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Una noche de locura desenfrenada
Fandom: Kengan ashura
Creado: 26/3/2026
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OscuroPsicológicoPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje ExplícitoViolencia GráficaOOC (Fuera de Personaje)DramaEstudio de Personaje
La Bestia de Sangre y el Dios de la Perdición
El bosque que rodeaba las instalaciones de la Asociación Kengan siempre tenía un aire pesado, pero esa noche el ambiente era sofocante. La humedad se pegaba a la piel y el silencio era interrumpido únicamente por el crujir de las ramas y una respiración errática que sonaba más como el gruñido de un animal herido que como el aliento de un hombre.
Ohma Tokita se tambaleaba entre los árboles. Su piel estaba teñida de un rojo violáceo, las venas de sus sienes y brazos palpitaban con una fuerza aterradora, y el vapor emanaba de su cuerpo como si su sangre estuviera hirviendo. El "Avance" se había activado sin previo aviso, pero esta vez era diferente. No era la sed de sangre lo que nublaba su juicio, ni el deseo de destrozar a un oponente. Era un hambre distinta, una presión insoportable en su vientre y un calor abrasador que exigía ser liberado.
—Maldición... —gruñó Ohma, golpeando el tronco de un árbol. La madera se astilló bajo su puño, pero el dolor no calmó el fuego que recorría sus venas. Sus ojos, oscurecidos por la técnica, buscaban algo, cualquier cosa que calmara la urgencia que lo estaba volviendo loco.
A unos metros de allí, oculto entre las sombras, Kiryu Setsuna observaba con una mezcla de éxtasis y adoración. Había estado siguiendo a Ohma desde la distancia, como siempre hacía, deleitándose con la visión de su "Dios" en ese estado salvaje. Kiryu dio un paso adelante, dejando que la luz de la luna filtrada por las copas de los árboles iluminara su rostro pálido y su sonrisa desquiciada.
—Ohma... —susurró Kiryu, su voz cargada de un anhelo casi religioso—. Estás radiante. Tu aura es tan... violenta.
Ohma se giró bruscamente. Al ver a Kiryu, sus instintos, amplificados por el flujo acelerado de su sangre, se dispararon. No hubo palabras de advertencia, ni insultos. En un parpadeo, Ohma acortó la distancia y estampó a Kiryu contra una roca enorme que sobresalía del suelo.
Mientras tanto, Kazuo Yamashita caminaba por el sendero cercano, agitando una linterna con manos temblorosas.
—¡Ohma-san! ¡Ohma-san, por favor, responda! —gritaba el pequeño hombre, el sudor frío recorriendo su espalda—. ¡Nogi-san dice que es hora de los chequeos médicos! ¡Ohma-sa...!
Yamashita se detuvo en seco al escuchar un estruendo y un gemido ahogado que no sonaba a pelea, al menos no a una pelea convencional. Movido por la preocupación y el miedo, se acercó sigilosamente hacia el origen del ruido. Al ver la silueta roja de Ohma, el corazón de Yamashita casi se detiene. Se ocultó rápidamente detrás de un recoveco en la gran piedra, conteniendo el aliento.
Lo que vio a través de la rendija de las rocas lo dejó petrificado.
Ohma no estaba golpeando a Kiryu. Lo tenía inmovilizado contra la piedra, sus manos apretando los hombros del otro hombre con tal fuerza que los dedos se hundían en la carne. La respiración de Ohma era un rugido constante.
—Tú... —la voz de Ohma era ronca, distorsionada por el Avance—. Quítate la ropa. Ahora.
Kiryu soltó una carcajada que terminó en un jadeo cuando Ohma le arrancó la parte superior de su vestimenta con un movimiento violento.
—Sí... —murmuró Kiryu, sus ojos brillando con una devoción insana—. Tómame, mi Dios. Destrózame. Haz que mi sangre se mezcle con la tuya.
Yamashita, desde su escondite, sentía que sus gafas se empañaban. Quería gritar, quería huir, pero sus piernas no respondían. Estaba presenciando algo que desafiaba toda lógica. El Ashura, el luchador más temible que conocía, estaba entregado a un frenesí carnal que parecía tan peligroso como sus combates en la arena.
Ohma no fue delicado. No había rastro de ternura en sus movimientos. Sus manos recorrieron el cuerpo de Kiryu con una urgencia brutal, dejando marcas rojas allí donde tocaba. Cuando sus labios se encontraron, no fue un beso, fue un choque de dientes y lenguas, una lucha por el dominio que dejó a ambos con sabor a hierro en la boca.
—¡Ah! —Kiryu arqueó la espalda cuando Ohma lo penetró con una fuerza que habría dejado inconsciente a cualquier otro hombre. El dolor y el placer se fundieron en el rostro de Setsuna, quien clavó sus uñas en los hombros inflamados de Ohma.
