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Naruto Uzumaki
Fandom: Naruto
Creado: 5/4/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)OscuroPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje ExplícitoViolencia GráficaViolaciónOOC (Fuera de Personaje)DivergenciaPsicológicoEmbarazo No Planificado/No DeseadoCelosCrimenDrama
El Precio de la Ambición: El Contrato de Sangre de los Haruno
La tarde en Konoha languidecía bajo un sol naranja que parecía bañar la aldea con el color del chakra de su residente más controvertido. Los exámenes de graduación habían terminado, pero la verdadera noticia no era quién se había convertido en genin, sino la revelación del linaje de Naruto Uzumaki. El "niño demonio" resultó ser el heredero de una fortuna incalculable y el hijo del Cuarto Hokage. La noticia corrió como pólvora, transformando el odio en codicia en los corazones de muchos.
En la residencia Haruno, el ambiente era tenso. Mebuki Haruno, la matriarca de la familia, revisaba los libros de contabilidad en la sala de estar con una expresión de creciente amargura. Los ingresos de Kizashi como ninja de bajo rango apenas cubrían las reparaciones de la casa y los caprichos de Sakura.
—Esto es patético —susurró Mebuki, lanzando la pluma sobre la mesa—. Con lo que gana Kizashi nunca tendré las joyas, las sedas ni la vida que merezco. Soy una Haruno, debería estar en la cima, no contando monedas para el mercado.
Se levantó y caminó hacia el espejo, observando su figura aún esbelta y sus rasgos definidos. Una idea oscura y ambiciosa comenzó a germinar en su mente. Ella conocía el mundo; sabía que el poder y el dinero no se obtenían con trabajo duro, sino con intercambios. Y ahora, el joven Uzumaki tenía ambos en abundancia.
—Tengo que convencer a Naruto de que me ayude a vivir como merezco —murmuró para sí misma, con una sonrisa depredadora—. No importa el precio. Si quiere una esclava, una amante o un juguete, se lo daré. Todo sea por salir de esta miseria disfrazada de decencia.
Mientras tanto, en la mansión Uzumaki, recientemente recuperada, Naruto disfrutaba de la soledad y el lujo. Ya no era el niño que comía ramen instantáneo en un apartamento ruinoso. Ahora vestía ropas de calidad y sus ojos azules reflejaban una madurez cínica y oscura. El timbre de la puerta principal sonó, interrumpiendo su paz.
Al abrir, Naruto arqueó una ceja. Frente a él estaba Mebuki Haruno, pero no la mujer conservadora que solía ver en los festivales. Llevaba un vestido extremadamente corto, de un rojo provocador que apenas cubría lo esencial. Naruto, que solía frecuentar el barrio rojo cuando el aburrimiento lo superaba, reconoció el estilo de inmediato. Notó con una mirada depredadora que la mujer no llevaba ropa interior; los pezones se marcaban bajo la tela fina y la falda era tan breve que, con cualquier movimiento, su intimidad quedaba expuesta.
—¿A qué debo su visita, señora Haruno? —preguntó Naruto con voz arrastrada, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. No es común ver a la madre de mi compañera vestida... así.
Mebuki entró con paso firme, tratando de ocultar el nerviosismo que le provocaba la intensa mirada del rubio. Se sentaron en la sala de estar, donde el lujo de los muebles Uzumaki hacía que su propia casa pareciera una choza.
—Tengo un trato que proponerte, Naruto —dijo ella, cruzando las piernas de forma que la falda se deslizara aún más, revelando su entrepierna depilada ante los ojos del joven.
—¿Qué clase de trato? —preguntó él, recostándose en el sofá con total desparpajo.
—Mi vida no es miserable, pero necesito más. Mucho más —explicó ella, recorriendo con la mirada la habitación—. Quiero estabilidad, lujos, poder.
—Eso no suena a un trato —le cortó Naruto con frialdad—. Suena a que vienes a pedirme un préstamo. Y no soy un banco, Mebuki.
—Déjame terminar —respondió ella, inclinándose hacia delante para que su escote fuera imposible de ignorar—. A cambio de estabilidad económica y de que me dejes administrar uno de tus nuevos negocios... puedes tenerme. Puedes follarme tanto como quieras, seré tu esclava sexual, tu vertedero. Lo que desees, sin preguntas.
