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BAJO EL PECADO DE TU AROMA
Fandom: TAEKOOK
Creado: 1/4/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaOmegaversoEstudio de PersonajeOscuroLenguaje ExplícitoCelosTergiversación de Religión/Magia/MitologíaDiscriminaciónAlmas GemelasThrillerPsicológicoDolor/ConsueloAcciónViolencia Gráfica
El eco de las tentaciones dulces
La penumbra de la sacristía siempre me había resultado un refugio, un espacio de transición entre el hombre que soy y el siervo que intento ser. El aroma a incienso viejo y cera de vela solía ser suficiente para calmar cualquier tormento interno, pero hoy, el aire se siente pesado, cargado de una electricidad que mis oraciones no logran disipar.
Me ajusto el cuello clerical frente al pequeño espejo de marco oxidado. Mis ojos, oscuros y cansados, me devuelven una mirada que desconozco. Hay un brillo en ellos, una chispa de algo primario que juré enterrar hace seis años bajo los votos de castidad y pobreza. Pero el cuerpo tiene memoria, y el instinto de un alfa dominante no entiende de sotanas ni de leyes divinas cuando se enfrenta a una provocación tan directa.
Cierro los ojos y trato de concentrarme en los salmos, pero lo único que invade mi mente es ese aroma. Cereza y chocolate. Una combinación tan pecaminosa que parece diseñada específicamente para erosionar mi voluntad.
—Padre Taehyung... —Una voz suave interrumpe mis pensamientos.
Me doy la vuelta con brusquedad, sintiendo cómo mi pulso se acelera. En el umbral de la puerta se encuentra Park Jimin. Es un omega de aspecto delicado, con un aroma a vainilla y limón dulce que suele ser reconfortante para la congregación. Es el asistente más dedicado de la parroquia, pero incluso su presencia hoy me resulta inquietante.
—Jimin, me has asustado —digo, tratando de que mi voz suene profunda y estable, ocultando el rastro de mi agitación.
—Lo siento, Padre. No era mi intención —responde él con una pequeña reverencia—. Solo quería avisarle que los preparativos para la colecta de invierno están listos. Sin embargo... Jeon Jungkook está afuera. Dice que tiene una urgencia que solo puede tratar con usted.
Siento un vuelco en el estómago. El nombre de Jungkook resuena en mis oídos como una campana de advertencia. Ese omega es un peligro andante. No solo por su belleza insultante, sino por la forma en que me mira, como si supiera exactamente qué fibras de mi ser está tensando.
—Dile que estoy ocupado, Jimin. Que regrese mañana para la confesión general —respondo, dándole la espalda para fingir que ordeno unos libros litúrgicos.
—Ya se lo dije, Padre —insiste Jimin con una nota de duda en su voz—. Pero insiste en que es un asunto de... conciencia inmediata. Además, ha traído las flores para el altar que su familia donó.
Exhalo un suspiro largo, sintiendo cómo el aroma a café y tierra mojada de mi propio instinto empieza a filtrarse a través de los supresores que tomo cada mañana. Es una lucha constante. Si no salgo, pareceré un cobarde ante mis propios ojos. Si salgo, me expongo al fuego.
—Está bien. Hazlo pasar al despacho parroquial. Iré en un momento.
Jimin asiente y se retira. Me quedo solo un instante más, apoyando las manos sobre la mesa de madera. "Señor, no me dejes caer en la tentación", susurro, aunque la frase se siente vacía en mi boca.
Camino por el pasillo de piedra fría hasta el despacho. Al abrir la puerta, el aroma me golpea de frente, mucho más intenso que antes. Jungkook está sentado en una de las sillas de cuero, con las piernas cruzadas de una manera que dista mucho de ser recatada. Viste una camisa de seda negra entreabierta en el cuello, dejando ver la piel canela de su clavícula.
Cuando entro, se pone de pie con una lentitud felina. Sus ojos grandes y brillantes me recorren de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis hombros, que la sotana no logra disimular del todo.
—Padre Taehyung —dice, y su voz es como miel tibia sobre cristal—. Empezaba a pensar que me estaba evitando.
—El deber me mantiene ocupado, Jeon —respondo, rodeando el escritorio para poner una barrera física entre nosotros—. Jimin me dijo que tenías una urgencia.
