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El Omega del alfa

Fandom: Seventeen

Creado: 21/3/2026

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El aroma del sándalo y la lluvia

El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales de cristal de la mansión Hong, iluminando las relucientes superficies de mármol y los cuadros de arte contemporáneo que adornaban las paredes. Joshua Hong, a sus veinte años, se movía por la casa con una elegancia que desmentía su juventud. Con el cabello perfectamente peinado y un traje a medida que resaltaba su porte atlético, el heredero de la organización Hong era la viva imagen de la perfección.

Joshua bajó las escaleras con tranquilidad, revisando unos documentos en su tableta. Era un alfa que lo tenía todo: belleza, una inteligencia privilegiada y una fortuna que muchos no alcanzarían a ver ni en mil vidas. Pero, sobre todo, tenía la paz mental de saberse amado por sus padres.

En el comedor, Sam y Daniel, dos alfas que habían construido un imperio juntos, desayunaban mientras compartían una risa cómplice. Al ver a su hijo, Daniel sonrió ampliamente.

—Buenos días, Joshua —dijo Daniel, señalando el asiento vacío a su lado—. Te hemos preparado algo especial antes de que te vayas a la universidad.

—Gracias, papá —respondió Joshua, sentándose con una sonrisa suave—. ¿A qué se debe tanta atención? Normalmente están más ocupados con las acciones de la bolsa que con mi desayuno.

Sam soltó una carcajada, dejando de lado el periódico.

—Bueno, hijo, sabes que pronto estaremos fuera por el viaje de negocios a Europa. Queríamos asegurarnos de dejar todo en orden antes de irnos. Incluyendo la casa.

Joshua arqueó una ceja mientras tomaba un sorbo de café negro.

—La casa está bien. Tengo a los empleados, y saben que soy perfectamente capaz de cuidarme solo.

—No dudamos de tu capacidad, Joshua —intervino Daniel—, pero con el ritmo de tus clases finales y la gestión de la empresa que estás empezando a asumir, pensamos que necesitabas a alguien de confianza que se encargara de tus necesidades personales. Alguien que organice tu agenda en casa, tus comidas y, bueno... que te haga compañía.

Joshua soltó una pequeña risa burlona.

—¿Un niñero? ¿A los veinte años?

—Llámanos sobreprotectores —dijo Sam encogiéndose de hombros—, pero hemos contratado a alguien muy especial. Es un omega con excelentes recomendaciones. Llegará esta tarde.

Joshua no protestó más. Sabía que discutir con sus padres era inútil cuando ya habían tomado una decisión por su bienestar. Además, nada podía perturbar su calma habitual. O eso creía él.

Unas horas más tarde, en el campus de la universidad, Joshua caminaba por los pasillos seguido por las miradas intensas de omegas y betas. Era el centro de atención, el alfa más deseado, pero él apenas les prestaba atención.

—¡Hey, Shua! —gritó una voz familiar.

Dk llegó corriendo, con su habitual energía caótica, seguido de cerca por Woozi, quien caminaba con las manos en los bolsillos y una expresión de total indiferencia.

—¿Es cierto el rumor? —preguntó Dk, rodeando el cuello de Joshua con el brazo—. ¿Tus padres te consiguieron una "niñera"? ¡Esto es oro puro! El gran heredero de los Hong necesita que le limpien los zapatos.

—No es una niñera, Dk —respondió Joshua, apartando el brazo de su amigo con un gesto elegante—. Es un asistente personal para la casa. Mis padres se van de viaje y quieren que todo esté en orden.

—A mí me suena a que no confían en que no incendies la cocina —se burló Dk, soltando una carcajada traviesa.

—Es una medida de seguridad —añadió Woozi con voz monótona—. Joshua es el objetivo de muchas familias que quieren casar a sus hijos con su fortuna. Tener a alguien en casa que no sea personal de servicio estándar es inteligente.

—Exacto —asintió Joshua—. Además, no creo que cambie mucho mi rutina.

—¡Oh, mira quién viene por ahí para arruinar tu rutina! —exclamó Dk, señalando hacia el final del pasillo.

Clara se acercaba con paso firme, moviendo su melena rubia con arrogancia. Era una alfa de familia adinerada que se había autoproclamado la futura esposa de Joshua, a pesar de que él nunca le había dado ni un motivo para pensarlo.