Naruto soltó una carcajada seca que heló la sangre de la mujer.
—Si vas a proponer algo así, deberías estar hincada entre mis piernas dándome una mamada ahora mismo, no sentada ahí como una dama —sentenció él, señalando el suelo frente a él.
Mebuki no dudó. Su ambición era más fuerte que su vergüenza. Se deslizó del sofá y se arrodilló entre las piernas de Naruto. Con manos temblorosas, bajó la cremallera del pantalón del rubio y liberó su miembro. Se quedó sin aliento al ver el tamaño; era una verga enorme, impropia de alguien de su edad, una herencia del vigor Uzumaki.
—Empieza —ordenó Naruto, agarrándola del cabello—. Convénceme de que vales la inversión.
Mebuki comenzó a lamer la punta, recorriendo el tronco con la lengua y masajeando sus testículos con una mano. Intentó introducirlo en su boca, pero era demasiado ancho. Naruto, aburrido por la falta de experiencia de la mujer, se levantó un poco y la sujetó con fuerza del pelo.
—Ábrete —dijo él antes de empujar con fuerza.
La cabeza de Mebuki fue impulsada hacia atrás mientras Naruto se hundía en su garganta de un solo golpe. La mujer ahogó un gemido de dolor y asfixia, sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos intentaron apartarlo por puro instinto de supervivencia. Sin embargo, recordó las deudas, el brillo del oro y la envidia de sus vecinas. Se obligó a quedarse quieta, aceptando la embestida brutal contra su garganta.
Pasaron los minutos y el único sonido en la sala era el de la carne chocando contra el rostro de Mebuki y los ruidos guturales de su garganta siendo estirada al límite. Naruto no tenía piedad; la usaba como el objeto que ella misma había ofrecido ser.
—Me voy a correr —gruñó Naruto, apretando más el agarre en su cabello—. No desperdicies ni una gota si quieres ese negocio.
Mebuki abrió los ojos de par en par mientras sentía las pulsaciones. Naruto descargó una cantidad ingente de semen caliente directamente en su garganta. Ella tosió, sintiendo el líquido viscoso llenar su boca, pero se obligó a tragar cada sorbo, pasando el fluido amargo con dificultad.
—Abre la boca —ordenó él.
Ella obedeció, mostrando su lengua y la cavidad bucal vacía, demostrando que lo había ingerido todo. Naruto le pasó un vaso de agua que estaba sobre la mesa, observándola con desprecio y satisfacción.
—¿Tenemos un trato? —preguntó ella con la voz ronca, limpiándose el rastro de saliva de la comisura de los labios.
—Sí, lo tenemos —respondió Naruto, volviéndose a sentar—. Pero tengo una condición adicional. Sakura será mía también. No pienso tocarla por el momento, pero llegará el día en que ocupará tu lugar en este suelo.
Mebuki se quedó pasmada. Por un segundo, el instinto maternal luchó contra su codicia. Pero Naruto fue implacable.
—Tenerte a ti no es suficiente para equiparar las propiedades que te voy a dar. Si quieres la boutique y la joyería, tu hija es parte del pago. ¿Aceptas que Sakura sea otra puta para mi colección?
Mebuki cerró los ojos, visualizando el futuro de riqueza que la esperaba.
—Acepto —susurró ella, sellando el destino de su propia hija.
Se disponía a levantarse para marcharse a casa, pero Naruto la detuvo poniéndole un pie sobre el hombro.
—¿A dónde vas? Es mejor empezar a entrenarte como mi vertedero personal desde ahora. Esta noche no volverás a casa.
Esa noche, la mansión Uzumaki fue testigo de la degradación total de la matriarca Haruno. Naruto la tomó en todas las posiciones imaginables. La pose del misionero para ver su rostro de humillación, el 69 para que ella trabajara mientras él la devoraba, y la posición del perrito mientras sus clones de sombra se turnaban para usarla. Naruto no tuvo reparos en reclamar su virginidad anal, ignorando sus súplicas y gritos de dolor hasta que ella no fue más que un cuerpo tembloroso cubierto de sudor y semen.
