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Jaula de sombras

Fandom: Original

Creado: 24/3/2026

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El precio de la sangre y el sabor del café frío

La campana sobre la puerta del "Amanecer Dorado" tintineó por milésima vez en la tarde, un sonido agudo que taladraba los oídos de Adrián. El restaurante era un lugar mediocre, con olor a grasa reutilizada y desinfectante barato, pero era el refugio perfecto. Para el mundo exterior, Adrián era un joven de dieciocho años que apenas sobrevivía tras haber salido del orfanato San Judas; para el submundo, él era el fantasma que movía los hilos de la organización Novak Valken desde las sombras.

Se acomodó el mechón de cabello castaño rojizo con puntas azules que caía sobre sus ojos verdes. Tenía ojeras, producto de noches enteras coordinando envíos de información y hackeos a gran escala, pero su postura era relajada, la de alguien que no tiene nada que perder.

—Mesa cuatro, Adrián. Muévete —gruñó el encargado.

Adrián soltó un suspiro sarcástico, tomó la bandeja y caminó hacia la mesa del rincón. Allí, sentado con una elegancia que gritaba dinero y arrogancia, estaba un hombre que rompía la estética decadente del lugar. Cabello rubio ceniza, un suéter de cachemira que costaba más que todo el local y una sonrisa que pretendía ser cálida, pero que a Adrián le recordaba a la de un depredador acechando a su presa.

Era Thiago Vercetti Volkov. El espejo.

—¿Qué vas a querer? —preguntó Adrián, dejando caer el menú sobre la mesa sin una pizca de cortesía.

Thiago lo observó con una intensidad inquietante. Sus ojos verdes escanearon el rostro de Adrián, buscando similitudes, rastros de la sangre que compartían.

—Hola, Adrián —dijo Thiago, ignorando el menú—. Tienes los ojos de nuestra madre. Es fascinante.

Adrián sintió una punzada de náuseas. No por el sentimentalismo, sino por la audacia.

—No sé de qué me hablas. Pide algo o lárgate. Estás espantando a las moscas, y ellas pagan mejor que tú.

Thiago soltó una risita suave, un sonido calculado para desarmar a cualquiera.

—Somos hermanos. ¿No sientes la conexión? Te hemos estado buscando por mucho tiempo. Alexander está impaciente por conocerte.

—Mira, "rubito" —Adrián se inclinó sobre la mesa, sus ojos verdes brillando con una frialdad que Alaric Novak Valken habría aplaudido—. No sé quién eres, ni me importa. Si vuelves a decir la palabra "hermano", te haré tragar esta bandeja. ¿Café o nada?

Thiago no se inmutó. Su sonrisa se volvió un poco más afilada.

—Eres defensivo. Es comprensible, dado donde creciste. Pero el linaje Vercetti Volkov no es algo de lo que uno pueda escapar simplemente tiñéndose el pelo.

Adrián se dio la vuelta sin decir una palabra más, dejando a Thiago con la palabra en la boca. Sabía que lo estaban siguiendo. Sentía las sombras de los Vercetti acechando en las esquinas desde hacía días. Pero también sabía que, a dos manzanas de distancia, en una furgoneta negra sin marcar, sus propios hombres estaban listos para intervenir. Sin embargo, Adrián ya había tomado una decisión. Quería ver qué cartas jugaba la familia que lo había desechado como basura dieciocho años atrás.

Al terminar su turno, Adrián salió por la puerta trasera. El aire de la noche era frío. Se subió la cremallera de su sudadera desgastada y comenzó a caminar hacia su pequeño departamento. A mitad del callejón, un sedán negro de vidrios polarizados le cerró el paso.

Dos hombres corpulentos bajaron. Adrián reconoció el estilo de inmediato: seguridad privada de alto nivel. Uno de ellos era Sebastián, el segundo hermano, un hombre de hombros anchos y mirada de ámbar que parecía querer romper algo.

—Sube al coche, chico —ordenó Sebastián con una voz que era puro granito.

Adrián metió las manos en sus bolsillos. Por el rabillo del ojo, vio un destello metálico en un tejado cercano. Era su francotirador personal, esperando la orden. Adrián hizo un gesto casi imperceptible con el pulgar izquierdo hacia dentro de su palma. *No intervengan. Déjenlo pasar.*

—¿Y si no quiero? —respondió Adrián con una sonrisa burlona—. ¿Me vas a dar un beso de buenas noches?

Sebastián gruñó y avanzó un paso, pero una voz desde el interior del coche lo detuvo.

—Basta, Sebastián. No lo asustes más de lo necesario.

Adrián se dejó atrapar. No opuso resistencia cuando lo forzaron a entrar en el asiento trasero. Un pañuelo con cloroformo fue presionado contra su rostro. Adrián fingió la lucha, inhaló lo justo para parecer afectado y cerró los ojos, dejando que la oscuridad fingida lo envolviera.

Cuando despertó, no estaba en un sótano húmedo, sino en una habitación que exudaba una opulencia obscena. Paredes con molduras de oro, techos altos y un silencio sepulcral. Se incorporó en el sofá de cuero, notando que no estaba atado. Sabían que no tenía sentido.

—Vaya, el príncipe ha despertado —dijo una voz melódica y perturbadora.

Frente a él, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, estaba Lucas. Su rostro era angelical, pero sus ojos azules oscuros tenían un brillo de locura que Adrián reconoció al instante. Era el tipo de mirada que tenían los que disfrutaban del caos.

