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BAJO EL PECADO DE TU AROMA
Fandom: TAEKOOK
Creado: 24/3/2026
Etiquetas
RomanceOmegaversoUA (Universo Alternativo)DramaLenguaje ExplícitoPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Estudio de Personaje
Entre incienso y pecados prohibidos
El olor a pino y tierra mojada siempre fue mi condena. En el pueblo de Geochang, donde las tradiciones pesan más que el alma, ser un omega dominante era tanto una bendición como una maldición. Mis padres, ambos de linajes fuertes, me criaron con la idea de que mi valor residía en mi temple, en la forma en que mi presencia podía silenciar una habitación. Pero ser un omega dominante también significaba que ningún alfa "común" me resultaba suficiente.
—Jungkook, deja de mirar a los hijos del jefe de la aldea de esa manera —me decía mi madre mientras cepillaba mi cabello—. Pareces un lobo hambriento, no un joven que busca compromiso.
—Es que son aburridos, mamá —respondía yo, soltando un suspiro de frustración—. Huelen a miedo en cuanto trato de desafiarlos. ¿De qué sirve un alfa que baja la cabeza ante su pareja?
Jimin, mi mejor amigo y un omega de espíritu libre, era el único que entendía mi fuego interno. Él solía reírse de mis desplantes hacia los alfas locales.
—Lo que tú necesitas, Kook, no es un hombre, es un milagro —me dijo una tarde mientras caminábamos cerca del viejo templo—. Alguien que tenga la autoridad suficiente para no pestañear cuando le muestres los colmillos.
Y entonces llegó él.
El nuevo sacerdote no era lo que nadie esperaba. Kim Taehyung no era un hombre de oraciones susurradas y gestos débiles. Era un alfa dominante, cuya sola presencia hacía que el aire se volviera denso, cargado de un magnetismo oscuro y sagrado a la vez. Desde el momento en que lo vi cruzar el umbral de la parroquia, supe que mi destino estaba sellado. Su aroma a sándalo y madera quemada me golpeó como una bofetada, despertando instintos que ni siquiera sabía que poseía.
Pero había un problema: era un hombre de Dios. O eso decía él.
Llevaba semanas rondándolo, asistiendo a cada misa, confesándome pecados que ni siquiera había cometido solo para sentir su mirada profunda tras la rejilla del confesionario. Quería corromperlo. Quería ver si esa rectitud de mármol podía quebrarse bajo el peso de mi deseo.
Esa noche, la tormenta rugía fuera de la rectoría. Entré sin llamar, empapado, con la camisa de seda pegada a mi piel, marcando cada músculo y cada curva que tanto esfuerzo me costaba mantener. Taehyung estaba sentado frente a un escritorio, leyendo bajo la luz de una vela. Ni siquiera levantó la vista, pero supe que me sentía. El aroma de mi celo, que estaba empezando a brotar, llenó la estancia como una provocación.
—Es tarde para confesiones, Jungkook —dijo con esa voz grave que vibraba en mis huesos.
—No vengo a confesarme, Padre —respondí, acercándome con pasos lentos, dejando un rastro de agua sobre la madera—. Vengo a reclamar lo que mi lobo pide desde que pusiste un pie en este pueblo.
Taehyung cerró el libro con un golpe seco. Se puso de pie, y su altura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Sus ojos, usualmente calmos, ardían con un destello rojizo que delataba su naturaleza dominante.
—Estás jugando con fuego —advirtió, dando un paso hacia mí. Su aroma inundó mis sentidos, haciéndome flaquear las rodillas—. Mi castidad no es un trofeo para tu colección.
—Entonces no me trates como a un trofeo —susurré, acortando la distancia hasta que mi pecho rozó el suyo—. Trátame como a tu igual. Muéstrame que ese autocontrol es solo una máscara.
Él gruñó, un sonido profundo que nació en su pecho y que me hizo vibrar de pies a cabeza. Su mano, grande y cálida, se cerró alrededor de mi cuello, no para lastimarme, sino para reclamar el espacio. Me empujó suavemente contra la pared, su cuerpo bloqueando cualquier salida.
—Si cruzas esta línea, Jungkook, no habrá vuelta atrás —su aliento rozó mis labios—. No seré el sacerdote piadoso que esperas.
—No quiero piedad —respondí, pasando mi lengua por mi labio inferior—. Quiero que me destruyas.
Taehyung no esperó más. Estrelló sus labios contra los míos en un beso que sabía a desesperación reprimida y a una lujuria que llevaba siglos acumulándose. No era un beso dulce; era una batalla de lenguas y dientes, un reclamo de dominancia que me hizo soltar un gemido de puro placer. Sus manos bajaron con urgencia, desgarrando la tela de mi camisa húmeda, exponiendo mi pecho al aire frío de la habitación y al calor abrasador de su tacto.