Jungkook se inclina hacia adelante, apoyando las manos en el borde de mi escritorio. El movimiento hace que su aroma a cereza se intensifique, envolviéndome, nublando mi juicio. Es un omega dominante, y su presencia reclama espacio, reclama atención. Reclama un alfa.
—Tengo un peso en el corazón, Padre —murmura, y hay un brillo de picardía en su mirada que contradice sus palabras—. He tenido pensamientos... impuros. Muy impuros. Y no me dejan dormir.
Trago saliva, sintiendo el nudo de mi garganta apretarse. Mi instinto ruge en mi interior, pidiéndome que me acerque, que inhale su aroma directamente de su cuello, que le demuestre quién manda aquí. Pero aprieto los puños bajo la mesa.
—Para eso está el confesionario, Jeon. Aquí no es el lugar adecuado para una confesión formal.
—Oh, pero esto no es formal, Taehyung —dice, omitiendo mi título a propósito. Se acerca un paso más, bordeando el escritorio—. Quiero saber si Dios perdona a alguien que desea lo que está prohibido. Alguien que mira a un hombre de fe y solo puede pensar en cómo se vería sin ese cuello blanco.
—¡Basta! —exclamo, poniéndome en pie. Mi voz sale con el tono de mando de un alfa, haciendo que las paredes parezcan vibrar.
Jungkook no retrocede. Al contrario, sus pupilas se dilatan y un leve rubor aparece en sus mejillas. Mi autoridad no lo asusta; lo alimenta.
—¿He tocado un nervio, Padre? —pregunta en un susurro, rodeando finalmente el mueble hasta quedar a escasos centímetros de mí—. Su aroma lo delata. Huele a tormenta, a tierra mojada después de un incendio. Su alfa está despierto, Taehyung. Puedo sentirlo vibrar bajo su piel.
—Eres un insolente —siseo, aunque mi cuerpo me traiciona al inclinarse imperceptiblemente hacia él.
—Y usted es un mentiroso —responde él, alzando una mano. Sus dedos rozan apenas la tela de mi manga—. Se esconde tras estos muros porque tiene miedo de lo que es. Tiene miedo de que, si me toca, no pueda detenerse.
En ese momento, la puerta del despacho se abre de golpe, rompiendo la tensión como un hachazo. Kim Namjoon entra con paso firme, sosteniendo unos documentos. Su aroma a menta y eucalipto inunda la habitación, actuando como un bálsamo de realidad que me permite dar un paso atrás y recuperar el aire.
Namjoon se detiene en seco, mirando de Jungkook a mí con una ceja alzada. Como alfa, capta de inmediato la atmósfera cargada de feromonas.
—¿Interrumpo algo importante? —pregunta Namjoon, con esa voz profunda y calmada que siempre parece tener todo bajo control.
—No, Namjoon —responde Jungkook antes de que yo pueda articular palabra. Se gira hacia él con una sonrisa encantadora, la máscara de inocencia perfectamente colocada de nuevo—. Solo le estaba pidiendo consejo al Padre sobre las flores para el festival.
Namjoon me mira fijamente, sus ojos evaluando mi estado. Sé que puede oler mi agitación, pero es lo suficientemente discreto como para no decir nada frente al omega.
—Ya veo —dice Namjoon—. Taehyung, el obispo ha enviado los registros que pediste. Necesito que los revisemos ahora mismo.
—Por supuesto —asiento, agradecido por la salida—. Jeon, si me disculpas, tengo asuntos administrativos que atender. Jimin te ayudará con las flores.
Jungkook me dedica una última mirada, una que promete que esto no ha terminado, y luego se dirige a la salida. Al pasar junto a Namjoon, le dedica un breve saludo con la cabeza y desaparece por el pasillo, dejando tras de sí un rastro de chocolate que parece negarse a abandonar mis pulmones.
Namjoon cierra la puerta y se cruza de brazos, apoyándose en ella.
—Estás jugando con fuego, Tae —dice en voz baja—. Ese chico no es como los demás omegas del pueblo. Es un dominante, y sabe perfectamente el efecto que tiene en los alfas. Especialmente en ti.
—No estoy jugando a nada, Namjoon —respondo, dejándome caer en la silla y frotándome la cara con las manos—. Intento cumplir con mi deber, pero él... él no respeta nada.
