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El camino del más fuerte

Fandom: Lookism

Creado: 6/4/2026

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El eco de la voluntad de un puño

El asfalto estaba caliente, impregnado con el olor metálico de la sangre y el aroma rancio del sudor. A sus siete años, Aiden Park no sabía mucho sobre el mundo, pero entendía el lenguaje del dolor. Lo conocía bien; era el sabor a tierra en su boca cada vez que los niños más grandes lo empujaban en el patio de recreo, era el ardor en sus costillas y el silencio que guardaba para no preocupar a su madre.

Sin embargo, lo que tenía ante sus ojos no era el abuso gratuito que recibía a diario. Era algo distinto. Era... absoluto.

Kim Gapryong se mantenía de pie en medio del callejón, con la chaqueta sobre los hombros y una expresión de serenidad que contrastaba violentamente con la carnicería a su alrededor. Había al menos una docena de hombres en el suelo. Tipos duros, con tatuajes y cicatrices, reducidos a gemidos de agonía por los puños de un solo hombre.

Aiden sintió un escalofrío que no nació del miedo, sino de una comprensión súbita. Aquel hombre no peleaba porque fuera cruel. Peleaba porque tenía algo que proteger.

— Vete a casa, niño. Este lugar no es seguro para ti —había dicho Gapryong con esa voz profunda, casi paternal, antes de darle la espalda.

Aiden se quedó allí, con la cabeza gacha, viendo cómo la silueta del gigante se alejaba. Pero la llama ya estaba encendida.

Pasaron los meses, y luego los años. La obsesión de Aiden no disminuyó; se transformó en una disciplina silenciosa. Mientras otros niños jugaban al fútbol o se perdían en videojuegos, Aiden Park buscaba. Buscaba en los bajos fondos, en los distritos donde el nombre de "El Puño de Gapryong" se pronunciaba con una mezcla de pavor y reverencia.

A los doce años, Aiden ya no era el niño debilucho que se dejaba pisotear. Su genética era ordinaria, no poseía la fuerza bruta de los monstruos que empezaban a emerger en las calles de Seúl, pero tenía algo más: una mente que funcionaba como una esponja de alta presión.

Un martes lluvioso, Aiden finalmente lo encontró de nuevo. Gapryong estaba a la salida de un restaurante tradicional, riendo a carcajadas con algunos de sus subordinados. Se veía más grande, más imponente, rodeado de un aura de autoridad que sofocaba el aire.

Aiden se plantó frente a él. Estaba empapado, con el uniforme escolar sucio y los nudillos pelados de tanto golpear paredes de ladrillo.

— Enséñeme —dijo Aiden. Su voz no tembló, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas.

Gapryong detuvo su risa. Bajó la mirada y entrecerró los ojos, tratando de recordar dónde había visto ese rostro pálido y decidido.

— Ah, eres el mocoso del callejón —dijo Gapryong, soltando un suspiro cargado de humo de cigarrillo—. Te dije que te fueras a casa, ¿no? ¿Qué haces aquí todavía?

— Quiero ser fuerte —respondió Aiden, dando un paso adelante—. Quiero llegar a la cima. Enséñeme a pelear como usted.

Gapryong soltó una carcajada seca, rascándose la nuca. Sus hombres se rieron también.

— Escucha, pequeño —dijo Gapryong, inclinándose un poco para estar a su altura—. Yo no entreno niños. Y menos a niños que quieren "llegar a la cima". Eso suena a ego, y el ego te matará antes de que cumplas los veinte. Vuelve a tus libros.

— No es por ego —insistió Aiden, apretando los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas—. Es por control. Si soy el más fuerte, nadie puede obligarme a hacer lo que no quiero. Si soy el más fuerte, puedo decidir quién cae y quién se levanta.

Gapryong dejó de sonreír. La intensidad en los ojos del chico era real, casi aterradora para alguien de su edad. Pero Gapryong conocía ese camino, y sabía que no era para cualquiera.

— No —sentenció el líder de la 0ª Generación—. No tienes el "fuego" necesario, Aiden. Tienes una chispa, sí, pero te falta la naturaleza de un monstruo. Eres demasiado... normal.

Gapryong comenzó a caminar, pasando por el lado de Aiden como si fuera una estatua más en la calle.

— ¡No soy normal! —gritó Aiden, girándose—. ¡Puedo aprender! ¡Puedo ver lo que haces y repetirlo!

Gapryong no se detuvo.