—Eres un demonio —susurró él contra mi cuello, antes de morder la piel sensible justo encima de mi hombro.
—Y tú eres el santo que va a caer conmigo —jadeé, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura mientras él me levantaba sin esfuerzo.
Me llevó hasta la pesada mesa de madera, barriendo los libros y papeles al suelo con un movimiento brusco. Me depositó sobre la superficie fría, pero no tuve tiempo de sentir el cambio de temperatura, porque sus manos ya estaban desabrochando mis pantalones con una destreza que me hizo cuestionar cuántas veces había imaginado esto.
—Mírame, Jungkook —ordenó, su voz cargada de la autoridad de un alfa que finalmente ha dejado salir a la bestia.
Lo miré. Sus ojos eran dos orbes de fuego oscuro. No había rastro del sacerdote devoto; solo quedaba el hombre, el alfa dominante que me deseaba con la misma intensidad con la que yo lo deseaba a él. Se deshizo de sus propias vestiduras con movimientos rápidos, revelando un cuerpo esculpido por la disciplina y la fuerza. Cuando su piel entró en contacto con la mía, sentí una descarga eléctrica que me hizo arquear la espalda.
—Dime que me quieres —pidió él, su voz rompiéndose mientras acariciaba la entrada de mi calor, encontrándome ya preparado y ansioso por él—. Dime que esto no es solo un capricho.
—Te quiero a ti, Taehyung —gemí, mis dedos enterrándose en su cabello oscuro—. Quiero que seas el único que me marque, el único que me posea.
Él no necesitó más palabras. Se posicionó entre mis piernas y, con un empuje lento pero implacable, se enterró en mí. El grito que escapó de mi garganta fue una mezcla de dolor momentáneo y un éxtasis tan profundo que me hizo ver estrellas. Era demasiado grande, demasiado firme, llenándome de una manera que ningún sueño podría haber replicado.
—Dios mío... —jadeó él, escondiendo el rostro en mi cuello mientras empezaba a moverse.
—No lo nombres ahora —me burlé entre jadeos, apretando mis músculos alrededor de él para incitarlo más—. Ahora solo existimos tú y yo.
Taehyung soltó un gruñido gutural y aumentó el ritmo. Cada embestida era precisa, golpeando el punto exacto que me hacía perder la razón. La mesa crujía bajo nuestro peso, rítmicamente, acompañando el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el choque de nuestros cuerpos. Yo me aferraba a sus hombros, mis uñas dejando marcas rojas en su piel, mientras el aroma de nuestro deseo se volvía casi asfixiante, una mezcla divina de pino, sándalo y omega en celo.
—Jungkook... —su voz era un ruego, una oración pagana dedicada a la piel que estaba devorando con sus manos y labios.
—Más fuerte, Taehyung... no te detengas —le pedí, moviendo mis caderas en sincronía con las suyas, buscando alcanzar ese clímax que bailaba justo frente a mis ojos.
Él me tomó de las manos, entrelazando nuestros dedos contra la madera, manteniéndome firme mientras aceleraba el paso. Sus movimientos se volvieron erráticos, salvajes, perdiendo toda la compostura que tanto se esforzaba por mantener ante el pueblo. En ese momento, él no era un líder espiritual; era un lobo reclamando a su pareja, un alfa entregándose al único omega que había sido capaz de doblegar su voluntad.
Sentí la presión aumentar en mi vientre, una ola de calor que amenazaba con desbordarse. Taehyung también estaba llegando a su límite; sus músculos estaban tensos como cuerdas de violín, y su aroma se volvió tan potente que me hizo entrar en un trance de puro placer instintivo.
—Voy a... —empezó a decir, pero su voz se perdió en un gemido ronco cuando finalmente se corrió dentro de mí, llenándome con su semilla cálida y vital.
Yo lo seguí un segundo después, gritando su nombre mientras mi cuerpo sufría espasmos de placer, apretándolo con una fuerza desesperada. Nos quedamos así durante lo que parecieron horas, unidos por el cuerpo y el alma, mientras el sonido de la lluvia afuera era lo único que llenaba el silencio de la rectoría.
Taehyung se dejó caer sobre mí, su pecho subiendo y bajando con violencia, su frente apoyada contra la mía. Sus ojos volvieron a su color natural, pero la mirada que me dedicó ya no era de juicio, sino de una devoción absoluta.
—Has ganado, pequeño demonio —susurró, besando la punta de mi nariz—. Me has arruinado para cualquier otra cosa que no seas tú.
Sonreí, sintiéndome por primera vez completo, sabiendo que mi búsqueda había terminado entre las paredes de una iglesia, en los brazos del hombre más prohibido y deseado de todos.
