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Una rosa que surge de la oscuridad
Fandom: Kengan ashura
Creado: 26/3/2026
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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoOscuroAcciónViolaciónLenguaje ExplícitoViolencia GráficaAmbientación Canon
El eco de las sombras rotas
El aire en la Mansión Kure siempre tenía un matiz metálico, una mezcla de incienso antiguo y el olor a aceite de armas que impregnaba las paredes. Tokita Ohma, todavía recuperándose de las heridas que casi le cuestan la vida durante el Torneo de Aniquilación, caminaba por los pasillos con una lentitud que odiaba. Su cuerpo era un mapa de cicatrices, pero su mente, por primera vez en mucho tiempo, estaba extrañamente despejada.
O lo estaba hasta que Raian apareció.
El "Monstruo" del clan Kure no caminaba, acechaba. Se acercó a Ohma con una sonrisa depredadora, una expresión que desbordaba una excitación maníaca que nada tenía que ver con el combate.
—¡Oye, Ohma! No te vas a creer el regalo que me encontré anoche en el distrito rojo —soltó Raian, soltando una carcajada ronca que resonó en el pasillo vacío.
Ohma ni siquiera se detuvo. Sus ojos oscuros permanecieron fijos al frente.
—No me interesan tus vicios, Raian. Déjame en paz.
—¡Oh, vamos! No seas tan aburrido —Raian se puso frente a él, obligándolo a detenerse. Sus ojos negros con pupilas blancas brillaban de pura maldad—. Te hablo de una joya. Una puta que traje aquí para una noche de sexo salvaje. Te juro que aguantó todo lo que le eché encima. Estaba roto, vacío... pero se movía como un demonio.
Ohma sintió una punzada de asco. Conocía la brutalidad de Raian; no quería imaginar lo que significaba "aguantar" algo de él. Intentó rodearlo, pero Raian soltó la bomba.
—Lo más gracioso es que es alguien que conoces bien. Un viejo amigo tuyo, diría yo.
Ohma se tensó. El corazón le dio un vuelco incómodo contra las costillas.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, su voz ahora era un susurro peligroso.
—Ven a verlo tú mismo. Todavía debe estar tirado en mi cama, si es que no se ha desangrado —dijo Raian con indiferencia, dándose la vuelta para guiarlo.
Ohma lo siguió, movido por una mezcla de sospecha y un presentimiento oscuro que le oprimía el pecho. Caminaron hacia el ala de la mansión donde se alojaba Raian, un lugar que la mayoría de los sirvientes evitaba. Al llegar a la habitación, Raian abrió la puerta de una patada, esperando encontrar su trofeo.
—¡Despierta, basura! Tienes visi...
Raian se detuvo en seco. La habitación estaba en desorden: las sábanas estaban desgarradas y manchadas de fluidos y sangre, pero la cama estaba vacía. Una ventana lateral estaba abierta, dejando entrar una brisa fría que agitaba las cortinas de seda.
—Maldita sea... se escapó —gruñó Raian, rascándose la nuca con fastidio—. Debió saltar por la ventana en cuanto salió el sol.
—¿Quién era, Raian? —Ohma entró en la habitación, sus ojos escaneando el lugar. En el suelo, cerca de la cama, vio algo que le heló la sangre: un pequeño mechón de cabello largo y oscuro, y el aroma persistente de una loción floral barata mezclada con el olor a sudor y trauma.
Raian se encogió de hombros, mostrando una hilera de dientes afilados.
—Era Kiryu Setsuna. Aunque ahora parece más una cáscara vacía que un hombre. Se vende por unas pocas monedas en los peores callejones.
El mundo pareció detenerse para Ohma. Kiryu. El hombre que lo había acosado, el que había matado a su maestro, el que estaba obsesionado con convertirlo en un "Dios". ¿Setsuna se estaba vendiendo? ¿El "Hermoso Demonio" reducido a eso?
—¿Estás seguro? —preguntó Ohma, su voz temblando ligeramente por una emoción que no podía identificar. ¿Era ira? ¿Lástima?
—¿Crees que olvidaría esa cara de loco? —Raian escupió al suelo—. Estaba destrozado, Ohma. Ni siquiera luchó. Solo se reía mientras yo... bueno, ya sabes. Decía que era su castigo por no haber sido digno de ti.
