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El remedio para el alma es el amor
Fandom: Kengan ashura
Creado: 26/3/2026
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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoOscuroViolencia GráficaArregloEstudio de PersonajeAmbientación Canon
Pecados en el Callejón de la Deshonra
La noche en el distrito rojo de Ganryu no tenía piedad. La humedad se pegaba a la piel como una película de sudor sucio, y las luces de neón parpadeaban con un zumbido eléctrico que irritaba los nervios de cualquiera. Pero Raian Kure no era cualquier persona. Él prosperaba en la irritación, en el conflicto y, sobre todo, en la brutalidad.
Caminaba por la acera con las manos en los bolsillos de su sudadera, sus ojos negros con pupilas blancas escaneando a la multitud como un depredador buscando una presa que no se rompiera al primer contacto. Estaba aburrido. La adrenalina del torneo Kengan se había disipado hacía tiempo, y la paz que Ohma y los demás intentaban mantener le resultaba asfixiante. Necesitaba algo salvaje. Algo que le permitiera soltar al demonio que llevaba dentro sin tener que dar explicaciones al clan.
Se detuvo ante un establecimiento de fachada discreta pero elegante, un burdel de alta gama que se rumoreaba atendía a los apetitos más oscuros de la élite. Al entrar, el aroma a incienso y alcohol caro lo recibió. Una mujer de mediana edad, vestida con un kimono de seda oscura y una mirada que delataba que lo había visto todo, se acercó a él.
—Busco a alguien que no se rompa —soltó Raian sin preámbulos, su voz era un gruñido bajo—. Alguien que aguante el dolor. Y no me refiero a un par de azotes. Quiero a alguien que soporte la violencia de verdad.
La dueña del lugar entrecerró los ojos, evaluando la musculatura tensa y la energía asesina que emanaba del joven frente a ella. No parecía asustada; en este negocio, el miedo era un lujo que no podía permitirse.
—Vaya... eres exigente —dijo ella, llevándose un abanico a los labios—. Curiosamente, hace poco llegó alguien que encaja con lo que pides. Es nuevo, pero se ha adaptado con una rapidez aterradora. Parece que el dolor es lo único que lo hace sentir vivo. Tiene experiencia, se nota en su mirada, aunque no habla de su pasado.
—Llévame con él —ordenó Raian, con una sonrisa depredadora cruzando su rostro.
Caminaron por pasillos alfombrados hasta una habitación al fondo. Al abrir la puerta, la penumbra apenas permitía ver a una figura sentada de espaldas en un diván. Tenía el cabello largo, oscuro y algo descuidado, cayendo sobre sus hombros delgados pero fibrosos.
Cuando el hombre se dio la vuelta ante el ruido de la puerta, Raian se quedó helado por un microsegundo antes de que una carcajada maníaca escapara de su garganta.
—¿Eres tú? —Raian lo reconoció al instante. Esas facciones delicadas, esa mirada perdida que bailaba entre la iluminación y la locura total—. El loco que perseguía a Ohma como un perro en celo. Setsuna Kiryu.
Kiryu no respondió de inmediato. Sus ojos, antes llenos de una obsesión divina por el "Dios" Ohma, ahora parecían pozos vacíos, nublados por una apatía que rozaba la muerte en vida. Esbozó una sonrisa débil, carente de su habitual fervor.
—El nombre no importa aquí —susurró Kiryu, su voz era un hilo de seda rasgado—. Si buscas dolor, has venido al lugar correcto.
Raian no perdió el tiempo. Agarró a Kiryu del brazo con una fuerza que habría fracturado el hueso de un hombre normal y miró a la dueña.
—Me lo llevo. Pasa la cuenta a la mansión Kure, ellos pagarán por los daños —dijo, arrastrando a un Kiryu que ni siquiera opuso resistencia.
