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You are an amazing guy
Fandom: Re zero
Creado: 30/3/2026
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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoFantasíaIsekai / Fantasía PortalEstudio de PersonajeViajes en el TiempoDivergenciaSpoilers
El eco de un nombre olvidado: La danza de las dos almas
El cielo sobre la Mansión Miload, y de hecho sobre todo el continente de Lugunica, se tiñó de un matiz plateado que no pertenecía ni al sol ni a la luna. Una vibración sorda sacudió los cimientos de la realidad, y de pronto, inmensas pantallas translúcidas se materializaron en el firmamento, desafiando las leyes de la magia conocida.
En el jardín de la mansión, Rem, con su cabello corto y azul moviéndose suavemente por el viento, alzó la vista con una expresión de desconsuelo. Sus recuerdos seguían siendo un abismo en blanco, pero al ver la imagen que empezaba a formarse en el cielo, sintió una punzada eléctrica en el pecho. A su lado, Sylphy, la joven de cabello verde y orejas puntiagudas que servía ahora como doncella en la casa Mathers tras los tumultos de los últimos años, apretó los puños contra su delantal.
—¿Qué es esto, Rem-san? —preguntó Sylphy, su voz temblando por la incertidumbre—. ¿Es algún tipo de magia de proyección de la Maestra Emilia?
Rem no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en la figura que empezaba a definirse en la pantalla. Una voz, profunda y carente de emoción humana, resonó en las mentes de todos los seres vivos.
—*Contemplad la verdad detrás del vacío. El momento en que el portador de la desdicha se encontró consigo mismo en la torre de la sabiduría.*
La imagen se aclaró. No era la capital, ni el Gran Salón de los Reinos. Era la Torre de Vigilancia de las Pléyades, un lugar de leyendas y pesadillas. La cámara, moviéndose con una fluidez sobrenatural, se adentró en los pasillos de piedra fría hasta llegar a una biblioteca que parecía extenderse hasta el infinito.
Allí, sentado en el suelo, se encontraba Natsuki Subaru.
Pero no era el Subaru que todos conocían. Sus ojos, antes llenos de una determinación casi aterradora, estaban completamente vacíos. Era una mirada perdida, la de un hombre que había sido vaciado de su propia existencia. En su regazo, descansaba un tomo de cuero oscuro con letras doradas que brillaban con una luz maligna. El nombre en la portada era inconfundible: *Natsuki Subaru*.
—Subaru-kun... —susurró Rem. Aunque no recordaba su pasado con él, su cuerpo reaccionaba a su presencia con una mezcla de calidez y dolor.
En la capital, Reinhard van Astrea se detuvo en mitad de una patrulla. A su lado, Felt miró hacia arriba con la boca abierta. En el imperio de Vollachia, Vincent Abellux entrecerró los ojos, analizando la situación con su frialdad habitual, mientras que Beatrice, en los brazos de Emilia, soltó un sollozo ahogado.
—¡Subaru! —gritó Emilia, llevando sus manos a su boca—. Ese... ese fue el momento en que perdió sus recuerdos en la torre.
La pantalla mostró entonces cómo el Subaru amnésico abría el libro. De repente, el entorno cambió. Ya no estaba en la biblioteca, sino en un espacio blanco, abstracto, donde la lógica no tenía lugar. Frente a él, emergió una figura.
Era él mismo. Pero era diferente. Este Subaru vestía sus ropas habituales, pero su postura destilaba una fatiga que pesaba más que el mundo entero. Sus ojos eran los de alguien que había muerto mil veces y había visto el fin de todas las cosas.
—Así que, finalmente has llegado —dijo el Subaru "real", el dueño de los recuerdos, con una sonrisa triste que rompió el corazón de quienes lo veían—. Me preguntaba cuánto tardarías en abrir el libro.
El Subaru amnésico retrocedió, aterrado.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Por qué tienes mi cara? ¿Por qué siento que me vas a devorar?
—No voy a devorarte —respondió el Subaru original, dando un paso adelante—. Soy tú. O mejor dicho, soy lo que tú te niegas a ser. Soy el peso de tus pecados, el calor de tus amores y el frío de tus muertes. Soy Natsuki Subaru.
En la mansión, Sylphy sintió un escalofrío.