Ohma sintió una náusea repentina. La imagen de Setsuna, alguien que alguna vez poseyó una gracia letal, siendo utilizado de esa manera por alguien como Raian, le revolvió el estómago. No era justicia. No era redención. Era una degradación que nadie merecía, ni siquiera el hombre que había intentado destruir su vida.
—Tengo que encontrarlo —dijo Ohma, dándose la vuelta con determinación.
—¿Para qué? —Raian soltó una carcajada—. Déjalo que se pudra. Ya no es el oponente que buscas. Ahora solo es un juguete roto.
—No es por la pelea, idiota —respondió Ohma sin mirar atrás.
Salió de la habitación y se encontró casi de frente con Kure Fusui, que caminaba por el pasillo con un rifle de precisión al hombro. Ella se detuvo, notando la expresión sombría de Ohma.
—Parece que has visto a un fantasma, Ohma —dijo ella, ladeando la cabeza.
—Fusui, necesito tu ayuda. Y la de tu clan.
Fusui arqueó una ceja, intrigada.
—El abuelo no estará feliz si pides recursos para algo personal, a menos que sea importante.
—Se trata de Kiryu Setsuna —explicó Ohma rápidamente—. Raian lo trajo aquí. Está en la ciudad, vendiéndose. Está... perdiendo lo que queda de su mente. Necesito localizarlo antes de que alguien lo mate o de que él mismo termine el trabajo.
Fusui guardó silencio un momento, observando la seriedad en los ojos de Ohma. Ella sabía que, para Ohma, Kiryu no era solo un enemigo; era un vínculo con un pasado doloroso y complejo.
—Si Raian lo trajo de los barrios bajos del sur, no habrá ido muy lejos —dijo Fusui, sacando un dispositivo de comunicación—. Informaré al abuelo. El Clan Kure tiene ojos en cada rincón de esta ciudad. Si ese hombre está en la calle, lo encontraremos en menos de una hora. Pero Ohma...
—¿Qué?
—Prepárate para lo que vas a encontrar. Alguien que cae tan bajo no suele querer ser rescatado.
***
Dos horas después, Ohma se encontraba en la parte trasera de un vehículo negro conducido por uno de los guardaespaldas de la familia Kure. Fusui estaba en el asiento del copiloto, revisando una tableta.
—Lo tenemos —dijo ella sin rodeos—. Un informante lo vio entrar en un motel de mala muerte cerca de los muelles. Es un lugar donde la policía no entra y donde la vida vale menos que una botella de sake.
—¿Está solo? —preguntó Ohma, apretando los puños sobre sus rodillas.
—Entró con dos hombres. Parecen matones locales. No creo que planeen ser gentiles.
—Acelera —ordenó Ohma.
El motel era un edificio de hormigón desconchado que olía a salitre y desesperación. Ohma no esperó a que el coche se detuviera por completo antes de saltar. Subió las escaleras exteriores de metal, que chirriaban bajo su peso, hasta llegar a la habitación 204.
No llamó a la puerta. Su hombro impactó contra la madera podrida, rompiendo la cerradura de un solo golpe.
La escena interior era una pesadilla de sombras y miseria. El olor a tabaco barato y alcohol era sofocante. Dos hombres corpulentos estaban de pie junto a una cama deshecha. Uno de ellos sostenía un cigarrillo, mientras el otro se desabrochaba el cinturón.
Y en el centro de todo, sentado en el borde del colchón, estaba Setsuna.
Estaba demacrado. Su cabello, antes sedoso, estaba enmarañado y sucio. Llevaba una túnica de seda rota que apenas cubría su cuerpo lleno de moretones frescos y cicatrices antiguas. Sus ojos, antes brillantes con una locura divina, estaban nublados, perdidos en algún lugar donde Ohma ya no existía.
—¿Quién diablos eres tú? —gritó uno de los hombres, echando mano a un cuchillo.
Ohma no respondió con palabras. Se movió con la velocidad de un rayo. Un golpe preciso al plexo solar dejó al primer hombre sin aire, cayendo de rodillas. Al segundo lo agarró por la muñeca, rompiéndola con un giro seco antes de lanzarlo contra la pared con una patada frontal.
—Largaos —dijo Ohma, su voz cargada de una furia gélida—. Ahora.