—¡Más... Ohma, más! —suplicaba Kiryu, su voz rompiéndose—. ¡Enséñame tu verdadero poder!
El ritmo era frenético. Cada embestida de Ohma hacía que el cuerpo de Kiryu golpeara la piedra con un sonido sordo que resonaba en los oídos de Yamashita. El pequeño secretario cerró los ojos con fuerza, pero no podía dejar de escuchar los sonidos: el jadeo animal de Ohma, los gritos agudos de Kiryu y el eco de la piel chocando contra la piel en una cadencia violenta.
Yamashita se asomó de nuevo, incapaz de contener su morbosa curiosidad. Ohma parecía una estatua de bronce ardiente, sus músculos tensos hasta el límite, el sudor volando de su cuerpo con cada movimiento. Sus ojos estaban fijos en los de Kiryu, pero no había reconocimiento en ellos, solo una necesidad primitiva y absoluta.
—Te voy a romper... —gruñó Ohma, su mano apretando el cuello de Kiryu, no para asfixiarlo, sino para anclarlo al suelo mientras aumentaba la velocidad.
Kiryu, lejos de asustarse, rodeó la cintura de Ohma con sus piernas, atrayéndolo más hacia sí. Su rostro era una máscara de éxtasis absoluto. Para él, esto era el paraíso. Ser reclamado de esa forma por el hombre que consideraba un Dios era la culminación de todos sus deseos retorcidos.
—Sí... mátame así... —jadeó Kiryu, con la cabeza echada hacia atrás, exponiendo su garganta a la bestia.
El encuentro se volvió aún más salvaje. Ohma parecía no tener fin, impulsado por el motor sobrenatural de su corazón latiendo a mil por hora. Yamashita veía cómo las rocas alrededor de ellos se manchaban de sudor y algo de sangre, producto de la fricción y la violencia del acto. El pobre hombre sentía que su propia cordura pendía de un hilo.
—Esto no puede estar pasando... —susurró Yamashita para sí mismo, tapándose la boca con ambas manos para no soltar un hipido de terror—. Ohma-san... ¿qué le ha pasado?
De repente, Ohma soltó un rugido que hizo vibrar el aire del bosque. Su cuerpo se tensó en una última y poderosa sacudida, descargando toda la energía acumulada dentro de Kiryu. Setsuna gritó el nombre de Ohma como si fuera una oración, colapsando contra el suelo cuando Ohma finalmente lo soltó.
El silencio que siguió fue casi más aterrador que el ruido anterior.
Ohma se quedó de pie, jadeando pesadamente. El color rojo de su piel comenzó a desvanecerse lentamente, y el vapor dejó de emanar de sus poros. Sus ojos recuperaron su color normal, aunque estaban nublados por el cansancio extremo. Miró sus manos, luego miró a Kiryu, que yacía en el suelo, temblando y con una sonrisa de satisfacción que helaba la sangre.
—Ohma... —susurró Kiryu, extendiendo una mano débil hacia él—. Ha sido... perfecto.
Ohma no respondió. Se pasó una mano por el rostro, tratando de asimilar lo que acababa de suceder. El deseo incontrolable se había esfumado, dejando solo un vacío pesado y una fatiga que amenazaba con derribarlo.
Yamashita, viendo que la "tormenta" había pasado, se encogió aún más en su escondite, temiendo que si se movía ahora, Ohma lo descubriría y, en su estado actual, no sabía cómo reaccionaría.
—Vete de aquí, Setsuna —dijo finalmente Ohma, su voz volviendo a su tono habitual, aunque cargada de agotamiento—. Antes de que cambie de opinión y te rompa el cuello de verdad.
Kiryu soltó una risita débil mientras se incorporaba con dificultad, recogiendo los restos de su ropa.
—Como desees, mi Dios —dijo Kiryu, inclinando la cabeza antes de desaparecer entre las sombras del bosque con la elegancia de un espectro.
Ohma se quedó solo en el claro durante unos minutos, apoyado contra la roca. Suspiró profundamente y miró hacia el cielo estrellado.
—Yamashita-san —dijo Ohma de repente, sin girarse.
El pequeño hombre sintió que su corazón se detenía.
—¿S-sí, Ohma-san? —respondió Yamashita con voz temblorosa, saliendo lentamente de detrás de la piedra, con el rostro rojo de la vergüenza.
—No digas ni una palabra de esto a nadie —dijo Ohma, girándose finalmente. Sus ojos estaban cansados, pero había una advertencia clara en ellos—. Especialmente no a Kaede.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Yamashita, agitando las manos frenéticamente—. ¡Mi tumba está sellada! ¡No vi nada! ¡No escuché nada!
