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Te odio, Dennis

Fandom: Personajes originales

Creado: 28/2/2026

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DramaAngustiaRealismoEstudio de PersonajePsicológicoAcciónRomanceCelosAbuso de Alcohol
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La Tensión Inevitable

El eco de sus voces rebotaba en los pasillos casi vacíos del instituto. La campana del último recreo había sonado hacía minutos, y la mayoría de los estudiantes ya se habían dispersado, buscando el refugio de sus casas o de sus grupos habituales. Pero no Dennis y Lyam. Ellos, como siempre, parecían tener una cita ineludible con la confrontación.

—¿Te crees muy listo, verdad, Lyam? —La voz de Dennis era un susurro cargado de veneno, pero lo suficientemente alto para que solo Lyam la escuchara. Su sonrisa fácil, esa que desarmaba a medio instituto, estaba ausente. En su lugar, una mueca de desprecio torcía sus labios.

Lyam, con su mochila llena de pines de constelaciones y su inconfundible cabello pelirrojo atado en una coleta baja, rodó los ojos. —¿Más listo que tú? Probablemente. Al menos no tengo que recurrir a la intimidación barata para sentirme superior. Tu discurso sobre la Segunda Guerra Mundial fue un fraude, Dennis. Cualquiera con un libro de historia y un par de neuronas funcionales podría haberlo desmantelado.

Esa fue la chispa. Dennis odiaba que le corrigieran, y Lyam lo sabía. Le encantaba. La pequeña cicatriz en la ceja derecha de Dennis se tensó. Dio un paso hacia Lyam, acortando la distancia entre ellos.

—¿Un fraude? ¿Estás diciendo que soy un fraude, cerebrito?

—Estoy diciendo que la información que presentaste era superficial y, en algunos puntos, errónea. No es lo mismo que un fraude, pero sí que demuestra una falta de rigor que para alguien que aspira a Harvard es… decepcionante.

Lyam lo dijo con esa voz monótona y calmada que Dennis encontraba tan irritante. Era como si estuviera recitando un teorema matemático en lugar de clavarle un puñal verbal. El pelirrojo se cruzó de brazos, su postura desafiante a pesar de la aparente pasividad. Las mangas de su sudadera holgada de una universidad del norte de California, a la que probablemente ya había sido aceptado, le cubrían las manos.

Dennis se rió, una risa sin alegría. —Oh, ¿ahora te preocupas por mi futuro universitario? Qué considerado de tu parte, Lyam. Pensé que solo te importaba tu colección de cómics y tus bandas de rock que suenan como gatos agonizando.

—Mis gustos musicales son superiores a tu colección de éxitos pop fabricados para masas, Dennis. Y sí, me preocupo por el rigor académico, incluso si viene de ti. Alguien tiene que mantener los estándares.

Un empujón. Ligero, pero intencionado. Lyam lo recibió sin inmutarse, solo una pequeña sonrisa ladeada apareció en su rostro, revelando ese hoyuelo en su barbilla que Dennis odiaba y, secretamente, encontraba fascinante.

—¿Estándares? ¿Tú? El chico que lleva la misma camiseta de Nirvana desde el año pasado y huele a libro viejo.

—Es una camiseta de Joy Division, idiota. Y sí, "huelo a libro viejo" porque me dedico a leerlos, no a quemarlos para hacer hogueras con tus amigos de cerebro de insecto.

Otro empujón, esta vez más fuerte. Lyam dio un paso atrás, pero su mirada verde se mantuvo fija en los ojos azules de Dennis, desafiante, sin pestañear.

—¿Quién te crees que eres? —Dennis apretó los dientes. La ira, una bestia familiar y bien alimentada, empezaba a rugir en su interior.

—Soy Lyam. El que te gana en los debates. El que te corrige en matemáticas. El que te recuerda lo patético que fuiste en el examen de física del mes pasado.

Ese último golpe fue bajo. El examen de física había sido un desastre para Dennis, una mancha rara en su expediente inmaculado. Y Lyam, por supuesto, no solo había sacado la máxima nota, sino que se había ofrecido a "explicarle" los conceptos básicos con una sonrisa condescendiente.

La sangre hirvió en las venas de Dennis. Sin pensarlo, dio otro empujón, esta vez con toda su fuerza. Lyam tropezó, sus Converse desgastadas resbalaron un poco en el suelo pulido del pasillo, y sus manos instintivamente se levantaron para protegerse.

—¡Ya basta! —espetó Lyam, la calma de su voz rota por un atisbo de furia.