—No te he arruinado, Taehyung —dije, acariciando su mejilla—. Te he liberado.
Él soltó una risa suave, una que nunca le había mostrado a nadie más, y me abrazó con fuerza, como si tuviera miedo de que la realidad nos alcanzara al amanecer. Pero por esa noche, el pecado era nuestro santuario, y el sacerdote era mío.
—Jungkook, deja de mirar a los hijos del jefe de la aldea de esa manera —me decía mi madre mientras cepillaba mi cabello—. Pareces un lobo hambriento, no un joven que busca compromiso.
—Es que son aburridos, mamá —respondía yo, soltando un suspiro de frustración—. Huelen a miedo en cuanto trato de desafiarlos. ¿De qué sirve un alfa que baja la cabeza ante su pareja?
Jimin, mi mejor amigo y un omega de espíritu libre, era el único que entendía mi fuego interno. Él solía reírse de mis desplantes hacia los alfas locales.
—Lo que tú necesitas, Kook, no es un hombre, es un milagro —me dijo una tarde mientras caminábamos cerca del viejo templo—. Alguien que tenga la autoridad suficiente para no pestañear cuando le muestres los colmillos.
Y entonces llegó él.
El nuevo sacerdote no era lo que nadie esperaba. Kim Taehyung no era un hombre de oraciones susurradas y gestos débiles. Era un alfa dominante, cuya sola presencia hacía que el aire se volviera denso, cargado de un magnetismo oscuro y sagrado a la vez. Desde el momento en que lo vi cruzar el umbral de la parroquia, supe que mi destino estaba sellado. Su aroma a sándalo y madera quemada me golpeó como una bofetada, despertando instintos que ni siquiera sabía que poseía.
Pero había un problema: era un hombre de Dios. O eso decía él.
Llevaba semanas rondándolo, asistiendo a cada misa, confesándome pecados que ni siquiera había cometido solo para sentir su mirada profunda tras la rejilla del confesionario. Quería corromperlo. Quería ver si esa rectitud de mármol podía quebrarse bajo el peso de mi deseo.
Esa noche, la tormenta rugía fuera de la rectoría. Entré sin llamar, empapado, con la camisa de seda pegada a mi piel, marcando cada músculo y cada curva que tanto esfuerzo me costaba mantener. Taehyung estaba sentado frente a un escritorio, leyendo bajo la luz de una vela. Ni siquiera levantó la vista, pero supe que me sentía. El aroma de mi celo, que estaba empezando a brotar, llenó la estancia como una provocación.
—Es tarde para confesiones, Jungkook —dijo con esa voz grave que vibraba en mis huesos.
—No vengo a confesarme, Padre —respondí, acercándome con pasos lentos, dejando un rastro de agua sobre la madera—. Vengo a reclamar lo que mi lobo pide desde que pusiste un pie en este pueblo.
Taehyung cerró el libro con un golpe seco. Se puso de pie, y su altura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Sus ojos, usualmente calmos, ardían con un destello rojizo que delataba su naturaleza dominante.
—Estás jugando con fuego —advirtió, dando un paso hacia mí. Su aroma inundó mis sentidos, haciéndome flaquear las rodillas—. Mi castidad no es un trofeo para tu colección.
—Entonces no me trates como a un trofeo —susurré, acortando la distancia hasta que mi pecho rozó el suyo—. Trátame como a tu igual. Muéstrame que ese autocontrol es solo una máscara.
Él gruñó, un sonido profundo que nació en su pecho y que me hizo vibrar de pies a cabeza. Su mano, grande y cálida, se cerró alrededor de mi cuello, no para lastimarme, sino para reclamar el espacio. Me empujó suavemente contra la pared, su cuerpo bloqueando cualquier salida.
—Si cruzas esta línea, Jungkook, no habrá vuelta atrás —su aliento rozó mis labios—. No seré el sacerdote piadoso que esperas.
—No quiero piedad —respondí, pasando mi lengua por mi labio inferior—. Quiero que me destruyas.
Taehyung no esperó más. Estrelló sus labios contra los míos en un beso que sabía a desesperación reprimida y a una lujuria que llevaba siglos acumulándose. No era un beso dulce; era una batalla de lenguas y dientes, un reclamo de dominancia que me hizo soltar un gemido de puro placer. Sus manos bajaron con urgencia, desgarrando la tela de mi camisa húmeda, exponiendo mi pecho al aire frío de la habitación y al calor abrasador de su tacto.
—Eres un demonio —susurró él contra mi cuello, antes de morder la piel sensible justo encima de mi hombro.
—Y tú eres el santo que va a caer conmigo —jadeé, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura mientras él me levantaba sin esfuerzo.