—Joshua, querido —dijo ella, ignorando por completo a Dk y Woozi—. Me enteré de que tus padres se van. He organizado una cena en mi casa el viernes, espero que seas mi acompañante.

—Lo siento, Clara —respondió Joshua sin detener su paso—. Tengo compromisos con la organización ese día.

—Siempre tan ocupado —bufó ella, cruzándose de brazos con un gesto berrinchudo—. Algún día tendrás que dejar de ignorarme. Soy la única que está a tu nivel.

Joshua no respondió. No le gustaba la gente que creía que el estatus lo era todo. Él buscaba algo más, aunque ni siquiera sabía qué era.

Al terminar las clases, Joshua regresó a la mansión. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y naranjas. Al entrar, notó un aroma diferente. No era el perfume fuerte de Clara ni el olor a limpieza habitual. Era algo suave, dulce, como vainilla mezclada con flores frescas después de la lluvia.

Caminó hacia la sala principal y se detuvo en seco.

De pie junto a la ventana, observando el jardín, había un hombre. Era un omega, eso era evidente por la suavidad de sus facciones y la delicadeza de su aura. Tenía el cabello oscuro y sedoso, y una piel que parecía brillar bajo la luz del atardecer. No parecía un chico de su edad; había una madurez en su mirada, una belleza serena y un tanto melancólica que Joshua nunca había visto.

—¿Hola? —preguntó Joshua, su voz sonando un poco más profunda de lo habitual.

El hombre se dio la vuelta rápidamente, sobresaltado. Sus ojos se encontraron con los de Joshua y, por un momento, el tiempo pareció detenerse. Joshua sintió una sacudida en el pecho, un instinto territorial que nunca había experimentado despertándose con una fuerza arrolladora.

—Oh, buenas tardes —dijo el omega, haciendo una reverencia respetuosa—. Tú debes de ser el joven Joshua. Mis padres me dijeron que llegarías a esta hora.

—¿Tú eres...? —Joshua dejó la frase en el aire, incapaz de apartar la vista de los labios rosados del hombre.

—Mi nombre es Yoon Jeonghan. Tengo treinta y dos años —respondió con una sonrisa tímida, rascándose la nuca con nerviosismo—. He sido contratado para cuidar de la casa y de ti mientras tus señores padres no estén.

Joshua parpadeó, procesando la información. ¿Treinta y dos años? Parecía mucho más joven, pero su elegancia y la forma en que se movía gritaban madurez. Han era... hermoso. No era la belleza plástica de Clara, era algo real, algo que hacía que el alfa dentro de Joshua quisiera acercarse y marcarlo como suyo de inmediato.

—Mucho gusto, Han —dijo Joshua, dando un paso hacia él.

Han retrocedió un centímetro, sus mejillas tiñéndose de un rosa suave. Era un omega soltero, sin marca, y el aura dominante de Joshua era abrumadora, incluso para alguien mayor que él.

—Espero que nos llevemos bien —murmuró Han, bajando la vista—. He preparado la cena. Si quieres, puedo servirla ahora.

—Me gustaría eso —respondió Joshua, sin dejar de observarlo.

Durante la cena, el silencio fue casi absoluto, pero no era incómodo. Joshua observaba a Han desde el otro extremo de la mesa. Notó que el omega era un poco inseguro en sus movimientos, como si temiera romper algo o molestar. Esa vulnerabilidad encendió algo en Joshua; no era solo atracción, era una necesidad de protección.

—¿Has trabajado antes en casas como esta, Han? —preguntó Joshua, rompiendo el silencio.

—Sí, pero hace tiempo que no lo hacía —respondió Han, jugando con la servilleta—. He estado viviendo solo los últimos años. Es... un cambio agradable estar en un lugar con tanta vida.

—Bueno, esta casa suele ser muy tranquila —dijo Joshua con una media sonrisa—. Pero ahora que estás aquí, supongo que las cosas serán diferentes.

Han lo miró, confundido por el tono de voz del alfa. Había algo en la mirada de Joshua que lo hacía sentir expuesto, pero al mismo tiempo, extrañamente seguro.

—Espero no ser una molestia —dijo Han en voz baja.

—Nunca podrías serlo —respondió Joshua con una firmeza que sorprendió a ambos.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa para Joshua. Han estaba en todas partes: organizando su ropa, preparándole el café por las mañanas, esperándolo con una sonrisa cuando regresaba de la universidad. El alfa se encontraba a sí mismo buscando cualquier excusa para estar cerca de él, para oler ese aroma a vainilla que ahora impregnaba cada rincón de su mente.

