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Ismael folla

Fandom: Game of thrones

Creado: 4/4/2026

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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloFantasíaUA (Universo Alternativo)Estudio de PersonajeTragediaAmbientación Canon
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Cenizas sobre el Trono de Hierro

El viento del invierno aullaba entre las almenas de la Fortaleza Roja, un lamento constante que parecía llorar por los que ya no estaban. Ismael se encontraba de pie frente a uno de los grandes ventanales del salón del trono, observando cómo la nieve se mezclaba con las cenizas que aún flotaban en el aire de Desembarco del Rey. Con su metro ochenta de estatura y una espalda ancha forjada en mil batallas, su figura proyectaba una sombra imponente sobre el suelo de piedra fría. Vestía una armadura de cuero oscuro y acero, sin blasones, pues él no servía a una casa, sino a una promesa.

El silencio del salón fue interrumpido por el eco de unos pasos ligeros. Ismael no necesitó girarse para saber quién era. El perfume a rosas y el leve roce de la seda contra el suelo eran inconfundibles.

— Has pasado toda la mañana aquí —dijo ella, su voz suave pero cargada de una melancolía que le encogió el corazón—. El Consejo te busca. Dicen que hay decisiones que no pueden esperar.

Ismael suspiró, el vaho saliendo de sus labios como un fantasma. Se giró lentamente para encontrar la mirada de Daenerys. Ella no llevaba la corona, pero no la necesitaba; su sola presencia llenaba el vacío del lugar. Sin embargo, sus ojos violetas estaban nublados por el cansancio y el dolor de una victoria que sabía a derrota.

— El Consejo busca un rey, o una reina, o un verdugo —respondió Ismael con amargura—. Yo solo busco un momento de paz antes de que el mundo vuelva a romperse.

— ¿Crees que se romperá de nuevo? —Ella se acercó, deteniéndose a solo unos pasos de él.

— Lo ha hecho durante siglos, Dany —Ismael acortó la distancia, permitiéndose por un momento olvidar el protocolo—. El trono es una silla de espadas oxidadas que solo sabe pedir sangre. Te prometí que te ayudaría a romper la rueda, pero a veces siento que la rueda nos está aplastando a nosotros.

Daenerys bajó la mirada, sus dedos rozando inconscientemente la empuñadura de la daga que llevaba al cinto.

— Me llaman la Reina de las Cenizas —susurró ella, y por primera vez, Ismael detectó una grieta en su armadura de dragón—. Quizás tengan razón. Quizás no queda nada más que gobernar sobre el polvo.

— No digas eso —Ismael la tomó suavemente por los hombros. Sus manos, grandes y callosas, contrastaban con la delicadeza de la piel de ella—. Eres la mujer que cruzó el mar para salvar a los que no tenían nada. Si el mundo ardió, fue porque otros prefirieron el fuego a la justicia.

— ¿Y tú, Ismael? —Ella levantó la vista, buscándole el alma—. ¿Te quedarás conmigo cuando el fuego se apague y solo quede el frío? ¿O te marcharás como todos los demás, asustado de lo que me he convertido?

Ismael sintió un nudo en la garganta. Su amor por ella era una llama que lo consumía, una devoción que iba más allá del deber. Pero también era un hombre que recordaba el olor de la carne quemada en las calles de la ciudad. El drama de su posición era una soga que se apretaba cada vez más: amaba a la mujer, pero temía a la reina.

— Te juré mi espada y mi vida hace mucho tiempo, en las arenas de Essos —dijo él, su voz firme a pesar del torbellino emocional en su pecho—. Mi altura me permite ver por encima de muchos hombres, pero cuando te miro a ti, siento que el mundo entero es pequeño. No me iré. Pero no me pidas que te mienta.

— La verdad es un lujo que pocos pueden permitirse en esta ciudad —respondió Daenerys, dejando escapar una risa amarga—. Jon Snow me mira con miedo. Tyrion me mira con decepción. Solo tú me miras como si todavía fuera una persona.

— Porque lo eres —insistió Ismael—. Una persona que ha sufrido demasiado.

Se produjo un silencio denso, cargado de todo lo que no se habían dicho durante la guerra. Ismael podía sentir el calor que emanaba de ella, una calidez que desafiaba el invierno que se colaba por las ventanas. Estaban tan cerca que podía ver las pequeñas motas de oro en sus ojos violetas.