Ohma asintió levemente y comenzó a caminar hacia las instalaciones, dejando atrás el rastro de la batalla carnal que acababa de librar. Yamashita lo siguió a una distancia prudencial, todavía procesando la imagen del Ashura desatado de una forma que nunca habría imaginado.
El bosque volvió a quedar en silencio, guardando el secreto de lo que ocurre cuando la sangre de un luchador arde con algo más que el deseo de victoria.
Ohma Tokita se tambaleaba entre los árboles. Su piel estaba teñida de un rojo violáceo, las venas de sus sienes y brazos palpitaban con una fuerza aterradora, y el vapor emanaba de su cuerpo como si su sangre estuviera hirviendo. El "Avance" se había activado sin previo aviso, pero esta vez era diferente. No era la sed de sangre lo que nublaba su juicio, ni el deseo de destrozar a un oponente. Era un hambre distinta, una presión insoportable en su vientre y un calor abrasador que exigía ser liberado.
—Maldición... —gruñó Ohma, golpeando el tronco de un árbol. La madera se astilló bajo su puño, pero el dolor no calmó el fuego que recorría sus venas. Sus ojos, oscurecidos por la técnica, buscaban algo, cualquier cosa que calmara la urgencia que lo estaba volviendo loco.
A unos metros de allí, oculto entre las sombras, Kiryu Setsuna observaba con una mezcla de éxtasis y adoración. Había estado siguiendo a Ohma desde la distancia, como siempre hacía, deleitándose con la visión de su "Dios" en ese estado salvaje. Kiryu dio un paso adelante, dejando que la luz de la luna filtrada por las copas de los árboles iluminara su rostro pálido y su sonrisa desquiciada.
—Ohma... —susurró Kiryu, su voz cargada de un anhelo casi religioso—. Estás radiante. Tu aura es tan... violenta.
Ohma se giró bruscamente. Al ver a Kiryu, sus instintos, amplificados por el flujo acelerado de su sangre, se dispararon. No hubo palabras de advertencia, ni insultos. En un parpadeo, Ohma acortó la distancia y estampó a Kiryu contra una roca enorme que sobresalía del suelo.
Mientras tanto, Kazuo Yamashita caminaba por el sendero cercano, agitando una linterna con manos temblorosas.
—¡Ohma-san! ¡Ohma-san, por favor, responda! —gritaba el pequeño hombre, el sudor frío recorriendo su espalda—. ¡Nogi-san dice que es hora de los chequeos médicos! ¡Ohma-sa...!
Yamashita se detuvo en seco al escuchar un estruendo y un gemido ahogado que no sonaba a pelea, al menos no a una pelea convencional. Movido por la preocupación y el miedo, se acercó sigilosamente hacia el origen del ruido. Al ver la silueta roja de Ohma, el corazón de Yamashita casi se detiene. Se ocultó rápidamente detrás de un recoveco en la gran piedra, conteniendo el aliento.
Lo que vio a través de la rendija de las rocas lo dejó petrificado.
Ohma no estaba golpeando a Kiryu. Lo tenía inmovilizado contra la piedra, sus manos apretando los hombros del otro hombre con tal fuerza que los dedos se hundían en la carne. La respiración de Ohma era un rugido constante.
—Tú... —la voz de Ohma era ronca, distorsionada por el Avance—. Quítate la ropa. Ahora.
Kiryu soltó una carcajada que terminó en un jadeo cuando Ohma le arrancó la parte superior de su vestimenta con un movimiento violento.
—Sí... —murmuró Kiryu, sus ojos brillando con una devoción insana—. Tómame, mi Dios. Destrózame. Haz que mi sangre se mezcle con la tuya.
Yamashita, desde su escondite, sentía que sus gafas se empañaban. Quería gritar, quería huir, pero sus piernas no respondían. Estaba presenciando algo que desafiaba toda lógica. El Ashura, el luchador más temible que conocía, estaba entregado a un frenesí carnal que parecía tan peligroso como sus combates en la arena.
Ohma no fue delicado. No había rastro de ternura en sus movimientos. Sus manos recorrieron el cuerpo de Kiryu con una urgencia brutal, dejando marcas rojas allí donde tocaba. Cuando sus labios se encontraron, no fue un beso, fue un choque de dientes y lenguas, una lucha por el dominio que dejó a ambos con sabor a hierro en la boca.
—¡Ah! —Kiryu arqueó la espalda cuando Ohma lo penetró con una fuerza que habría dejado inconsciente a cualquier otro hombre. El dolor y el placer se fundieron en el rostro de Setsuna, quien clavó sus uñas en los hombros inflamados de Ohma.
—¡Más... Ohma, más! —suplicaba Kiryu, su voz rompiéndose—. ¡Enséñame tu verdadero poder!
