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Pelea privada

Fandom: Kengan ashura

Creado: 26/3/2026

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La Danza Sangrienta del Dios y su Demonio

El ambiente en la arena del Torneo de Aniquilación Kengan era sofocante. El olor a sudor, sangre y adrenalina se mezclaba con los vítores ensordecedores de una multitud sedienta de violencia. Ohma Tokita, con la mirada perdida en el ring, sentía una inquietud que no podía calmar. A su lado, Yamashita Kazuo temblaba de emoción y nervios, mientras que Kaede Akiyama revisaba documentos con su habitual eficiencia gélida.

—Voy a salir un momento —anunció Ohma de repente, levantándose sin previo aviso.

—¿Eh? ¡Pero Ohma-san! —exclamó Yamashita, ajustándose las gafas—. ¡La próxima pelea está por comenzar! Es crucial para nuestra estrategia.

—No tardaré. Necesito aire —respondió el luchador, ignorando las protestas de su representante.

Ohma se alejó de las luces brillantes y el ruido atronador, buscando la soledad de los bosques que rodeaban el complejo de la isla Ganryu. El aire fresco de la noche golpeó su rostro, pero no logró disipar la tensión en sus músculos. Caminó entre los árboles, sus pies apenas haciendo ruido sobre la maleza, hasta que se detuvo en un claro bañado por la luz de la luna.

—Sé que estás ahí —dijo Ohma, su voz era un gruñido bajo—. Deja de esconderte.

De entre las sombras de los robles, una figura emergió con una gracia casi inhumana. Kiryu Setsuna sonreía, una expresión que oscilaba entre la devoción religiosa y la locura absoluta. Sus ojos brillaban con una intensidad febril.

—Ohma... mi querido Ohma —susurró Setsuna, su voz cargada de un anhelo que rozaba lo obsceno—. Sabía que vendrías a mí. El destino es un hilo que nos mantiene unidos, incluso en la oscuridad.

—No tengo tiempo para tus delirios, Setsuna —Ohma se puso en guardia, sintiendo cómo el flujo de su energía comenzaba a acelerarse—. Vete antes de que te rompa los huesos.

Setsuna soltó una carcajada melodiosa que erizó la piel de Ohma. Dio un paso adelante, desabrochando lentamente su camisa, revelando un torso marcado por cicatrices y una musculatura tensa.

—¡Mátame, Ohma! —gritó Setsuna, su rostro transformándose en una máscara de éxtasis—. ¡Úsame! ¡Destrúyeme! Quiero sentir el peso de tu justicia divina sobre mi cuerpo pecador. ¡Usa el Estilo Niko para enviarme al infierno!

Sin esperar respuesta, Setsuna se lanzó al ataque. Sus movimientos eran fluidos, una danza mortal de la Palma del Demonio que buscaba no solo herir, sino tocar. Ohma esquivó el primer golpe por milímetros, sintiendo la ráfaga de aire que el ataque de Kiryu desplazaba. El contraataque de Ohma fue brutal: un golpe directo al plexo solar que debería haber derribado a cualquier hombre, pero Setsuna solo gimió de placer mientras retrocedía.

—¡Sí! ¡Más! —Setsuna se lamió la sangre que brotaba de su labio—. ¡Hazme tuyo por completo!

La pelea se volvió errática, violenta y extrañamente íntima. Ohma, impulsado por una rabia que no terminaba de comprender, comenzó a usar más fuerza de la necesaria. Sus manos se cerraron alrededor del cuello de Setsuna, estampándolo contra el tronco de un árbol centenario. El impacto hizo que la corteza crujiera.

—Cállate... —gruñó Ohma, su respiración agitada golpeando la piel de Kiryu—. Cállate de una vez.

—Ohma... —Setsuna jadeaba, sus manos buscando desesperadamente el cuerpo del luchador—. Eres tan hermoso cuando intentas destruirme.

La violencia de la pelea cambió de naturaleza en un instante. No hubo palabras de afecto, ni un consentimiento claro en el sentido tradicional. Fue una colisión de instintos básicos. Ohma, cegado por la adrenalina y una necesidad primitiva de dominar a la criatura que lo acosaba, desgarró la ropa de Setsuna. No había ternura en sus movimientos, solo una posesividad salvaje.

Setsuna no opuso resistencia; al contrario, se entregó con una sumisión absoluta que resultaba perturbadora. Se dejó caer al suelo del bosque, arrastrando a Ohma con él. El suelo, cubierto de hojas secas y tierra, se convirtió en su lecho de guerra.

—Hazlo... —suplicó Setsuna, sus ojos en blanco—. Reclama lo que es tuyo.

Ohma lo tomó con una brutalidad que buscaba silenciar la locura de Kiryu, pero solo lograba alimentarla. Cada embestida era un golpe, cada gemido de Setsuna era una victoria y una derrota al mismo tiempo. El sexo era una extensión de su combate: crudo, doloroso y cargado de una desesperación que ninguno de los dos podía nombrar. Ohma lo mantenía inmovilizado contra el suelo, sus dedos hundiéndose en los hombros de Setsuna, marcando su piel con moretones que florecerían al amanecer.

Mientras tanto, de vuelta en los pasillos de la arena, Yamashita Kazuo no podía quedarse quieto.

—Kaede-san, Ohma-san lleva mucho tiempo fuera —dijo Yamashita, frotándose las manos nerviosamente—. Y si se metió en problemas? Ya sabes cómo es él.