— Bésame —pidió ella de repente, un ruego que rompió la última barrera de Ismael.

Él no dudó. Se inclinó y la besó con una desesperación nacida del miedo al mañana. Fue un beso que sabía a sal y a despedida anticipada. La rodeó con sus brazos, protegiéndola del mundo exterior, mientras ella se aferraba a su armadura como si fuera el único anclaje en una tormenta eterna.

Cuando se separaron, Daenerys apoyó la frente contra su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón.

— Si me pides que lo deje todo... —comenzó ella, pero su voz se quebró.

— No te lo pediré —la interrumpió Ismael, acariciándole el cabello plateado—. Porque sé que no podrías. El destino te trajo aquí, y yo estoy aquí para asegurarme de que no te pierdas en el camino. Aunque ese camino nos lleve al abismo.

— ¿Incluso si el abismo es lo que merecemos? —preguntó ella, mirándolo de nuevo.

— Especialmente entonces —respondió él con una sonrisa triste—. Ningún dragón debería volar solo, y ningún hombre debería morir sin haber amado a una reina.

De repente, las pesadas puertas de roble del salón se abrieron de par en par. Un guardia entró apresuradamente, su respiración agitada resonando en el gran espacio.

— ¡Mi reina! ¡Lord Ismael! —exclamó el hombre, arrodillándose rápidamente—. Han llegado noticias del Norte. Los Stark... no aceptan los nuevos términos. Dicen que el Norte no volverá a arrodillarse.

Ismael sintió cómo la tensión volvía a apoderarse de los hombros de Daenerys. La ternura del momento anterior se evaporó, reemplazada por la gélida determinación de la heredera de los Targaryen. Ella se enderezó, su rostro transformándose en una máscara de mando.

— Parece que la paz ha durado menos que una nevada —comentó Daenerys, su voz ahora fría y cortante—. Ismael, prepara a los hombres. Si quieren guerra, recordarán por qué el dragón es el emblema de mi casa.

Ismael la observó durante un segundo eterno. El drama de su amor residía en esa transición constante: de la mujer que amaba a la reina que temía.

— ¿Es ese el único camino, Dany? —preguntó él, con una última esperanza brillando en sus ojos oscuros.

— Es el único camino que nos han dejado —sentenció ella, dándole la espalda para caminar hacia el Trono de Hierro.

Ismael se quedó allí, en medio del salón, viendo cómo ella se sentaba en el asiento de mil espadas. Se veía tan pequeña en aquel trono inmenso, y a la vez, tan poderosa. Sus 1,80 de estatura de repente se sintieron insuficientes para cargar con el peso de lo que venía.

— Como desees, mi reina —dijo él, haciendo una inclinación de cabeza que era más una despedida que un saludo militar.

Salió del salón con el corazón pesado. Mientras caminaba por los pasillos de la fortaleza, se cruzó con Tyrion Lannister, que lo observaba con una expresión de profunda preocupación.

— ¿Ha tomado una decisión? —preguntó el enano, deteniéndolo con un gesto de la mano.

— La decisión ya estaba tomada antes de que naciéramos, Tyrion —respondió Ismael sin detenerse—. Solo estamos siguiendo el guion que otros escribieron con sangre.

— Ismael, tú eres el único que puede hablarle con claridad —insistió Tyrion, siguiéndolo a tropezones—. Si ella quema el Norte, no quedará nada que salvar. Ni siquiera tú podrás vivir con ello.

Ismael se detuvo en seco y miró a Tyrion desde su altura. Sus ojos reflejaban una fatiga que no era física, sino del alma.

— La amo, Tyrion. Y ese es mi mayor pecado y mi única virtud. Haré lo que sea necesario para protegerla, incluso si eso significa protegerme de ella. Pero no esperes que traicione mi corazón por la política de hombres pequeños.

— A veces, el amor es la muerte del deber —citó Tyrion con amargura.

— Y a veces, el deber es la muerte de todo lo que vale la pena vivir —replicó Ismael antes de seguir su camino hacia los barracones.

El aire exterior estaba cargado de electricidad. Los dragones rugían en la distancia, sus sombras cruzando el cielo gris como presagios de un apocalipsis inminente. Ismael subió a las murallas y miró hacia el horizonte, donde el mar se encontraba con el cielo. Sabía que la guerra que venía no se parecería a ninguna otra. No era solo una lucha por tierras o coronas; era una lucha por la esencia misma de la mujer que amaba.