Pero Dennis no lo escuchaba. Su mente estaba nublada por la rabia, por la frustración que le producía este chico pelirrojo que siempre encontraba la manera de desestabilizarlo. Levantó las manos, listo para darle otro empujón, para hacer que Lyam perdiera esa compostura que tanto lo exasperaba.

Lyam, rápido como un rayo a pesar de su apariencia desgarbada, interceptó las manos de Dennis. Sus dedos se cerraron alrededor de las muñecas de Dennis, deteniendo el impulso. Un jadeo se escapó de la garganta de Lyam, una mezcla de sorpresa y furia.

Y entonces, todo cambió.

Lyam, con una fuerza sorprendente, empujó a Dennis hacia atrás. El rubio se encontró de espaldas contra la fría pared del pasillo, el impacto resonando levemente. Lyam no soltó sus muñecas; en cambio, las sujetó con más firmeza, inmovilizándolas a cada lado de su cabeza.

La respiración de Lyam era agitada, su pecho subía y bajaba rápidamente bajo la tela de su sudadera. Sus ojos verdes, normalmente tan serenos o llenos de un sarcasmo distante, ahora brillaban con una intensidad feroz. El hoyuelo en su barbilla era más pronunciado, una señal de la tensión en su mandíbula.

Dennis se quedó sin aire por un instante. La sorpresa lo había golpeado más fuerte que la pared. Lyam, el "nerd", el "cerebrito", lo tenía inmovilizado. Sus muñecas ardían bajo el agarre firme del pelirrojo, pero era el contacto inesperado, la proximidad repentina, lo que lo había dejado paralizado.

Sus caras estaban a centímetros de distancia. Demasiado cerca.

Dennis podía sentir el aliento cálido de Lyam en su rostro, con un ligero aroma a menta y a… libro viejo, pensó fugazmente, y una punzada extraña le recorrió el estómago. Pudo ver las pequeñas pecas que salpicaban el puente de la nariz de Lyam, la forma en que sus pestañas, más largas de lo que recordaba, se agitaban con cada parpadeo.

La mandíbula de Dennis estaba tensa, sus músculos del cuello rígidos. Intentó forcejear, pero Lyam no cedió. Su agarre era de acero, inquebrantable.

—¿Ahora quién es el que intimida, eh, Dennis? —La voz de Lyam era un gruñido bajo, casi inaudible, pero cargada de una ira contenida que Dennis nunca le había oído. No era el sarcasmo habitual, ni la condescendencia. Era algo más oscuro, más primario.

Dennis lo miró fijamente, sus ojos azules buscando una explicación en los de Lyam. El rubio siempre había creído que tenía el control, que sus burlas eran solo una forma de diversión, de mantener a Lyam a raya. Pero ahora, con Lyam tan cerca, con esa intensidad en sus ojos, se dio cuenta de lo equivocado que estaba.

La tensión en el aire era casi palpable, densa y cargada como una tormenta inminente. El silencio del pasillo se hizo ensordecedor, roto solo por sus respiraciones agitadas.

Lyam jadeaba, su pecho se elevaba y caía rápidamente. La cercanía lo estaba afectando también. Podía sentir el calor del cuerpo de Dennis a través de la fina tela de su uniforme, el aroma a colonia cara y a algo más, algo que Lyam se negaba a identificar. Los ojos azules de Dennis, normalmente tan seguros y altaneros, ahora mostraban un atisbo de algo que Lyam no podía descifrar. ¿Sorpresa? ¿Confusión? ¿Quizás incluso… miedo?

El pelirrojo sintió una punzada de triunfo. Por una vez, había superado a Dennis. Por una vez, no era el blanco de sus bromas, sino el que tenía el control. Y, sin embargo, la victoria se sentía extraña, teñida de una electricidad incómoda que le recorría los brazos y le hacía cosquillas en la nuca.

—Suéltame, Lyam —ordenó Dennis, su voz más ronca de lo que pretendía.

Lyam se inclinó un poco más, reduciendo aún más la distancia entre sus rostros. Dennis pudo sentir la punta de la nariz de Lyam rozar la suya, un contacto fugaz que le erizó la piel.

—¿O qué, Dennis? ¿Vas a llorarle a tu papi, el abogado, para que me denuncie por asalto? —El sarcasmo había regresado a la voz de Lyam, pero esta vez, estaba mezclado con una amenaza velada.

Dennis resopló, intentando recuperar algo de su habitual desdén. —No te atreverías.

—¿Ah, no? ¿Y qué te hace pensar eso? Llevas años provocándome, Dennis. Años. ¿Crees que no hay un límite?

La voz de Lyam era baja, casi un murmullo, pero cada palabra resonaba en los oídos de Dennis. El rubio se encontró a sí mismo estudiando los labios de Lyam, la forma en que se movían al hablar, la pequeña cicatriz apenas visible en la comisura. Era absurdo. Estaban en medio de una confrontación, y él estaba notando detalles tan insignificantes.

