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Re zero, :el héroe de la pereza

Fandom: Re zero

Creado: 30/3/2026

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FantasíaIsekai / Fantasía PortalRomanceDolor/ConsueloDramaAcciónAventuraArregloDivergenciaAmbientación Canon
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El eco de una promesa bajo el cielo de cristal

La capital de Lugunica estaba sumida en un silencio sepulcral, una calma tensa que solo precede a las grandes tormentas. Hacía apenas unas horas que la discusión en el castillo de los Sabios había fracturado la relación entre la candidata Emilia y su autoproclamado caballero, Natsuki Subaru. El joven, herido tanto en el cuerpo como en el orgullo, caminaba por las calles con el rostro sombrío, mientras Emilia, con el corazón encogido, se refugiaba en la mansión de Roswaal.

De repente, el cielo mismo pareció rasgarse. No fue un trueno, sino un destello de luz plateada que se extendió de horizonte a horizonte. Enormes pantallas translúcidas, como espejos flotantes de dimensiones colosales, se materializaron sobre las cabezas de los ciudadanos, los caballeros y los candidatos reales.

—¿Qué es esto? —preguntó Ferris, deteniéndose en seco junto a Crusch Karsten en los jardines de su propiedad—. ¿Una técnica de proyección mágica? No siento flujo de mana de ningún mago conocido.

Crusch, con la mano en el pomo de su espada, entornó los ojos hacia las alturas.

—Sea lo que sea, parece que todo el reino lo está viendo. Mira, las imágenes empiezan a formarse.

En la mansión, Emilia salió al balcón, seguida de cerca por Puck y Ram. Sus ojos amatistas se abrieron de par en par al reconocer la figura que aparecía en la pantalla. No era el Subaru patético y desesperado que acababa de dejar atrás. Era un Subaru diferente: con la mirada afilada por la determinación, su ropa desgarrada y cubierta de polvo, luchando por su vida en lo que parecía ser un carruaje en movimiento.

—¿Subaru? —susurró Emilia, llevándose una mano al pecho.

En la pantalla, la acción estalló con una violencia cruda. Se veía a Subaru sobre un carruaje de dragones, enfrentándose a una masa amorfa y grotesca de carne y sombras que alguna vez fue humana. Era Petelgeuse Romanee-Conti, el Arzobispo del Pecado de la Pereza, reducido a una bestia de odio que se arrastraba con manos invisibles.

—¡Subaru Natsuki! —rugía la voz del arzobispo desde el cielo, una voz que helaba la sangre de quienes la escuchaban—. ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué te interpones en el amor?! ¡Mi cerebro tiembla!

—¡Cállate de una vez, maldito fanático! —respondió el Subaru de la pantalla, esquivando por milímetros un golpe que destrozó parte de la madera del carruaje—. ¡Tu amor no es más que basura! ¡Yo te enseñaré lo que significa realmente luchar por alguien!

La audiencia en Lugunica observaba sin aliento. Los caballeros de la orden, que antes habían despreciado a Subaru por su falta de modales, ahora veían con horror y respeto cómo un simple muchacho sin talento mágico ni fuerza sobrehumana se enfrentaba a uno de los monstruos más temidos de la historia.

—Está peleando contra la Pereza —dijo Reinhard van Astrea desde el cuartel, con una expresión de absoluto asombro—. Y lo está haciendo solo...

La batalla en la pantalla llegó a su clímax. Con una maniobra desesperada y el uso inteligente de un cristal de fuego, Subaru logró repeler al monstruo, dejando a Petelgeuse atrás, aplastado y derrotado en el camino. Pero no había tiempo para celebrar.

—¡Las piedras! —gritó el Subaru de la imagen, saltando del carruaje con una agilidad que nadie le conocía—. ¡El carruaje de Emilia!

La escena cambió rápidamente. Las pantallas mostraron el carruaje donde viajaba Emilia (una versión de ella que aún no comprendía el peligro). Subaru corrió hacia él, sus ojos inyectados en sangre por el esfuerzo. Los espectadores vieron cómo Subaru encontraba las piedras de fuego ocultas, colocadas allí por el Culto de la Bruja para volar todo en pedazos.

—¡No dejaré que te toquen! —exclamó el Subaru de la pantalla, cargando los cristales inestables con un brazo mientras montaba a Patrasche, su fiel dragona de tierra.

—Esa dragona... es de mi propiedad —comentó Crusch, impresionada—. Pero nunca la he visto ser tan leal a nadie como lo es con ese chico.

El clímax visual fue ensordecedor. Subaru cabalgó a toda velocidad hacia los restos de la Ballena Blanca, el cadáver colosal que yacía en la llanura. Con un grito que desgarró su garganta, lanzó las piedras de fuego al interior de la boca del monstruo muerto, usándolo como un contenedor para la explosión que, de otro modo, habría borrado a Emilia del mapa.

—¡Aaaaaaaaaaah! —el grito de Subaru se mezcló con el estallido de una luz cegadora.

La explosión fue magnífica y aterradora. El cielo en la pantalla se volvió blanco puro. Cuando el humo se disipó, la imagen mostró a Subaru cayendo de Patrasche, exhausto, con la piel quemada y la ropa hecha jirones, pero con una sonrisa débil en los labios.

En la capital, el silencio era absoluto. Emilia estaba temblando, las lágrimas corrían por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.

—Él... él hizo todo eso... por mí —murmuró ella, sintiendo un peso de culpa y gratitud que casi la hace caer de rodillas.

La pantalla cambió a una escena más íntima. Subaru despertaba lentamente. Su cabeza estaba apoyada en algo suave. Al abrir los ojos, se encontró con el regazo de Emilia. El sol de la mañana bañaba el campo de batalla ahora silencioso.