El ritmo era frenético. Cada embestida de Ohma hacía que el cuerpo de Kiryu golpeara la piedra con un sonido sordo que resonaba en los oídos de Yamashita. El pequeño secretario cerró los ojos con fuerza, pero no podía dejar de escuchar los sonidos: el jadeo animal de Ohma, los gritos agudos de Kiryu y el eco de la piel chocando contra la piel en una cadencia violenta.
Yamashita se asomó de nuevo, incapaz de contener su morbosa curiosidad. Ohma parecía una estatua de bronce ardiente, sus músculos tensos hasta el límite, el sudor volando de su cuerpo con cada movimiento. Sus ojos estaban fijos en los de Kiryu, pero no había reconocimiento en ellos, solo una necesidad primitiva y absoluta.
—Te voy a romper... —gruñó Ohma, su mano apretando el cuello de Kiryu, no para asfixiarlo, sino para anclarlo al suelo mientras aumentaba la velocidad.
Kiryu, lejos de asustarse, rodeó la cintura de Ohma con sus piernas, atrayéndolo más hacia sí. Su rostro era una máscara de éxtasis absoluto. Para él, esto era el paraíso. Ser reclamado de esa forma por el hombre que consideraba un Dios era la culminación de todos sus deseos retorcidos.
—Sí... mátame así... —jadeó Kiryu, con la cabeza echada hacia atrás, exponiendo su garganta a la bestia.
El encuentro se volvió aún más salvaje. Ohma parecía no tener fin, impulsado por el motor sobrenatural de su corazón latiendo a mil por hora. Yamashita veía cómo las rocas alrededor de ellos se manchaban de sudor y algo de sangre, producto de la fricción y la violencia del acto. El pobre hombre sentía que su propia cordura pendía de un hilo.
—Esto no puede estar pasando... —susurró Yamashita para sí mismo, tapándose la boca con ambas manos para no soltar un hipido de terror—. Ohma-san... ¿qué le ha pasado?
De repente, Ohma soltó un rugido que hizo vibrar el aire del bosque. Su cuerpo se tensó en una última y poderosa sacudida, descargando toda la energía acumulada dentro de Kiryu. Setsuna gritó el nombre de Ohma como si fuera una oración, colapsando contra el suelo cuando Ohma finalmente lo soltó.
El silencio que siguió fue casi más aterrador que el ruido anterior.
Ohma se quedó de pie, jadeando pesadamente. El color rojo de su piel comenzó a desvanecerse lentamente, y el vapor dejó de emanar de sus poros. Sus ojos recuperaron su color normal, aunque estaban nublados por el cansancio extremo. Miró sus manos, luego miró a Kiryu, que yacía en el suelo, temblando y con una sonrisa de satisfacción que helaba la sangre.
—Ohma... —susurró Kiryu, extendiendo una mano débil hacia él—. Ha sido... perfecto.
Ohma no respondió. Se pasó una mano por el rostro, tratando de asimilar lo que acababa de suceder. El deseo incontrolable se había esfumado, dejando solo un vacío pesado y una fatiga que amenazaba con derribarlo.
Yamashita, viendo que la "tormenta" había pasado, se encogió aún más en su escondite, temiendo que si se movía ahora, Ohma lo descubriría y, en su estado actual, no sabía cómo reaccionaría.
—Vete de aquí, Setsuna —dijo finalmente Ohma, su voz volviendo a su tono habitual, aunque cargada de agotamiento—. Antes de que cambie de opinión y te rompa el cuello de verdad.
Kiryu soltó una risita débil mientras se incorporaba con dificultad, recogiendo los restos de su ropa.
—Como desees, mi Dios —dijo Kiryu, inclinando la cabeza antes de desaparecer entre las sombras del bosque con la elegancia de un espectro.
Ohma se quedó solo en el claro durante unos minutos, apoyado contra la roca. Suspiró profundamente y miró hacia el cielo estrellado.
—Yamashita-san —dijo Ohma de repente, sin girarse.
El pequeño hombre sintió que su corazón se detenía.
—¿S-sí, Ohma-san? —respondió Yamashita con voz temblorosa, saliendo lentamente de detrás de la piedra, con el rostro rojo de la vergüenza.
—No digas ni una palabra de esto a nadie —dijo Ohma, girándose finalmente. Sus ojos estaban cansados, pero había una advertencia clara en ellos—. Especialmente no a Kaede.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Yamashita, agitando las manos frenéticamente—. ¡Mi tumba está sellada! ¡No vi nada! ¡No escuché nada!
Ohma asintió levemente y comenzó a caminar hacia las instalaciones, dejando atrás el rastro de la batalla carnal que acababa de librar. Yamashita lo siguió a una distancia prudencial, todavía procesando la imagen del Ashura desatado de una forma que nunca habría imaginado.
El bosque volvió a quedar en silencio, guardando el secreto de lo que ocurre cuando la sangre de un luchador arde con algo más que el deseo de victoria.