A la mañana siguiente, Mebuki despertó en una de las habitaciones de invitados, sintiendo el cuerpo destrozado. Se vistió rápidamente; debía volver antes de que Kizashi sospechara. Cuando llegó a su casa, su esposo la esperaba en el comedor, preocupado.
—¿Mebuki? ¿Dónde estabas? Me tenías preocupado —preguntó Kizashi, levantándose.
Ella compuso una sonrisa ensayada, ignorando el escozor entre sus piernas y el hecho de que el semen de Naruto aún goteaba de sus dos agujeros bajo la falda.
—Fui a festejar con mis amigas, Kizashi —mintió ella con una naturalidad aterradora—. He logrado convencer a Uzumaki Naruto de que me deje administrar una boutique y una joyería de su familia. De ahora en adelante, nuestras vidas van a cambiar. ¡Seremos ricos!
Kizashi, actuando como el cornudo ignorante que era, la abrazó con alegría.
—¡Eso es increíble, querida! Sabía que tu talento para los negocios nos sacaría adelante.
—Asegúrate de agradecer a Naruto-sama como es debido cuando lo veas —dijo ella, ocultando su desprecio—. Él ha sido muy... generoso.
"Si tan solo supieras el trato que hice por culpa de tu incapacidad para mantenernos", pensaba Mebuki mientras subía las escaleras, sintiendo el vacío en su alma y la plenitud del dinero en su futuro.
La mañana siguiente en la residencia Uzumaki no trajo consigo el arrepentimiento, sino una satisfacción gélida. Naruto observaba la aldea desde su ventanal. El mundo era un tablero de piezas con precio.
El timbre volvió a sonar. Al abrir, encontró a Mebuki de nuevo. Pero esta vez vestía un conjunto de seda formal, una falda de tubo gris y una blusa blanca impecable. Parecía una mujer de negocios exitosa, pero sus ojos guardaban el brillo de la sumisión.
—Has vuelto pronto —dijo Naruto—. ¿Acaso ya me extrañas, puta?
—Siempre lista para servir —respondió ella, tratando de mantener la compostura—. He venido por los documentos de la boutique "Seda Carmesí" y la joyería "El Ojo del Remolino".
Naruto la hizo pasar a su despacho, un lugar lleno de pergaminos antiguos. Una vez dentro, señaló el suelo frente a su escritorio.
—De rodillas. Aquí las jerarquías son distintas. Si vamos a hablar de negocios, recuerda cuál es tu posición.
Mebuki se arrodilló, sintiendo cómo su falda se tensaba. Naruto sacó dos pergaminos.
—Estos son los títulos. Estarán a tu nombre, pero hay un contrato de sangre oculto. Si me traicionas, el sello consumirá tu red de chakra hasta dejarte como un cascarón vacío.
—Entiendo —dijo ella, extendiendo la mano hacia los papeles.
—No tan rápido. Cada pago requiere un depósito —sentenció Naruto, desabrochando su cinturón—. El negocio de la joyería es grande. Requiere un esfuerzo extra.
—Pero... Naruto-kun, tengo que abrir la tienda en una hora —protestó ella débilmente, aunque sus manos ya buscaban su bragueta.
—La tienda abrirá cuando yo lo decida. Ahora, demuestra que eres una administradora eficiente. Usa tu lengua para limpiar cualquier duda sobre quién es el dueño de los Haruno.
Horas más tarde, Mebuki salió de la mansión con una elegancia renovada. Al llegar a la joyería, las empleadas la recibieron con reverencias.
—Señora Haruno, bienvenida —dijo una empleada—. El joven Uzumaki nos informó de su llegada.
Mebuki sintió el poder. Entró en la tienda, deleitándose con el brillo de los diamantes.
—Preparen los inventarios —ordenó con voz gélida—. Y escuchen bien: cuando Naruto-sama venga, cierren el local de inmediato y llévenlo a mi oficina privada.
Una de las empleadas preguntó con curiosidad cómo había logrado tal favor del Uzumaki. Mebuki las miró con una sonrisa críptica.
—Si quieren subir de nivel económico, cada vez que él venga, deberán subirse la falda. Si las toma sin consentimiento, no se asusten; abran las piernas. Es el precio del éxito.
Las empleadas asintieron, aceptando su destino como parte del harén de Naruto. Mebuki sabía que si alguna hablaba, ella misma las vendería al barrio rojo.
