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Fandom: Kengan ashura

Creado: 1/4/2026

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La noche en la isla de Ganryu tenía un aura pesada, cargada de la tensión de los combates del Torneo de Aniquilación Kengan. Ohma Tokita caminaba por los pasillos de la residencia de los luchadores con las manos en los bolsillos, buscando un momento de distracción. Su mente, usualmente enfocada en el flujo de la energía y las técnicas del estilo Niko, estaba inusualmente dividida. Hacía poco que mantenía algo que apenas podía definir como una relación con Kiryu Setsuna. Era un secreto oscuro, una unión nacida de la obsesión de Kiryu y una curiosidad violenta de Ohma que no admitiría ante nadie.

—¡Eh, Ohma! ¡Por aquí! —El grito de Lihito rompió el silencio del pasillo.

El rubio estaba apoyado en el marco de su puerta, agitando una mano con entusiasmo. Junto a él, Okubo Naoya reía de algún chiste interno, mientras Himuro Ryo y Kaneda Suekichi esperaban dentro de la habitación.

—Lihito, ¿qué quieres ahora? —preguntó Ohma con su tono seco habitual.

—Vamos, no seas amargado. He conseguido material de primera —dijo Lihito con una sonrisa cómplice—. Una película que nos va a volar la cabeza. Los chicos ya están listos. Entra, relájate un poco antes de tu próxima pelea.

Ohma, sin mucho más que hacer y deseando acallar los pensamientos sobre el rostro angelical y perturbado de Setsuna, asintió y entró. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la pantalla de un televisor de alta definición. Se sentó en un rincón, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Espero que no sea una de tus tonterías, Lihito —comentó Himuro, acomodándose el cabello—. Kaneda tiene que descansar y yo no quiero perder el tiempo.

—Silencio, ya empieza —susurró Okubo, dándole un trago a una cerveza.

La pantalla se iluminó. Pero no era una película de acción ni un estreno de artes marciales. La música barata y la calidad de la imagen revelaron de inmediato el género: pornografía. El grupo se quedó en silencio un segundo, sorprendido, pero antes de que alguien pudiera protestar, la imagen se enfocó en el actor principal.

El corazón de Ohma dio un vuelco violento.

En la pantalla, un joven de cabello largo y oscuro, con facciones tan hermosas que resultaban irreales, estaba arrodillado. Era Kiryu Setsuna. Pero no era el "Demonio Hermoso" que aterrorizaba en la arena; era una versión más joven, más vulnerable, aunque con la misma mirada de éxtasis desquiciado. Estaba con un hombre de mediana edad, gordo, de piel velluda y aspecto desagradable, que lo trataba con una tosquedad humillante.

—Un momento... —Kaneda ajustó sus gafas, acercándose a la pantalla—. ¿Ese no es el luchador de la Academia Koyo? ¿Kiryu Setsuna?

—¡Maldita sea, es él! —exclamó Okubo, soltando una carcajada de asombro—. ¡Miren eso! Sabía que ese tipo estaba loco, pero esto es otro nivel.

—Vaya... —murmuró Himuro, observando la pantalla con una mezcla de morbo y sorpresa—. Hay que admitir que es increíblemente sexy. Mira cómo se mueve... me gustaría tenerlo así, bajo mi control, aunque sea una noche.

—¡Yo lo pediría para llevar! —rio Lihito, sin notar la atmósfera gélida que empezaba a emanar de Ohma—. Imagínate domar a una fiera así. Se ve que le gusta que lo traten duro, es un masoquista total.

Ohma sentía que la sangre le hervía. Cada comentario de sus "amigos", cada gemido que salía de los altavoces, era como un golpe directo a su orgullo. Ver a Setsuna, su Setsuna, siendo profanado por un tipo tan mediocre y exhibido ante los ojos de esos idiotas, despertó en él una furia posesiva que no sabía que poseía.

Se levantó de golpe, la silla chirriando contra el suelo.

—Me voy —dijo Ohma, su voz era un gruñido bajo.

—¿Eh? Pero si apenas empieza lo mejor —dijo Lihito, confundido por la expresión asesina de su rival.