Me llevó hasta la pesada mesa de madera, barriendo los libros y papeles al suelo con un movimiento brusco. Me depositó sobre la superficie fría, pero no tuve tiempo de sentir el cambio de temperatura, porque sus manos ya estaban desabrochando mis pantalones con una destreza que me hizo cuestionar cuántas veces había imaginado esto.
—Mírame, Jungkook —ordenó, su voz cargada de la autoridad de un alfa que finalmente ha dejado salir a la bestia.
Lo miré. Sus ojos eran dos orbes de fuego oscuro. No había rastro del sacerdote devoto; solo quedaba el hombre, el alfa dominante que me deseaba con la misma intensidad con la que yo lo deseaba a él. Se deshizo de sus propias vestiduras con movimientos rápidos, revelando un cuerpo esculpido por la disciplina y la fuerza. Cuando su piel entró en contacto con la mía, sentí una descarga eléctrica que me hizo arquear la espalda.
—Dime que me quieres —pidió él, su voz rompiéndose mientras acariciaba la entrada de mi calor, encontrándome ya preparado y ansioso por él—. Dime que esto no es solo un capricho.
—Te quiero a ti, Taehyung —gemí, mis dedos enterrándose en su cabello oscuro—. Quiero que seas el único que me marque, el único que me posea.
Él no necesitó más palabras. Se posicionó entre mis piernas y, con un empuje lento pero implacable, se enterró en mí. El grito que escapó de mi garganta fue una mezcla de dolor momentáneo y un éxtasis tan profundo que me hizo ver estrellas. Era demasiado grande, demasiado firme, llenándome de una manera que ningún sueño podría haber replicado.
—Dios mío... —jadeó él, escondiendo el rostro en mi cuello mientras empezaba a moverse.
—No lo nombres ahora —me burlé entre jadeos, apretando mis músculos alrededor de él para incitarlo más—. Ahora solo existimos tú y yo.
Taehyung soltó un gruñido gutural y aumentó el ritmo. Cada embestida era precisa, golpeando el punto exacto que me hacía perder la razón. La mesa crujía bajo nuestro peso, rítmicamente, acompañando el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el choque de nuestros cuerpos. Yo me aferraba a sus hombros, mis uñas dejando marcas rojas en su piel, mientras el aroma de nuestro deseo se volvía casi asfixiante, una mezcla divina de pino, sándalo y omega en celo.
—Jungkook... —su voz era un ruego, una oración pagana dedicada a la piel que estaba devorando con sus manos y labios.
—Más fuerte, Taehyung... no te detengas —le pedí, moviendo mis caderas en sincronía con las suyas, buscando alcanzar ese clímax que bailaba justo frente a mis ojos.
Él me tomó de las manos, entrelazando nuestros dedos contra la madera, manteniéndome firme mientras aceleraba el paso. Sus movimientos se volvieron erráticos, salvajes, perdiendo toda la compostura que tanto se esforzaba por mantener ante el pueblo. En ese momento, él no era un líder espiritual; era un lobo reclamando a su pareja, un alfa entregándose al único omega que había sido capaz de doblegar su voluntad.
Sentí la presión aumentar en mi vientre, una ola de calor que amenazaba con desbordarse. Taehyung también estaba llegando a su límite; sus músculos estaban tensos como cuerdas de violín, y su aroma se volvió tan potente que me hizo entrar en un trance de puro placer instintivo.
—Voy a... —empezó a decir, pero su voz se perdió en un gemido ronco cuando finalmente se corrió dentro de mí, llenándome con su semilla cálida y vital.
Yo lo seguí un segundo después, gritando su nombre mientras mi cuerpo sufría espasmos de placer, apretándolo con una fuerza desesperada. Nos quedamos así durante lo que parecieron horas, unidos por el cuerpo y el alma, mientras el sonido de la lluvia afuera era lo único que llenaba el silencio de la rectoría.
Taehyung se dejó caer sobre mí, su pecho subiendo y bajando con violencia, su frente apoyada contra la mía. Sus ojos volvieron a su color natural, pero la mirada que me dedicó ya no era de juicio, sino de una devoción absoluta.
—Has ganado, pequeño demonio —susurró, besando la punta de mi nariz—. Me has arruinado para cualquier otra cosa que no seas tú.
Sonreí, sintiéndome por primera vez completo, sabiendo que mi búsqueda había terminado entre las paredes de una iglesia, en los brazos del hombre más prohibido y deseado de todos.
—No te he arruinado, Taehyung —dije, acariciando su mejilla—. Te he liberado.
Él soltó una risa suave, una que nunca le había mostrado a nadie más, y me abrazó con fuerza, como si tuviera miedo de que la realidad nos alcanzara al amanecer. Pero por esa noche, el pecado era nuestro santuario, y el sacerdote era mío.