—¿Dónde estoy? —preguntó Adrián, fingiendo desorientación.

—En casa —respondió una voz profunda desde el umbral de la puerta.

Alexander Vercetti Volkov entró en la habitación. Su presencia era como una maza de hierro envuelta en seda. Medía casi dos metros, su traje a medida no tenía una sola arruga y sus ojos grises eran dos témpanos de hielo. Detrás de él, el resto de la hermandad se filtró en la estancia: el musculoso Sebastián, el calculador Thiago y el joven Mateo, que jugaba con una navaja automática con una sonrisa traviesa.

Y luego, en las sombras, estaba él. Ethan.

Adrián sintió un escalofrío. Ethan era su viva imagen, su gemelo, pero pulido hasta la perfección. Mientras Adrián era una tormenta de emociones y cicatrices, Ethan era un lago congelado. Su sonrisa era suave, constante e infinitamente más aterradora que la violencia de Sebastián.

—Nos debes una explicación, Alexander —dijo Adrián, poniéndose de pie y enfrentando al líder del clan sin retroceder—. ¿Por qué me trajeron a este museo de egolatría?

Alexander se acercó, deteniéndose a solo unos centímetros. La diferencia de altura era evidente, pero Adrián no bajó la mirada.

—Fuiste un error administrativo —dijo Alexander, su voz carente de emoción—. Nuestra madre... ella no estaba en su sano juicio cuando te entregó a ese orfanato. Te hemos buscado para restaurar el honor del apellido.

—¿Honor? —Adrián soltó una carcajada seca y amarga—. Me dejaron en un lugar donde la comida era rancia y los golpes eran el único lenguaje. Aprendí a robar antes que a leer. No me vengan con cuentos de hadas ahora que se sienten culpables. Los odio. A cada uno de ustedes.

Sebastián dio un paso al frente, con los puños cerrados.

—Ten cuidado con cómo hablas, mocoso. No sabes quiénes somos.

—Sé perfectamente quiénes son —escupió Adrián—. Son una panda de niños ricos jugando a ser peligrosos. Yo he visto el verdadero infierno, y no viste trajes de tres piezas.

Thiago intervino, tratando de suavizar el ambiente.

—Adrián, entendemos tu resentimiento. Pero somos tu sangre. Danos una oportunidad. Solo cinco meses. Quédate aquí, vive como un Vercetti Volkov. Si después de eso quieres volver a tu agujero, no te detendremos.

—¿Y por qué aceptaría eso? —Adrián se cruzó de brazos.

Alexander dio un paso atrás y ajustó su reloj de pulsera.

—Veinte millones de dólares —dijo con frialdad—. Depositados en una cuenta a tu nombre al finalizar los cinco meses. Solo tienes que convivir con nosotros, permitirnos conocerte.

Adrián guardó silencio. Internamente, estaba calculando. Veinte millones no eran nada comparado con lo que su mafia movía mensualmente, pero aceptarlos le daría la cobertura perfecta. Podría vigilar a los Vercetti desde dentro, entender sus debilidades y asegurarse de que nunca interfirieran con los negocios de Alaric. Además, la idea de desplumar a Alexander le resultaba extrañamente satisfactoria.

—Acepto —dijo Adrián, entrecerrando los ojos—. Pero que quede claro: no somos familia. Son solo mis pagadores. Y si alguno intenta "corregirme" o tocarme, le cortaré la mano antes de que pueda pedir perdón.

Mateo soltó una risita desde el rincón.

—Me gusta. Tiene fuego.

Ethan, que no había dicho una palabra hasta entonces, se acercó a Adrián. Su parecido era tan exacto que resultaba mareante. Ethan extendió una mano para tocar el mechón azul de Adrián, pero este le arrebató la mano con un movimiento rápido y agresivo.

—No me toques —siseó Adrián.

—Estás tan roto, Adrián —susurró Ethan, su voz era una caricia inquietante—. Puedo sentir tu dolor desde aquí. Va a ser tan divertido verte intentar encajar en un mundo que ya te olvidó.

—No intento encajar, Ethan —respondió Adrián, recuperando su máscara de indiferencia—. He venido a observar cómo se derrumba este castillo de naipes.

Alexander hizo un gesto para que todos salieran.

—Mañana empezaremos. Tienes ropa nueva en tu habitación. Deshazte de esos harapos.

Adrián esperó a que todos se marcharan. Cuando se quedó solo en la inmensa habitación, sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo, oculto en el dobladillo de su sudadera. Era un comunicador encriptado.

—Tío Alaric —susurró Adrián al aire—. Estoy dentro.

—Excelente, mi muchacho —la voz de Alaric Novak Valken sonó clara a través del auricular oculto—. Recuerda, ellos ven a un huérfano herido. Tú eres el lobo que cuida el rebaño. No dejes que la sangre te nuble el juicio.

—La sangre no significa nada para mí —respondió Adrián, mirando su reflejo en un espejo de cuerpo entero. Se veía cansado, diferente a ellos, pero había una chispa de poder en sus ojos verdes que ninguno de los Vercetti había logrado descifrar aún—. Solo son cinco meses. Después, volveré a ser el fantasma que nunca debieron despertar.

Adrián se dejó caer en la cama de hilos de seda, pero no cerró los ojos. En el mundo de la mafia, el sueño era un lujo que los líderes no podían permitirse, y él, a pesar de sus dieciocho años, ya era el dueño de las sombras. Los Vercetti pensaban que lo habían rescatado; no tenían idea de que acababan de meter al diablo en su propia sala de estar.
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