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Provocación
Fandom: Kengan ashura
Creado: 26/3/2026
Etiquetas
OmegaversoMpregDramaAngustiaDolor/ConsueloEmbarazo No Planificado/No DeseadoAcciónPsicológicoHistoria DomésticaLenguaje Explícito
Lazos de Sangre y Obsesión
La arena del Kengan estaba sumergida en un frenesí de vítores y gritos. El encuentro entre Nikaido Ren y Kiryu Setsuna había sido una exhibición de técnica letal y movimientos que desafiaban la lógica humana. En las gradas, Tokita Ohma observaba con los brazos cruzados, su mirada fija en la figura de Setsuna, quien se movía con una gracia casi sobrenatural. A su lado, Yamashita Kazuo temblaba de nerviosismo, mientras Kaede Akiyama tomaba notas rápidas en su tableta.
—Ese Kiryu... es un monstruo —susurró Yamashita, limpiándose el sudor de la frente—. No puedo creer la forma en que retorció el brazo de Nikaido.
Ohma no respondió. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no por cansancio, sino por la furia contenida que le provocaba la simple existencia de aquel hombre. Para él, Kiryu Setsuna no era solo un rival; era un recordatorio constante de un pasado que deseaba enterrar, una sombra que lo perseguía con una devoción enfermiza.
En el centro del ring, Sayaka Katahara anunciaba la victoria de Setsuna con su habitual entusiasmo, mientras las cámaras enfocaban el rostro ensangrentado pero eufórico del ganador. Setsuna, ignorando por completo a su oponente derrotado, levantó la vista hacia la sección especial del público. Sus ojos se encontraron con los de Ohma.
Una sonrisa lenta y perturbadora se dibujó en los labios de Setsuna. Sin apartar la mirada, llevó dos dedos a sus labios y lanzó un beso al aire en dirección a Ohma.
—¡Maldito...! —gruñó Ohma, apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—¿Pasa algo, Ohma? —preguntó Kaede, notando la tensión asesina que emanaba del luchador.
—Nada —respondió él con voz ronca—. Tengo algo que hacer.
Ohma se levantó abruptamente y abandonó el palco, ignorando los llamados de Yamashita. Caminó por los pasillos internos del estadio, moviéndose como un depredador que sigue el rastro de su presa. Sabía exactamente a dónde iría Setsuna después de una pelea: a los vestidores privados o a las áreas de descanso menos concurridas.
Setsuna caminaba tarareando una melodía inexistente, todavía bajo el efecto de la adrenalina y su propia locura. Entró en uno de los baños de lujo del complejo, deleitándose en el silencio momentáneo. Se acercó al espejo para limpiar una mancha de sangre en su mejilla, pero antes de que pudiera abrir el grifo, la puerta del baño se abrió de golpe y se cerró con la misma violencia.
Antes de que Setsuna pudiera reaccionar, Ohma lo tenía acorralado contra la pared de mármol. La mano de Ohma se cerró con fuerza alrededor del largo y sedoso cabello de Setsuna, tirando de él hacia atrás para obligarlo a mirar hacia arriba.
—¡Ah! —soltó Setsuna, pero no fue un grito de dolor, sino un suspiro cargado de anhelo—. Ohma... mi querido Ohma... sabía que vendrías a mí.
—Cierra la boca —siseó Ohma, su rostro a escasos centímetros del de Setsuna—. ¿Crees que puedes burlarte de mí frente a todos? ¿Crees que tu asquerosa obsesión me divierte?
—No es burla, es amor —respondió Setsuna con los ojos brillantes, frotando su mejilla contra la mano que lo sujetaba—. Eres un Alfa, Ohma. El Alfa que debe destruirme, que debe poseerme.
La furia de Ohma, alimentada por el instinto primario de su casta y el odio personal que sentía, estalló. Sin decir una palabra más, lo arrastró hacia una de las cabinas de baño, lo empujó dentro y echó el cerrojo.