La noche que siguió fue un descenso a los infiernos. En una habitación alquilada lejos de miradas indiscretas, Raian dio rienda suelta a su naturaleza más primitiva. No hubo ternura, solo el choque de cuerpos, el sonido de golpes secos y el jadeo constante de alguien que recibía el castigo como si fuera una bendición. Kiryu, en su estado de quiebre mental, parecía absorber cada impacto, cada embestida violenta, con una sumisión masoquista que incluso llegó a inquietar al propio Raian por momentos.
A la mañana siguiente, en la mansión donde se hospedaban temporalmente, el ambiente era inusualmente tranquilo. Kazuo Yamashita revisaba unos documentos mientras Kaede le servía té. Rihito intentaba convencer a Ohma de que entrenaran un poco después del desayuno.
Ohma Tokita estaba sentado a la mesa, concentrado en su plato de arroz y pescado, intentando ignorar el parloteo de Rihito, cuando Raian entró en el comedor. El Kure se veía extrañamente satisfecho, con una energía renovada que solo obtenía después de una pelea o algo peor.
—Oye, Ohma —dijo Raian, dejando caer una silla y sentándose frente a él con una sonrisa de oreja a oreja—. No vas a creer con quién me acosté anoche. Fue la mejor jodida sesión que he tenido en años.
Ohma ni siquiera levantó la vista de su comida.
—No me interesa tu vida sexual, Raian. Déjame comer en paz.
—Oh, creo que esto sí te va a interesar —insistió Raian, inclinándose hacia adelante—. Es alguien que conoces muy bien. Alguien que solía estar muy... apegado a ti.
Ohma detuvo sus palillos en el aire. Una punzada de presentimiento le recorrió la columna. Dejó el cuenco sobre la mesa y miró a Raian a los ojos.
—¿De quién estás hablando?
—Fui a ese burdel cerca del puerto —comenzó Raian, disfrutando de la atención—. Y allí estaba él. El loco de las manos retorcidas. Setsuna Kiryu.
El silencio que cayó sobre la sala fue sepulcral. Yamashita dejó caer su taza, que se hizo añicos contra el suelo. Kaede ahogó un grito y Rihito se quedó con la boca abierta.
—¿Dónde está? —preguntó Ohma, su voz era ahora un susurro peligroso, cargado de una tensión que hizo que el aire de la habitación se sintiera pesado.
—En mi habitación no, desde luego —rio Raian—. Lo dejé tirado en un callejón cerca del burdel hace un par de horas. El muy imbécil apenas podía mantenerse en pie, pero seguía sonriendo como un idiota.
Ohma se puso de pie de un salto, volcando la silla.
—¿Por qué lo dejaste solo en ese estado? —exigió Ohma, agarrando a Raian por el cuello de la sudadera.
—¡Suéltame, Ashura! —Raian lo apartó de un manotazo—. No es mi problema. Además, todavía no le había pagado a la vieja del burdel, así que técnicamente no es mi responsabilidad cuidarlo.
—¿Se está prostituyendo? —preguntó Ohma, más para sí mismo que para los demás. El dolor en su voz era evidente—. Después de todo lo que pasó... después de que le diéramos una segunda oportunidad para que viviera su vida lejos de la violencia... ¿por qué caería tan bajo?
—Porque está roto, Ohma —dijo Yamashita con tristeza, ajustándose las gafas—. No todos pueden recuperarse de la oscuridad tan fácilmente como tú.
Ohma no esperó a escuchar más. Salió de la mansión corriendo, ignorando los gritos de Rihito que se ofrecía a acompañarlo. Su mente era un caos de recuerdos: la pelea en la isla, la locura de Kiryu, la forma en que el hombre lo veía como a un dios y cómo, al final, Ohma solo quería que encontrara la paz.
Recorrió las calles del distrito rojo con una desesperación que no sentía desde hacía años. El sol de la mañana era cruel, iluminando la suciedad que la noche solía ocultar. Preguntó en un par de lugares, mostrando su ferocidad cuando no obtenía respuestas, hasta que llegó al callejón que Raian había descrito con tanta indiferencia.
Al principio no vio nada más que basura y cajas apiladas. Pero luego, al fondo, cerca de unos contenedores oxidados, vio una mancha de color claro.