—El instinto no entiende de respeto, entiende de biología —Namjoon se acerca y pone una mano en mi hombro—. Eres un alfa dominante en la flor de tu vida. Encerrarte en una iglesia no borra lo que eres. Pero ten cuidado. Si los ancianos de la comunidad huelen lo que acaba de pasar aquí, no habrá oración que te salve del escándalo.
—Lo sé —susurro, sintiendo el peso de la culpa—. Lo sé perfectamente.
Pero mientras Namjoon empieza a hablar de los registros parroquiales, mi mente sigue atrapada en ese breve instante en que Jungkook estuvo a punto de tocarme. Mi piel todavía hormiguea donde su aroma se asentó.
Más tarde esa noche, después de que Namjoon se marchara y el silencio volviera a reinar en la rectoría, me encuentro en la capilla, arrodillado frente al altar principal. La luz de la luna se filtra por los vitrales, tiñendo el suelo de colores fríos.
Trato de rezar el rosario, pero las cuentas de madera se sienten extrañas en mis dedos. Cada vez que cierro los ojos, veo la sonrisa de Jungkook. Siento su aroma desafiando la pureza del incienso.
—¿Por qué ahora? —pregunto a la oscuridad—. Seis años de paz... ¿por qué envías esta prueba ahora?
No hay respuesta, solo el silbido del viento contra las ventanas.
Me levanto y camino hacia el confesionario, el lugar donde se supone que los pecados mueren. Me siento en el lado del sacerdote y cierro los ojos. Por un segundo, imagino que Jungkook está al otro lado de la rejilla, susurrando sus deseos prohibidos. Imagino que no soy un sacerdote, sino simplemente un alfa que puede tomar lo que desea.
Mi mano se cierra con fuerza sobre el borde del asiento. El aroma a café y tierra mojada de mi propia naturaleza se vuelve espeso, reclamando su lugar. Estoy perdiendo la batalla contra mí mismo, y lo peor es que una parte de mí, una parte oscura y hambrienta, no quiere ganar.
Escucho un ruido en el fondo de la iglesia. Una puerta que se cierra suavemente.
—¿Quién está ahí? —pregunto, mi voz resonando en la nave vacía.
Nadie responde, pero el aire cambia. El frío de la noche se ve interrumpido por una ráfaga de calor dulce. Cereza.
Él ha vuelto.
Salgo del confesionario, con el corazón martilleando contra mis costillas. Allí, al final del pasillo central, bajo la luz plateada de la luna, está Jungkook. No dice nada. Solo me observa con una intensidad que me deja sin aliento.
—Deberías estar en tu casa —digo, tratando de mantener la compostura, aunque mis piernas se sienten pesadas.
—No podía dormir —responde él, caminando lentamente hacia mí. El sonido de sus botas sobre el mármol es lo único que rompe el silencio—. El aroma a café se quedó pegado a mi ropa, Padre. Me perseguía.
Se detiene a un metro de mí. En la penumbra, sus ojos parecen brillar con una luz propia.
—Vete, Jungkook. Por favor —suplico, y odio la debilidad en mi voz.
—¿Por qué tiene tanto miedo? —pregunta él, acortando la distancia. Esta vez no se detiene. Se acerca tanto que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo—. Dios nos hizo así, Taehyung. Nos hizo alfa y omega. Nos hizo para buscarnos. ¿Por qué pelear contra algo que es tan natural como respirar?
—Porque hice una promesa —respondo, aunque mis manos tiemblan—. Porque mi vida pertenece a algo más grande que mis deseos.
Jungkook suelta una risa suave, una caricia para mis oídos.
—Su vida le pertenece a usted. Y en este momento, su cuerpo me está llamando.
Antes de que pueda reaccionar, Jungkook acorta el último espacio y apoya su frente contra la mía. El contacto es eléctrico. Mi alfa ruge, rompiendo finalmente las cadenas de la represión. Inhalo profundamente, llenando mis pulmones con su aroma a chocolate y cereza, y por un segundo, el mundo exterior desaparece. No hay iglesia, no hay votos, no hay pecado. Solo estamos nosotros dos, dos fuerzas de la naturaleza colisionando en un espacio sagrado.