Lo que siguió fue un acto de dominación absoluta, desprovisto de cualquier ternura. Ohma, cegado por la ira, no buscaba placer compartido, sino castigar a la criatura que lo atormentaba. Setsuna, a pesar de la violencia del encuentro, recibía cada embestida como si fuera una bendición divina, gimiendo el nombre de Ohma como una oración.
En mitad del acto, se escucharon voces entrando al baño principal. Eran varios luchadores y miembros del staff que reían y comentaban la jornada.
—¿Viste a ese Kiryu Setsuna? —dijo uno de los hombres cerca de los lavabos—. Es un psicópata, pero maldita sea, es el tipo más sexy que he visto en este torneo.
—Sí, tiene esa mirada de "mátame o hazme tuyo" —respondió otro entre risas—. Me encantaría tenerlo a solas un rato, aunque sea un Beta, tiene un aura que te vuelve loco.
Dentro de la cabina, Ohma se tensó, escuchando cómo hablaban de Setsuna como si fuera un trofeo. Un gruñido animal escapó de su garganta y, en un arranque de posesividad territorial que ni él mismo comprendía, reclamó a Setsuna con más fuerza, marcando su piel, dejando claro a quién pertenecía aquel cuerpo, aunque su mente lo detestara.
Cuando todo terminó, Ohma se arregló la ropa con manos temblorosas. Miró a Setsuna, que yacía en el suelo de la cabina, despeinado y con la mirada perdida en el techo, luciendo una sonrisa de absoluta satisfacción.
—No vuelvas a acercarte a mí —dijo Ohma con frialdad, antes de salir de la cabina y abandonar el baño sin mirar atrás.
Semanas después del torneo, la vida parecía haber vuelto a una tensa normalidad. Sin embargo, algo estaba cambiando. Kiryu Setsuna, que siempre había sido una presencia vibrante y caótica, comenzó a desvanecerse de la vista pública.
Fue Nikaido Ren quien lo encontró primero en un apartamento privado en las afueras de la ciudad. Setsuna estaba pálido, y su habitual energía parecía haber sido reemplazada por una debilidad extraña.
—Setsuna, te ves terrible —dijo Nikaido, cruzándose de brazos—. ¿Es por la derrota? ¿O es que tu "Dios" finalmente te abandonó?
Setsuna se llevó una mano al vientre, un gesto casi inconsciente.
—Él no me abandonó, Nikaido —susurró con una voz que carecía de su locura habitual, sonando extrañamente serena—. Me dejó un regalo. Algo que ni él mismo sabe que es posible.
Nikaido frunció el ceño. Como Beta, era raro que Setsuna pudiera concebir, pero en el mundo de los luchadores clandestinos, donde los límites biológicos se forzaban al máximo, nada era imposible. El olor que emanaba de Setsuna había cambiado; ya no era el aroma metálico de la sangre y la locura, sino algo dulce, hormonal.
—Estás bromeando... —Nikaido abrió los ojos de par en par—. ¿De quién es? No, no respondas. Solo hay una persona que permitirías que te tocara así.
La noticia no tardó en llegar a oídos de los altos mandos, y eventualmente, a Yamashita Kazuo. El pobre hombre casi sufre un infarto cuando se enteró de la situación por parte de Kaede, quien había obtenido información de los servicios médicos del Kengan.
—¡Ohma! ¡Ohma, tenemos un problema grave! —gritó Yamashita, entrando a la sala de entrenamiento donde Ohma golpeaba un saco de arena.
—Si no es una pelea, no me interesa, viejo —respondió Ohma sin detenerse.
—¡Es sobre Kiryu Setsuna! —exclamó Yamashita. Ohma se detuvo en seco, el saco balanceándose violentamente—. Dicen que está... que está esperando un hijo. Tu hijo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Ohma bajó las manos, sus ojos fijos en el suelo. La rabia inicial que sintió fue reemplazada por una confusión abrumadora. Recordó aquella tarde en el baño, el olor de Setsuna, la forma en que su instinto de Alfa había tomado el control.
—Él es un Beta —dijo Ohma finalmente, con voz plana—. Eso no debería pasar.