—Tengo un compromiso. No me sigan.

Salió de la habitación sin mirar atrás, cerrando la puerta con un golpe que resonó en todo el pasillo. Sus pasos eran pesados, cargados de una intención violenta. Cruzó el complejo hasta llegar a la zona de las habitaciones de los otros equipos. Sabía exactamente dónde se alojaba el representante de la Academia Koyo.

Llegó a la puerta y, sin ninguna delicadeza, golpeó la madera con el puño.

Unos segundos después, la puerta se abrió lentamente. Kiryu Setsuna apareció tras ella, vistiendo una bata de seda ligera que apenas cubría su cuerpo fibroso. Al ver a Ohma, su rostro se iluminó con esa adoración casi religiosa que siempre le profesaba.

—Ohma-kun... —susurró con una sonrisa radiante—. No esperaba tu visita a estas horas. ¿Has venido a matarme por fin? ¿O quieres que nos convirtamos en uno?

Ohma no respondió con palabras. Empujó a Kiryu hacia el interior de la habitación, entró y cerró la puerta de un portazo violento, echando el cerrojo.

—¿Qué es esto, Ohma-kun? Estás tan... agresivo. Me encanta.

—¿Por qué no me dijiste que hiciste porno, Setsuna? —soltó Ohma, acortando la distancia hasta quedar a milímetros de su rostro.

La sonrisa de Kiryu flaqueó por un instante. Sus ojos se abrieron con sorpresa, y por primera vez, una sombra de vergüenza cruzó sus facciones.

—¿Cómo lo...? Oh, ya veo. Alguien encontró esos viejos archivos —Kiryu bajó la mirada, su voz perdiendo parte de su tono cantarín—. En ese entonces, Ohma-kun, yo no tenía nada. Para sobrevivir, para tener un lugar donde dormir y comer mientras te buscaba... tuve que vender lo único que poseía. Mi cuerpo no significaba nada si no era para ti.

—Tu cuerpo es mío —rugió Ohma, agarrándolo de los brazos con una fuerza que seguramente dejaría moretones—. ¡No quiero que nadie más ponga sus ojos en ti de esa manera! ¡Esos idiotas estaban hablando de lo que te harían!

Kiryu soltó un pequeño jadeo, pero no de dolor, sino de puro placer. Ver a su "Dios" consumido por los celos y la rabia era más de lo que podía haber soñado.

—Entonces... castígame, Ohma-kun —susurró Kiryu, inclinando la cabeza—. Borra las huellas de esos hombres. Hazme tuyo de verdad.

Ohma lo empujó con violencia hacia la cama. La estructura de madera crujió bajo el impacto. Sin perder un segundo, Ohma se abalanzó sobre él, desgarrando la camisa de Kiryu y despojándolo de sus pantalones con movimientos bruscos y carentes de cualquier delicadeza. El cuerpo de Setsuna quedó expuesto, pálido y marcado por las cicatrices de sus entrenamientos y batallas, pero Ohma solo veía la piel que otros habían visto.

—Abajo —ordenó Ohma, con voz ronca.

Kiryu obedeció instantáneamente, su sumisión era absoluta ante el hombre que idolatraba. Se arrodilló entre las piernas de Ohma, sus ojos brillando con una mezcla de locura y devoción.

—Hazlo —mandó Ohma.

Setsuna comenzó a practicarle sexo oral con una desesperación casi febril. Sus manos se aferraban a los muslos de Ohma, mientras este le sujetaba el cabello con fuerza, tirando de él para marcar el ritmo. No había ternura, solo una necesidad violenta de reclamar territorio.

Después de unos minutos que parecieron eternos, Ohma lo obligó a levantarse y lo puso de cuclillas sobre el colchón, dándole la espalda. Sin previo aviso, sin preparación, Ohma lo penetró de una estocada violenta y rápida.

—¡Ah! —El grito de Kiryu fue agudo, una mezcla de dolor punzante y un placer que rozaba la agonía.

—Cállate —gruñó Ohma, dándole una nalgada sonora que dejó la marca de sus dedos en la piel blanca de Setsuna—. No hables. Hablarás cuando yo te lo diga, o te castigaré peor.

