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Combate privado
Fandom: Kengan ashura
Creado: 28/3/2026
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OscuroPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje ExplícitoPsicológicoDramaAmbientación CanonEstudio de Personaje
La Danza de las Sombras y el Éxtasis de la Bestia
La humedad de la isla Ganryu se pegaba a la piel como una segunda capa de sudor. El aire estaba cargado de una tensión eléctrica, el tipo de atmósfera que precede a una tormenta o a una carnicería. Ohma Tokita caminaba por los senderos apartados del bosque, lejos de las luces brillantes de la Arena Kengan y del ruido incesante de los empresarios y sus guardaespaldas. Sus puños se apretaban rítmicamente; la sangre le hervía. El "Avance" seguía latiendo en sus venas, una herencia maldita que exigía liberación.
Frente a él, emergiendo de las sombras de los árboles centenarios como un espectro, apareció Kiryu Setsuna. Su larga cabellera oscura caía sobre sus hombros y sus ojos, brillantes con una locura devota, estaban fijos en Ohma. No había odio en su mirada, solo una adoración retorcida que bordeaba lo insoportable.
—Ohma... mi Dios —susurró Kiryu, su voz quebrándose de deseo—. Has venido a matarme, ¿verdad? A destruirme por completo.
Ohma no respondió con palabras. Se lanzó hacia adelante, pero en lugar del golpe seco que Kiryu esperaba, el impacto fue diferente. La adrenalina de la pelea inminente se transformó en algo más oscuro y primitivo. El instinto de dominación, alimentado por el espíritu de lucha, se desvió hacia un territorio salvaje. Ohma lo agarró por el cuello de la camisa y lo estampó contra el tronco de un árbol enorme, sus rostros a milímetros de distancia.
—Cállate, Setsuna —gruñó Ohma, su respiración agitada golpeando la cara del otro—. Siempre estás hablando de destino y de dioses. Me tienes harto.
—Entonces hazme callar —respondió Kiryu con una sonrisa delirante, cerrando los ojos y ofreciendo su cuello—. Haz conmigo lo que desees. Soy tuyo.
Mientras tanto, a unos cientos de metros de allí, Kazuo Yamashita caminaba tropezando con las raíces. Estaba preocupado. Ohma había desaparecido después de su última sesión de entrenamiento y la secretaria, Kaede Akiyama, lo esperaba para revisar los detalles del próximo encuentro.
—¡Ohma-san! —llamó Yamashita con voz temblorosa—. ¡Ohma-san, por favor, responda! Kaede-san dice que es urgente.
El pequeño hombre se detuvo en seco cuando escuchó un sonido que no pertenecía al bosque. No era el crujir de las hojas ni el canto de los grillos. Era un gemido agudo, cargado de un placer doloroso, seguido de un golpe sordo contra la madera. El corazón de Yamashita dio un vuelco. ¿Acaso Ohma estaba peleando de nuevo? ¿Estaba en peligro?
Se acercó sigilosamente, ocultándose detrás de un grueso árbol, y asomó la cabeza con cautela. Lo que vio lo dejó petrificado, con la respiración contenida y el rostro encendido en un rojo violento.
Allí, en el claro bañado por la luz de la luna, no había una pelea a muerte, sino una danza de sexo desenfrenado y posesivo.
Ohma tenía a Kiryu de rodillas frente a él. La sumisión de Setsuna era absoluta; sus manos temblaban mientras se aferraba a los muslos musculosos de Ohma. El Ashura no tenía rastro de piedad en sus ojos. Con un movimiento brusco, Ohma agarró a Kiryu por el cabello, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—Si tanto me adoras, demuéstramelo —ordenó Ohma con una voz cargada de una autoridad animal.
Kiryu no esperó una segunda orden. Con una urgencia desesperada, comenzó a practicarle sexo oral, sus ojos fijos en los de Ohma con una devoción aterradora. Yamashita, desde su escondite, sintió que las piernas le flaqueaban. Quería irse, debía irse, pero el aura de poder que emanaba de Ohma lo mantenía clavado al suelo. Era como observar a un depredador devorando a su presa, pero la presa disfrutaba cada segundo de su destrucción.
—¡Ah... Ohma! —el nombre escapó de los labios de Kiryu entre jadeos mientras Ohma lo soltaba bruscamente.
—Eres una pequeña perra, ¿lo sabes? —dijo Ohma, su voz era un rugido bajo—. Solo sirves para esto.