Los hombres, reconociendo el aura de un depredador real, no lo dudaron. Recogieron sus cosas y salieron huyendo de la habitación, dejando tras de sí un silencio pesado.
Ohma se quedó allí, respirando con dificultad, mirando la figura encogida en la cama. Setsuna no se había movido. Ni siquiera había mirado la pelea. Solo miraba sus propias manos, que temblaban violentamente.
—Setsuna —llamó Ohma suavemente.
El hombre levantó la cabeza muy despacio. Cuando sus ojos se encontraron con los de Ohma, no hubo el habitual estallido de alegría maníaca. Solo hubo un vacío desgarrador.
—¿Ohma...? —Su voz era un hilo roto—. No... tú no deberías estar aquí. Este lugar... está sucio. Yo estoy sucio.
—¿Por qué estás haciendo esto? —Ohma se acercó un paso, pero Setsuna retrocedió, encogiéndose contra el cabecero de la cama.
—Es el único lugar donde pertenezco —susurró Setsuna, soltando una risita quebrada que sonó más como un sollozo—. El Dios me abandonó porque no fui capaz de morir por él. Así que ahora... ahora solo soy carne. Carne para que otros la usen. Es justo, ¿verdad? Es el precio por seguir vivo cuando tú ya no me necesitas.
Ohma sintió un dolor agudo en el pecho. Ver a Setsuna así era peor que cualquier herida que hubiera recibido en el Kengan. Se acercó más, ignorando las protestas del otro, y se sentó en el borde de la cama.
—No eres carne, Setsuna. Eres un idiota, pero eres un hombre. Y no voy a dejar que te destruyas de esta manera.
—¡No lo entiendes! —Setsuna de repente se abalanzó sobre él, pero no para atacar, sino para agarrarse a su camisa con desesperación—. ¡Duele! Todo duele tanto... cuando me tocan, imagino que eres tú, pero nunca lo eres. Y luego vuelvo a despertar y sigo aquí, en la basura. Por favor, Ohma... si has venido a salvarme, mátame. Es la única forma.
Ohma lo sujetó por los hombros, obligándolo a mirarlo. Las lágrimas surcaban el rostro sucio de Setsuna, dejando rastros limpios sobre la piel pálida.
—No voy a matarte. Y no voy a dejar que nadie más te toque —dijo Ohma con una firmeza absoluta—. Vas a venir conmigo a la Mansión Kure.
—Raian... él me hizo... —Setsuna bajó la mirada, avergonzado.
—Raian tendrá que rendir cuentas conmigo —gruñó Ohma—. Pero ahora, levántate.
Fusui apareció en el umbral de la puerta, observando la escena con una expresión inusualmente suave. Guardó su arma y sacó una manta limpia que había traído del coche.
—El transporte está listo —dijo ella—. Tenemos una habitación preparada en el ala médica, lejos de Raian. Nadie entrará allí sin el permiso de Ohma.
Ohma ayudó a Setsuna a ponerse de pie. El hombre estaba tan débil que casi se desplomó, pero Ohma lo sostuvo con firmeza, pasando un brazo por su cintura. Setsuna apoyó la cabeza en el hombro de Ohma, cerrando los ojos. Por un momento, el temblor cesó.
—¿Por qué? —susurró Setsuna contra su cuello—. Después de todo lo que hice... ¿por qué me buscas?
Ohma miró hacia el pasillo oscuro del motel, pensando en el largo camino que tenían por delante. Sabía que Setsuna estaba roto de formas que quizás nunca podrían repararse. Sabía que el trauma de su pasado y los abusos recientes lo habían dejado en un estado de fragilidad absoluta. Pero también sabía que no podía soltarlo.
—Porque ya he perdido a demasiada gente, Setsuna —respondió Ohma mientras empezaban a caminar hacia la salida—. Y porque, aunque te odio a veces, eres el único que queda que recuerda de dónde venimos.
Mientras bajaban las escaleras hacia el coche, el sol empezaba a asomar por el horizonte de la ciudad, tiñendo el cielo de un rojo sangre. El camino de regreso a la Mansión Kure sería solo el comienzo de una batalla diferente: una que no se ganaría con puños, sino con paciencia, cuidados y una redención que ambos necesitaban desesperadamente.
