Fanfy
.studio
Cargando...
Imagen de fondo

BAJO EL PECADO DE TU AROMA

Fandom: TAEKOOK

Creado: 24/3/2026

Etiquetas

RomanceOmegaversoDramaEstudio de PersonajeCelosUA (Universo Alternativo)Historia Doméstica
Índice

Entre el incienso y el pecado

El aroma a madera vieja y cera derretida de la parroquia de San Pedro nunca había sido de mi agrado. De hecho, durante diecinueve años, hice todo lo posible por evitar este lugar. Pero ahí estaba yo, sentado en un banco de madera que me lastimaba el coxis, con un cuaderno de notas sobre el regazo y la mirada clavada en la espalda del hombre que se había convertido en mi obsesión más peligrosa.

Kim Taehyung no era un alfa común. Su presencia llenaba el espacio con una autoridad que no necesitaba de gruñidos ni demostraciones de fuerza bruta. Su aroma, una mezcla embriagadora de sándalo y lluvia fresca, se filtraba por mis sentidos incluso a través del olor a incienso. Como omega dominante, yo estaba acostumbrado a que los alfas cayeran a mis pies con solo una mirada, pero él ni siquiera se inmutaba.

— La fe no es solo una palabra, es una acción —decía Taehyung con esa voz profunda que me hacía vibrar hasta los huesos—. No basta con venir aquí y rezar. Hay que salir y servir al prójimo.

Él se giró, y sus ojos oscuros recorrieron la pequeña sala de catequesis para adultos. Cuando su mirada se encontró con la mía, sentí un chispazo eléctrico. Yo le sostuve la mirada, humedeciéndome los labios con lentitud, desafiándolo a romper su compostura. Él solo parpadeó, impasible, y continuó con su lección.

— Jungkook —susurró Jimin a mi lado, dándome un codazo—. Deja de devorarlo con la mirada. Estás en una iglesia, por el amor de Dios.

— Precisamente por eso, Jimin —respondí en un susurro, sin apartar la vista de Taehyung—. Dios nos dio la belleza para ser admirada.

Jimin rodó los ojos. Él me conocía mejor que nadie. Sabía que mi repentino interés por la religión tenía nombre y apellido. Mi mejor amigo, un omega dulce pero con los pies en la tierra, me acompañaba solo para asegurarse de que no terminara excomulgado o arrastrando al sacerdote al confesionario para algo que no fuera una confesión.

Al terminar la sesión, Taehyung se quedó en la puerta despidiendo a cada asistente. Yo me tomé mi tiempo, guardando mis cosas con una lentitud exasperante. Quería ser el último.

— Padre Taehyung —dije al llegar frente a él, forzando una sonrisa que solía derretir glaciares.

— Joven Jeon —respondió él, asintiendo con cortesía—. Me alegra verlo de nuevo. Es el tercer día consecutivo que asiste.

— Me han conmovido sus palabras sobre el servicio —mentí descaradamente, aunque una parte de mí, esa parte bondadosa que mis padres habían cultivado con tanto esfuerzo, realmente sentía curiosidad—. Quiero ayudar. He oído que la parroquia organiza un comedor para los necesitados los fines de semana.

Taehyung arqueó una ceja, visiblemente sorprendido. Sus ojos buscaron alguna señal de falsedad en los míos, pero no la encontraron. Porque, a pesar de mis intenciones de seducción, ayudar a los demás siempre había sido algo que disfrutaba.

— Es una labor noble —dijo él, y por primera vez, noté un brillo de genuino interés en su mirada—. Si realmente desea colaborar, lo espero el sábado a las siete de la mañana. No es un trabajo fácil, Jungkook.

— No le tengo miedo al trabajo duro, Padre —respondí, bajando el tono de voz y dando un paso hacia su espacio personal—. Me gusta ganarme las cosas que deseo.

Él no retrocedió. Su autocontrol era exasperante.

— Entonces nos vemos el sábado. Vaya con Dios.

Salí de la iglesia con el corazón acelerado. Jimin me esperaba afuera, apoyado contra un pilar.

— ¿Y bien? ¿Ya lo convenciste de que cuelgue los hábitos por ti?

— Es más difícil de lo que pensé —admití, soltando un suspiro de frustración—. Pero me ha invitado a ayudar en el comedor.