—Los médicos dicen que su fisiología es... especial —explicó Kaede, apareciendo detrás de Yamashita—. Debido al entrenamiento del Estilo Koei y los cambios que sufrió su cuerpo, su sistema reproductivo se adaptó. Es real, Ohma.
Ohma no dijo nada. Se dio la vuelta y salió del gimnasio. Caminó por las calles de la ciudad durante horas, debatiéndose entre el odio que sentía por Setsuna y una nueva y extraña sensación en su pecho. No era amor, se decía a sí mismo. No podía serlo. Pero el pensamiento de un niño, de su propia sangre, creciendo dentro del hombre que lo idolatraba de forma tan retorcida, lo inquietaba profundamente.
Pasaron los meses. Setsuna se mantuvo recluido, cuidado por un reacio Nikaido y bajo la vigilancia distante de la Asociación Kengan. Ohma, por su parte, intentó ignorar la situación, pero su rendimiento en los combates se vio afectado. Estaba distraído, errático.
Una noche, impulsado por una necesidad que no pudo explicar, Ohma llegó al apartamento de Setsuna. Nikaido lo dejó entrar con una mirada de advertencia antes de retirarse.
Setsuna estaba sentado junto a la ventana, mirando la luna. Su vientre era ahora una curva prominente bajo su túnica ligera. Al ver a Ohma, no hubo gritos de alegría ni locura. Solo una calma profunda.
—Viniste —dijo Setsuna suavemente.
—No te confundas —respondió Ohma, aunque su voz no tenía el veneno de antes—. Solo vine a ver si esto era cierto.
Ohma se acercó y, con duda, extendió una mano. Setsuna tomó su mano y la colocó sobre su vientre. En ese momento, una pequeña patada golpeó la palma de Ohma. El corazón del luchador dio un vuelco. Era una vida. Una vida creada a partir del caos y el odio, pero viva al fin y al cabo.
—Él te siente —susurró Setsuna, cerrando los ojos—. Siente tu fuerza.
—Es una locura —dijo Ohma, pero no retiró la mano.
En los meses siguientes, la relación entre ambos cambió radicalmente. El odio de Ohma no desapareció de la noche a la mañana, pero se transformó en algo más complejo. Empezó a visitar a Setsuna con frecuencia, llevando comida, asegurándose de que estuviera cómodo. Setsuna, a su vez, pareció encontrar un ancla en la realidad a través de su embarazo. La locura que solía nublar su juicio se disipó, dejando ver a un hombre que simplemente buscaba un lugar en el mundo de Ohma.
El día del nacimiento fue un caos de nervios. Yamashita corría de un lado a otro en el hospital privado de la Fundación Kengan, mientras Sayaka Katahara intentaba obtener exclusivas que Kaede bloqueaba constantemente.
Cuando Ohma finalmente entró a la habitación, el silencio era absoluto. Setsuna estaba agotado, con el cabello húmedo pegado a la frente, pero sostenía un pequeño bulto envuelto en mantas blancas.
—Míralo, Ohma —dijo Setsuna, con una sonrisa que por primera vez en años era genuina y pura—. Se parece a ti.
Ohma se acercó y tomó al bebé en sus brazos. Era pequeño, pero tenía una mata de cabello oscuro y unos ojos que, al abrirse por un segundo, mostraron la misma determinación que los suyos. El instinto de Alfa de Ohma rugió, pero esta vez no era un rugido de combate, sino de protección absoluta.
Miró a Setsuna. El hombre que había intentado destruir su vida, el que lo había acosado hasta el cansancio, ahora era el padre de su hijo. El odio seguía allí, en algún rincón, pero estaba siendo sepultado bajo una montaña de nuevas responsabilidades y un sentimiento que empezaba a parecerse mucho a la aceptación.
—No seremos una familia normal —dijo Ohma, su voz firme pero suave.
—Nunca lo hemos sido —respondió Setsuna, apoyando la cabeza en el hombro de Ohma mientras ambos observaban al niño—. Pero somos nosotros.
Yamashita y los demás observaban desde la puerta, sorprendidos por la escena. El "Asura" y la "Bestia" habían encontrado un terreno común en la fragilidad de una nueva vida. No fue un camino fácil, y las cicatrices del pasado siempre estarían allí, pero mientras Ohma sostenía a su hijo y Setsuna buscaba su mano, quedaba claro que el odio había dado paso a algo mucho más poderoso: un lazo de sangre que ni siquiera ellos podrían romper.
—Ese Kiryu... es un monstruo —susurró Yamashita, limpiándose el sudor de la frente—. No puedo creer la forma en que retorció el brazo de Nikaido.
Ohma no respondió. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no por cansancio, sino por la furia contenida que le provocaba la simple existencia de aquel hombre. Para él, Kiryu Setsuna no era solo un rival; era un recordatorio constante de un pasado que deseaba enterrar, una sombra que lo perseguía con una devoción enfermiza.
En el centro del ring, Sayaka Katahara anunciaba la victoria de Setsuna con su habitual entusiasmo, mientras las cámaras enfocaban el rostro ensangrentado pero eufórico del ganador. Setsuna, ignorando por completo a su oponente derrotado, levantó la vista hacia la sección especial del público. Sus ojos se encontraron con los de Ohma.
Una sonrisa lenta y perturbadora se dibujó en los labios de Setsuna. Sin apartar la mirada, llevó dos dedos a sus labios y lanzó un beso al aire en dirección a Ohma.
—¡Maldito...! —gruñó Ohma, apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—¿Pasa algo, Ohma? —preguntó Kaede, notando la tensión asesina que emanaba del luchador.
—Nada —respondió él con voz ronca—. Tengo algo que hacer.
Ohma se levantó abruptamente y abandonó el palco, ignorando los llamados de Yamashita. Caminó por los pasillos internos del estadio, moviéndose como un depredador que sigue el rastro de su presa. Sabía exactamente a dónde iría Setsuna después de una pelea: a los vestidores privados o a las áreas de descanso menos concurridas.
Setsuna caminaba tarareando una melodía inexistente, todavía bajo el efecto de la adrenalina y su propia locura. Entró en uno de los baños de lujo del complejo, deleitándose en el silencio momentáneo. Se acercó al espejo para limpiar una mancha de sangre en su mejilla, pero antes de que pudiera abrir el grifo, la puerta del baño se abrió de golpe y se cerró con la misma violencia.
Antes de que Setsuna pudiera reaccionar, Ohma lo tenía acorralado contra la pared de mármol. La mano de Ohma se cerró con fuerza alrededor del largo y sedoso cabello de Setsuna, tirando de él hacia atrás para obligarlo a mirar hacia arriba.
—¡Ah! —soltó Setsuna, pero no fue un grito de dolor, sino un suspiro cargado de anhelo—. Ohma... mi querido Ohma... sabía que vendrías a mí.
—Cierra la boca —siseó Ohma, su rostro a escasos centímetros del de Setsuna—. ¿Crees que puedes burlarte de mí frente a todos? ¿Crees que tu asquerosa obsesión me divierte?
—No es burla, es amor —respondió Setsuna con los ojos brillantes, frotando su mejilla contra la mano que lo sujetaba—. Eres un Alfa, Ohma. El Alfa que debe destruirme, que debe poseerme.
La furia de Ohma, alimentada por el instinto primario de su casta y el odio personal que sentía, estalló. Sin decir una palabra más, lo arrastró hacia una de las cabinas de baño, lo empujó dentro y echó el cerrojo.
Lo que siguió fue un acto de dominación absoluta, desprovisto de cualquier ternura. Ohma, cegado por la ira, no buscaba placer compartido, sino castigar a la criatura que lo atormentaba. Setsuna, a pesar de la violencia del encuentro, recibía cada embestida como si fuera una bendición divina, gimiendo el nombre de Ohma como una oración.
En mitad del acto, se escucharon voces entrando al baño principal. Eran varios luchadores y miembros del staff que reían y comentaban la jornada.
—¿Viste a ese Kiryu Setsuna? —dijo uno de los hombres cerca de los lavabos—. Es un psicópata, pero maldita sea, es el tipo más sexy que he visto en este torneo.
—Sí, tiene esa mirada de "mátame o hazme tuyo" —respondió otro entre risas—. Me encantaría tenerlo a solas un rato, aunque sea un Beta, tiene un aura que te vuelve loco.
Dentro de la cabina, Ohma se tensó, escuchando cómo hablaban de Setsuna como si fuera un trofeo. Un gruñido animal escapó de su garganta y, en un arranque de posesividad territorial que ni él mismo comprendía, reclamó a Setsuna con más fuerza, marcando su piel, dejando claro a quién pertenecía aquel cuerpo, aunque su mente lo detestara.
Cuando todo terminó, Ohma se arregló la ropa con manos temblorosas. Miró a Setsuna, que yacía en el suelo de la cabina, despeinado y con la mirada perdida en el techo, luciendo una sonrisa de absoluta satisfacción.
—No vuelvas a acercarte a mí —dijo Ohma con frialdad, antes de salir de la cabina y abandonar el baño sin mirar atrás.
Semanas después del torneo, la vida parecía haber vuelto a una tensa normalidad. Sin embargo, algo estaba cambiando. Kiryu Setsuna, que siempre había sido una presencia vibrante y caótica, comenzó a desvanecerse de la vista pública.
Fue Nikaido Ren quien lo encontró primero en un apartamento privado en las afueras de la ciudad. Setsuna estaba pálido, y su habitual energía parecía haber sido reemplazada por una debilidad extraña.
—Setsuna, te ves terrible —dijo Nikaido, cruzándose de brazos—. ¿Es por la derrota? ¿O es que tu "Dios" finalmente te abandonó?
Setsuna se llevó una mano al vientre, un gesto casi inconsciente.
—Él no me abandonó, Nikaido —susurró con una voz que carecía de su locura habitual, sonando extrañamente serena—. Me dejó un regalo. Algo que ni él mismo sabe que es posible.
Nikaido frunció el ceño. Como Beta, era raro que Setsuna pudiera concebir, pero en el mundo de los luchadores clandestinos, donde los límites biológicos se forzaban al máximo, nada era imposible. El olor que emanaba de Setsuna había cambiado; ya no era el aroma metálico de la sangre y la locura, sino algo dulce, hormonal.
—Estás bromeando... —Nikaido abrió los ojos de par en par—. ¿De quién es? No, no respondas. Solo hay una persona que permitirías que te tocara así.
La noticia no tardó en llegar a oídos de los altos mandos, y eventualmente, a Yamashita Kazuo. El pobre hombre casi sufre un infarto cuando se enteró de la situación por parte de Kaede, quien había obtenido información de los servicios médicos del Kengan.
—¡Ohma! ¡Ohma, tenemos un problema grave! —gritó Yamashita, entrando a la sala de entrenamiento donde Ohma golpeaba un saco de arena.
—Si no es una pelea, no me interesa, viejo —respondió Ohma sin detenerse.
—¡Es sobre Kiryu Setsuna! —exclamó Yamashita. Ohma se detuvo en seco, el saco balanceándose violentamente—. Dicen que está... que está esperando un hijo. Tu hijo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Ohma bajó las manos, sus ojos fijos en el suelo. La rabia inicial que sintió fue reemplazada por una confusión abrumadora. Recordó aquella tarde en el baño, el olor de Setsuna, la forma en que su instinto de Alfa había tomado el control.
—Él es un Beta —dijo Ohma finalmente, con voz plana—. Eso no debería pasar.
—Los médicos dicen que su fisiología es... especial —explicó Kaede, apareciendo detrás de Yamashita—. Debido al entrenamiento del Estilo Koei y los cambios que sufrió su cuerpo, su sistema reproductivo se adaptó. Es real, Ohma.
Ohma no dijo nada. Se dio la vuelta y salió del gimnasio. Caminó por las calles de la ciudad durante horas, debatiéndose entre el odio que sentía por Setsuna y una nueva y extraña sensación en su pecho. No era amor, se decía a sí mismo. No podía serlo. Pero el pensamiento de un niño, de su propia sangre, creciendo dentro del hombre que lo idolatraba de forma tan retorcida, lo inquietaba profundamente.
Pasaron los meses. Setsuna se mantuvo recluido, cuidado por un reacio Nikaido y bajo la vigilancia distante de la Asociación Kengan. Ohma, por su parte, intentó ignorar la situación, pero su rendimiento en los combates se vio afectado. Estaba distraído, errático.
Una noche, impulsado por una necesidad que no pudo explicar, Ohma llegó al apartamento de Setsuna. Nikaido lo dejó entrar con una mirada de advertencia antes de retirarse.
Setsuna estaba sentado junto a la ventana, mirando la luna. Su vientre era ahora una curva prominente bajo su túnica ligera. Al ver a Ohma, no hubo gritos de alegría ni locura. Solo una calma profunda.
—Viniste —dijo Setsuna suavemente.
—No te confundas —respondió Ohma, aunque su voz no tenía el veneno de antes—. Solo vine a ver si esto era cierto.
Ohma se acercó y, con duda, extendió una mano. Setsuna tomó su mano y la colocó sobre su vientre. En ese momento, una pequeña patada golpeó la palma de Ohma. El corazón del luchador dio un vuelco. Era una vida. Una vida creada a partir del caos y el odio, pero viva al fin y al cabo.
—Él te siente —susurró Setsuna, cerrando los ojos—. Siente tu fuerza.
—Es una locura —dijo Ohma, pero no retiró la mano.
En los meses siguientes, la relación entre ambos cambió radicalmente. El odio de Ohma no desapareció de la noche a la mañana, pero se transformó en algo más complejo. Empezó a visitar a Setsuna con frecuencia, llevando comida, asegurándose de que estuviera cómodo. Setsuna, a su vez, pareció encontrar un ancla en la realidad a través de su embarazo. La locura que solía nublar su juicio se disipó, dejando ver a un hombre que simplemente buscaba un lugar en el mundo de Ohma.
El día del nacimiento fue un caos de nervios. Yamashita corría de un lado a otro en el hospital privado de la Fundación Kengan, mientras Sayaka Katahara intentaba obtener exclusivas que Kaede bloqueaba constantemente.
Cuando Ohma finalmente entró a la habitación, el silencio era absoluto. Setsuna estaba agotado, con el cabello húmedo pegado a la frente, pero sostenía un pequeño bulto envuelto en mantas blancas.
—Míralo, Ohma —dijo Setsuna, con una sonrisa que por primera vez en años era genuina y pura—. Se parece a ti.
Ohma se acercó y tomó al bebé en sus brazos. Era pequeño, pero tenía una mata de cabello oscuro y unos ojos que, al abrirse por un segundo, mostraron la misma determinación que los suyos. El instinto de Alfa de Ohma rugió, pero esta vez no era un rugido de combate, sino de protección absoluta.
Miró a Setsuna. El hombre que había intentado destruir su vida, el que lo había acosado hasta el cansancio, ahora era el padre de su hijo. El odio seguía allí, en algún rincón, pero estaba siendo sepultado bajo una montaña de nuevas responsabilidades y un sentimiento que empezaba a parecerse mucho a la aceptación.
—No seremos una familia normal —dijo Ohma, su voz firme pero suave.
—Nunca lo hemos sido —respondió Setsuna, apoyando la cabeza en el hombro de Ohma mientras ambos observaban al niño—. Pero somos nosotros.
Yamashita y los demás observaban desde la puerta, sorprendidos por la escena. El "Asura" y la "Bestia" habían encontrado un terreno común en la fragilidad de una nueva vida. No fue un camino fácil, y las cicatrices del pasado siempre estarían allí, pero mientras Ohma sostenía a su hijo y Setsuna buscaba su mano, quedaba claro que el odio había dado paso a algo mucho más poderoso: un lazo de sangre que ni siquiera ellos podrían romper.