—Pequemos juntos, Taehyung —susurra contra mis labios—. Yo seré su infierno, si usted se atreve a ser mi alfa.
Cierro los ojos, sintiendo cómo la última pizca de mi resistencia se desvanece. El aroma a café y tierra mojada envuelve la capilla, mezclándose con el dulce veneno de Jungkook.
Dios me perdone, pero en este momento, el cielo puede esperar.
Me ajusto el cuello clerical frente al pequeño espejo de marco oxidado. Mis ojos, oscuros y cansados, me devuelven una mirada que desconozco. Hay un brillo en ellos, una chispa de algo primario que juré enterrar hace seis años bajo los votos de castidad y pobreza. Pero el cuerpo tiene memoria, y el instinto de un alfa dominante no entiende de sotanas ni de leyes divinas cuando se enfrenta a una provocación tan directa.
Cierro los ojos y trato de concentrarme en los salmos, pero lo único que invade mi mente es ese aroma. Cereza y chocolate. Una combinación tan pecaminosa que parece diseñada específicamente para erosionar mi voluntad.
—Padre Taehyung... —Una voz suave interrumpe mis pensamientos.
Me doy la vuelta con brusquedad, sintiendo cómo mi pulso se acelera. En el umbral de la puerta se encuentra Park Jimin. Es un omega de aspecto delicado, con un aroma a vainilla y limón dulce que suele ser reconfortante para la congregación. Es el asistente más dedicado de la parroquia, pero incluso su presencia hoy me resulta inquietante.
—Jimin, me has asustado —digo, tratando de que mi voz suene profunda y estable, ocultando el rastro de mi agitación.
—Lo siento, Padre. No era mi intención —responde él con una pequeña reverencia—. Solo quería avisarle que los preparativos para la colecta de invierno están listos. Sin embargo... Jeon Jungkook está afuera. Dice que tiene una urgencia que solo puede tratar con usted.
Siento un vuelco en el estómago. El nombre de Jungkook resuena en mis oídos como una campana de advertencia. Ese omega es un peligro andante. No solo por su belleza insultante, sino por la forma en que me mira, como si supiera exactamente qué fibras de mi ser está tensando.
—Dile que estoy ocupado, Jimin. Que regrese mañana para la confesión general —respondo, dándole la espalda para fingir que ordeno unos libros litúrgicos.
—Ya se lo dije, Padre —insiste Jimin con una nota de duda en su voz—. Pero insiste en que es un asunto de... conciencia inmediata. Además, ha traído las flores para el altar que su familia donó.
Exhalo un suspiro largo, sintiendo cómo el aroma a café y tierra mojada de mi propio instinto empieza a filtrarse a través de los supresores que tomo cada mañana. Es una lucha constante. Si no salgo, pareceré un cobarde ante mis propios ojos. Si salgo, me expongo al fuego.
—Está bien. Hazlo pasar al despacho parroquial. Iré en un momento.
Jimin asiente y se retira. Me quedo solo un instante más, apoyando las manos sobre la mesa de madera. "Señor, no me dejes caer en la tentación", susurro, aunque la frase se siente vacía en mi boca.
Camino por el pasillo de piedra fría hasta el despacho. Al abrir la puerta, el aroma me golpea de frente, mucho más intenso que antes. Jungkook está sentado en una de las sillas de cuero, con las piernas cruzadas de una manera que dista mucho de ser recatada. Viste una camisa de seda negra entreabierta en el cuello, dejando ver la piel canela de su clavícula.
Cuando entro, se pone de pie con una lentitud felina. Sus ojos grandes y brillantes me recorren de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en mis hombros, que la sotana no logra disimular del todo.
—Padre Taehyung —dice, y su voz es como miel tibia sobre cristal—. Empezaba a pensar que me estaba evitando.
—El deber me mantiene ocupado, Jeon —respondo, rodeando el escritorio para poner una barrera física entre nosotros—. Jimin me dijo que tenías una urgencia.
Jungkook se inclina hacia adelante, apoyando las manos en el borde de mi escritorio. El movimiento hace que su aroma a cereza se intensifique, envolviéndome, nublando mi juicio. Es un omega dominante, y su presencia reclama espacio, reclama atención. Reclama un alfa.