Era él.
Setsuna Kiryu estaba ovillado en el suelo de cemento frío. Su ropa, que alguna vez fue elegante, estaba hecha jirones, manchada de sangre y otros fluidos. Su cabello largo estaba enredado con suciedad. Tenía hematomas violáceos cubriéndole los brazos y el cuello, marcas claras de la brutalidad de Raian.
Ohma se acercó lentamente, su corazón martilleando contra sus costillas.
—¿Setsuna? —llamó suavemente.
El hombre en el suelo se estremeció. Lentamente, levantó la cabeza. Sus ojos estaban hinchados y un hilo de sangre seca corría por la comisura de sus labios. Cuando reconoció a Ohma, no hubo la chispa de locura habitual. Solo hubo una vergüenza profunda y devastadora.
—Ohma... —su voz era apenas un suspiro—. No deberías... no deberías verme así. Mi Dios no debería... estar en un lugar tan sucio.
—Cállate —dijo Ohma, arrodillándose a su lado. Sin dudarlo, pasó un brazo por debajo de sus hombros y otro por debajo de sus rodillas, levantándolo como si no pesara nada—. No eres un objeto. Y yo no soy un dios. Solo soy un hombre que va a sacarte de aquí.
Kiryu dejó caer la cabeza contra el pecho de Ohma, sollozando débilmente. El contacto, que antes habría provocado en él un éxtasis místico, ahora solo le producía un dolor agudo por la consciencia de lo que había hecho consigo mismo.
—¿Por qué? —susurró Kiryu contra la camiseta de Ohma—. ¿Por qué me buscas? Me dejaste ir para que fuera libre... y esto es lo que hice con mi libertad. Soy basura.
—Nadie es basura, Setsuna —respondió Ohma, comenzando a caminar de regreso a la mansión, ignorando las miradas de los transeúntes—. Te dejé ir para que vivieras, no para que te destruyeras. Si no puedes cuidarte solo, entonces yo te cuidaré hasta que aprendas a hacerlo.
El camino de vuelta fue largo y silencioso. Ohma sentía la respiración errática de Kiryu y el calor de la fiebre que empezaba a apoderarse de su cuerpo herido. Al llegar a la mansión, la recepción fue tensa. Kazuo ya tenía preparado un botiquín y agua caliente, mientras que Raian simplemente observaba desde una esquina con una expresión de aburrimiento fingido, aunque sus ojos seguían cada movimiento de Ohma.
—Ponlo en mi habitación —dijo Ohma con firmeza.
Durante las siguientes horas, Ohma se encargó personalmente de limpiar las heridas de Kiryu. Con una paciencia que nadie sabía que poseía, retiró la ropa sucia y limpió los cortes y moretones con suavidad. Kiryu se quejaba a veces, sumido en un semisueño febril, llamando a Ohma, pidiendo perdón, pidiendo castigo.
—Ya basta de castigos —murmuró Ohma, colocando una toalla húmeda sobre la frente de Kiryu—. Ya has tenido suficiente por una vida entera.
Pasaron los días. Kiryu permanecía la mayor parte del tiempo en silencio, mirando por la ventana hacia los jardines de la mansión. La violencia de Raian había dejado marcas físicas que sanarían, pero las cicatrices en su mente eran mucho más profundas. Había buscado a Raian y al burdel porque sentía que no merecía nada más que dolor; que sin su obsesión por Ohma, no era nada más que un recipiente vacío para la crueldad ajena.
Una tarde, Ohma entró en la habitación con un plato de comida. Kiryu estaba sentado en la cama, cubierto con una bata limpia, su cabello finalmente lavado y peinado.
—Tienes que comer algo —dijo Ohma, sentándose al borde de la cama.
—Ohma... ¿por qué haces esto? —preguntó Kiryu sin mirarlo—. Raian me trató como lo que soy. Me usó y me desechó. Eso es lo que entiendo. Pero esto... tu amabilidad... me duele más que cualquier golpe.