— ¿Qué estás mirando? —preguntó una voz a sus espaldas. Era Grey Worm, el comandante de los Inmaculados, siempre tan impasible como la piedra.

— Miro el fin de un mundo, mi amigo —respondió Ismael sin apartar la vista—. Y me pregunto si habrá alguien para contar la historia cuando todo esto termine.

— Nosotros no contamos historias —dijo Grey Worm con su habitual laconismo—. Nosotros cumplimos órdenes.

— Quizás ese sea vuestro privilegio —susurró Ismael para sí mismo—. Yo tengo la desgracia de sentir cada golpe antes de que caiga.

Esa noche, Ismael no durmió. Se quedó en sus aposentos, afilando su espada con una piedra de esmeril. El sonido rítmico del metal contra la piedra era lo único que calmaba sus nervios. Recordó la primera vez que vio a Daenerys, saliendo de las llamas con tres dragones recién nacidos. En aquel entonces, el mundo parecía lleno de posibilidades, de magia y de esperanza. Ahora, la magia se había vuelto oscura y la esperanza era un recurso escaso.

Un golpe suave en su puerta lo sacó de sus pensamientos. Al abrirla, se encontró con una sirvienta que le entregó un pequeño trozo de pergamino. Solo había una línea escrita con la caligrafía elegante de Daenerys:

"Ven a mis aposentos. El fuego se está apagando".

Ismael guardó el papel en su jubón y se dirigió hacia las habitaciones reales. Los guardias le permitieron pasar sin preguntas; todos sabían que él era la sombra de la reina, su protector más fiel y, según los rumores que corrían por la cocina, su amante secreto.

Al entrar, la encontró sentada frente a la chimenea, envuelta en una pesada capa de pieles. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor de las brasas.

— No puedo dormir —dijo ella sin mirarlo—. Cada vez que cierro los ojos, veo el rostro de Missandei. Y el de Jorah. Y el de mi hermano.

Ismael se acercó y se sentó en el suelo a sus pies, apoyando la cabeza contra sus rodillas.

— El pasado es un fantasma que no sabe cuándo irse —dijo él suavemente.

— Dime que no soy un monstruo —pidió ella, su mano temblorosa posándose sobre el cabello de Ismael—. Dime que todo esto tiene un propósito.

Ismael cerró los ojos, disfrutando del contacto. El drama de su amor llegaba a su punto álgido en esos momentos de vulnerabilidad.

— No eres un monstruo, Dany. Eres una mujer con un poder que nadie debería tener. Y ese poder es una carga que te está rompiendo. Pero mientras yo respire, no la llevarás sola.

— ¿Incluso si tengo que quemar Invernalia? —preguntó ella con un hilo de voz.

Ismael guardó silencio durante un largo rato. El fuego de la chimenea chisporroteó, lanzando chispas al aire.

— Si quemas Invernalia, quemarás también una parte de ti misma que nunca podrás recuperar —respondió finalmente—. Y yo estaré allí para recoger las cenizas, pero no podré devolverte la luz que habrás perdido.

Daenerys se inclinó hacia él, sus rostros a escasos centímetros.

— Entonces enséñame otra forma —suplicó—. Enséñame cómo ser reina sin ser un dragón.

— No puedo enseñarte eso, porque naciste dragón —dijo Ismael con tristeza—. Pero puedo recordarte que los dragones también tienen corazón. Y que el tuyo me pertenece.

Se abrazaron en el silencio de la noche, dos almas perdidas en un juego de tronos que no perdonaba la debilidad ni premiaba el amor. Afuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo la ciudad con un manto blanco que ocultaba las cicatrices de la guerra, al menos por un tiempo. Pero ambos sabían que, al amanecer, el fuego volvería a reclamar su lugar, y que su historia de amor, tan intensa y dramática como el mundo que habitaban, estaba escrita con tinta de sangre y ceniza.

Ismael la estrechó más fuerte, deseando que el tiempo se detuviera. Pero en Poniente, el tiempo nunca se detenía para los amantes. Solo se detenía para los muertos. Y mientras el viento invernal seguía golpeando los muros de la Fortaleza Roja, Ismael se preparó para lo que sabía que era inevitable: el sacrificio final por la mujer que amaba, por la reina que temía y por el trono que ambos, en el fondo, despreciaban.
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