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Naruto
Fandom: Naruto
Creado: 6/4/2026
Etiquetas
OscuroHorror PsicológicoViolencia GráficaViolaciónOOC (Fuera de Personaje)TragediaThrillerLenguaje ExplícitoPsicológicoEmbarazo No Planificado/No DeseadoUA (Universo Alternativo)
El depredador bajo la máscara del rubio hiperactivo
En la Aldea Oculta de la Hoja, la imagen de Naruto Uzumaki era la de un niño ruidoso, torpe y ansioso por atención. Sin embargo, detrás de esos ojos azules se escondía una mente gélida y calculadora, un manipulador que disfrutaba rompiendo la voluntad de quienes lo rodeaban. Para Naruto, la academia no era un lugar de aprendizaje, sino un coto de caza donde seleccionaba a sus presas.
Esa tarde, el sol se filtraba por las ventanas de la residencia Haruno. Naruto había convencido a Sakura de que necesitaba ayuda con un jutsu básico. La pelirrosa, siempre dispuesta a demostrar su superioridad intelectual, lo dejó pasar sin sospechar que su vida estaba a punto de convertirse en una pesadilla. Una vez dentro, Naruto no tardó en someterla. El forcejeo fue breve; la fuerza física del rubio, potenciada por una malicia que nadie sospechaba, superó fácilmente a la joven estudiante.
—¡Cállate, Sakura! —susurró Naruto mientras la inmovilizaba contra el suelo del salón—. Esto es lo que realmente querías, ¿no? Un hombre de verdad, no ese rastro de sombra que es Sasuke.
La violación fue metódica y cruel. Naruto ignoró las lágrimas y los ruegos de su compañera, disfrutando de la humillación que veía en sus ojos verdes. Pero su sed no se sació allí. Cuando Mebuki Haruno entró en la habitación, horrorizada por la escena, Naruto no mostró miedo. Al contrario, sonrió. Con una velocidad que no correspondía a un simple estudiante, sometió también a la madre, obligando a Sakura a presenciar cómo profanaba a la mujer que le dio la vida durante horas, sin descanso, convirtiendo el hogar de los Haruno en un antro de depravación.
Días después, la red de Naruto se extendió hasta la cúpula del poder. Tsunade Senju, la Quinta Hokage, tenía una debilidad que Naruto conocía bien: el juego. En una noche de apuestas clandestinas, Naruto manipuló las cartas de tal forma que Tsunade, desesperada y ebria, terminó apostando lo más valioso que le quedaba: la lealtad y la pureza de su asistente, Shizune.
—Has perdido, Tsunade-sama —dijo Naruto, barajando las cartas con una destreza impropia de su edad—. Ahora, Shizune me pertenece. Y tú... tú serás mi juguete personal cuando yo lo decida.
Shizune, que nunca había conocido varón, fue tomada por la fuerza esa misma noche en el despacho de la Hokage. Naruto la reclamó como un trofeo de guerra, rompiendo su inocencia mientras Tsunade observaba, obligada por el código de honor de las apuestas y por una extraña fascinación que empezaba a crecer en su interior. Naruto era un degenerado, un semental que no conocía límites, y para sorpresa de la propia Tsunade, esa brutalidad despertó en ella un deseo oscuro que su difunto novio, Dan, jamás pudo satisfacer.
—Dilo, Tsunade —ordenó Naruto semanas después, mientras la poseía sobre el mismo escritorio del Hokage—. Di que soy mejor que él.
—Eres... eres mejor —jadeó Tsunade, arqueando la espalda mientras las manos de Naruto la marcaban—. Dan era un soñador... tú eres un animal. Eres el macho que siempre necesité para que me pusiera en mi lugar.
La autoridad de Naruto sobre la Quinta era absoluta. La tomaba en la academia, en los bancos del parque, o frente a los retratos de los antiguos Hokages, reafirmando que el linaje Uzumaki ahora gobernaba sobre los Senju de la forma más carnal posible.