Ohma dejó el plato a un lado y obligó a Kiryu a mirarlo, tomándolo suavemente por la barbilla.
—Porque la violencia es fácil, Setsuna. Raian es un idiota que solo sabe destruir. Pero tú y yo... hemos pasado toda nuestra vida rodeados de muerte. ¿No estás cansado? Yo lo estoy.
Kiryu sintió que las lágrimas nublaban su visión.
—No sé cómo ser otra cosa —confesó, su voz quebrada—. No sé cómo vivir sin el dolor.
—Entonces yo te enseñaré —dijo Ohma con una determinación inquebrantable—. No será rápido. Y habrá días en los que quieras volver a ese callejón. Pero no te dejaré. Tuviste una segunda oportunidad y la tiraste. Considera esta tu tercera, y esta vez, no tienes opción. Te vas a quedar aquí.
Kiryu se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra el hombro de Ohma. No era el abrazo de un fanático a su ídolo, sino el de un hombre roto buscando un ancla en medio de la tormenta.
—Gracias... —susurró Kiryu, permitiéndose por primera vez en años sentir algo que no fuera agonía o éxtasis maníaco.
En el pasillo, fuera de la habitación, Kazuo Yamashita escuchaba con un suspiro de alivio. Sabía que el camino hacia la recuperación de Kiryu sería largo y difícil, lleno de recaídas y sombras del pasado. Pero mientras Ohma estuviera allí, con su extraña mezcla de dureza y nueva compasión, había una esperanza real.
Incluso Raian, que pasaba por allí con su habitual aire de arrogancia, se detuvo un momento frente a la puerta cerrada. Soltó un bufido despectivo, pero no hizo ningún comentario sarcástico. Al final, incluso el demonio de los Kure sabía reconocer cuando una batalla se libraba no con los puños, sino con el alma.
La noche cayó de nuevo sobre la ciudad, pero esta vez, dentro de la mansión, la luz permaneció encendida. Ohma se quedó al lado de Kiryu hasta que este se durmió, sosteniendo su mano cuando las pesadillas intentaban arrastrarlo de vuelta al burdel. Era un tipo diferente de fuerza la que Ohma estaba usando ahora: la paciencia. Y estaba dispuesto a usarla todo el tiempo que fuera necesario.
Caminaba por la acera con las manos en los bolsillos de su sudadera, sus ojos negros con pupilas blancas escaneando a la multitud como un depredador buscando una presa que no se rompiera al primer contacto. Estaba aburrido. La adrenalina del torneo Kengan se había disipado hacía tiempo, y la paz que Ohma y los demás intentaban mantener le resultaba asfixiante. Necesitaba algo salvaje. Algo que le permitiera soltar al demonio que llevaba dentro sin tener que dar explicaciones al clan.
Se detuvo ante un establecimiento de fachada discreta pero elegante, un burdel de alta gama que se rumoreaba atendía a los apetitos más oscuros de la élite. Al entrar, el aroma a incienso y alcohol caro lo recibió. Una mujer de mediana edad, vestida con un kimono de seda oscura y una mirada que delataba que lo había visto todo, se acercó a él.
—Busco a alguien que no se rompa —soltó Raian sin preámbulos, su voz era un gruñido bajo—. Alguien que aguante el dolor. Y no me refiero a un par de azotes. Quiero a alguien que soporte la violencia de verdad.
La dueña del lugar entrecerró los ojos, evaluando la musculatura tensa y la energía asesina que emanaba del joven frente a ella. No parecía asustada; en este negocio, el miedo era un lujo que no podía permitirse.
—Vaya... eres exigente —dijo ella, llevándose un abanico a los labios—. Curiosamente, hace poco llegó alguien que encaja con lo que pides. Es nuevo, pero se ha adaptado con una rapidez aterradora. Parece que el dolor es lo único que lo hace sentir vivo. Tiene experiencia, se nota en su mirada, aunque no habla de su pasado.