—Sí... ¡sí! —gritó Kiryu, su cuerpo temblando de anticipación—. ¡Destrúyeme, Ohma! ¡Hazme tuyo por completo!
Ohma lo giró con una fuerza abrumadora, obligándolo a apoyarse contra el árbol. Sin ninguna delicadeza, lo penetró de un solo movimiento profundo y salvaje. El grito de Kiryu desgarró el silencio del bosque, un sonido que mezclaba el dolor agónico con un éxtasis que Yamashita no podía comprender.
El sexo era salvaje, sin ritmo ni ternura. Ohma embestía con la misma potencia con la que lanzaba sus golpes en el Kengan, cada movimiento era una declaración de propiedad. Sus manos se cerraron sobre las nalgas de Kiryu, dejando marcas rojas, y luego, con un arrebato de posesividad, comenzó a darle fuertes nalgadas que resonaban en el claro.
—¡Eres mío! —gruñó Ohma, tirando del cabello de Kiryu hacia atrás para que sus espaldas se arquearan violentamente—. ¿De quién eres, Setsuna?
—¡Tuyo! ¡Soy de Ohma! —jadeaba Kiryu, con las lágrimas corriendo por su rostro y una sonrisa de absoluta locura—. ¡Más... por favor, más!
Yamashita cerró los ojos, pero los sonidos eran imposibles de ignorar. El choque de los cuerpos, los gemidos ruidosos de Kiryu pidiendo más, y las órdenes ásperas de Ohma creaban una sinfonía de depravación que lo hacía sentir como si estuviera invadiendo algo sagrado y profano a la vez.
Detrás de Yamashita, unos pasos ligeros se aproximaron. Era Kaede Akiyama, que venía buscándolo a él.
—¿Yamashita-san? ¿Lo encontró? —preguntó ella en un susurro.
Yamashita saltó del susto y rápidamente le tapó la boca con la mano, llevándola detrás del árbol. Kaede parpadeó confundida, pero cuando miró hacia donde Yamashita señalaba, su expresión cambió de la confusión al horror y luego a una fascinación morbosa.
Ambos se quedaron allí, ocultos, mirando a escondidas cómo el hombre que representaba sus esperanzas en el torneo se comportaba como una bestia insaciable. Ohma no se detenía. Su sudor brillaba bajo la luna y sus músculos se tensaban con cada embestida posesiva. Agarraba a Kiryu como si quisiera romperlo, como si quisiera fusionar sus cuerpos a través de la violencia del acto.
—Oh Dios mío... —susurró Kaede, tapándose la boca con ambas manos, incapaz de apartar la vista.
—No deberíamos estar viendo esto —logró articular Yamashita, aunque sus pies no se movían—. Ohma-san... él es...
—Es un animal —completó Kaede, con la voz temblorosa—. Nunca lo había visto así.
En el claro, el clímax estaba cerca. Ohma aumentó la velocidad, su respiración se volvió un rugido constante. Kiryu estaba fuera de sí, su cabeza golpeando rítmicamente contra el árbol, sus dedos enterrados en la corteza.
—¡Mírame! —le ordenó Ohma, girándolo una vez más para que quedara frente a él, manteniéndolo en el aire solo con la fuerza de sus brazos—. ¡Mira quién te tiene así!
—Mi... Dios... Ohma... —balbuceó Kiryu, sus ojos rodando hacia atrás mientras el placer lo desbordaba.
Con un último empuje violento y posesivo, Ohma se tensó por completo, liberándose dentro de Kiryu con un grito de triunfo puramente instintivo. Setsuna se colapsó contra su pecho, sollozando de pura gratitud, completamente sumiso, derrotado y satisfecho.
Ohma lo mantuvo allí unos segundos, su mano aún enredada firmemente en el cabello de Kiryu, marcando su dominio hasta el último momento. Luego, lo soltó, dejando que el otro cayera al suelo, exhausto y temblando.
—Levántate —dijo Ohma, recuperando su tono frío, aunque su pecho aún subía y bajaba con fuerza—. Hemos terminado por hoy.
Yamashita y Kaede se miraron, aterrorizados de ser descubiertos. Se retiraron de puntillas, huyendo a través del bosque con el corazón latiendo a mil por hora. No dijeron una palabra hasta que estuvieron cerca de las luces de la villa.
—Yamashita-san —dijo Kaede, tratando de recomponer su traje y su dignidad—, lo que vimos... no se lo diremos a nadie.
—No —asintió Yamashita, limpiándose el sudor de la frente—. Creo que es mejor que finjamos que Ohma-san simplemente estaba entrenando solo.