—Es un hombre adulto, Yamashita-san —respondió Kaede, aunque ella también frunció el ceño—. Pero si te hace sentir mejor, iremos a buscarlo. El torneo se detendrá brevemente por un problema técnico en la iluminación, tenemos unos minutos.

Caminaron hacia la zona de los jardines y el bosque. Yamashita gritaba el nombre de Ohma tímidamente, temiendo interrumpir algo importante. No sabía cuán acertado estaba. Al acercarse a un denso grupo de árboles, un sonido lo detuvo en seco.

No eran gritos de pelea. Eran sonidos guturales, jadeos pesados y el rítmico chocar de cuerpos.

—¿Ohma-san? —susurró Yamashita, adelantándose unos pasos.

Kaede se quedó atrás, instintivamente sintiendo que lo que estaban a punto de ver no era para ojos ajenos. Pero Yamashita, en su torpeza y preocupación, apartó unas ramas bajas.

La escena que se desplegó ante él lo dejó petrificado. La luz de la luna iluminaba el cuerpo sudoroso de Ohma, cuya espalda musculosa subía y bajaba con violencia. Debajo de él, casi enterrado en la maleza, estaba Kiryu Setsuna. El rostro de Setsuna estaba desencajado, una mezcla de dolor agónico y un placer que parecía trascender lo humano. Sus manos estaban entrelazadas en el cabello de Ohma, tirando de él, mientras sus piernas se envolvían alrededor de la cintura del luchador, buscando más, siempre más.

—¡Oh...! —Yamashita se tapó la boca con ambas manos, sus ojos casi saliéndose de sus órbitas.

El sonido de la sorpresa de Yamashita llegó a los oídos de Ohma. El luchador se tensó, pero no se detuvo de inmediato. Miró por encima del hombro, su rostro era una máscara de sombras y ferocidad. Sus ojos, normalmente agudos, estaban nublados por el frenesí del momento. No había vergüenza en su mirada, solo una advertencia animal de que no debían acercarse.

Setsuna, por otro lado, soltó una risa ahogada y rota al ver a Yamashita.

—Mira, Yamashita... —logró decir entre jadeos, su voz quebrada—. Mira cómo me posee su dios... ¿No es... maravilloso?

Kaede, que finalmente se había acercado lo suficiente para ver la silueta de los dos hombres, agarró a Yamashita por el hombro y tiró de él con fuerza hacia atrás.

—Nos vamos. Ahora —sentenció ella, su voz temblando ligeramente por la impresión, pero manteniendo la compostura—. Yamashita-san, camine.

—Pero... pero Ohma-san... y ese hombre... —balbuceó Yamashita mientras era arrastrado de regreso hacia las luces de la civilización.

—No hemos visto nada —dijo Kaede, aunque su mente grababa a fuego la imagen de la sumisión absoluta de Kiryu ante la violencia desatada de Ohma—. Eso no fue una pelea, y ciertamente no fue algo que podamos discutir.

En el claro, el silencio volvió a reinar, roto solo por la respiración agitada de los dos combatientes. Ohma se dejó caer a un lado, su pecho subiendo y bajando con fuerza. El calor de la batalla se estaba enfriando, dejando tras de sí un vacío amargo.

Setsuna se incorporó lentamente, sus movimientos erráticos. Su cuerpo estaba cubierto de tierra, hojas y marcas rojas, pero su sonrisa seguía allí, más radiante que nunca. Se acercó a Ohma y le acarició la mejilla con una ternura que contrastaba horriblemente con lo que acababa de suceder.

—Gracias, Ohma —susurró—. Hoy me has dado un poco de tu divinidad.

Ohma no respondió. Se puso de pie, se ajustó los pantalones rotos y comenzó a caminar de regreso a la arena sin mirar atrás. Su mente estaba en un torbellino. Lo que había sucedido no tenía nombre; no era amor, ni siquiera era simple deseo. Era la culminación de una obsesión que lo arrastraba hacia un abismo que compartía con Setsuna.

Al llegar a la entrada de los túneles de los luchadores, se encontró con Lihito, quien lo miraba con una expresión de desconcierto.

—¡Hey, Ohma! ¿Dónde diablos estabas? Pareces como si te hubiera pasado por encima un camión... o como si hubieras estado peleando con un oso en el barro.

Ohma pasó por su lado sin detenerse, su mirada fija en el frente.

—Cállate, Lihito.

Lihito parpadeó, confundido, y luego miró hacia el bosque de donde venía Ohma. Vio a Yamashita y a Kaede regresar por otro camino; Yamashita parecía haber visto a un fantasma y Kaede caminaba más rápido de lo habitual, con las mejillas inusualmente sonrosadas.

—¿Qué demonios está pasando hoy con todo el mundo? —se preguntó Lihito, rascándose la cabeza.

En el ring, el anunciador gritó el nombre del siguiente combate. Ohma Tokita entró bajo los focos, el sudor aún brillando en su piel y el aroma del bosque y de Kiryu Setsuna pegado a él como una maldición. Sabía que Yamashita lo miraba desde las gradas con una mezcla de miedo y confusión, pero no le importaba.

En algún lugar de las sombras de la audiencia, Setsuna se acomodaba en su asiento, relamiéndose los labios, esperando el momento en que pudiera volver a ser destruido por su dios. La danza sangrienta solo acababa de empezar.
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