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Descendientes: heredero de dos reinas
Fandom: Descendientes
Creado: 22/3/2026
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UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaFantasíaOscuroEstudio de PersonajeViajes en el TiempoDivergenciaRecontarRomancePsicológicoCrossoverCelosAcciónIsekai / Fantasía PortalAventuraLenguaje ExplícitoArreglo
El eco de un corazón de cristal
La Isla de los Perdidos no era un hogar, era una sentencia de cadena perpetua envuelta en herrumbre y el olor a pescado podrido del puerto. Pero para mí, era un tablero de ajedrez.
A los siete años, comprendí que mi "madre", la Reina Roja, no gritaba porque estuviera loca, sino porque el caos era su única moneda de cambio. Sin embargo, yo no era como ella. Mientras ella rompía platos, yo observaba cómo las grietas se formaban en la porcelana, sintiendo ese extraño tirón en mi pecho, esa presión dorada que me decía que, si quisiera, podría hacer que el plato volviera a estar entero antes de tocar el suelo.
Fue en el mercado de la zona centro donde conocí a la primera pieza de mi corte. Un chico de piel morena y sonrisa demasiado amplia para un lugar tan miserable estaba tratando de timar a un mercader con sombras que parecían tener voluntad propia.
—Tu sombra se mueve más rápido que tus manos, Facilier —le dije, acercándome con la elegancia que mi tía, la Reina Blanca, me habría elogiado si tan solo supiera que existía.
Raúl se tensó, pero al ver mis ojos carmesí, su expresión cambió a una de curiosidad peligrosa.
—Y tus ojos brillan como si tuvieras un incendio dentro, Principito —respondió él, relajando la postura—. ¿Quieres jugar?
Ese fue el inicio. Poco a poco, el círculo se cerró. Mariela Gothel se unió a nosotros cuando demostró que podía manipular la culpa de cualquiera con un susurro; José Isma trajo el caos de sus pociones fallidas que siempre explotaban en el momento oportuno; y Moon Chang Yu aportó la disciplina de acero que a los demás nos faltaba. Éramos los olvidados de los olvidados, el grupo que no necesitaba el permiso de Maléfica para existir.
A los quince años, cometí mi mayor error. O tal vez, mi única debilidad.
Harry Hook era todo lo que yo no era: ruidoso, impulsivo, una tormenta de cuero y garfios. Me gustaba el contraste. Me gustaba cómo su locura parecía calmar el tic-tac constante de mi reloj roto. Fuimos algo, o eso creí yo, hasta que lo encontré en los muelles con una de las chicas de la tripulación de Uma.
No grité. No rompí nada. La Reina Roja que vive en mi sangre quería cortarle la cabeza, pero la Reina Blanca que habita en mi mente simplemente congeló mis emociones.
—El tiempo es lo único que no puedes recuperar, Harry —le dije esa noche, bajo la lluvia ácida de la Isla—. Y ya no pienso perder ni un segundo más contigo.
Desde ese día, cerré las puertas. Mi corazón se volvió un búnker.
Ahora, a los dieciocho años, me miro en el espejo de mi habitación en el castillo de mi "madre". Mi chaqueta rojo oscuro me queda perfecta, los guantes sin dedos ocultan la vibración de mi magia, y el reloj roto cuelga de mi cintura, un recordatorio de que yo soy el dueño de mi propio ritmo.
***
Mientras tanto, al otro lado de la barrera, en el reino de la luz y las sonrisas ensayadas, Auradon se preparaba para un cambio.
Ben, el futuro rey, observaba el horizonte desde su balcón. A su lado, Luis de Arendelle mantenía una postura impecable, aunque sus dedos jugueteaban con un pequeño cristal de hielo que se formaba inconscientemente en su palma.
—¿Estás seguro de esto, Ben? —preguntó Luis, su voz era como el viento del norte, suave pero con un filo gélido—. Traer a cuatro de ellos es un riesgo. Traer a cinco... y específicamente a él... es una apuesta que no sé si estamos listos para ganar.