Un viernes por la tarde, Dk y Woozi fueron a la mansión para estudiar. Al entrar, se encontraron con Han, que estaba colocando un jarrón con flores frescas en la entrada.

—¡Vaya! —exclamó Dk, deteniéndose en seco—. Shua, no me dijiste que tu "asistente" era un ángel caído del cielo.

Han se sonrojó violentamente y saludó con una pequeña inclinación.

—Buenas tardes. Soy Han.

—Yo soy Dk, el mejor amigo de este tipo tan serio —dijo Dk, acercándose a Han con su habitual falta de espacio personal—. Y este gruñón de aquí es Woozi. ¿Es cierto que tienes treinta y dos? ¡Pareces de nuestra edad!

—Dk, déjalo en paz —gruñó Joshua, apareciendo detrás de ellos. Su voz era gélida y sus ojos brillaban con una advertencia clara.

Dk levantó las manos en señal de rendición, riendo.

—Tranquilo, tigre. Solo estaba siendo amable.

Woozi observó la escena con detenimiento. Vio cómo Joshua se posicionaba instintivamente entre Han y Dk, y cómo su aroma a sándalo se volvía más intenso, reclamando el territorio.

—Interesante —murmuró Woozi para sí mismo.

—Han, ¿podrías traernos algo de beber al estudio, por favor? —pidió Joshua, suavizando su tono solo cuando se dirigía al omega.

—Claro, Joshua. En un momento lo llevo.

Cuando los tres amigos estuvieron en el estudio, Dk no tardó ni un segundo en empezar a molestar.

—Estás perdido, amigo —dijo Dk, sentándose en el sofá—. Tienes la cara de un alfa que acaba de encontrar su tesoro y no quiere que nadie más lo mire.

—No sé de qué hablas —mintió Joshua, abriendo un libro.

—Por favor, Shua —intervino Woozi—. Tu aroma está inundando la habitación. Estás marcando el terreno. Ese omega... Han... es muy bonito, pero recuerda que es mayor que tú y que tus padres lo contrataron para trabajar.

—Sé perfectamente quién es y por qué está aquí —respondió Joshua, sus ojos fijos en la puerta—. Pero nunca he sentido esto por nadie. No me importa la edad ni su posición. Si alguien intenta tocarlo o hacerlo sentir mal, se las tendrá que ver conmigo.

En ese momento, la puerta se abrió y entró Han con una bandeja. Al ver la tensión en el aire, se detuvo un momento. Joshua se levantó de inmediato para ayudarlo con la bandeja, sus dedos rozando los de Han "accidentalmente".

Han sintió una descarga eléctrica recorrer su espalda. Miró a Joshua y vio una determinación en sus ojos que lo asustó y lo atrajo al mismo tiempo.

—Gracias, Han —dijo Joshua, manteniendo el contacto visual—. Puedes retirarte. Si necesito algo más, te llamaré.

Han asintió y salió de la habitación con el corazón latiendo a mil por hora. Nunca antes un alfa lo había mirado así, como si fuera lo más valioso del mundo. Pero él era solo un empleado, un omega de treinta y dos años que no tenía nada que ofrecer a un heredero millonario de veinte.

Sin embargo, para Joshua, el juego acababa de empezar. No le importaba lo que dijeran las normas sociales o los berrinches de Clara. Había encontrado lo que quería, y Joshua Hong siempre obtenía lo que quería.

Esa noche, mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la mansión, Joshua se quedó despierto, pensando en el aroma a vainilla que flotaba en el pasillo. Sabía que sus padres lo apoyarían, como siempre lo habían hecho, pero también sabía que tendría que luchar contra las inseguridades de Han.

—Eres mío —susurró Joshua a la oscuridad de su habitación—. Aunque todavía no lo sepas.

Mientras tanto, en su pequeña habitación en el ala de servicio, Han abrazaba su almohada, tratando de calmar el anhelo que el joven alfa había despertado en su interior. Sabía que era peligroso, que podía salir lastimado, pero la calidez del aroma de Joshua era una promesa que su corazón omega no podía ignorar.

La paz en la mansión Hong estaba a punto de transformarse en una tormenta de pasión y posesividad, y ninguno de los dos estaba preparado para lo que vendría a continuación.
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