—Se está enfrentando a su propio pasado —murmuró ella, conmovida por la intensidad de la escena.
La interacción en la pantalla se volvió física. El Subaru real extendió una mano, y el espacio alrededor de ellos empezó a fragmentarse en imágenes de dolor: la muerte a manos de Elsa, el suicidio en el acantilado, el frío de la Gran Liebre. Los espectadores en todo el mundo se quedaron en silencio, horrorizados al ver los fragmentos de las vidas pasadas que Subaru había ocultado con tanto celo.
—¡Detente! —gritó el Subaru amnésico, cubriéndose los oídos—. ¡Yo no soy ese monstruo! ¡Yo no puedo haber pasado por eso! ¡Es demasiado! ¡Es demasiado para una sola persona!
—Tienes razón —dijo el Subaru real, y su voz se suavizó, volviéndose casi un susurro paternal—. Es demasiado. Por eso me olvidaste. Por eso me dejaste atrás en este pasillo oscuro de la memoria. Pero ellos... ellos te están esperando fuera. Emilia, Beatrice, Rem... incluso aquellos que aún no conoces en este momento.
En la pantalla, el Subaru real se acercó y agarró al amnésico por los hombros. La cámara hizo un primer plano de sus rostros, idénticos pero separados por un abismo de experiencia.
—Si no me aceptas, no podrás salvarlos —sentenció el Subaru original—. Si te quedas aquí, siendo este cascarón vacío, todos morirán en esa torre. ¿Vas a dejar que eso ocurra solo porque tienes miedo de sufrir?
—¡No quiero sufrir más! —rugió el Subaru amnésico, las lágrimas fluyendo libremente—. ¡Solo quiero ser normal! ¡Solo quiero que dejen de esperar algo de mí que no puedo dar!
—No te piden que seas un héroe —dijo el otro Subaru, abrazándolo con fuerza—. Te piden que seas tú. Y yo soy tú. Déjame entrar. Déjanos volver a ser uno solo.
En el mundo real, la reacción fue estrepitosa.
—¿Cómo ha podido soportar todo eso solo? —preguntó Otto Suwen, cayendo de rodillas en las calles de la capital, con las lágrimas empañando sus gafas—. Nosotros... nosotros nos llamamos sus amigos, y él estaba lidiando con este infierno interno.
Garfiel Tinsel golpeó una pared de piedra, agrietándola.
—¡Capitán! ¡Maldita sea, por qué no dijiste nada!
Emilia, temblando, se aferró a Beatrice.
—Beako... él siempre estuvo tan solo, incluso cuando estaba a nuestro lado.
—Subaru es un tonto, supongo —respondió Beatrice, aunque sus ojos eran cataratas de dolor—. El tonto más grande del mundo.
En la pantalla, el Subaru amnésico dejó de luchar. Se hundió en el abrazo de su otra mitad. El espacio blanco empezó a disolverse en partículas de luz dorada.
—¿Dolerá? —preguntó el Subaru sin recuerdos, con la voz de un niño pequeño.
—Mucho —respondió el Subaru real—. Pero ya no te dolerá solo a ti. Esta vez, lo recordaremos juntos.
Las dos figuras se fundieron en una sola. Una explosión de luz cegó a los espectadores, y cuando la imagen regresó, Subaru estaba de nuevo en el suelo de la biblioteca de la torre. El libro de Natsuki Subaru se había cerrado.
Él alzó la cabeza. Sus ojos ya no estaban vacíos. Eran oscuros, profundos, cargados con el peso de mil vidas, pero también brillaban con una determinación renovada. Se puso de pie, se sacudió el polvo de los pantalones y miró directamente a la "cámara", como si supiera que el mundo entero lo observaba desde el futuro.
—Ya estoy de vuelta —dijo simplemente.
La pantalla se desvaneció lentamente, dejando el cielo de Lugunica con su azul habitual, pero el silencio que quedó tras la desaparición de las imágenes era sepulcral. Nadie se movió durante varios minutos.
En la Mansión Miload, Rem se llevó una mano al pecho, justo sobre su corazón. Algo en su interior, algo que había estado dormido y sellado por la amnesia, pareció vibrar en sintonía con las palabras de aquel hombre.