—¿Qué quieres, Lyam? —preguntó Dennis, una pizca de exasperación mezclada con la confusión.

Lyam suspiró, un sonido que vibró entre ellos. Sus ojos verdes se desviaron por un instante, recorriendo el rostro de Dennis, deteniéndose en la pequeña cicatriz de su ceja, en la mandíbula afilada que estaba empezando a definir su rostro. La tensión en su propio cuerpo era casi insoportable. Tenía a Dennis justo donde quería, vulnerable, inmovilizado. Y, sin embargo, la cercanía era abrumadora, una sobrecarga sensorial que lo estaba dejando sin aliento.

—Quiero que te detengas, Dennis —dijo Lyam, la furia de su voz atenuada por una súplica apenas perceptible—. Quiero que dejes de ser un idiota pretencioso que se cree el centro del universo. Quiero que me dejes en paz.

Las palabras de Lyam golpearon a Dennis con una fuerza inesperada. No era lo que esperaba. Esperaba más sarcasmo, más burlas, quizás incluso un golpe. Pero no una súplica, ni una vulnerabilidad tan cruda.

Dennis sintió un escalofrío recorrer su espalda. La cercanía de Lyam, la intensidad de su mirada, la vulnerabilidad en su voz… todo se combinaba para crear una sensación extraña en su estómago. Era una mezcla de ira, frustración y algo más, algo que se negaba a reconocer.

Lyam, al ver la expresión indescifrable en el rostro de Dennis, soltó una de sus muñecas, solo para deslizar su mano hacia el cuello de Dennis. Sus dedos se posaron en la piel de la nuca del rubio, justo debajo de la línea del cabello, y un escalofrío real recorrió el cuerpo de Dennis. No fue un movimiento agresivo, sino más bien… posesivo.

La respiración de Dennis se detuvo por completo. Su corazón empezó a latir con una fuerza desbocada contra sus costillas. Los ojos verdes de Lyam, ahora a tan poca distancia, parecían un abismo del que no podía escapar.

—O si no… —Lyam dejó la frase en el aire, su voz un susurro que apenas rompió el silencio. Su pulgar rozó la piel de la nuca de Dennis, una caricia inesperada que envió una descarga eléctrica por todo el cuerpo del rubio.

Dennis sintió que el aire se volvía más denso, más pesado. La tensión sexual que siempre burbujeaba bajo la superficie de sus enfrentamientos, esa que ambos se esforzaban por ignorar, ahora explotaba en el espacio entre ellos, palpable y abrumadora.

Los labios de Lyam estaban tan cerca, tan tentadores. Dennis sintió un impulso irracional, una necesidad de cerrar la distancia, de probarlos, de silenciar las palabras de Lyam de la única manera que le parecía posible en ese momento.

Pero antes de que pudiera actuar, antes de que pudiera siquiera procesar el torbellino de emociones que lo asaltaban, Lyam retiró su mano de su cuello. El contacto se rompió, y el frío de la pared volvió a ser el único contacto en su espalda.

Lyam soltó la otra muñeca de Dennis. Dio un paso atrás, luego otro, rompiendo la burbuja de tensión que los había envuelto. Su respiración seguía siendo agitada, y sus ojos verdes aún brillaban con una intensidad extraña, pero la furia se había disipado, dejando solo una expresión de cansancio.

—Solo déjame en paz, Dennis —repitió Lyam, su voz ahora más tranquila, casi derrotada. Se dio la vuelta, ajustando la mochila en su hombro, y empezó a caminar por el pasillo, alejándose de Dennis sin mirar atrás.

Dennis se quedó pegado a la pared, sus muñecas aún hormigueando por el agarre de Lyam, su nuca aún sintiendo el rastro de sus dedos. Su corazón seguía latiendo con fuerza, y el aire en sus pulmones parecía haberse negado a regresar.

Observó la figura de Lyam alejarse, el cabello pelirrojo balanceándose ligeramente con cada paso, la mochila llena de pines de constelaciones. Y por primera vez, Dennis no sintió la necesidad de gritarle otra burla, de perseguirlo para tener la última palabra.

Solo se quedó allí, apoyado contra la pared fría, el eco de las palabras de Lyam resonando en su mente. "Solo déjame en paz, Dennis." Y la punzada, la punzada extraña en su estómago, se hizo más fuerte. No era ira. No era frustración. Era algo que Dennis no quería nombrar, algo que lo asustaba más que cualquier confrontación, algo que sabía que tendría que enfrentar, tarde o temprano.
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