—Llévame con él —ordenó Raian, con una sonrisa depredadora cruzando su rostro.
Caminaron por pasillos alfombrados hasta una habitación al fondo. Al abrir la puerta, la penumbra apenas permitía ver a una figura sentada de espaldas en un diván. Tenía el cabello largo, oscuro y algo descuidado, cayendo sobre sus hombros delgados pero fibrosos.
Cuando el hombre se dio la vuelta ante el ruido de la puerta, Raian se quedó helado por un microsegundo antes de que una carcajada maníaca escapara de su garganta.
—¿Eres tú? —Raian lo reconoció al instante. Esas facciones delicadas, esa mirada perdida que bailaba entre la iluminación y la locura total—. El loco que perseguía a Ohma como un perro en celo. Setsuna Kiryu.
Kiryu no respondió de inmediato. Sus ojos, antes llenos de una obsesión divina por el "Dios" Ohma, ahora parecían pozos vacíos, nublados por una apatía que rozaba la muerte en vida. Esbozó una sonrisa débil, carente de su habitual fervor.
—El nombre no importa aquí —susurró Kiryu, su voz era un hilo de seda rasgado—. Si buscas dolor, has venido al lugar correcto.
Raian no perdió el tiempo. Agarró a Kiryu del brazo con una fuerza que habría fracturado el hueso de un hombre normal y miró a la dueña.
—Me lo llevo. Pasa la cuenta a la mansión Kure, ellos pagarán por los daños —dijo, arrastrando a un Kiryu que ni siquiera opuso resistencia.
La noche que siguió fue un descenso a los infiernos. En una habitación alquilada lejos de miradas indiscretas, Raian dio rienda suelta a su naturaleza más primitiva. No hubo ternura, solo el choque de cuerpos, el sonido de golpes secos y el jadeo constante de alguien que recibía el castigo como si fuera una bendición. Kiryu, en su estado de quiebre mental, parecía absorber cada impacto, cada embestida violenta, con una sumisión masoquista que incluso llegó a inquietar al propio Raian por momentos.
A la mañana siguiente, en la mansión donde se hospedaban temporalmente, el ambiente era inusualmente tranquilo. Kazuo Yamashita revisaba unos documentos mientras Kaede le servía té. Rihito intentaba convencer a Ohma de que entrenaran un poco después del desayuno.
Ohma Tokita estaba sentado a la mesa, concentrado en su plato de arroz y pescado, intentando ignorar el parloteo de Rihito, cuando Raian entró en el comedor. El Kure se veía extrañamente satisfecho, con una energía renovada que solo obtenía después de una pelea o algo peor.
—Oye, Ohma —dijo Raian, dejando caer una silla y sentándose frente a él con una sonrisa de oreja a oreja—. No vas a creer con quién me acosté anoche. Fue la mejor jodida sesión que he tenido en años.
Ohma ni siquiera levantó la vista de su comida.
—No me interesa tu vida sexual, Raian. Déjame comer en paz.
—Oh, creo que esto sí te va a interesar —insistió Raian, inclinándose hacia adelante—. Es alguien que conoces muy bien. Alguien que solía estar muy... apegado a ti.
Ohma detuvo sus palillos en el aire. Una punzada de presentimiento le recorrió la columna. Dejó el cuenco sobre la mesa y miró a Raian a los ojos.
—¿De quién estás hablando?
—Fui a ese burdel cerca del puerto —comenzó Raian, disfrutando de la atención—. Y allí estaba él. El loco de las manos retorcidas. Setsuna Kiryu.
El silencio que cayó sobre la sala fue sepulcral. Yamashita dejó caer su taza, que se hizo añicos contra el suelo. Kaede ahogó un grito y Rihito se quedó con la boca abierta.
—¿Dónde está? —preguntó Ohma, su voz era ahora un susurro peligroso, cargado de una tensión que hizo que el aire de la habitación se sintiera pesado.
—En mi habitación no, desde luego —rio Raian—. Lo dejé tirado en un callejón cerca del burdel hace un par de horas. El muy imbécil apenas podía mantenerse en pie, pero seguía sonriendo como un idiota.
Ohma se puso de pie de un salto, volcando la silla.
—¿Por qué lo dejaste solo en ese estado? —exigió Ohma, agarrando a Raian por el cuello de la sudadera.
—¡Suéltame, Ashura! —Raian lo apartó de un manotazo—. No es mi problema. Además, todavía no le había pagado a la vieja del burdel, así que técnicamente no es mi responsabilidad cuidarlo.
—¿Se está prostituyendo? —preguntó Ohma, más para sí mismo que para los demás. El dolor en su voz era evidente—. Después de todo lo que pasó... después de que le diéramos una segunda oportunidad para que viviera su vida lejos de la violencia... ¿por qué caería tan bajo?
—Porque está roto, Ohma —dijo Yamashita con tristeza, ajustándose las gafas—. No todos pueden recuperarse de la oscuridad tan fácilmente como tú.
Ohma no esperó a escuchar más. Salió de la mansión corriendo, ignorando los gritos de Rihito que se ofrecía a acompañarlo. Su mente era un caos de recuerdos: la pelea en la isla, la locura de Kiryu, la forma en que el hombre lo veía como a un dios y cómo, al final, Ohma solo quería que encontrara la paz.
Recorrió las calles del distrito rojo con una desesperación que no sentía desde hacía años. El sol de la mañana era cruel, iluminando la suciedad que la noche solía ocultar. Preguntó en un par de lugares, mostrando su ferocidad cuando no obtenía respuestas, hasta que llegó al callejón que Raian había descrito con tanta indiferencia.
Al principio no vio nada más que basura y cajas apiladas. Pero luego, al fondo, cerca de unos contenedores oxidados, vio una mancha de color claro.
Era él.
Setsuna Kiryu estaba ovillado en el suelo de cemento frío. Su ropa, que alguna vez fue elegante, estaba hecha jirones, manchada de sangre y otros fluidos. Su cabello largo estaba enredado con suciedad. Tenía hematomas violáceos cubriéndole los brazos y el cuello, marcas claras de la brutalidad de Raian.
Ohma se acercó lentamente, su corazón martilleando contra sus costillas.
—¿Setsuna? —llamó suavemente.
El hombre en el suelo se estremeció. Lentamente, levantó la cabeza. Sus ojos estaban hinchados y un hilo de sangre seca corría por la comisura de sus labios. Cuando reconoció a Ohma, no hubo la chispa de locura habitual. Solo hubo una vergüenza profunda y devastadora.
—Ohma... —su voz era apenas un suspiro—. No deberías... no deberías verme así. Mi Dios no debería... estar en un lugar tan sucio.
—Cállate —dijo Ohma, arrodillándose a su lado. Sin dudarlo, pasó un brazo por debajo de sus hombros y otro por debajo de sus rodillas, levantándolo como si no pesara nada—. No eres un objeto. Y yo no soy un dios. Solo soy un hombre que va a sacarte de aquí.
Kiryu dejó caer la cabeza contra el pecho de Ohma, sollozando débilmente. El contacto, que antes habría provocado en él un éxtasis místico, ahora solo le producía un dolor agudo por la consciencia de lo que había hecho consigo mismo.
—¿Por qué? —susurró Kiryu contra la camiseta de Ohma—. ¿Por qué me buscas? Me dejaste ir para que fuera libre... y esto es lo que hice con mi libertad. Soy basura.
—Nadie es basura, Setsuna —respondió Ohma, comenzando a caminar de regreso a la mansión, ignorando las miradas de los transeúntes—. Te dejé ir para que vivieras, no para que te destruyeras. Si no puedes cuidarte solo, entonces yo te cuidaré hasta que aprendas a hacerlo.
El camino de vuelta fue largo y silencioso. Ohma sentía la respiración errática de Kiryu y el calor de la fiebre que empezaba a apoderarse de su cuerpo herido. Al llegar a la mansión, la recepción fue tensa. Kazuo ya tenía preparado un botiquín y agua caliente, mientras que Raian simplemente observaba desde una esquina con una expresión de aburrimiento fingido, aunque sus ojos seguían cada movimiento de Ohma.