— ¿Tú? ¿Cocinando para cincuenta personas a las siete de la mañana? —Jimin se echó a reír—. Esto quiero verlo.

El sábado llegó más rápido de lo esperado. Me presenté con ropa cómoda, el cabello recogido en una pequeña coleta y sin una gota de perfume, dejando que mi aroma natural de jazmín y miel fluyera suavemente. Taehyung ya estaba allí, con las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos firmes que me hicieron tragar saliva.

Durante horas, trabajé hombro con hombro con él. Repartí platos de sopa, escuché las historias de los ancianos y ayudé a limpiar las mesas. Para mi propia sorpresa, olvidé por momentos mi plan de conquista. Ver la sonrisa de un niño al recibir un trozo de pan me llenaba de una calidez que no tenía nada que ver con el deseo.

Taehyung me observaba desde lejos. Podía sentir su mirada sobre mí mientras yo ayudaba a una anciana a sentarse. Había algo en su expresión que no lograba descifrar: una mezcla de curiosidad y algo que parecía... reconocimiento.

Sin embargo, el destino decidió jugar una carta inesperada esa tarde.

Estábamos terminando de recoger cuando la puerta del salón se abrió de golpe. Un alfa alto, de hombros anchos y una sonrisa arrogante, entró como si fuera el dueño del lugar. Mi sangre se heló. Era Mingyu, mi ex novio. Nuestra relación había terminado hacía meses debido a su posesividad asfixiante, algo que mi naturaleza de omega dominante no podía tolerar.

— ¡Jungkook! —exclamó él, caminando hacia mí con paso firme—. Sabía que te encontraría aquí. Tu madre me dijo que te habías vuelto un santo de repente.

— ¿Qué haces aquí, Mingyu? —pregunté, sintiendo la tensión subir por mi espalda.

Taehyung se acercó lentamente, colocándose a una distancia prudencial pero lo suficientemente cerca como para intervenir.

— Solo quería verte —dijo Mingyu, ignorando por completo la presencia del sacerdote. Puso una mano en mi cintura, un gesto que en otro tiempo me habría gustado, pero que ahora me resultaba repulsivo—. Te extraño, precioso. ¿Por qué no dejamos este lugar polvoriento y vamos a cenar?

Una idea perversa cruzó mi mente. Si Taehyung no reaccionaba a mis encantos, tal vez reaccionaría a la competencia. Los alfas, incluso los que vestían sotana, tenían instintos territoriales.

— No sé, Mingyu... —dije, fingiendo una duda que no sentía y permitiendo que se acercara más—. Estoy un poco ocupado ayudando al Padre Taehyung.

Miré a Taehyung de reojo. Él observaba la mano de Mingyu en mi cintura con una calma absoluta. No hubo un gruñido, ni un cambio en su aroma, ni siquiera un fruncir de ceño.

— Si el joven Jeon desea retirarse, es libre de hacerlo —dijo Taehyung con una voz tan gélida que me dio escalofríos—. El trabajo aquí casi ha terminado.

— ¿Lo ves? —Mingyu sonrió, acercando su rostro al mío—. El cura te da permiso. Vamos.

Me sentí morir de la rabia. ¿Eso era todo? ¿Ni un ápice de celos? ¿Tan poco le importaba que un alfa como Mingyu me estuviera tocando frente a sus ojos? Mi orgullo de omega dominante fue herido profundamente.

— En realidad —dije, apartando la mano de Mingyu con brusquedad—, todavía tengo cosas que discutir con el Padre sobre la próxima semana. Mingyu, vete. No te llamé y no quiero salir contigo.

Mingyu frunció el ceño, su aroma a cedro volviéndose amargo por el rechazo.

— No me vengas con esas, Jungkook. Sé que solo estás aquí por un capricho. ¿O es que ahora te gustan los que rezan?

— Mingyu —la voz de Taehyung resonó en el salón, esta vez con una autoridad que hizo que hasta el aire se detuviera—. Le ha pedido que se retire. Le sugiero que lo haga antes de que tenga que pedirle a los encargados de seguridad que lo escolten fuera de la propiedad parroquial.

Mingyu miró a Taehyung, y por un segundo, pareció que iba a replicar. Pero algo en la mirada del sacerdote lo hizo retroceder. Taehyung no estaba usando su voz de alfa, pero su presencia era tan abrumadora que Mingyu simplemente bufó y salió por donde vino.

