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Amor con aroma a café

Fandom: Etra Chan lo vio

Creado: 24/3/2026

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RomanceDramaRecortes de VidaDolor/ConsueloFluffCrimenCelos
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El aroma del café y el refugio Carmesí

El sol de la tarde se filtraba a través de los grandes ventanales de la cafetería "Etra", bañando las mesas de madera en un tono dorado. Akamatsu, con su característico cabello rojo encendido y sus ojos carmesí que siempre parecían buscar el suelo, ajustaba con nerviosismo su delantal. A pesar de su timidez, era uno de los meseros más eficientes del lugar, aunque su corazón siempre daba un vuelco cuando la campana de la entrada sonaba a las cinco en punto.

Esa tarde no fue la excepción.

Tokusa entró en el establecimiento con su porte impecable. Vestía un traje gris oscuro que resaltaba su figura atlética y su cabello verde, perfectamente peinado, brillaba bajo las luces del local. Como Director Ejecutivo de la Compañía Etra, siempre cargaba con un aura de autoridad, pero al cruzar la mirada con Akamatsu, sus ojos azules se suavizaban instantáneamente.

— Buenas tardes, Akamatsu —saludó Tokusa con una sonrisa cálida mientras tomaba asiento en su mesa habitual junto a la ventana.

— B-buenas tardes, señor Tokusa —respondió Akamatsu, sintiendo que sus mejillas se encendían casi tanto como su cabello—. ¿Lo de siempre?

— Por favor. Tu recomendación de la semana pasada fue excelente, pero hoy necesito el café negro más fuerte que tengas. Ha sido un día largo en la oficina.

Akamatsu asintió rápidamente y se retiró a preparar el pedido. Sus manos temblaban ligeramente mientras manipulaba la máquina de espresso. Llevaba meses enamorado de aquel hombre, admirando su dedicación al trabajo y la amabilidad con la que trataba a todos, a pesar de su alto cargo. Pero la timidez de Akamatsu era una barrera que parecía infranqueable; apenas podía articular frases completas sin tartamudear.

Lo que Akamatsu no sabía era que Tokusa no venía a la cafetería solo por el café. El ejecutivo encontraba en el joven mesero una pureza y una dulzura que no existían en el frío mundo de los negocios. Para Tokusa, ver la sonrisa tímida de Akamatsu era el mejor cierre para su jornada laboral.

Sin embargo, en las sombras de la cafetería, otra mirada observaba con odio. Hiiragi, un empleado de nivel medio en la misma compañía que Tokusa, apretaba los puños desde una mesa apartada. Llevaba semanas siguiendo a Akamatsu, obsesionado con su apariencia delicada. Ver la interacción entre su jefe y el mesero lo llenaba de una rabia tóxica.

Cuando terminó el turno de Akamatsu, el cielo ya se había teñido de un azul profundo. El joven caminaba por el callejón que servía de atajo hacia su casa, disfrutando del aire fresco de la noche. De repente, una figura salió de entre las sombras, bloqueándole el paso.

— Hola, Akamatsu. Por fin te encuentro a solas —dijo Hiiragi, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Akamatsu retrocedió un paso, reconociendo vagamente al hombre como un cliente recurrente que solía mirarlo de forma incómoda.

— ¿Eh? Hola... lo siento, tengo prisa por llegar a casa —murmuró Akamatsu, intentando rodearlo.

— No tan rápido —Hiiragi lo tomó del brazo con fuerza—. Llevo mucho tiempo observándote. Estoy enamorado de ti. Deberías estar agradecido de que alguien como yo se fije en un simple mesero.

Akamatsu sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La intensidad en la voz del hombre era aterradora.

— Lo... lo siento mucho, pero ni siquiera lo conozco —respondió Akamatsu, tratando de soltarse—. Además, ya estoy enamorado de otra persona. Por favor, suélteme.

La expresión de Hiiragi se transformó en una máscara de furia pura. Sin previo aviso, lanzó un puñetazo que impactó de lleno en la mejilla de Akamatsu, derribándolo al suelo.

— ¡Maldito prostituto! —gritó Hiiragi, fuera de sí—. Seguro que te revuelcas con cualquiera que te dé una buena propina. ¿Quién es? ¿Es ese tipo de la empresa, verdad? ¡No eres más que una basura!

Akamatsu, aturdido por el golpe y con el sabor metálico de la sangre en la boca, intentó levantarse para escapar, pero Hiiragi fue más rápido. Lo agarró por el cuello de la camisa y lo estampó contra la pared de ladrillos del callejón.

— Si no vas a ser mío por las buenas, lo serás por las malas —siseó el agresor, acercando su rostro al de Akamatsu mientras intentaba besarlo a la fuerza.

— ¡No! ¡Suelte... ayúdenme! —gritó Akamatsu, cerrando los ojos con desesperación, esperando lo peor.

— ¡Suéltalo ahora mismo!

La voz resonó en el callejón como un trueno. Hiiragi se detuvo en seco y giró la cabeza, solo para encontrarse con la figura imponente de Tokusa. El ejecutivo no se veía como el hombre amable de la cafetería; su rostro era una imagen de furia contenida y sus ojos azules brillaban con una intensidad peligrosa.

— ¿Director Tokusa? —tartamudeó Hiiragi, soltando a Akamatsu por el impacto de ver a su superior.

Tokusa no perdió el tiempo. Se acercó con pasos rápidos y, antes de que Hiiragi pudiera reaccionar, lo tomó por el hombro y lo apartó violentamente de Akamatsu.

— Hiiragi, sé perfectamente quién eres y lo que acabas de hacer —dijo Tokusa con una voz gélida que hizo temblar al acosador—. No solo has agredido a una persona inocente, sino que has demostrado ser una escoria humana. Mañana mismo estarás despedido y me encargaré personalmente de que la policía reciba las grabaciones de seguridad de las cámaras que hay en la entrada de este callejón.