Pasaron los días y Sakura comenzó a notar cambios. Su madre salía de noche a "reuniones" y volvía de madrugada con la ropa desordenada y un extraño líquido blanco en su lencería. Naruto pasaba más tiempo en su casa, especialmente cuando Kizashi no estaba.
Un día, Sakura los encontró en el sofá, sudados, con Mebuki sentada sobre el regazo de Naruto bajo una manta.
—¿Qué hacen? —preguntó la pelirrosa, confundida.
—No es algo de tu incumbencia, Sakura. Ve a tu cuarto —respondió Mebuki de forma tajante.
Bajo la manta, Naruto seguía penetrando el culo de Mebuki, quien mordía su labio para no gemir frente a su hija.
Incluso una vez, Kizashi casi los descubre en la cocina. Mebuki estaba siendo embestida contra la encimera cuando escucharon la voz del hombre acercándose.
—¡Naruto, para! —susurró ella, aterrorizada.
Pero Naruto no se detuvo. Creó un clon de sombra que salió al encuentro de Kizashi y lo noqueó antes de que entrara.
—Si te atreves a sacar mi verga de tu coño, te quitaré todo —le advirtió Naruto al oído, agarrándola del cabello.
Mebuki no tuvo más remedio que seguir moviéndose, aceptando la simiente del rubio una vez más. Naruto le prohibió usar protección, incluso en días fértiles.
—Si quedas embarazada, se lo harás pasar como hijo de Kizashi —le ordenó—. Usaré un genjutsu en él para que crea que se acostó contigo.
Tiempo después, en la habitación de un motel, Mebuki yacía boca abajo mientras sentía el semen escurriendo de su ano tras otra sesión brutal.
—¿Cómo eres tan bueno en esto? —preguntó ella, exhausta—. ¿Cómo sabes tanto?
Naruto se vistió con calma, mirándola con desdén.
—¿Crees que fuiste la primera? Tengo a las putitas del barrio rojo y a una tal Anko Mitarashi.
Mebuki se sorprendió. Anko era famosa por su peligrosidad.
—Le mostré mi poder a esa zorra de pelo morado y me tuvo miedo. Ahora la violo cada vez que quiero. Al principio se resistió, pero tras robarle todas sus virginidades, es muy sumisa. Quizás pronto hagamos un trío. Tú, ella y yo.
Mebuki solo pudo asentir, comprendiendo que en la nueva Konoha de Naruto Uzumaki, las mujeres no eran más que moneda de cambio para su placer infinito.
En la residencia Haruno, el ambiente era tenso. Mebuki Haruno, la matriarca de la familia, revisaba los libros de contabilidad en la sala de estar con una expresión de creciente amargura. Los ingresos de Kizashi como ninja de bajo rango apenas cubrían las reparaciones de la casa y los caprichos de Sakura.
—Esto es patético —susurró Mebuki, lanzando la pluma sobre la mesa—. Con lo que gana Kizashi nunca tendré las joyas, las sedas ni la vida que merezco. Soy una Haruno, debería estar en la cima, no contando monedas para el mercado.
Se levantó y caminó hacia el espejo, observando su figura aún esbelta y sus rasgos definidos. Una idea oscura y ambiciosa comenzó a germinar en su mente. Ella conocía el mundo; sabía que el poder y el dinero no se obtenían con trabajo duro, sino con intercambios. Y ahora, el joven Uzumaki tenía ambos en abundancia.
—Tengo que convencer a Naruto de que me ayude a vivir como merezco —murmuró para sí misma, con una sonrisa depredadora—. No importa el precio. Si quiere una esclava, una amante o un juguete, se lo daré. Todo sea por salir de esta miseria disfrazada de decencia.
Mientras tanto, en la mansión Uzumaki, recientemente recuperada, Naruto disfrutaba de la soledad y el lujo. Ya no era el niño que comía ramen instantáneo en un apartamento ruinoso. Ahora vestía ropas de calidad y sus ojos azules reflejaban una madurez cínica y oscura. El timbre de la puerta principal sonó, interrumpiendo su paz.