Kiryu hundió la cara en las almohadas, gimiendo de forma ahogada. El ritmo de Ohma era frenético, posesivo, cada embestida buscaba marcar la profundidad de su dominio. La violencia del acto solo servía para encender más la chispa masoquista de Setsuna, quien arqueaba la espalda, buscando más, pidiendo silenciosamente que Ohma lo destruyera.

—Eres mío, ¿entiendes? —Ohma le susurró al oído mientras lo sujetaba por el cuello, apretando lo justo para cortarle un poco el aliento—. Nadie más vuelve a tocarte. Nadie más vuelve a mirarte así.

—Sí... Ohma-kun... soy tu esclavo... tu cosa... —balbuceó Kiryu, rompiendo la prohibición de hablar, incapaz de contenerse.

Ohma respondió con más fuerza, cambiando de posición violentamente, obligando a Kiryu a mirarlo a los ojos mientras lo poseía. Quería que Setsuna viera la furia en su mirada, que entendiera que esto no era un juego de seducción, sino una reclamación de propiedad.

El sudor empapaba ambos cuerpos, el sonido de la carne chocando contra la carne llenaba la habitación junto con los suspiros rotos de Kiryu. Ohma sentía que la rabia se transformaba en una satisfacción oscura. Después de varias posiciones, donde la sumisión de Setsuna fue puesta a prueba hasta el límite, Ohma llegó a su clímax, eyaculando profundamente dentro de él con un gruñido animal.

Se dejó caer sobre la espalda de Kiryu por un momento, recuperando el aliento. El silencio volvió a la habitación, solo roto por la respiración agitada de ambos.

Kiryu, con el rostro enrojecido y los ojos vidriosos, se giró un poco para mirar a Ohma.

—Ohma-kun... —susurró, con una sonrisa lánguida y satisfecha—. Ha sido... maravilloso. Por favor, repitamos... otra vez... más fuerte...

Ohma se levantó de la cama, recuperando su compostura con una rapidez asombrosa, aunque sus ojos seguían manteniendo ese brillo peligroso.

—Vístete —ordenó secamente.

Setsuna parpadeó, confundido, pero comenzó a ponerse su bata bajo la mirada vigilante y pesada de Ohma. Se sentía observado como una presa por un depredador que aún no ha terminado de cazar.

—Escúchame bien, Setsuna —dijo Ohma mientras se terminaba de arreglar su propia ropa—. No vas a salir de esta habitación en toda la noche.

—¿Oh? ¿Quieres que te espere aquí? —preguntó Kiryu con esperanza.

—No vas a salir, y tampoco vas a dejar salir ni una sola gota de mi semen de tu cuerpo —dijo Ohma, acercándose a él y tomándolo de la barbilla con fuerza—. Si descubro que te has limpiado o que has dejado que algo salga antes de mañana, el castigo de hoy será un juego de niños comparado con lo que te haré.

Kiryu sintió un escalofrío de excitación pura recorrerle la columna vertebral. La idea de llevar la marca interna de Ohma, de ser un recipiente para él y tener prohibido deshacerse de ello bajo amenaza de violencia, era el paraíso para su mente retorcida.

—Como desees, mi Dios —respondió Kiryu, arrodillándose de nuevo a sus pies, con los ojos brillando de una manera perturbadora—. No saldrá nada. Lo guardaré todo dentro de mí, como el tesoro más preciado. Gracias por el castigo... Ohma-kun.

Ohma lo miró una última vez, una mezcla de desprecio y una atracción inevitable que no quería admitir. Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Caminó por los pasillos ahora desiertos, sintiendo que la furia se había calmado, reemplazada por una fría determinación. Ya no le importaba la película, ni los comentarios de Lihito o los demás. Había dejado claro quién era el dueño de Kiryu Setsuna. Y mientras regresaba a su propia estancia, sabía que, en esa habitación cerrada, Setsuna estaría contando cada segundo, sufriendo y disfrutando a la vez de la orden de su dueño, completamente sumiso a su voluntad.
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