—Tienen que tener una oportunidad, Luis —respondió Ben, girándose para mirar a su novio—. No podemos culpar a los hijos por los pecados de los padres. El hijo de la Reina Roja... dicen que es diferente.
Luis suspiró, y por un momento, el aire a su alrededor se volvió más frío. Ben se acercó y tomó su mano, derritiendo la escarcha que empezaba a cubrir la barandilla. Su relación era un secreto a voces en los pasillos de palacio, un equilibrio perfecto entre el sol y el invierno.
—Solo espero que no traigas un incendio que no podamos apagar —murmuró Luis, pensando en los informes sobre el chico de ojos carmesí.
***
En la Isla, el ambiente estaba cargado. Mi "madre", Bridget —aunque nadie la llamaba así—, caminaba de un lado a otro en el salón principal, su falda roja barriendo el suelo polvoriento. A su alrededor, el Dr. Facilier, Madre Gothel, Isma y Chang Yu esperaban en silencio.
—¡Es una oportunidad de oro, Crimson! —chilló ella, golpeando la mesa—. ¡Auradon nos abre las puertas!
—No quiero ir, madre —respondí, cruzado de brazos, dejando que mi aura dominante llenara la habitación—. Auradon es una jaula de oro. Prefiero ser rey en el fango que un sirviente en la seda.
—¡No seas necio! —La Reina Roja se acercó, sus ojos inyectados en sangre—. No vas a ir a servir. Vas a ir a reclamar. La Reina Blanca no tiene herederos. Tú eres su sangre, aunque ella no lo sepa. Si asumes el trono del País de las Maravillas, la barrera no podrá sostenerse. Convéncela de que eres el hijo que perdió, gana su confianza... y luego, ábrenos la puerta.
Miré a mis amigos, que estaban de pie tras sus respectivos padres. Raúl me guiñó un ojo. Mariela asintió levemente. Ellos también irían, no como elegidos oficiales de Ben, sino como parte de mi "comitiva" personal que yo mismo había negociado usando ciertos secretos que el Dr. Facilier me había ayudado a recolectar.
—Si voy —dije, y mi voz sonó como el metal chocando contra el hielo—, será bajo mis propios términos.
Saqué cinco pequeños espejos de mi abrigo. Eran fragmentos del Espejo de la Verdad, que José y yo habíamos encantado en secreto usando mi magia del tiempo para "fijar" una conexión permanente.
—Tomen esto —les dije a mis amigos, ignorando la mirada curiosa de los villanos—. Si algo sale mal, estaremos conectados. Y mientras Mal y su grupo de inadaptados juegan a ser rebeldes, nosotros tomaremos lo que es nuestro. Si ellos dejan el territorio del norte vacío por irse a Auradon, asegúrense de que sus bandas sepan quién manda ahora en la zona centro y sur.
Caminamos hacia la salida de la zona centro. La limusina de Auradon esperaba en la frontera entre los distritos. Mal, Evie, Carlos y Jay ya estaban allí. Mal me lanzó una mirada de desprecio; siempre habíamos chocado. Ella era la "líder" autoproclamada de la isla, pero yo no seguía a nadie.
—Mira quién decidió unirse a la fiesta —escupió Mal—. El principito de corazones.
—No te equivoques, Mal —respondí, pasando por su lado sin siquiera mirarla a los ojos—. No estoy en tu equipo. Solo compartimos el transporte.
Me subí a la limusina. Carlos y Evie me miraron con una mezcla de miedo y respeto. Les dediqué un leve asentimiento; ellos eran los únicos que no me resultaban irritantes. Harry Hook estaba a unos metros, observando desde las sombras del muelle. Sentí su mirada quemándome la nuca, pero no me giré. El tiempo no retrocede, y yo tampoco.
Cuando la limusina arrancó y el puente mágico de luz comenzó a formarse bajo las ruedas, sentí una extraña punzada en el pecho. El reloj de mi cintura comenzó a moverse, las manecillas girando locamente hacia atrás antes de detenerse en seco.
Cerré los ojos, sintiendo cómo la magia de la barrera se desvanecía por un segundo al cruzar.
"Auradon no sabe lo que acaba de dejar entrar", pensé, mientras una fractura dorada aparecía en mi iris. "Ben, Luis... espero que estén listos para perder el control".
A los siete años, comprendí que mi "madre", la Reina Roja, no gritaba porque estuviera loca, sino porque el caos era su única moneda de cambio. Sin embargo, yo no era como ella. Mientras ella rompía platos, yo observaba cómo las grietas se formaban en la porcelana, sintiendo ese extraño tirón en mi pecho, esa presión dorada que me decía que, si quisiera, podría hacer que el plato volviera a estar entero antes de tocar el suelo.
Fue en el mercado de la zona centro donde conocí a la primera pieza de mi corte. Un chico de piel morena y sonrisa demasiado amplia para un lugar tan miserable estaba tratando de timar a un mercader con sombras que parecían tener voluntad propia.
—Tu sombra se mueve más rápido que tus manos, Facilier —le dije, acercándome con la elegancia que mi tía, la Reina Blanca, me habría elogiado si tan solo supiera que existía.
Raúl se tensó, pero al ver mis ojos carmesí, su expresión cambió a una de curiosidad peligrosa.
—Y tus ojos brillan como si tuvieras un incendio dentro, Principito —respondió él, relajando la postura—. ¿Quieres jugar?
Ese fue el inicio. Poco a poco, el círculo se cerró. Mariela Gothel se unió a nosotros cuando demostró que podía manipular la culpa de cualquiera con un susurro; José Isma trajo el caos de sus pociones fallidas que siempre explotaban en el momento oportuno; y Moon Chang Yu aportó la disciplina de acero que a los demás nos faltaba. Éramos los olvidados de los olvidados, el grupo que no necesitaba el permiso de Maléfica para existir.
A los quince años, cometí mi mayor error. O tal vez, mi única debilidad.
Harry Hook era todo lo que yo no era: ruidoso, impulsivo, una tormenta de cuero y garfios. Me gustaba el contraste. Me gustaba cómo su locura parecía calmar el tic-tac constante de mi reloj roto. Fuimos algo, o eso creí yo, hasta que lo encontré en los muelles con una de las chicas de la tripulación de Uma.
No grité. No rompí nada. La Reina Roja que vive en mi sangre quería cortarle la cabeza, pero la Reina Blanca que habita en mi mente simplemente congeló mis emociones.
—El tiempo es lo único que no puedes recuperar, Harry —le dije esa noche, bajo la lluvia ácida de la Isla—. Y ya no pienso perder ni un segundo más contigo.
Desde ese día, cerré las puertas. Mi corazón se volvió un búnker.
Ahora, a los dieciocho años, me miro en el espejo de mi habitación en el castillo de mi "madre". Mi chaqueta rojo oscuro me queda perfecta, los guantes sin dedos ocultan la vibración de mi magia, y el reloj roto cuelga de mi cintura, un recordatorio de que yo soy el dueño de mi propio ritmo.
***
Mientras tanto, al otro lado de la barrera, en el reino de la luz y las sonrisas ensayadas, Auradon se preparaba para un cambio.
Ben, el futuro rey, observaba el horizonte desde su balcón. A su lado, Luis de Arendelle mantenía una postura impecable, aunque sus dedos jugueteaban con un pequeño cristal de hielo que se formaba inconscientemente en su palma.
—¿Estás seguro de esto, Ben? —preguntó Luis, su voz era como el viento del norte, suave pero con un filo gélido—. Traer a cuatro de ellos es un riesgo. Traer a cinco... y específicamente a él... es una apuesta que no sé si estamos listos para ganar.
—Tienen que tener una oportunidad, Luis —respondió Ben, girándose para mirar a su novio—. No podemos culpar a los hijos por los pecados de los padres. El hijo de la Reina Roja... dicen que es diferente.