—Sylphy —dijo Rem, su voz firme por primera vez en meses.
—¿Sí, Rem-san? —respondió la doncella de cabello verde, secándose los ojos.
—Ese hombre... Subaru-kun. Tengo que ir a su lado. No sé quién era yo para él, ni quién era él para mí en mis recuerdos perdidos... pero acabo de ver su alma romperse y unirse de nuevo. Alguien que carga con tanto no debería caminar solo.
Sylphy asintió, conmovida.
—Él es el héroe del Reino, y el caballero de la Maestra Emilia. Pero después de ver eso... creo que es mucho más. Es alguien que simplemente se niega a rendirse.
Mientras tanto, en la capital, la agitación era total. Los Caballeros Sagrados intentaban mantener el orden, pero la revelación de la Torre de las Pléyades había cambiado la percepción de todos sobre "el héroe de la selección real". Subaru ya no era solo el joven excéntrico que acompañaba a la candidata medio elfa; era un hombre que había sobrevivido a un escrutinio de su propia existencia que volvería loco a cualquiera.
Emilia, aún en el balcón de su residencia temporal, miró hacia el horizonte, hacia donde sabía que Subaru se encontraba en ese momento del arco 10, lidiando con las nuevas crisis del mundo.
—Subaru —susurró ella al viento—. Siempre te pides perdón por no ser suficiente... pero hoy el mundo entero ha visto que eres más de lo que cualquiera de nosotros podría aspirar a ser. No importa si Rem no te recuerda, o si el mundo se pone en nuestra contra. Yo recordaré por ti.
En algún lugar lejano, ajeno a las pantallas y a la conmoción global, Natsuki Subaru sintió un escalofrío recorrer su espalda. Se detuvo un momento, mirando al cielo, sintiendo que un peso que no sabía que llevaba se aligeraba ligeramente.
—¿Pasa algo, Subaru? —preguntó una voz a su lado.
Él sonrió, una sonrisa que ahora contenía todas las versiones de sí mismo: el miedoso, el valiente, el amnésico y el mártir.
—No, nada —respondió él—. Solo tuve la extraña sensación de que alguien acaba de entender por fin lo que significa ser yo. Y extrañamente... no se siente tan mal.
La danza de las dos almas había terminado, pero el eco de su encuentro resonaría en los corazones de Lugunica para siempre, marcando el inicio de una nueva era donde el sacrificio del caballero ya no sería un secreto guardado en las sombras de la muerte.
En el jardín de la mansión, Rem, con su cabello corto y azul moviéndose suavemente por el viento, alzó la vista con una expresión de desconsuelo. Sus recuerdos seguían siendo un abismo en blanco, pero al ver la imagen que empezaba a formarse en el cielo, sintió una punzada eléctrica en el pecho. A su lado, Sylphy, la joven de cabello verde y orejas puntiagudas que servía ahora como doncella en la casa Mathers tras los tumultos de los últimos años, apretó los puños contra su delantal.
—¿Qué es esto, Rem-san? —preguntó Sylphy, su voz temblando por la incertidumbre—. ¿Es algún tipo de magia de proyección de la Maestra Emilia?
Rem no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en la figura que empezaba a definirse en la pantalla. Una voz, profunda y carente de emoción humana, resonó en las mentes de todos los seres vivos.
—*Contemplad la verdad detrás del vacío. El momento en que el portador de la desdicha se encontró consigo mismo en la torre de la sabiduría.*
La imagen se aclaró. No era la capital, ni el Gran Salón de los Reinos. Era la Torre de Vigilancia de las Pléyades, un lugar de leyendas y pesadillas. La cámara, moviéndose con una fluidez sobrenatural, se adentró en los pasillos de piedra fría hasta llegar a una biblioteca que parecía extenderse hasta el infinito.
Allí, sentado en el suelo, se encontraba Natsuki Subaru.
Pero no era el Subaru que todos conocían. Sus ojos, antes llenos de una determinación casi aterradora, estaban completamente vacíos. Era una mirada perdida, la de un hombre que había sido vaciado de su propia existencia. En su regazo, descansaba un tomo de cuero oscuro con letras doradas que brillaban con una luz maligna. El nombre en la portada era inconfundible: *Natsuki Subaru*.