Setsuna se aferró con más fuerza a la chaqueta de Ohma, inhalando su aroma a bosque y lucha. Por primera vez en años, el ruido incesante en su cabeza parecía calmarse, sustituido por el latido constante y fuerte del corazón del hombre al que siempre había llamado su Dios, pero que hoy, simplemente, se estaba comportando como un ser humano.
O lo estaba hasta que Raian apareció.
El "Monstruo" del clan Kure no caminaba, acechaba. Se acercó a Ohma con una sonrisa depredadora, una expresión que desbordaba una excitación maníaca que nada tenía que ver con el combate.
—¡Oye, Ohma! No te vas a creer el regalo que me encontré anoche en el distrito rojo —soltó Raian, soltando una carcajada ronca que resonó en el pasillo vacío.
Ohma ni siquiera se detuvo. Sus ojos oscuros permanecieron fijos al frente.
—No me interesan tus vicios, Raian. Déjame en paz.
—¡Oh, vamos! No seas tan aburrido —Raian se puso frente a él, obligándolo a detenerse. Sus ojos negros con pupilas blancas brillaban de pura maldad—. Te hablo de una joya. Una puta que traje aquí para una noche de sexo salvaje. Te juro que aguantó todo lo que le eché encima. Estaba roto, vacío... pero se movía como un demonio.
Ohma sintió una punzada de asco. Conocía la brutalidad de Raian; no quería imaginar lo que significaba "aguantar" algo de él. Intentó rodearlo, pero Raian soltó la bomba.
—Lo más gracioso es que es alguien que conoces bien. Un viejo amigo tuyo, diría yo.
Ohma se tensó. El corazón le dio un vuelco incómodo contra las costillas.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, su voz ahora era un susurro peligroso.
—Ven a verlo tú mismo. Todavía debe estar tirado en mi cama, si es que no se ha desangrado —dijo Raian con indiferencia, dándose la vuelta para guiarlo.
Ohma lo siguió, movido por una mezcla de sospecha y un presentimiento oscuro que le oprimía el pecho. Caminaron hacia el ala de la mansión donde se alojaba Raian, un lugar que la mayoría de los sirvientes evitaba. Al llegar a la habitación, Raian abrió la puerta de una patada, esperando encontrar su trofeo.
—¡Despierta, basura! Tienes visi...
Raian se detuvo en seco. La habitación estaba en desorden: las sábanas estaban desgarradas y manchadas de fluidos y sangre, pero la cama estaba vacía. Una ventana lateral estaba abierta, dejando entrar una brisa fría que agitaba las cortinas de seda.
—Maldita sea... se escapó —gruñó Raian, rascándose la nuca con fastidio—. Debió saltar por la ventana en cuanto salió el sol.
—¿Quién era, Raian? —Ohma entró en la habitación, sus ojos escaneando el lugar. En el suelo, cerca de la cama, vio algo que le heló la sangre: un pequeño mechón de cabello largo y oscuro, y el aroma persistente de una loción floral barata mezclada con el olor a sudor y trauma.
Raian se encogió de hombros, mostrando una hilera de dientes afilados.
—Era Kiryu Setsuna. Aunque ahora parece más una cáscara vacía que un hombre. Se vende por unas pocas monedas en los peores callejones.
El mundo pareció detenerse para Ohma. Kiryu. El hombre que lo había acosado, el que había matado a su maestro, el que estaba obsesionado con convertirlo en un "Dios". ¿Setsuna se estaba vendiendo? ¿El "Hermoso Demonio" reducido a eso?
—¿Estás seguro? —preguntó Ohma, su voz temblando ligeramente por una emoción que no podía identificar. ¿Era ira? ¿Lástima?
—¿Crees que olvidaría esa cara de loco? —Raian escupió al suelo—. Estaba destrozado, Ohma. Ni siquiera luchó. Solo se reía mientras yo... bueno, ya sabes. Decía que era su castigo por no haber sido digno de ti.
Ohma sintió una náusea repentina. La imagen de Setsuna, alguien que alguna vez poseyó una gracia letal, siendo utilizado de esa manera por alguien como Raian, le revolvió el estómago. No era justicia. No era redención. Era una degradación que nadie merecía, ni siquiera el hombre que había intentado destruir su vida.