—Tengo un peso en el corazón, Padre —murmura, y hay un brillo de picardía en su mirada que contradice sus palabras—. He tenido pensamientos... impuros. Muy impuros. Y no me dejan dormir.
Trago saliva, sintiendo el nudo de mi garganta apretarse. Mi instinto ruge en mi interior, pidiéndome que me acerque, que inhale su aroma directamente de su cuello, que le demuestre quién manda aquí. Pero aprieto los puños bajo la mesa.
—Para eso está el confesionario, Jeon. Aquí no es el lugar adecuado para una confesión formal.
—Oh, pero esto no es formal, Taehyung —dice, omitiendo mi título a propósito. Se acerca un paso más, bordeando el escritorio—. Quiero saber si Dios perdona a alguien que desea lo que está prohibido. Alguien que mira a un hombre de fe y solo puede pensar en cómo se vería sin ese cuello blanco.
—¡Basta! —exclamo, poniéndome en pie. Mi voz sale con el tono de mando de un alfa, haciendo que las paredes parezcan vibrar.
Jungkook no retrocede. Al contrario, sus pupilas se dilatan y un leve rubor aparece en sus mejillas. Mi autoridad no lo asusta; lo alimenta.
—¿He tocado un nervio, Padre? —pregunta en un susurro, rodeando finalmente el mueble hasta quedar a escasos centímetros de mí—. Su aroma lo delata. Huele a tormenta, a tierra mojada después de un incendio. Su alfa está despierto, Taehyung. Puedo sentirlo vibrar bajo su piel.
—Eres un insolente —siseo, aunque mi cuerpo me traiciona al inclinarse imperceptiblemente hacia él.
—Y usted es un mentiroso —responde él, alzando una mano. Sus dedos rozan apenas la tela de mi manga—. Se esconde tras estos muros porque tiene miedo de lo que es. Tiene miedo de que, si me toca, no pueda detenerse.
En ese momento, la puerta del despacho se abre de golpe, rompiendo la tensión como un hachazo. Kim Namjoon entra con paso firme, sosteniendo unos documentos. Su aroma a menta y eucalipto inunda la habitación, actuando como un bálsamo de realidad que me permite dar un paso atrás y recuperar el aire.
Namjoon se detiene en seco, mirando de Jungkook a mí con una ceja alzada. Como alfa, capta de inmediato la atmósfera cargada de feromonas.
—¿Interrumpo algo importante? —pregunta Namjoon, con esa voz profunda y calmada que siempre parece tener todo bajo control.
—No, Namjoon —responde Jungkook antes de que yo pueda articular palabra. Se gira hacia él con una sonrisa encantadora, la máscara de inocencia perfectamente colocada de nuevo—. Solo le estaba pidiendo consejo al Padre sobre las flores para el festival.
Namjoon me mira fijamente, sus ojos evaluando mi estado. Sé que puede oler mi agitación, pero es lo suficientemente discreto como para no decir nada frente al omega.
—Ya veo —dice Namjoon—. Taehyung, el obispo ha enviado los registros que pediste. Necesito que los revisemos ahora mismo.
—Por supuesto —asiento, agradecido por la salida—. Jeon, si me disculpas, tengo asuntos administrativos que atender. Jimin te ayudará con las flores.
Jungkook me dedica una última mirada, una que promete que esto no ha terminado, y luego se dirige a la salida. Al pasar junto a Namjoon, le dedica un breve saludo con la cabeza y desaparece por el pasillo, dejando tras de sí un rastro de chocolate que parece negarse a abandonar mis pulmones.
Namjoon cierra la puerta y se cruza de brazos, apoyándose en ella.
—Estás jugando con fuego, Tae —dice en voz baja—. Ese chico no es como los demás omegas del pueblo. Es un dominante, y sabe perfectamente el efecto que tiene en los alfas. Especialmente en ti.
—No estoy jugando a nada, Namjoon —respondo, dejándome caer en la silla y frotándome la cara con las manos—. Intento cumplir con mi deber, pero él... él no respeta nada.
—El instinto no entiende de respeto, entiende de biología —Namjoon se acerca y pone una mano en mi hombro—. Eres un alfa dominante en la flor de tu vida. Encerrarte en una iglesia no borra lo que eres. Pero ten cuidado. Si los ancianos de la comunidad huelen lo que acaba de pasar aquí, no habrá oración que te salve del escándalo.