Al abrir, Naruto arqueó una ceja. Frente a él estaba Mebuki Haruno, pero no la mujer conservadora que solía ver en los festivales. Llevaba un vestido extremadamente corto, de un rojo provocador que apenas cubría lo esencial. Naruto, que solía frecuentar el barrio rojo cuando el aburrimiento lo superaba, reconoció el estilo de inmediato. Notó con una mirada depredadora que la mujer no llevaba ropa interior; los pezones se marcaban bajo la tela fina y la falda era tan breve que, con cualquier movimiento, su intimidad quedaba expuesta.
—¿A qué debo su visita, señora Haruno? —preguntó Naruto con voz arrastrada, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. No es común ver a la madre de mi compañera vestida... así.
Mebuki entró con paso firme, tratando de ocultar el nerviosismo que le provocaba la intensa mirada del rubio. Se sentaron en la sala de estar, donde el lujo de los muebles Uzumaki hacía que su propia casa pareciera una choza.
—Tengo un trato que proponerte, Naruto —dijo ella, cruzando las piernas de forma que la falda se deslizara aún más, revelando su entrepierna depilada ante los ojos del joven.
—¿Qué clase de trato? —preguntó él, recostándose en el sofá con total desparpajo.
—Mi vida no es miserable, pero necesito más. Mucho más —explicó ella, recorriendo con la mirada la habitación—. Quiero estabilidad, lujos, poder.
—Eso no suena a un trato —le cortó Naruto con frialdad—. Suena a que vienes a pedirme un préstamo. Y no soy un banco, Mebuki.
—Déjame terminar —respondió ella, inclinándose hacia delante para que su escote fuera imposible de ignorar—. A cambio de estabilidad económica y de que me dejes administrar uno de tus nuevos negocios... puedes tenerme. Puedes follarme tanto como quieras, seré tu esclava sexual, tu vertedero. Lo que desees, sin preguntas.
Naruto soltó una carcajada seca que heló la sangre de la mujer.
—Si vas a proponer algo así, deberías estar hincada entre mis piernas dándome una mamada ahora mismo, no sentada ahí como una dama —sentenció él, señalando el suelo frente a él.
Mebuki no dudó. Su ambición era más fuerte que su vergüenza. Se deslizó del sofá y se arrodilló entre las piernas de Naruto. Con manos temblorosas, bajó la cremallera del pantalón del rubio y liberó su miembro. Se quedó sin aliento al ver el tamaño; era una verga enorme, impropia de alguien de su edad, una herencia del vigor Uzumaki.
—Empieza —ordenó Naruto, agarrándola del cabello—. Convénceme de que vales la inversión.
Mebuki comenzó a lamer la punta, recorriendo el tronco con la lengua y masajeando sus testículos con una mano. Intentó introducirlo en su boca, pero era demasiado ancho. Naruto, aburrido por la falta de experiencia de la mujer, se levantó un poco y la sujetó con fuerza del pelo.
—Ábrete —dijo él antes de empujar con fuerza.
La cabeza de Mebuki fue impulsada hacia atrás mientras Naruto se hundía en su garganta de un solo golpe. La mujer ahogó un gemido de dolor y asfixia, sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos intentaron apartarlo por puro instinto de supervivencia. Sin embargo, recordó las deudas, el brillo del oro y la envidia de sus vecinas. Se obligó a quedarse quieta, aceptando la embestida brutal contra su garganta.
Pasaron los minutos y el único sonido en la sala era el de la carne chocando contra el rostro de Mebuki y los ruidos guturales de su garganta siendo estirada al límite. Naruto no tenía piedad; la usaba como el objeto que ella misma había ofrecido ser.
—Me voy a correr —gruñó Naruto, apretando más el agarre en su cabello—. No desperdicies ni una gota si quieres ese negocio.
Mebuki abrió los ojos de par en par mientras sentía las pulsaciones. Naruto descargó una cantidad ingente de semen caliente directamente en su garganta. Ella tosió, sintiendo el líquido viscoso llenar su boca, pero se obligó a tragar cada sorbo, pasando el fluido amargo con dificultad.
—Abre la boca —ordenó él.
Ella obedeció, mostrando su lengua y la cavidad bucal vacía, demostrando que lo había ingerido todo. Naruto le pasó un vaso de agua que estaba sobre la mesa, observándola con desprecio y satisfacción.