—Tengo que encontrarlo —dijo Ohma, dándose la vuelta con determinación.
—¿Para qué? —Raian soltó una carcajada—. Déjalo que se pudra. Ya no es el oponente que buscas. Ahora solo es un juguete roto.
—No es por la pelea, idiota —respondió Ohma sin mirar atrás.
Salió de la habitación y se encontró casi de frente con Kure Fusui, que caminaba por el pasillo con un rifle de precisión al hombro. Ella se detuvo, notando la expresión sombría de Ohma.
—Parece que has visto a un fantasma, Ohma —dijo ella, ladeando la cabeza.
—Fusui, necesito tu ayuda. Y la de tu clan.
Fusui arqueó una ceja, intrigada.
—El abuelo no estará feliz si pides recursos para algo personal, a menos que sea importante.
—Se trata de Kiryu Setsuna —explicó Ohma rápidamente—. Raian lo trajo aquí. Está en la ciudad, vendiéndose. Está... perdiendo lo que queda de su mente. Necesito localizarlo antes de que alguien lo mate o de que él mismo termine el trabajo.
Fusui guardó silencio un momento, observando la seriedad en los ojos de Ohma. Ella sabía que, para Ohma, Kiryu no era solo un enemigo; era un vínculo con un pasado doloroso y complejo.
—Si Raian lo trajo de los barrios bajos del sur, no habrá ido muy lejos —dijo Fusui, sacando un dispositivo de comunicación—. Informaré al abuelo. El Clan Kure tiene ojos en cada rincón de esta ciudad. Si ese hombre está en la calle, lo encontraremos en menos de una hora. Pero Ohma...
—¿Qué?
—Prepárate para lo que vas a encontrar. Alguien que cae tan bajo no suele querer ser rescatado.
***
Dos horas después, Ohma se encontraba en la parte trasera de un vehículo negro conducido por uno de los guardaespaldas de la familia Kure. Fusui estaba en el asiento del copiloto, revisando una tableta.
—Lo tenemos —dijo ella sin rodeos—. Un informante lo vio entrar en un motel de mala muerte cerca de los muelles. Es un lugar donde la policía no entra y donde la vida vale menos que una botella de sake.
—¿Está solo? —preguntó Ohma, apretando los puños sobre sus rodillas.
—Entró con dos hombres. Parecen matones locales. No creo que planeen ser gentiles.
—Acelera —ordenó Ohma.
El motel era un edificio de hormigón desconchado que olía a salitre y desesperación. Ohma no esperó a que el coche se detuviera por completo antes de saltar. Subió las escaleras exteriores de metal, que chirriaban bajo su peso, hasta llegar a la habitación 204.
No llamó a la puerta. Su hombro impactó contra la madera podrida, rompiendo la cerradura de un solo golpe.
La escena interior era una pesadilla de sombras y miseria. El olor a tabaco barato y alcohol era sofocante. Dos hombres corpulentos estaban de pie junto a una cama deshecha. Uno de ellos sostenía un cigarrillo, mientras el otro se desabrochaba el cinturón.
Y en el centro de todo, sentado en el borde del colchón, estaba Setsuna.
Estaba demacrado. Su cabello, antes sedoso, estaba enmarañado y sucio. Llevaba una túnica de seda rota que apenas cubría su cuerpo lleno de moretones frescos y cicatrices antiguas. Sus ojos, antes brillantes con una locura divina, estaban nublados, perdidos en algún lugar donde Ohma ya no existía.
—¿Quién diablos eres tú? —gritó uno de los hombres, echando mano a un cuchillo.
Ohma no respondió con palabras. Se movió con la velocidad de un rayo. Un golpe preciso al plexo solar dejó al primer hombre sin aire, cayendo de rodillas. Al segundo lo agarró por la muñeca, rompiéndola con un giro seco antes de lanzarlo contra la pared con una patada frontal.
—Largaos —dijo Ohma, su voz cargada de una furia gélida—. Ahora.
Los hombres, reconociendo el aura de un depredador real, no lo dudaron. Recogieron sus cosas y salieron huyendo de la habitación, dejando tras de sí un silencio pesado.
Ohma se quedó allí, respirando con dificultad, mirando la figura encogida en la cama. Setsuna no se había movido. Ni siquiera había mirado la pelea. Solo miraba sus propias manos, que temblaban violentamente.