—Lo sé —susurro, sintiendo el peso de la culpa—. Lo sé perfectamente.
Pero mientras Namjoon empieza a hablar de los registros parroquiales, mi mente sigue atrapada en ese breve instante en que Jungkook estuvo a punto de tocarme. Mi piel todavía hormiguea donde su aroma se asentó.
Más tarde esa noche, después de que Namjoon se marchara y el silencio volviera a reinar en la rectoría, me encuentro en la capilla, arrodillado frente al altar principal. La luz de la luna se filtra por los vitrales, tiñendo el suelo de colores fríos.
Trato de rezar el rosario, pero las cuentas de madera se sienten extrañas en mis dedos. Cada vez que cierro los ojos, veo la sonrisa de Jungkook. Siento su aroma desafiando la pureza del incienso.
—¿Por qué ahora? —pregunto a la oscuridad—. Seis años de paz... ¿por qué envías esta prueba ahora?
No hay respuesta, solo el silbido del viento contra las ventanas.
Me levanto y camino hacia el confesionario, el lugar donde se supone que los pecados mueren. Me siento en el lado del sacerdote y cierro los ojos. Por un segundo, imagino que Jungkook está al otro lado de la rejilla, susurrando sus deseos prohibidos. Imagino que no soy un sacerdote, sino simplemente un alfa que puede tomar lo que desea.
Mi mano se cierra con fuerza sobre el borde del asiento. El aroma a café y tierra mojada de mi propia naturaleza se vuelve espeso, reclamando su lugar. Estoy perdiendo la batalla contra mí mismo, y lo peor es que una parte de mí, una parte oscura y hambrienta, no quiere ganar.
Escucho un ruido en el fondo de la iglesia. Una puerta que se cierra suavemente.
—¿Quién está ahí? —pregunto, mi voz resonando en la nave vacía.
Nadie responde, pero el aire cambia. El frío de la noche se ve interrumpido por una ráfaga de calor dulce. Cereza.
Él ha vuelto.
Salgo del confesionario, con el corazón martilleando contra mis costillas. Allí, al final del pasillo central, bajo la luz plateada de la luna, está Jungkook. No dice nada. Solo me observa con una intensidad que me deja sin aliento.
—Deberías estar en tu casa —digo, tratando de mantener la compostura, aunque mis piernas se sienten pesadas.
—No podía dormir —responde él, caminando lentamente hacia mí. El sonido de sus botas sobre el mármol es lo único que rompe el silencio—. El aroma a café se quedó pegado a mi ropa, Padre. Me perseguía.
Se detiene a un metro de mí. En la penumbra, sus ojos parecen brillar con una luz propia.
—Vete, Jungkook. Por favor —suplico, y odio la debilidad en mi voz.
—¿Por qué tiene tanto miedo? —pregunta él, acortando la distancia. Esta vez no se detiene. Se acerca tanto que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo—. Dios nos hizo así, Taehyung. Nos hizo alfa y omega. Nos hizo para buscarnos. ¿Por qué pelear contra algo que es tan natural como respirar?
—Porque hice una promesa —respondo, aunque mis manos tiemblan—. Porque mi vida pertenece a algo más grande que mis deseos.
Jungkook suelta una risa suave, una caricia para mis oídos.
—Su vida le pertenece a usted. Y en este momento, su cuerpo me está llamando.
Antes de que pueda reaccionar, Jungkook acorta el último espacio y apoya su frente contra la mía. El contacto es eléctrico. Mi alfa ruge, rompiendo finalmente las cadenas de la represión. Inhalo profundamente, llenando mis pulmones con su aroma a chocolate y cereza, y por un segundo, el mundo exterior desaparece. No hay iglesia, no hay votos, no hay pecado. Solo estamos nosotros dos, dos fuerzas de la naturaleza colisionando en un espacio sagrado.
—Pequemos juntos, Taehyung —susurra contra mis labios—. Yo seré su infierno, si usted se atreve a ser mi alfa.
Cierro los ojos, sintiendo cómo la última pizca de mi resistencia se desvanece. El aroma a café y tierra mojada envuelve la capilla, mezclándose con el dulce veneno de Jungkook.
Dios me perdone, pero en este momento, el cielo puede esperar.
