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Una noche desenfrenada ,tiene consecuencias

Fandom: Kengan ashura

Creado: 27/3/2026

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Vínculos de Leche y Acero

La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas de la habitación, bañando el espacio en un tono plateado que suavizaba los bordes de la realidad. Habían pasado apenas unas semanas desde que el pequeño Ryuji había llegado al mundo, un niño que poseía la misma mirada intensa de Ohma y la delicadeza estructural de Setsuna. Para Ohma Tokita, el "Asura", la vida había dado un giro que jamás habría previsto ni en sus más febriles sueños tras un combate.

Durante los meses de embarazo, el odio que una vez sintió por Kiryu Setsuna se había evaporado, siendo reemplazado por un instinto territorial y protector que no lograba comprender del todo. Ya no veía en Setsuna al acosador obsesionado con la muerte, sino al recipiente de su propio linaje. Verlo amamantar al niño durante el día, con esa devoción casi religiosa, despertaba en Ohma un hambre diferente, una que no se saciaba con comida ni con batallas en la arena Kengan.

Esa noche, el silencio era absoluto. El bebé dormía profundamente en su cuna tras una larga jornada. Ohma entró en la habitación compartida, cerrando la puerta con una lentitud deliberada. Setsuna acababa de salir del baño; el vapor aún se aferraba a su piel pálida y musculosa. Aunque el parto había sido reciente, su cuerpo de luchador mantenía esa firmeza letal, con la única excepción de su pecho. Sus pectorales estaban notablemente más grandes, tensos y pesados por la lactancia, con las venas marcadas bajo la piel fina.

— Se ha dormido por fin —susurró Setsuna, girándose para mirar a Ohma. Sus ojos brillaban con esa adoración incondicional que siempre le había profesado, pero ahora había algo más: una sumisión absoluta nacida de la entrega total.

Ohma no respondió con palabras. Se acercó a él con pasos pesados, sintiendo cómo el calor emanaba del cuerpo de Setsuna. Al estar frente a frente, notó que pequeñas gotas blancas se escapaban de los pezones de Setsuna, resbalando por su torso esculpido. El aroma dulce de la leche materna mezclado con el jabón encendió algo primitivo en el interior de Ohma.

— Ohma... —murmuró Setsuna, sintiendo la intensidad de la mirada del luchador.

Sin previo aviso, Ohma lo empujó suavemente hacia la cama. Setsuna cayó de espaldas, su cabello oscuro desparramado sobre las sábanas. No hubo resistencia, solo una expectación jadeante. Ohma se posicionó sobre él, atrapando sus muñecas contra el colchón por un momento antes de bajar sus manos hacia el pecho de Setsuna.

— Están tan llenos —gruñó Ohma, su voz era un rumbido bajo en su garganta.

— Me duelen un poco... —admitió Setsuna, arqueando la espalda cuando las manos callosas de Ohma comenzaron a masajear sus pectorales con firmeza—. Por favor, Ohma... haz lo que quieras conmigo. Soy tuyo.

Ohma se inclinó y capturó uno de los pezones con sus labios. El contraste entre la fuerza bruta de Ohma y la vulnerabilidad de Setsuna era embriagador. Al succionar, el sabor dulce y cálido de la leche inundó la boca de Ohma. Setsuna soltó un gemido agudo, cerrando los ojos con fuerza mientras sus dedos se enterraban en las sábanas. La sensación de ser reclamado de esa manera, de que su "Dios" se alimentara de él, lo llevaba al borde del delirio.

Mientras succionaba con avidez, Ohma bajó una de sus manos por el abdomen de Setsuna, recorriendo las líneas de sus músculos hasta llegar a su entrepierna. Con una brusquedad que solo ellos entendían, lo giró de costado y preparó su entrada. No hubo necesidad de delicadezas excesivas; el cuerpo de Setsuna estaba predispuesto, anhelando el impacto y la invasión.

— Dame más... —suplicó Setsuna, su voz quebrada por el placer—. Rompeme si es necesario, pero no te detengas.

Ohma introdujo dos dedos en su interior, moviéndolos con un ritmo frenético que buscaba provocar la mayor respuesta posible. Los gemidos de Setsuna se volvieron más constantes, una sinfonía de sumisión que alimentaba la agresividad de Ohma. Sin esperar más, Ohma se deshizo de su propia ropa y lo penetró de una sola estocada profunda.

— ¡Ah! —el grito de Setsuna fue ahogado contra la almohada.

El sexo era violento, un choque de cuerpos que recordaba a sus enfrentamientos pasados, pero con una intención radicalmente distinta. Ohma lo embestía con una fuerza que hacía crujir la cama, sus manos nunca abandonando el pecho de Setsuna. Con cada embestida, la leche salía disparada, manchando el pecho de ambos, creando un lubricante natural y sagrado que cubría sus torsos.

Ohma se incorporó un poco, agarrando uno de los pezones de Setsuna entre el pulgar y el índice, apretándolo con fuerza justo cuando propinaba una estocada particularmente profunda. Un chorro de leche salió disparado, alcanzando el rostro de Ohma, quien simplemente lamió sus labios con una sonrisa feroz.

— Mírate —dijo Ohma, su voz cargada de una posesividad oscura—. Estás hecho para esto. Para darme hijos y para ser usado por mí.

— Sí... sí, mi Dios —respondió Setsuna, con los ojos en blanco, completamente entregado al ritmo desenfrenado—. Úsame... lléname de nuevo... que todo el mundo sepa que soy tu propiedad.

El movimiento se volvió errático, una danza de sudor, leche y gemidos. Ohma no mostraba piedad, buscando el fondo de Setsuna con cada movimiento, marcando su territorio en la carne de aquel que una vez fue su enemigo y que ahora era el pilar de su nueva y extraña vida. Setsuna, por su parte, se perdía en la adoración, sintiendo que cada embestida lo unía más permanentemente a Ohma.

Cuando el clímax los alcanzó, fue una explosión de sensaciones que los dejó a ambos exhaustos. Ohma se derrumbó sobre la espalda de Setsuna, respirando con dificultad, sintiendo el latido del corazón del otro contra su pecho. El olor de la leche y el sexo impregnaba el aire.

— Mañana... —comenzó Ohma, su voz volviendo a la normalidad pero manteniendo un tono firme—, iremos a ver a Hanafusa para el chequeo de Ryuji. No quiero que nada le pase.

Setsuna, aún temblando por las secuelas del placer, giró la cabeza para besar la mano de Ohma que descansaba sobre su hombro.

— Como desees, Ohma. Todo lo que tú digas.

En la penumbra de la habitación, el Asura y su devoto seguidor encontraron una paz retorcida, forjada en la violencia de su pasión y la inesperada ternura de la paternidad. Afuera, el mundo de los combates Kengan seguía su curso, pero dentro de esas cuatro paredes, una nueva dinastía estaba comenzando a escribirse con sangre, leche y una lealtad inquebrantable.
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