Mientras tanto, Anko Mitarashi, la examinadora de los exámenes Chunin, observaba a Naruto desde la distancia. Ella veía en él una soledad similar a la suya, un dolor nacido del rechazo de la aldea. Se acercó a él en un campo de entrenamiento, buscando ofrecerle consuelo.
—No tienes que estar solo, chico —le dijo Anko, sentándose a su lado—. Yo sé lo que es ser un paria.
Naruto la miró con una falsa vulnerabilidad que ocultaba sus verdaderas intenciones.
—Gracias, Anko-sensei. Eres la única que me entiende.
Poco a poco, Naruto la envolvió en una red de manipulación psicológica. Anko, a pesar de ser una Jonin experimentada, sucumbió ante la intensidad del rubio. Naruto no veía en ella a una mentora, sino un pedazo de carne exquisito. Siendo virgen a pesar de su actitud ruda, Anko fue presa fácil. Naruto la tomó con una ferocidad que la dejó emocionalmente dependiente de él. Sus palabras se convirtieron en ley para ella.
Bajo las órdenes de Naruto, Anko le presentó a su mejor amiga, Kurenai Yuhi. La experta en genjutsu, siempre reservada y nunca antes tocada por un hombre, quedó atrapada en el carisma oscuro de Naruto. Él la tomó como su "esposa" oficial, enseñándole el arte del sexo de una manera tan profunda que Kurenai quedó encantada con su "macho". Ella, aceptando su papel con una devoción fanática, se convirtió en la guardiana del harén de Naruto.
—No te preocupes por las Haruno, mi señor —decía Kurenai mientras le servía sake—. Yo me encargaré de que acepten su lugar bajo tu mando.
Naruto continuó sus visitas a la casa Haruno. Una tarde, mientras Kizashi, el esposo de Mebuki, estaba en la habitación contigua, Naruto tomó a Mebuki en la cama matrimonial.
—Por favor, Naruto... usa protección —suplicó Mebuki entre sollozos mientras él la penetraba sin piedad.
—Si quedas embarazada, te quedas embarazada —respondió él con frialdad, corriéndose dentro de ella por quinta vez esa tarde—. Ahora, guarda silencio.
Para humillar aún más a la familia, Naruto obligó a Mebuki a sentarse en su regazo durante una cena familiar, con su miembro enterrado profundamente en el ano de la mujer. Los cubría una manta gruesa para que Kizashi, sentado al otro lado de la mesa, no notara la penetración, aunque el rostro de Mebuki estaba rojo de dolor y vergüenza. Ella sabía que Naruto sería el padre del bebé que ahora crecía en su vientre, y no le quedaba más que aceptar su destino.
Incluso en sus momentos de ocio, Naruto ejercía su poder. En el puesto de Ichiraku Ramen, Ayame ya conocía la rutina. Cada vez que Naruto aparecía con esa mirada depredadora, ella inventaba una excusa para enviar a su padre, Teuchi, a hacer recados lejanos.
Todo comenzó una noche en la que Ayame se quedó cerrando el local. Naruto se acercó, fingiendo hambre.
—Ayame-chan, ¿podrías darme un último tazón? —preguntó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Claro, Naruto. Eres como mi hermano pequeño —respondió ella, abriéndole la puerta.
Ese fue su error. Esa noche, Naruto la tomó sobre el mostrador, transformando su afecto fraternal en una servidumbre sexual absoluta. Ayame intentó resistirse al principio, pero Naruto fue implacable.
—¿A quién vas a pedir ayuda, Ayame? —le susurró al oído mientras la sometía—. ¿A la Hokage? Ella es mi perra personal. ¿A los ninjas de la aldea? Todos creen que soy el héroe que sufre en silencio. Nadie te creerá.
Ayame, rota y sabiendo que Tsunade adoraba a Naruto por ser el último Uzumaki varón, aceptó su destino de ser la muñeca sexual del rubio. Cada vez que él tenía hambre, no era solo por ramen; y ella tenía que estar lista para satisfacer sus necesidades en el suelo del local, entre los sacos de harina o en el mismo escritorio donde su padre llevaba las cuentas.