Pero ambos sabían que la imagen de Ohma Tokita, poseyendo a Kiryu Setsuna con esa ferocidad salvaje, quedaría grabada en sus mentes para siempre. El Ashura no solo ganaba en la arena; reclamaba lo que quería con una fuerza que nadie, ni siquiera sus aliados más cercanos, podía llegar a comprender.
Frente a él, emergiendo de las sombras de los árboles centenarios como un espectro, apareció Kiryu Setsuna. Su larga cabellera oscura caía sobre sus hombros y sus ojos, brillantes con una locura devota, estaban fijos en Ohma. No había odio en su mirada, solo una adoración retorcida que bordeaba lo insoportable.
—Ohma... mi Dios —susurró Kiryu, su voz quebrándose de deseo—. Has venido a matarme, ¿verdad? A destruirme por completo.
Ohma no respondió con palabras. Se lanzó hacia adelante, pero en lugar del golpe seco que Kiryu esperaba, el impacto fue diferente. La adrenalina de la pelea inminente se transformó en algo más oscuro y primitivo. El instinto de dominación, alimentado por el espíritu de lucha, se desvió hacia un territorio salvaje. Ohma lo agarró por el cuello de la camisa y lo estampó contra el tronco de un árbol enorme, sus rostros a milímetros de distancia.
—Cállate, Setsuna —gruñó Ohma, su respiración agitada golpeando la cara del otro—. Siempre estás hablando de destino y de dioses. Me tienes harto.
—Entonces hazme callar —respondió Kiryu con una sonrisa delirante, cerrando los ojos y ofreciendo su cuello—. Haz conmigo lo que desees. Soy tuyo.
Mientras tanto, a unos cientos de metros de allí, Kazuo Yamashita caminaba tropezando con las raíces. Estaba preocupado. Ohma había desaparecido después de su última sesión de entrenamiento y la secretaria, Kaede Akiyama, lo esperaba para revisar los detalles del próximo encuentro.
—¡Ohma-san! —llamó Yamashita con voz temblorosa—. ¡Ohma-san, por favor, responda! Kaede-san dice que es urgente.
El pequeño hombre se detuvo en seco cuando escuchó un sonido que no pertenecía al bosque. No era el crujir de las hojas ni el canto de los grillos. Era un gemido agudo, cargado de un placer doloroso, seguido de un golpe sordo contra la madera. El corazón de Yamashita dio un vuelco. ¿Acaso Ohma estaba peleando de nuevo? ¿Estaba en peligro?
Se acercó sigilosamente, ocultándose detrás de un grueso árbol, y asomó la cabeza con cautela. Lo que vio lo dejó petrificado, con la respiración contenida y el rostro encendido en un rojo violento.
Allí, en el claro bañado por la luz de la luna, no había una pelea a muerte, sino una danza de sexo desenfrenado y posesivo.
Ohma tenía a Kiryu de rodillas frente a él. La sumisión de Setsuna era absoluta; sus manos temblaban mientras se aferraba a los muslos musculosos de Ohma. El Ashura no tenía rastro de piedad en sus ojos. Con un movimiento brusco, Ohma agarró a Kiryu por el cabello, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
—Si tanto me adoras, demuéstramelo —ordenó Ohma con una voz cargada de una autoridad animal.
Kiryu no esperó una segunda orden. Con una urgencia desesperada, comenzó a practicarle sexo oral, sus ojos fijos en los de Ohma con una devoción aterradora. Yamashita, desde su escondite, sintió que las piernas le flaqueaban. Quería irse, debía irse, pero el aura de poder que emanaba de Ohma lo mantenía clavado al suelo. Era como observar a un depredador devorando a su presa, pero la presa disfrutaba cada segundo de su destrucción.
—¡Ah... Ohma! —el nombre escapó de los labios de Kiryu entre jadeos mientras Ohma lo soltaba bruscamente.
—Eres una pequeña perra, ¿lo sabes? —dijo Ohma, su voz era un rugido bajo—. Solo sirves para esto.
—Sí... ¡sí! —gritó Kiryu, su cuerpo temblando de anticipación—. ¡Destrúyeme, Ohma! ¡Hazme tuyo por completo!
Ohma lo giró con una fuerza abrumadora, obligándolo a apoyarse contra el árbol. Sin ninguna delicadeza, lo penetró de un solo movimiento profundo y salvaje. El grito de Kiryu desgarró el silencio del bosque, un sonido que mezclaba el dolor agónico con un éxtasis que Yamashita no podía comprender.