—Subaru-kun... —susurró Rem. Aunque no recordaba su pasado con él, su cuerpo reaccionaba a su presencia con una mezcla de calidez y dolor.
En la capital, Reinhard van Astrea se detuvo en mitad de una patrulla. A su lado, Felt miró hacia arriba con la boca abierta. En el imperio de Vollachia, Vincent Abellux entrecerró los ojos, analizando la situación con su frialdad habitual, mientras que Beatrice, en los brazos de Emilia, soltó un sollozo ahogado.
—¡Subaru! —gritó Emilia, llevando sus manos a su boca—. Ese... ese fue el momento en que perdió sus recuerdos en la torre.
La pantalla mostró entonces cómo el Subaru amnésico abría el libro. De repente, el entorno cambió. Ya no estaba en la biblioteca, sino en un espacio blanco, abstracto, donde la lógica no tenía lugar. Frente a él, emergió una figura.
Era él mismo. Pero era diferente. Este Subaru vestía sus ropas habituales, pero su postura destilaba una fatiga que pesaba más que el mundo entero. Sus ojos eran los de alguien que había muerto mil veces y había visto el fin de todas las cosas.
—Así que, finalmente has llegado —dijo el Subaru "real", el dueño de los recuerdos, con una sonrisa triste que rompió el corazón de quienes lo veían—. Me preguntaba cuánto tardarías en abrir el libro.
El Subaru amnésico retrocedió, aterrado.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Por qué tienes mi cara? ¿Por qué siento que me vas a devorar?
—No voy a devorarte —respondió el Subaru original, dando un paso adelante—. Soy tú. O mejor dicho, soy lo que tú te niegas a ser. Soy el peso de tus pecados, el calor de tus amores y el frío de tus muertes. Soy Natsuki Subaru.
En la mansión, Sylphy sintió un escalofrío.
—Se está enfrentando a su propio pasado —murmuró ella, conmovida por la intensidad de la escena.
La interacción en la pantalla se volvió física. El Subaru real extendió una mano, y el espacio alrededor de ellos empezó a fragmentarse en imágenes de dolor: la muerte a manos de Elsa, el suicidio en el acantilado, el frío de la Gran Liebre. Los espectadores en todo el mundo se quedaron en silencio, horrorizados al ver los fragmentos de las vidas pasadas que Subaru había ocultado con tanto celo.
—¡Detente! —gritó el Subaru amnésico, cubriéndose los oídos—. ¡Yo no soy ese monstruo! ¡Yo no puedo haber pasado por eso! ¡Es demasiado! ¡Es demasiado para una sola persona!
—Tienes razón —dijo el Subaru real, y su voz se suavizó, volviéndose casi un susurro paternal—. Es demasiado. Por eso me olvidaste. Por eso me dejaste atrás en este pasillo oscuro de la memoria. Pero ellos... ellos te están esperando fuera. Emilia, Beatrice, Rem... incluso aquellos que aún no conoces en este momento.
En la pantalla, el Subaru real se acercó y agarró al amnésico por los hombros. La cámara hizo un primer plano de sus rostros, idénticos pero separados por un abismo de experiencia.
—Si no me aceptas, no podrás salvarlos —sentenció el Subaru original—. Si te quedas aquí, siendo este cascarón vacío, todos morirán en esa torre. ¿Vas a dejar que eso ocurra solo porque tienes miedo de sufrir?
—¡No quiero sufrir más! —rugió el Subaru amnésico, las lágrimas fluyendo libremente—. ¡Solo quiero ser normal! ¡Solo quiero que dejen de esperar algo de mí que no puedo dar!
—No te piden que seas un héroe —dijo el otro Subaru, abrazándolo con fuerza—. Te piden que seas tú. Y yo soy tú. Déjame entrar. Déjanos volver a ser uno solo.
En el mundo real, la reacción fue estrepitosa.
—¿Cómo ha podido soportar todo eso solo? —preguntó Otto Suwen, cayendo de rodillas en las calles de la capital, con las lágrimas empañando sus gafas—. Nosotros... nosotros nos llamamos sus amigos, y él estaba lidiando con este infierno interno.
Garfiel Tinsel golpeó una pared de piedra, agrietándola.
—¡Capitán! ¡Maldita sea, por qué no dijiste nada!