Naruto Uzumaki, el estudiante de la academia, caminaba por las calles de Konoha con una sonrisa inocente, mientras en las sombras, las mujeres más poderosas y respetadas de la aldea pertenecían a su colección privada, doblegadas por su voluntad y su insaciable depravación.
Esa tarde, el sol se filtraba por las ventanas de la residencia Haruno. Naruto había convencido a Sakura de que necesitaba ayuda con un jutsu básico. La pelirrosa, siempre dispuesta a demostrar su superioridad intelectual, lo dejó pasar sin sospechar que su vida estaba a punto de convertirse en una pesadilla. Una vez dentro, Naruto no tardó en someterla. El forcejeo fue breve; la fuerza física del rubio, potenciada por una malicia que nadie sospechaba, superó fácilmente a la joven estudiante.
—¡Cállate, Sakura! —susurró Naruto mientras la inmovilizaba contra el suelo del salón—. Esto es lo que realmente querías, ¿no? Un hombre de verdad, no ese rastro de sombra que es Sasuke.
La violación fue metódica y cruel. Naruto ignoró las lágrimas y los ruegos de su compañera, disfrutando de la humillación que veía en sus ojos verdes. Pero su sed no se sació allí. Cuando Mebuki Haruno entró en la habitación, horrorizada por la escena, Naruto no mostró miedo. Al contrario, sonrió. Con una velocidad que no correspondía a un simple estudiante, sometió también a la madre, obligando a Sakura a presenciar cómo profanaba a la mujer que le dio la vida durante horas, sin descanso, convirtiendo el hogar de los Haruno en un antro de depravación.
Días después, la red de Naruto se extendió hasta la cúpula del poder. Tsunade Senju, la Quinta Hokage, tenía una debilidad que Naruto conocía bien: el juego. En una noche de apuestas clandestinas, Naruto manipuló las cartas de tal forma que Tsunade, desesperada y ebria, terminó apostando lo más valioso que le quedaba: la lealtad y la pureza de su asistente, Shizune.
—Has perdido, Tsunade-sama —dijo Naruto, barajando las cartas con una destreza impropia de su edad—. Ahora, Shizune me pertenece. Y tú... tú serás mi juguete personal cuando yo lo decida.
Shizune, que nunca había conocido varón, fue tomada por la fuerza esa misma noche en el despacho de la Hokage. Naruto la reclamó como un trofeo de guerra, rompiendo su inocencia mientras Tsunade observaba, obligada por el código de honor de las apuestas y por una extraña fascinación que empezaba a crecer en su interior. Naruto era un degenerado, un semental que no conocía límites, y para sorpresa de la propia Tsunade, esa brutalidad despertó en ella un deseo oscuro que su difunto novio, Dan, jamás pudo satisfacer.
—Dilo, Tsunade —ordenó Naruto semanas después, mientras la poseía sobre el mismo escritorio del Hokage—. Di que soy mejor que él.
—Eres... eres mejor —jadeó Tsunade, arqueando la espalda mientras las manos de Naruto la marcaban—. Dan era un soñador... tú eres un animal. Eres el macho que siempre necesité para que me pusiera en mi lugar.
La autoridad de Naruto sobre la Quinta era absoluta. La tomaba en la academia, en los bancos del parque, o frente a los retratos de los antiguos Hokages, reafirmando que el linaje Uzumaki ahora gobernaba sobre los Senju de la forma más carnal posible.
Mientras tanto, Anko Mitarashi, la examinadora de los exámenes Chunin, observaba a Naruto desde la distancia. Ella veía en él una soledad similar a la suya, un dolor nacido del rechazo de la aldea. Se acercó a él en un campo de entrenamiento, buscando ofrecerle consuelo.
—No tienes que estar solo, chico —le dijo Anko, sentándose a su lado—. Yo sé lo que es ser un paria.