Hiiragi, acobardado ante la autoridad y la presencia física de Tokusa, balbuceó algunas excusas antes de salir corriendo, perdiéndose en la oscuridad de la calle principal.

Tokusa se giró inmediatamente hacia Akamatsu, quien se había deslizado por la pared hasta quedar sentado en el suelo, temblando incontrolablemente.

— Akamatsu... ¿estás bien? Por favor, dime que estás bien —dijo Tokusa, arrodillándose a su lado con una delicadeza infinita.

— Señor Tokusa... yo... —Akamatsu no pudo terminar la frase. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas mientras el shock del ataque finalmente lo golpeaba.

Sin decir una palabra, Tokusa lo envolvió en un abrazo protector. Akamatsu hundió el rostro en el hombro del ejecutivo, aspirando el aroma a sándalo y café que siempre lo acompañaba. Por primera vez en su vida, se sintió completamente a salvo.

— Shhh, ya pasó. Estás conmigo ahora —susurró Tokusa, acariciando el cabello rojo del joven—. Siento mucho no haber llegado antes.

Después de unos minutos, Tokusa ayudó a Akamatsu a levantarse y lo acompañó hasta su pequeño apartamento. Se aseguró de curar la herida de su mejilla con un botiquín de primeros auxilios, moviéndose por la cocina del joven con una confianza natural.

A partir de esa noche, algo cambió entre ellos. Tokusa comenzó a esperar a Akamatsu al final de cada turno para caminar juntos a casa. Lo que empezó como una medida de seguridad pronto se convirtió en una rutina llena de risas y confesiones a media luz. Akamatsu descubrió que Tokusa amaba los gatos y que odiaba las reuniones innecesarias, mientras que Tokusa se maravillaba con el conocimiento de Akamatsu sobre literatura clásica y su sueño de abrir su propia pastelería algún día.

Dos semanas después del incidente, ambos caminaban por el parque cercano a la casa de Akamatsu. Los cerezos estaban en flor y los pétalos caían como nieve rosada sobre el sendero.

— Tokusa-san —dijo Akamatsu, deteniéndose bajo un árbol. Había dejado de usar los honoríficos formales hacía unos días, sintiéndose más cerca del hombre.

— ¿Sí, Akamatsu? —Tokusa se detuvo y lo miró con esa atención total que siempre le dedicaba.

Akamatsu apretó los puños, reuniendo todo el valor que su corazón tímido podía albergar. Recordó el miedo en el callejón y cómo la presencia de Tokusa lo había cambiado todo. Ya no quería esconderse.

— Aquella noche... cuando ese hombre me atacó... —comenzó Akamatsu, bajando la mirada—, le dije que ya estaba enamorado de alguien más.

Tokusa sintió una punzada de ansiedad en el pecho, pero mantuvo la calma.

— Lo recuerdo. ¿Es alguien de quien deba preocuparme? —preguntó con un tono ligeramente bromista, aunque sus ojos reflejaban una pizca de temor.

Akamatsu levantó la cabeza, encontrando la mirada azul de Tokusa. Sus ojos carmesí brillaban con una determinación nueva.

— No, porque esa persona eres tú —soltó Akamatsu en un susurro valiente—. He estado enamorado de ti desde la primera vez que entraste a la cafetería y me pediste un café con esa sonrisa tan amable. Tenía miedo de decírtelo porque soy... bueno, solo soy un mesero y tú eres alguien importante. Pero después de que me salvaste, me di cuenta de que no puedo seguir callado. Te quiero, Tokusa-san.

El silencio que siguió pareció eterno. Akamatsu sintió que el mundo se detenía, temiendo haber arruinado la hermosa amistad que habían construido. Estaba a punto de disculparse y salir corriendo cuando sintió unas manos cálidas acunando su rostro.

Tokusa sonreía, pero sus ojos estaban ligeramente húmedos.

— Akamatsu, eres la persona más valiente y maravillosa que he conocido —dijo Tokusa con voz ronca—. Llevo meses yendo a esa cafetería solo para tener la excusa de verte. No me importa tu trabajo ni tu posición social; lo que me importa es el chico de cabello rojo que pone todo su corazón en cada taza de café y que tiene un alma más brillante que cualquier ejecutivo que haya conocido.

— ¿Entonces...? —preguntó Akamatsu, apenas atreviéndose a esperar.

— Entonces, yo también te quiero. Más de lo que las palabras pueden expresar.

Tokusa se inclinó lentamente, dándole a Akamatsu todo el tiempo del mundo para retirarse, pero el joven cerró los ojos y acortó la distancia final. El beso fue suave, con sabor a primavera y a una promesa de seguridad. En ese momento, Akamatsu supo que ya no tenía por qué tener miedo de las sombras. Había encontrado su refugio, y su nombre era Tokusa.

— ¿Quieres ir a cenar mañana? —preguntó Tokusa al separarse, sin soltar las manos de Akamatsu—. Pero esta vez, yo elegiré el lugar. Nada de cafeterías por una noche.

Akamatsu rió, una risa clara y sincera que iluminó su rostro.

— Me encantaría. Pero solo si me prometes que después volveremos a "Etra" por un postre.

— Hecho —respondió Tokusa, besando la frente del joven—. Siempre que sea contigo, iré a cualquier lugar.

Caminaron el resto del trayecto tomados de la mano, bajo la lluvia de pétalos de cerezo, sabiendo que aquel era solo el comienzo de una historia que apenas empezaba a escribirse. El chico tímido de ojos carmesí finalmente había encontrado la voz para reclamar su propia felicidad.
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