—Setsuna —llamó Ohma suavemente.
El hombre levantó la cabeza muy despacio. Cuando sus ojos se encontraron con los de Ohma, no hubo el habitual estallido de alegría maníaca. Solo hubo un vacío desgarrador.
—¿Ohma...? —Su voz era un hilo roto—. No... tú no deberías estar aquí. Este lugar... está sucio. Yo estoy sucio.
—¿Por qué estás haciendo esto? —Ohma se acercó un paso, pero Setsuna retrocedió, encogiéndose contra el cabecero de la cama.
—Es el único lugar donde pertenezco —susurró Setsuna, soltando una risita quebrada que sonó más como un sollozo—. El Dios me abandonó porque no fui capaz de morir por él. Así que ahora... ahora solo soy carne. Carne para que otros la usen. Es justo, ¿verdad? Es el precio por seguir vivo cuando tú ya no me necesitas.
Ohma sintió un dolor agudo en el pecho. Ver a Setsuna así era peor que cualquier herida que hubiera recibido en el Kengan. Se acercó más, ignorando las protestas del otro, y se sentó en el borde de la cama.
—No eres carne, Setsuna. Eres un idiota, pero eres un hombre. Y no voy a dejar que te destruyas de esta manera.
—¡No lo entiendes! —Setsuna de repente se abalanzó sobre él, pero no para atacar, sino para agarrarse a su camisa con desesperación—. ¡Duele! Todo duele tanto... cuando me tocan, imagino que eres tú, pero nunca lo eres. Y luego vuelvo a despertar y sigo aquí, en la basura. Por favor, Ohma... si has venido a salvarme, mátame. Es la única forma.
Ohma lo sujetó por los hombros, obligándolo a mirarlo. Las lágrimas surcaban el rostro sucio de Setsuna, dejando rastros limpios sobre la piel pálida.
—No voy a matarte. Y no voy a dejar que nadie más te toque —dijo Ohma con una firmeza absoluta—. Vas a venir conmigo a la Mansión Kure.
—Raian... él me hizo... —Setsuna bajó la mirada, avergonzado.
—Raian tendrá que rendir cuentas conmigo —gruñó Ohma—. Pero ahora, levántate.
Fusui apareció en el umbral de la puerta, observando la escena con una expresión inusualmente suave. Guardó su arma y sacó una manta limpia que había traído del coche.
—El transporte está listo —dijo ella—. Tenemos una habitación preparada en el ala médica, lejos de Raian. Nadie entrará allí sin el permiso de Ohma.
Ohma ayudó a Setsuna a ponerse de pie. El hombre estaba tan débil que casi se desplomó, pero Ohma lo sostuvo con firmeza, pasando un brazo por su cintura. Setsuna apoyó la cabeza en el hombro de Ohma, cerrando los ojos. Por un momento, el temblor cesó.
—¿Por qué? —susurró Setsuna contra su cuello—. Después de todo lo que hice... ¿por qué me buscas?
Ohma miró hacia el pasillo oscuro del motel, pensando en el largo camino que tenían por delante. Sabía que Setsuna estaba roto de formas que quizás nunca podrían repararse. Sabía que el trauma de su pasado y los abusos recientes lo habían dejado en un estado de fragilidad absoluta. Pero también sabía que no podía soltarlo.
—Porque ya he perdido a demasiada gente, Setsuna —respondió Ohma mientras empezaban a caminar hacia la salida—. Y porque, aunque te odio a veces, eres el único que queda que recuerda de dónde venimos.
Mientras bajaban las escaleras hacia el coche, el sol empezaba a asomar por el horizonte de la ciudad, tiñendo el cielo de un rojo sangre. El camino de regreso a la Mansión Kure sería solo el comienzo de una batalla diferente: una que no se ganaría con puños, sino con paciencia, cuidados y una redención que ambos necesitaban desesperadamente.
Setsuna se aferró con más fuerza a la chaqueta de Ohma, inhalando su aroma a bosque y lucha. Por primera vez en años, el ruido incesante en su cabeza parecía calmarse, sustituido por el latido constante y fuerte del corazón del hombre al que siempre había llamado su Dios, pero que hoy, simplemente, se estaba comportando como un ser humano.