Naruto la miró con una falsa vulnerabilidad que ocultaba sus verdaderas intenciones.
—Gracias, Anko-sensei. Eres la única que me entiende.
Poco a poco, Naruto la envolvió en una red de manipulación psicológica. Anko, a pesar de ser una Jonin experimentada, sucumbió ante la intensidad del rubio. Naruto no veía en ella a una mentora, sino un pedazo de carne exquisito. Siendo virgen a pesar de su actitud ruda, Anko fue presa fácil. Naruto la tomó con una ferocidad que la dejó emocionalmente dependiente de él. Sus palabras se convirtieron en ley para ella.
Bajo las órdenes de Naruto, Anko le presentó a su mejor amiga, Kurenai Yuhi. La experta en genjutsu, siempre reservada y nunca antes tocada por un hombre, quedó atrapada en el carisma oscuro de Naruto. Él la tomó como su "esposa" oficial, enseñándole el arte del sexo de una manera tan profunda que Kurenai quedó encantada con su "macho". Ella, aceptando su papel con una devoción fanática, se convirtió en la guardiana del harén de Naruto.
—No te preocupes por las Haruno, mi señor —decía Kurenai mientras le servía sake—. Yo me encargaré de que acepten su lugar bajo tu mando.
Naruto continuó sus visitas a la casa Haruno. Una tarde, mientras Kizashi, el esposo de Mebuki, estaba en la habitación contigua, Naruto tomó a Mebuki en la cama matrimonial.
—Por favor, Naruto... usa protección —suplicó Mebuki entre sollozos mientras él la penetraba sin piedad.
—Si quedas embarazada, te quedas embarazada —respondió él con frialdad, corriéndose dentro de ella por quinta vez esa tarde—. Ahora, guarda silencio.
Para humillar aún más a la familia, Naruto obligó a Mebuki a sentarse en su regazo durante una cena familiar, con su miembro enterrado profundamente en el ano de la mujer. Los cubría una manta gruesa para que Kizashi, sentado al otro lado de la mesa, no notara la penetración, aunque el rostro de Mebuki estaba rojo de dolor y vergüenza. Ella sabía que Naruto sería el padre del bebé que ahora crecía en su vientre, y no le quedaba más que aceptar su destino.
Incluso en sus momentos de ocio, Naruto ejercía su poder. En el puesto de Ichiraku Ramen, Ayame ya conocía la rutina. Cada vez que Naruto aparecía con esa mirada depredadora, ella inventaba una excusa para enviar a su padre, Teuchi, a hacer recados lejanos.
Todo comenzó una noche en la que Ayame se quedó cerrando el local. Naruto se acercó, fingiendo hambre.
—Ayame-chan, ¿podrías darme un último tazón? —preguntó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Claro, Naruto. Eres como mi hermano pequeño —respondió ella, abriéndole la puerta.
Ese fue su error. Esa noche, Naruto la tomó sobre el mostrador, transformando su afecto fraternal en una servidumbre sexual absoluta. Ayame intentó resistirse al principio, pero Naruto fue implacable.
—¿A quién vas a pedir ayuda, Ayame? —le susurró al oído mientras la sometía—. ¿A la Hokage? Ella es mi perra personal. ¿A los ninjas de la aldea? Todos creen que soy el héroe que sufre en silencio. Nadie te creerá.
Ayame, rota y sabiendo que Tsunade adoraba a Naruto por ser el último Uzumaki varón, aceptó su destino de ser la muñeca sexual del rubio. Cada vez que él tenía hambre, no era solo por ramen; y ella tenía que estar lista para satisfacer sus necesidades en el suelo del local, entre los sacos de harina o en el mismo escritorio donde su padre llevaba las cuentas.
Naruto Uzumaki, el estudiante de la academia, caminaba por las calles de Konoha con una sonrisa inocente, mientras en las sombras, las mujeres más poderosas y respetadas de la aldea pertenecían a su colección privada, doblegadas por su voluntad y su insaciable depravación.