El sexo era salvaje, sin ritmo ni ternura. Ohma embestía con la misma potencia con la que lanzaba sus golpes en el Kengan, cada movimiento era una declaración de propiedad. Sus manos se cerraron sobre las nalgas de Kiryu, dejando marcas rojas, y luego, con un arrebato de posesividad, comenzó a darle fuertes nalgadas que resonaban en el claro.
—¡Eres mío! —gruñó Ohma, tirando del cabello de Kiryu hacia atrás para que sus espaldas se arquearan violentamente—. ¿De quién eres, Setsuna?
—¡Tuyo! ¡Soy de Ohma! —jadeaba Kiryu, con las lágrimas corriendo por su rostro y una sonrisa de absoluta locura—. ¡Más... por favor, más!
Yamashita cerró los ojos, pero los sonidos eran imposibles de ignorar. El choque de los cuerpos, los gemidos ruidosos de Kiryu pidiendo más, y las órdenes ásperas de Ohma creaban una sinfonía de depravación que lo hacía sentir como si estuviera invadiendo algo sagrado y profano a la vez.
Detrás de Yamashita, unos pasos ligeros se aproximaron. Era Kaede Akiyama, que venía buscándolo a él.
—¿Yamashita-san? ¿Lo encontró? —preguntó ella en un susurro.
Yamashita saltó del susto y rápidamente le tapó la boca con la mano, llevándola detrás del árbol. Kaede parpadeó confundida, pero cuando miró hacia donde Yamashita señalaba, su expresión cambió de la confusión al horror y luego a una fascinación morbosa.
Ambos se quedaron allí, ocultos, mirando a escondidas cómo el hombre que representaba sus esperanzas en el torneo se comportaba como una bestia insaciable. Ohma no se detenía. Su sudor brillaba bajo la luna y sus músculos se tensaban con cada embestida posesiva. Agarraba a Kiryu como si quisiera romperlo, como si quisiera fusionar sus cuerpos a través de la violencia del acto.
—Oh Dios mío... —susurró Kaede, tapándose la boca con ambas manos, incapaz de apartar la vista.
—No deberíamos estar viendo esto —logró articular Yamashita, aunque sus pies no se movían—. Ohma-san... él es...
—Es un animal —completó Kaede, con la voz temblorosa—. Nunca lo había visto así.
En el claro, el clímax estaba cerca. Ohma aumentó la velocidad, su respiración se volvió un rugido constante. Kiryu estaba fuera de sí, su cabeza golpeando rítmicamente contra el árbol, sus dedos enterrados en la corteza.
—¡Mírame! —le ordenó Ohma, girándolo una vez más para que quedara frente a él, manteniéndolo en el aire solo con la fuerza de sus brazos—. ¡Mira quién te tiene así!
—Mi... Dios... Ohma... —balbuceó Kiryu, sus ojos rodando hacia atrás mientras el placer lo desbordaba.
Con un último empuje violento y posesivo, Ohma se tensó por completo, liberándose dentro de Kiryu con un grito de triunfo puramente instintivo. Setsuna se colapsó contra su pecho, sollozando de pura gratitud, completamente sumiso, derrotado y satisfecho.
Ohma lo mantuvo allí unos segundos, su mano aún enredada firmemente en el cabello de Kiryu, marcando su dominio hasta el último momento. Luego, lo soltó, dejando que el otro cayera al suelo, exhausto y temblando.
—Levántate —dijo Ohma, recuperando su tono frío, aunque su pecho aún subía y bajaba con fuerza—. Hemos terminado por hoy.
Yamashita y Kaede se miraron, aterrorizados de ser descubiertos. Se retiraron de puntillas, huyendo a través del bosque con el corazón latiendo a mil por hora. No dijeron una palabra hasta que estuvieron cerca de las luces de la villa.
—Yamashita-san —dijo Kaede, tratando de recomponer su traje y su dignidad—, lo que vimos... no se lo diremos a nadie.
—No —asintió Yamashita, limpiándose el sudor de la frente—. Creo que es mejor que finjamos que Ohma-san simplemente estaba entrenando solo.
Pero ambos sabían que la imagen de Ohma Tokita, poseyendo a Kiryu Setsuna con esa ferocidad salvaje, quedaría grabada en sus mentes para siempre. El Ashura no solo ganaba en la arena; reclamaba lo que quería con una fuerza que nadie, ni siquiera sus aliados más cercanos, podía llegar a comprender.