—¿Estás despierto? —preguntó la Emilia de la pantalla, con una voz tan dulce que dolía.

Subaru parpadeó, mirando hacia arriba con una mezcla de dolor y alivio.

—Emilia... —su voz era apenas un susurro—. Lo siento. Siento mucho haber sido un idiota. Siento haber dicho todas esas cosas en la capital.

La Emilia de la pantalla negó con la cabeza, acariciando suavemente el cabello de Subaru.

—No... no digas nada. Me salvaste.

—No, escúchame —insistió Subaru, haciendo un esfuerzo por incorporarse, aunque solo logró girarse un poco—. Te amo, Emilia. Te amo más que a nada en este mundo. Y sé que ahora mismo no sientes lo mismo. Sé que soy un desastre y que te he causado problemas.

En la realidad, la Emilia que observaba la pantalla se llevó las manos a la boca. El Subaru que estaba en las calles de la capital se quedó petrificado, viendo su propio futuro (o un futuro posible) expuesto ante todos.

—Pero no importa —continuó el Subaru de la pantalla, con una mirada tan honesta que atravesaba el cristal de las imágenes—. Tómate todo el tiempo que quieras. No tienes que responderme ahora. Puedes tardar un año, diez años o cien. Yo estaré a tu lado, demostrándote que soy digno. Y algún día... te prometo que haré que te enamores de mí. Te haré la mujer más feliz del mundo.

La escena en la pantalla comenzó a desvanecerse lentamente, dejando tras de sí la imagen de Subaru sonriendo con ternura antes de que el cristal se disolviera en el aire, devolviendo al cielo su azul natural.

El silencio en Lugunica se rompió por el murmullo creciente de la gente. Pero para Emilia, el mundo seguía mudo. Se giró hacia Puck, que flotaba a su lado con una expresión inusualmente seria.

—Puck... ¿viste eso? —preguntó ella con voz quebrada.

—Lo vi, Lia. Parece que ese chico es mucho más de lo que aparenta —respondió el espíritu, cruzándose de brazos—. Ha cruzado el infierno por ti.

Emilia no esperó más. Recogió sus faldas y corrió hacia la salida de la mansión. Tenía que encontrarlo. No podía dejar que ese Subaru, el que estaba ahora mismo solo y herido en la capital, pasara un segundo más creyendo que ella lo odiaba.

Mientras tanto, en una plaza cercana, Subaru seguía mirando al cielo, procesando lo que acababa de ver. La gente lo rodeaba, algunos con asombro, otros con recelo, pero nadie se atrevía a acercarse.

—¿Ese era... yo? —se preguntó a sí mismo, con el corazón latiendo con fuerza—. ¿Fui capaz de hacer todo eso?

—¡Subaru!

El grito lo hizo girar. A lo lejos, vio una figura de cabello plateado corriendo hacia él, ignorando el protocolo, ignorando las miradas de los nobles y los plebeyos.

—¡Emilia-tan! —exclamó él, el hábito de su apodo regresando instintivamente.

Ella llegó a su lado, jadeando, con el rostro encendido por el esfuerzo y la emoción. Se detuvo a pocos centímetros de él, mirándolo como si fuera la primera vez que lo veía de verdad.

—Subaru... lo que vimos... —empezó ella, tratando de recuperar el aliento.

—Emilia, yo... no sé qué fue eso, pero lo que dije allí, lo que sentía ese Subaru... es verdad —dijo él, bajando la mirada, temeroso de ser rechazado de nuevo—. Sé que la arruiné hoy en el castillo. Sé que fui un egoísta.

Emilia dio un paso adelante y, para sorpresa de todos los presentes, tomó las manos de Subaru entre las suyas. Sus manos eran frías, pero Subaru sintió un calor que le recorrió toda la columna.

—Ese Subaru dijo que me esperaría —dijo ella en voz baja, solo para él—. Dijo que me daría todo el tiempo del mundo.

—Y lo haré —prometió Subaru, apretando sus manos—. Si me dejas quedarme a tu lado, te prometo que me convertiré en ese hombre. No, me convertiré en alguien mejor.

Emilia sonrió, y por un momento, Subaru sintió que la explosión de las piedras de fuego no era nada comparada con la luz que ella irradiaba.

—Entonces... es una promesa, Subaru —dijo ella—. Pero no me hagas esperar cien años. Creo que, después de ver eso... me gustaría empezar a conocerte de verdad desde ahora.

Subaru sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero esta vez eran de una felicidad pura y abrumadora. El futuro que las pantallas habían mostrado era un camino de dolor y fuego, pero al final, estaba ella. Y si ese era el destino que le esperaba, Subaru Natsuki estaba dispuesto a morir y volver a empezar mil veces con tal de alcanzarlo.

—¡Claro! —exclamó él, recuperando su característica energía—. ¡Prepárate, Emilia-tan! ¡Porque voy a ser el mejor caballero que hayas visto jamás!

La gente a su alrededor comenzó a aplaudir, tímidamente al principio y luego con fuerza. El "chico de la profecía" o el "héroe del carruaje", como ya empezaban a llamarlo, solo tenía ojos para la chica de cabello plateado que, por primera vez, lo miraba no con lástima, sino con una chispa de algo que, muy pronto, se convertiría en amor.

Bajo el cielo de Lugunica, donde antes hubo una disputa amarga, ahora florecía una esperanza inquebrantable. El camino hacia el trono seguía siendo peligroso, y los enemigos acechaban en las sombras, pero Subaru ya no caminaba solo, y Emilia ya no tenía miedo de lo que el futuro pudiera deparar. Porque ahora sabían que, sin importar cuán oscura fuera la noche, el sol siempre saldría sobre un campo de batalla conquistado por la voluntad de un solo hombre.
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