—¿Tenemos un trato? —preguntó ella con la voz ronca, limpiándose el rastro de saliva de la comisura de los labios.
—Sí, lo tenemos —respondió Naruto, volviéndose a sentar—. Pero tengo una condición adicional. Sakura será mía también. No pienso tocarla por el momento, pero llegará el día en que ocupará tu lugar en este suelo.
Mebuki se quedó pasmada. Por un segundo, el instinto maternal luchó contra su codicia. Pero Naruto fue implacable.
—Tenerte a ti no es suficiente para equiparar las propiedades que te voy a dar. Si quieres la boutique y la joyería, tu hija es parte del pago. ¿Aceptas que Sakura sea otra puta para mi colección?
Mebuki cerró los ojos, visualizando el futuro de riqueza que la esperaba.
—Acepto —susurró ella, sellando el destino de su propia hija.
Se disponía a levantarse para marcharse a casa, pero Naruto la detuvo poniéndole un pie sobre el hombro.
—¿A dónde vas? Es mejor empezar a entrenarte como mi vertedero personal desde ahora. Esta noche no volverás a casa.
Esa noche, la mansión Uzumaki fue testigo de la degradación total de la matriarca Haruno. Naruto la tomó en todas las posiciones imaginables. La pose del misionero para ver su rostro de humillación, el 69 para que ella trabajara mientras él la devoraba, y la posición del perrito mientras sus clones de sombra se turnaban para usarla. Naruto no tuvo reparos en reclamar su virginidad anal, ignorando sus súplicas y gritos de dolor hasta que ella no fue más que un cuerpo tembloroso cubierto de sudor y semen.
A la mañana siguiente, Mebuki despertó en una de las habitaciones de invitados, sintiendo el cuerpo destrozado. Se vistió rápidamente; debía volver antes de que Kizashi sospechara. Cuando llegó a su casa, su esposo la esperaba en el comedor, preocupado.
—¿Mebuki? ¿Dónde estabas? Me tenías preocupado —preguntó Kizashi, levantándose.
Ella compuso una sonrisa ensayada, ignorando el escozor entre sus piernas y el hecho de que el semen de Naruto aún goteaba de sus dos agujeros bajo la falda.
—Fui a festejar con mis amigas, Kizashi —mintió ella con una naturalidad aterradora—. He logrado convencer a Uzumaki Naruto de que me deje administrar una boutique y una joyería de su familia. De ahora en adelante, nuestras vidas van a cambiar. ¡Seremos ricos!
Kizashi, actuando como el cornudo ignorante que era, la abrazó con alegría.
—¡Eso es increíble, querida! Sabía que tu talento para los negocios nos sacaría adelante.
—Asegúrate de agradecer a Naruto-sama como es debido cuando lo veas —dijo ella, ocultando su desprecio—. Él ha sido muy... generoso.
"Si tan solo supieras el trato que hice por culpa de tu incapacidad para mantenernos", pensaba Mebuki mientras subía las escaleras, sintiendo el vacío en su alma y la plenitud del dinero en su futuro.
La mañana siguiente en la residencia Uzumaki no trajo consigo el arrepentimiento, sino una satisfacción gélida. Naruto observaba la aldea desde su ventanal. El mundo era un tablero de piezas con precio.
El timbre volvió a sonar. Al abrir, encontró a Mebuki de nuevo. Pero esta vez vestía un conjunto de seda formal, una falda de tubo gris y una blusa blanca impecable. Parecía una mujer de negocios exitosa, pero sus ojos guardaban el brillo de la sumisión.
—Has vuelto pronto —dijo Naruto—. ¿Acaso ya me extrañas, puta?
—Siempre lista para servir —respondió ella, tratando de mantener la compostura—. He venido por los documentos de la boutique "Seda Carmesí" y la joyería "El Ojo del Remolino".
Naruto la hizo pasar a su despacho, un lugar lleno de pergaminos antiguos. Una vez dentro, señaló el suelo frente a su escritorio.
—De rodillas. Aquí las jerarquías son distintas. Si vamos a hablar de negocios, recuerda cuál es tu posición.
Mebuki se arrodilló, sintiendo cómo su falda se tensaba. Naruto sacó dos pergaminos.