—Ponlo en mi habitación —dijo Ohma con firmeza.
Durante las siguientes horas, Ohma se encargó personalmente de limpiar las heridas de Kiryu. Con una paciencia que nadie sabía que poseía, retiró la ropa sucia y limpió los cortes y moretones con suavidad. Kiryu se quejaba a veces, sumido en un semisueño febril, llamando a Ohma, pidiendo perdón, pidiendo castigo.
—Ya basta de castigos —murmuró Ohma, colocando una toalla húmeda sobre la frente de Kiryu—. Ya has tenido suficiente por una vida entera.
Pasaron los días. Kiryu permanecía la mayor parte del tiempo en silencio, mirando por la ventana hacia los jardines de la mansión. La violencia de Raian había dejado marcas físicas que sanarían, pero las cicatrices en su mente eran mucho más profundas. Había buscado a Raian y al burdel porque sentía que no merecía nada más que dolor; que sin su obsesión por Ohma, no era nada más que un recipiente vacío para la crueldad ajena.
Una tarde, Ohma entró en la habitación con un plato de comida. Kiryu estaba sentado en la cama, cubierto con una bata limpia, su cabello finalmente lavado y peinado.
—Tienes que comer algo —dijo Ohma, sentándose al borde de la cama.
—Ohma... ¿por qué haces esto? —preguntó Kiryu sin mirarlo—. Raian me trató como lo que soy. Me usó y me desechó. Eso es lo que entiendo. Pero esto... tu amabilidad... me duele más que cualquier golpe.
Ohma dejó el plato a un lado y obligó a Kiryu a mirarlo, tomándolo suavemente por la barbilla.
—Porque la violencia es fácil, Setsuna. Raian es un idiota que solo sabe destruir. Pero tú y yo... hemos pasado toda nuestra vida rodeados de muerte. ¿No estás cansado? Yo lo estoy.
Kiryu sintió que las lágrimas nublaban su visión.
—No sé cómo ser otra cosa —confesó, su voz quebrada—. No sé cómo vivir sin el dolor.
—Entonces yo te enseñaré —dijo Ohma con una determinación inquebrantable—. No será rápido. Y habrá días en los que quieras volver a ese callejón. Pero no te dejaré. Tuviste una segunda oportunidad y la tiraste. Considera esta tu tercera, y esta vez, no tienes opción. Te vas a quedar aquí.
Kiryu se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra el hombro de Ohma. No era el abrazo de un fanático a su ídolo, sino el de un hombre roto buscando un ancla en medio de la tormenta.
—Gracias... —susurró Kiryu, permitiéndose por primera vez en años sentir algo que no fuera agonía o éxtasis maníaco.
En el pasillo, fuera de la habitación, Kazuo Yamashita escuchaba con un suspiro de alivio. Sabía que el camino hacia la recuperación de Kiryu sería largo y difícil, lleno de recaídas y sombras del pasado. Pero mientras Ohma estuviera allí, con su extraña mezcla de dureza y nueva compasión, había una esperanza real.
Incluso Raian, que pasaba por allí con su habitual aire de arrogancia, se detuvo un momento frente a la puerta cerrada. Soltó un bufido despectivo, pero no hizo ningún comentario sarcástico. Al final, incluso el demonio de los Kure sabía reconocer cuando una batalla se libraba no con los puños, sino con el alma.
La noche cayó de nuevo sobre la ciudad, pero esta vez, dentro de la mansión, la luz permaneció encendida. Ohma se quedó al lado de Kiryu hasta que este se durmió, sosteniendo su mano cuando las pesadillas intentaban arrastrarlo de vuelta al burdel. Era un tipo diferente de fuerza la que Ohma estaba usando ahora: la paciencia. Y estaba dispuesto a usarla todo el tiempo que fuera necesario.