Luis suspiró, y por un momento, el aire a su alrededor se volvió más frío. Ben se acercó y tomó su mano, derritiendo la escarcha que empezaba a cubrir la barandilla. Su relación era un secreto a voces en los pasillos de palacio, un equilibrio perfecto entre el sol y el invierno.
—Solo espero que no traigas un incendio que no podamos apagar —murmuró Luis, pensando en los informes sobre el chico de ojos carmesí.
***
En la Isla, el ambiente estaba cargado. Mi "madre", Bridget —aunque nadie la llamaba así—, caminaba de un lado a otro en el salón principal, su falda roja barriendo el suelo polvoriento. A su alrededor, el Dr. Facilier, Madre Gothel, Isma y Chang Yu esperaban en silencio.
—¡Es una oportunidad de oro, Crimson! —chilló ella, golpeando la mesa—. ¡Auradon nos abre las puertas!
—No quiero ir, madre —respondí, cruzado de brazos, dejando que mi aura dominante llenara la habitación—. Auradon es una jaula de oro. Prefiero ser rey en el fango que un sirviente en la seda.
—¡No seas necio! —La Reina Roja se acercó, sus ojos inyectados en sangre—. No vas a ir a servir. Vas a ir a reclamar. La Reina Blanca no tiene herederos. Tú eres su sangre, aunque ella no lo sepa. Si asumes el trono del País de las Maravillas, la barrera no podrá sostenerse. Convéncela de que eres el hijo que perdió, gana su confianza... y luego, ábrenos la puerta.
Miré a mis amigos, que estaban de pie tras sus respectivos padres. Raúl me guiñó un ojo. Mariela asintió levemente. Ellos también irían, no como elegidos oficiales de Ben, sino como parte de mi "comitiva" personal que yo mismo había negociado usando ciertos secretos que el Dr. Facilier me había ayudado a recolectar.
—Si voy —dije, y mi voz sonó como el metal chocando contra el hielo—, será bajo mis propios términos.
Saqué cinco pequeños espejos de mi abrigo. Eran fragmentos del Espejo de la Verdad, que José y yo habíamos encantado en secreto usando mi magia del tiempo para "fijar" una conexión permanente.
—Tomen esto —les dije a mis amigos, ignorando la mirada curiosa de los villanos—. Si algo sale mal, estaremos conectados. Y mientras Mal y su grupo de inadaptados juegan a ser rebeldes, nosotros tomaremos lo que es nuestro. Si ellos dejan el territorio del norte vacío por irse a Auradon, asegúrense de que sus bandas sepan quién manda ahora en la zona centro y sur.
Caminamos hacia la salida de la zona centro. La limusina de Auradon esperaba en la frontera entre los distritos. Mal, Evie, Carlos y Jay ya estaban allí. Mal me lanzó una mirada de desprecio; siempre habíamos chocado. Ella era la "líder" autoproclamada de la isla, pero yo no seguía a nadie.
—Mira quién decidió unirse a la fiesta —escupió Mal—. El principito de corazones.
—No te equivoques, Mal —respondí, pasando por su lado sin siquiera mirarla a los ojos—. No estoy en tu equipo. Solo compartimos el transporte.
Me subí a la limusina. Carlos y Evie me miraron con una mezcla de miedo y respeto. Les dediqué un leve asentimiento; ellos eran los únicos que no me resultaban irritantes. Harry Hook estaba a unos metros, observando desde las sombras del muelle. Sentí su mirada quemándome la nuca, pero no me giré. El tiempo no retrocede, y yo tampoco.
Cuando la limusina arrancó y el puente mágico de luz comenzó a formarse bajo las ruedas, sentí una extraña punzada en el pecho. El reloj de mi cintura comenzó a moverse, las manecillas girando locamente hacia atrás antes de detenerse en seco.
Cerré los ojos, sintiendo cómo la magia de la barrera se desvanecía por un segundo al cruzar.
"Auradon no sabe lo que acaba de dejar entrar", pensé, mientras una fractura dorada aparecía en mi iris. "Ben, Luis... espero que estén listos para perder el control".