Me quedé allí, de pie, sintiéndome como un tonto. El silencio en el salón era denso.

— Fue un intento muy pobre, Jungkook —dijo Taehyung de repente, sin mirarme, mientras comenzaba a apilar unas sillas.

— ¿De qué hablas? —pregunté, intentando mantener la fachada.

— De usar a ese alfa para intentar provocar una reacción en mí —se giró, y esta vez, sus ojos estaban llenos de una intensidad que me dejó sin aliento—. Soy un hombre de Dios, pero no soy ciego. He visto a muchos omegas intentar juegos similares en mis años de servicio.

Me crucé de brazos, desafiante.

— ¿Y funcionó?

Taehyung caminó hacia mí. Cada paso que daba hacía que mi corazón golpeara contra mis costillas como un tambor. Se detuvo a escasos centímetros, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para verlo.

— No —dijo en un susurro, y por un momento, su aroma a sándalo se volvió más intenso, envolviéndome por completo—. Porque si alguna vez decido reclamar algo, no será porque alguien más lo quiera. Será porque yo así lo decida.

Se alejó antes de que pudiera responder, dejándome con las palabras atrapadas en la garganta y las piernas temblorosas. Había intentado ponerlo celoso y él, con una sola frase, me había recordado quién de los dos tenía realmente el control de la situación.

— Jungkook —llamó desde la puerta de la sacristía—, no olvides cerrar la puerta principal al salir. Y gracias por la ayuda de hoy. Realmente tienes un buen corazón, aunque intentes esconderlo detrás de esos juegos de seducción.

Se fue, dejándome solo en el salón vacío.

Me senté en uno de los bancos, respirando con dificultad. Había venido aquí para conquistarlo, para demostrar que ningún alfa podía resistirse a Jeon Jungkook. Pero mientras miraba el crucifijo al fondo del salón, me di cuenta de que Kim Taehyung no era una fortaleza que pudiera derribar con trucos baratos.

— Mierda —susurré para mí mismo, escondiendo el rostro entre las manos.

No solo no había logrado ponerlo celoso, sino que ahora estaba más hundido que antes. Porque Taehyung no solo era un desafío para mi ego; estaba empezando a ser un desafío para mi corazón. Su bondad era real, su entrega era genuina, y esa pequeña muestra de dominio que acababa de darme solo servía para confirmar lo que más temía.

Estaba perdidamente enamorado de un hombre que le pertenecía a Dios.

— ¿Sigues aquí? —La voz de Jimin me sacó de mis pensamientos. Había entrado por la puerta lateral—. Vi a Mingyu salir echando humo. ¿Qué pasó?

— Fallé, Jimin —dije, levantándome y recogiendo mi mochila—. Fallé estrepitosamente.

— ¿No se puso celoso?

— Ni un poco. Me leyó como si fuera un libro abierto. Me dijo que no caería en mis juegos.

Jimin suspiró, acercándose para poner una mano en mi hombro.

— Te lo dije, Kook. Él no es como los alfas con los que sueles salir. Él tiene algo más... una paz que no puedes romper así como así.

— No voy a rendirme —dije, aunque mi voz carecía de la seguridad de antes—. Si no puedo llegar a él a través del deseo, llegaré a través de esa bondad que dice que tengo. Voy a seguir viniendo. Voy a seguir ayudando.

— ¿Y si al final terminas convirtiéndote tú mismo en un santo? —bromeó Jimin.

— Si eso es lo que hace falta para que me mire como algo más que un "joven con potencial", que así sea.

Salimos de la iglesia mientras el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y anaranjados. Al pasar por la ventana de la rectoría, vi una silueta recortada contra la luz. Era Taehyung, observando el horizonte.

No sabía cuánto tiempo me tomaría, ni cuántas catequesis tendría que soportar, pero una cosa era segura: Kim Taehyung me había desafiado a ser mejor, y yo no era de los que retrocedían ante un reto. Aunque ese reto implicara luchar contra el mismísimo Cielo por el amor de un alfa que olía a sándalo y pecado contenido.

La guerra entre mi naturaleza dominante y su devoción sagrada acababa de empezar, y yo estaba dispuesto a jugarlo todo, incluso si al final terminaba de rodillas, no para rezar, sino para pedirle que fuera mío.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic