.
Cris, que ya estaba al límite, sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos.
– ¡Basta ya! – la voz de Claudia tronó en el comedor. – ¿Qué pasa con sus tetas? ¿Que son tan grandes y perfectas que os hacen sentir inferiores?
– Es que no entiendo por qué os metéis con ellas – intervino Olivia, con la voz cargada de indignación. – Cris tiene unas tetas que son un pecado, y un culo que es puro arte. Y Lau... Lau es una diosa, con ese cuerpo atlético y esas curvas de escándalo.
Las palabras de Olivia y Claudia, pronunciadas con tanta pasión y convicción, hicieron que Cris y Lau se sonrojaran hasta la raíz del pelo. Sentían el calor subir por sus cuerpos, la humedad en sus entrepiernas. La tensión en el comedor era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
– Lo que os pasa es que estáis necesitados – continuó Claudia, su mirada desafiante recorriendo a los compañeros. – Y Cris y Lau os ponen mucho con esas tetazas y esos culazos, pero vais a tener que aguantaros porque solo son nuestros. Y el que no lo entienda, que se atenga a las consecuencias.
Los compañeros, ante la amenaza implícita en las palabras de Claudia, se quedaron en silencio. El resto de la cena transcurrió en un ambiente tenso, pero al menos Cris y Lau pudieron comer en paz.
Esa noche, Cris se acurrucó en los brazos de Claudia, su cabeza descansando en sus pechos.
– Gracias, Clau – susurró Cris, su voz amortiguada por la tela del pijama de su amiga. – No sé qué haría sin ti.
– No tienes que dar las gracias, Enana – respondió Claudia, besándole la coronilla. – Siempre te protegeré. Y tus tetas son tan cómodas, que me encanta que te quedes aquí.
Lau, por su parte, buscó el consuelo de Olivia.
– Oli, ¿puedo dormir contigo otra vez? – preguntó, su voz apenas un hilo. – Tus tetas son el mejor cojín del mundo.
Olivia sonrió, abrazándola con fuerza.
– Claro que sí, Rubia. Y eres tan mona que no puedo resistirme a tenerte cerca.
Lau se acurrucó contra Olivia, sintiendo el calor de su cuerpo y la suavidad de sus pechos. El sueño la envolvió rápidamente, liberándola por unas horas de las inseguridades y las miradas acusadoras.
A la mañana siguiente, las cuatro se despertaron con una sensación de paz y unidad. El lazo que las unía se había fortalecido con cada ataque, con cada defensa. Cris y Lau, aunque aún inseguras, se sentían más protegidas que nunca. Y Olivia y Claudia, por su parte, habían descubierto una faceta de sí mismas que no conocían: la de protectoras feroces, dispuestas a todo por las personas que querían.
La semana avanzó, y con ella, los ensayos para la gala. Cris y Lau se esforzaban al máximo, intentando canalizar sus emociones en sus canciones. Los comentarios de los compañeros persistían, pero ahora, cada vez que alguien se atrevía a decir algo, Olivia y Claudia aparecían como rayos, listas para la batalla.
– ¡Mirad a Cris, parece que va a reventar el top de lo grandes que tiene las tetas! – exclamó un compañero durante un ensayo de baile.
– ¡Y mirad a Lau, con ese culo que parece que va a tirar la pared!
Cris y Lau se detuvieron en seco, sus rostros palideciendo. Pero antes de que pudieran decir algo, Olivia y Claudia ya estaban allí.
– ¿Y qué si Cris revienta el top? – preguntó Olivia, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y desafío. – Significa que tiene unas tetas tan maravillosas que ni la tela más fuerte puede contenerlas. ¡Y eso es un privilegio, no un problema!
– Y el culo de Lau... ¡es una obra de arte! – añadió Claudia, con una sonrisa pícara. – Un culo que te deja sin aliento, un culo que te hace babear. ¿A vosotros no os gustaría tener un culo así?
Los compañeros se quedaron en silencio, algunos con la boca abierta, otros sonrojados hasta las orejas. Cris y Lau, por su parte, sentían el calor subir por sus cuerpos, un cosquilleo en sus entrepiernas. La desvergüenza de sus amigas, la forma en que elogiaban sus cuerpos sin pudor, las hacía sentir deseadas, excitadas.
– Lo que os pasa – continuó Olivia, acercándose a Cris y tocándole el brazo con ternura – es que estáis muertos de envidia. Y os gustaría tocar estas tetas, ¿verdad? Pues os vais a quedar con las ganas, porque solo son nuestras.
– Y este culazo – dijo Claudia, pasando una mano por la nalga de Lau, quien se estremeció al contacto – solo lo disfrutamos nosotras. Así que, si no podéis dejar de mirarlas, al menos hacedlo en silencio y con respeto.
Los compañeros, completamente avergonzados, se dispersaron, dejando a las cuatro chicas solas. Cris y Lau se miraron, sus rostros sonrojados, sus cuerpos temblorosos. La excitación era palpable, la tensión sexual en el aire casi irrespirable.
– Sois las mejores – dijo Cris, abrazando a Claudia con fuerza.
– Y vosotras sois las más monas y las más buenas – respondió Claudia, besándole la mejilla.
Laura se acercó a Olivia, su mano rozando la de su amiga.
– Gracias, Liv – susurró. – No sé qué haría sin ti.
– No hay de qué, Rubia – respondió Olivia, entrelazando sus dedos con los de Laura. – Eres una monada. Y tu cuerpo... tu cuerpo es un sueño.
Las palabras de sus amigas, lejos de avergonzarlas, las hacían sentir poderosas, deseables. La inseguridad aún estaba allí, pero ahora venía acompañada de una nueva sensación de confianza, una sensación de ser deseadas y protegidas. Y cada noche, Cris se acurrucaba en los pechos de Claudia, y Lau en los de Olivia, encontrando en la suavidad de sus cuerpos un refugio seguro, un lugar donde sus inseguridades se disipaban y donde la ternura y la excitación se entrelazaban en un dulce abrazo. La tentación de sus pechos se había convertido en su consuelo, su fortaleza y, quizás, el inicio de algo más.