Emilia, temblando, se aferró a Beatrice.
—Beako... él siempre estuvo tan solo, incluso cuando estaba a nuestro lado.
—Subaru es un tonto, supongo —respondió Beatrice, aunque sus ojos eran cataratas de dolor—. El tonto más grande del mundo.
En la pantalla, el Subaru amnésico dejó de luchar. Se hundió en el abrazo de su otra mitad. El espacio blanco empezó a disolverse en partículas de luz dorada.
—¿Dolerá? —preguntó el Subaru sin recuerdos, con la voz de un niño pequeño.
—Mucho —respondió el Subaru real—. Pero ya no te dolerá solo a ti. Esta vez, lo recordaremos juntos.
Las dos figuras se fundieron en una sola. Una explosión de luz cegó a los espectadores, y cuando la imagen regresó, Subaru estaba de nuevo en el suelo de la biblioteca de la torre. El libro de Natsuki Subaru se había cerrado.
Él alzó la cabeza. Sus ojos ya no estaban vacíos. Eran oscuros, profundos, cargados con el peso de mil vidas, pero también brillaban con una determinación renovada. Se puso de pie, se sacudió el polvo de los pantalones y miró directamente a la "cámara", como si supiera que el mundo entero lo observaba desde el futuro.
—Ya estoy de vuelta —dijo simplemente.
La pantalla se desvaneció lentamente, dejando el cielo de Lugunica con su azul habitual, pero el silencio que quedó tras la desaparición de las imágenes era sepulcral. Nadie se movió durante varios minutos.
En la Mansión Miload, Rem se llevó una mano al pecho, justo sobre su corazón. Algo en su interior, algo que había estado dormido y sellado por la amnesia, pareció vibrar en sintonía con las palabras de aquel hombre.
—Sylphy —dijo Rem, su voz firme por primera vez en meses.
—¿Sí, Rem-san? —respondió la doncella de cabello verde, secándose los ojos.
—Ese hombre... Subaru-kun. Tengo que ir a su lado. No sé quién era yo para él, ni quién era él para mí en mis recuerdos perdidos... pero acabo de ver su alma romperse y unirse de nuevo. Alguien que carga con tanto no debería caminar solo.
Sylphy asintió, conmovida.
—Él es el héroe del Reino, y el caballero de la Maestra Emilia. Pero después de ver eso... creo que es mucho más. Es alguien que simplemente se niega a rendirse.
Mientras tanto, en la capital, la agitación era total. Los Caballeros Sagrados intentaban mantener el orden, pero la revelación de la Torre de las Pléyades había cambiado la percepción de todos sobre "el héroe de la selección real". Subaru ya no era solo el joven excéntrico que acompañaba a la candidata medio elfa; era un hombre que había sobrevivido a un escrutinio de su propia existencia que volvería loco a cualquiera.
Emilia, aún en el balcón de su residencia temporal, miró hacia el horizonte, hacia donde sabía que Subaru se encontraba en ese momento del arco 10, lidiando con las nuevas crisis del mundo.
—Subaru —susurró ella al viento—. Siempre te pides perdón por no ser suficiente... pero hoy el mundo entero ha visto que eres más de lo que cualquiera de nosotros podría aspirar a ser. No importa si Rem no te recuerda, o si el mundo se pone en nuestra contra. Yo recordaré por ti.
En algún lugar lejano, ajeno a las pantallas y a la conmoción global, Natsuki Subaru sintió un escalofrío recorrer su espalda. Se detuvo un momento, mirando al cielo, sintiendo que un peso que no sabía que llevaba se aligeraba ligeramente.
—¿Pasa algo, Subaru? —preguntó una voz a su lado.
Él sonrió, una sonrisa que ahora contenía todas las versiones de sí mismo: el miedoso, el valiente, el amnésico y el mártir.
—No, nada —respondió él—. Solo tuve la extraña sensación de que alguien acaba de entender por fin lo que significa ser yo. Y extrañamente... no se siente tan mal.
La danza de las dos almas había terminado, pero el eco de su encuentro resonaría en los corazones de Lugunica para siempre, marcando el inicio de una nueva era donde el sacrificio del caballero ya no sería un secreto guardado en las sombras de la muerte.