—Estos son los títulos. Estarán a tu nombre, pero hay un contrato de sangre oculto. Si me traicionas, el sello consumirá tu red de chakra hasta dejarte como un cascarón vacío.
—Entiendo —dijo ella, extendiendo la mano hacia los papeles.
—No tan rápido. Cada pago requiere un depósito —sentenció Naruto, desabrochando su cinturón—. El negocio de la joyería es grande. Requiere un esfuerzo extra.
—Pero... Naruto-kun, tengo que abrir la tienda en una hora —protestó ella débilmente, aunque sus manos ya buscaban su bragueta.
—La tienda abrirá cuando yo lo decida. Ahora, demuestra que eres una administradora eficiente. Usa tu lengua para limpiar cualquier duda sobre quién es el dueño de los Haruno.
Horas más tarde, Mebuki salió de la mansión con una elegancia renovada. Al llegar a la joyería, las empleadas la recibieron con reverencias.
—Señora Haruno, bienvenida —dijo una empleada—. El joven Uzumaki nos informó de su llegada.
Mebuki sintió el poder. Entró en la tienda, deleitándose con el brillo de los diamantes.
—Preparen los inventarios —ordenó con voz gélida—. Y escuchen bien: cuando Naruto-sama venga, cierren el local de inmediato y llévenlo a mi oficina privada.
Una de las empleadas preguntó con curiosidad cómo había logrado tal favor del Uzumaki. Mebuki las miró con una sonrisa críptica.
—Si quieren subir de nivel económico, cada vez que él venga, deberán subirse la falda. Si las toma sin consentimiento, no se asusten; abran las piernas. Es el precio del éxito.
Las empleadas asintieron, aceptando su destino como parte del harén de Naruto. Mebuki sabía que si alguna hablaba, ella misma las vendería al barrio rojo.
Pasaron los días y Sakura comenzó a notar cambios. Su madre salía de noche a "reuniones" y volvía de madrugada con la ropa desordenada y un extraño líquido blanco en su lencería. Naruto pasaba más tiempo en su casa, especialmente cuando Kizashi no estaba.
Un día, Sakura los encontró en el sofá, sudados, con Mebuki sentada sobre el regazo de Naruto bajo una manta.
—¿Qué hacen? —preguntó la pelirrosa, confundida.
—No es algo de tu incumbencia, Sakura. Ve a tu cuarto —respondió Mebuki de forma tajante.
Bajo la manta, Naruto seguía penetrando el culo de Mebuki, quien mordía su labio para no gemir frente a su hija.
Incluso una vez, Kizashi casi los descubre en la cocina. Mebuki estaba siendo embestida contra la encimera cuando escucharon la voz del hombre acercándose.
—¡Naruto, para! —susurró ella, aterrorizada.
Pero Naruto no se detuvo. Creó un clon de sombra que salió al encuentro de Kizashi y lo noqueó antes de que entrara.
—Si te atreves a sacar mi verga de tu coño, te quitaré todo —le advirtió Naruto al oído, agarrándola del cabello.
Mebuki no tuvo más remedio que seguir moviéndose, aceptando la simiente del rubio una vez más. Naruto le prohibió usar protección, incluso en días fértiles.
—Si quedas embarazada, se lo harás pasar como hijo de Kizashi —le ordenó—. Usaré un genjutsu en él para que crea que se acostó contigo.
Tiempo después, en la habitación de un motel, Mebuki yacía boca abajo mientras sentía el semen escurriendo de su ano tras otra sesión brutal.
—¿Cómo eres tan bueno en esto? —preguntó ella, exhausta—. ¿Cómo sabes tanto?
Naruto se vistió con calma, mirándola con desdén.
—¿Crees que fuiste la primera? Tengo a las putitas del barrio rojo y a una tal Anko Mitarashi.
Mebuki se sorprendió. Anko era famosa por su peligrosidad.
—Le mostré mi poder a esa zorra de pelo morado y me tuvo miedo. Ahora la violo cada vez que quiero. Al principio se resistió, pero tras robarle todas sus virginidades, es muy sumisa. Quizás pronto hagamos un trío. Tú, ella y yo.
Mebuki solo pudo asentir, comprendiendo que en la nueva Konoha de Naruto Uzumaki, las mujeres no eran más que moneda de cambio para su placer infinito.