— El mundo de las peleas no es un salón de clases, niño. Si de verdad quieres que te tome en serio, deja de pedir y empieza a demostrar. Pero te lo advierto: si me sigues, acabarás roto.

Aiden no se amilanó. En lugar de irse a casa, comenzó a seguir a Kim Gapryong a una distancia prudencial. Lo siguió a reuniones, a enfrentamientos territoriales, a cenas elegantes y a callejones mugrientos.

Un día, en el distrito de Jongno, una banda rival intentó emboscar a Gapryong mientras este caminaba solo. Eran unos veinte hombres armados con tuberías y bates. Aiden, escondido detrás de unos contenedores de basura, observó con los ojos bien abiertos.

Gapryong no sacó las manos de los bolsillos hasta que el primer agresor estuvo a centímetros de él.

Movimiento uno: un giro sutil de cadera.
Movimiento dos: un golpe ascendente que rompió la mandíbula del atacante.
Movimiento tres: un paso lateral que dejó al segundo hombre golpeando el aire.

Aiden sentía que su cerebro trabajaba a mil por hora. No solo miraba; estaba diseccionando la biomecánica de Gapryong. Cómo distribuía el peso, cómo usaba la inercia del oponente. En su mente, una red de datos se estaba formando.

De repente, uno de los hombres vio a Aiden.

— ¡Miren, un testigo! ¡Maten al mocoso! —gritó el delincuente, lanzándose hacia el chico con un bate de madera.

Aiden sintió que el tiempo se ralentizaba. El miedo estaba ahí, pero era un ruido de fondo. Su mente se centró en lo que acababa de ver.

— ¡Aiden, corre! —rugió Gapryong, dándose cuenta de la situación.

Pero Aiden no corrió.

Cuando el bate descendió hacia su cabeza, Aiden no cerró los ojos. Recordó el giro de cadera de Gapryong. Dio un paso corto hacia la izquierda, dejando que el bate rozara su hombro. El dolor fue agudo, un golpe seco que le amorató la piel al instante, pero Aiden lo usó.

"Recibir el golpe para entender la distancia", pensó.

Con el atacante desequilibrado por el fallo, Aiden lanzó un puñetazo. No fue un golpe perfecto, ni tenía la potencia devastadora de Gapryong, pero impactó directamente en el plexo solar del hombre. El delincuente se quedó sin aire y cayó de rodillas, asombrado de que un niño lo hubiera golpeado así.

Gapryong, que ya había despachado a la mitad de los agresores, se detuvo un segundo. Sus ojos se abrieron con sorpresa.

— Ese movimiento... —susurró el gigante.

Aiden estaba jadeando, con el brazo izquierdo colgando inerte por el golpe del bate, pero su mirada seguía fija en el resto de los enemigos. No buscaba reconocimiento. No buscaba que Gapryong le dijera "buen trabajo". Solo quería más. Quería aprender la siguiente lección.

La pelea terminó rápido. Gapryong barrió el suelo con los restantes en menos de un minuto. Cuando el silencio volvió a reinar, el líder se acercó a Aiden, quien seguía de pie, temblando pero firme.

— Te han dado fuerte en el hombro —dijo Gapryong, examinando la herida—. Te va a doler por una semana.

— He aprendido cómo se siente su inercia —respondió Aiden con voz ronca—. Si me golpean, entiendo mejor cómo evitar que vuelva a pasar.

Gapryong guardó silencio durante un largo rato. Encendió un cigarrillo y soltó el humo hacia el cielo gris de Seúl.

— Eres un bicho raro, Aiden Park. No tienes talento natural para la fuerza, pero tienes una mente maldita. Aprender recibiendo golpes... es la forma más dolorosa de crecer.

— Es la única forma que tengo —dijo el chico, mirando a los ojos del hombre que admiraba—. ¿Ahora me entrenará?

Gapryong soltó una pequeña risa y comenzó a caminar de nuevo.

— No.

Aiden sintió un nudo en la garganta.

— ¿Por qué? ¡Lo hice! ¡Me defendí!

— Hiciste una imitación barata —dijo Gapryong sin mirar atrás—. Si te entreno ahora, solo serás una copia de mí. Y el mundo no necesita a otro Kim Gapryong. El mundo necesita ver qué tipo de monstruo surge de alguien que aprende sufriendo.

Gapryong se detuvo un momento y, por primera vez, le lanzó algo a Aiden. Era un pequeño pin de metal con un emblema que Aiden no reconoció de inmediato.

— Si sobrevives a la secundaria y sigues queriendo pelear, búscame de nuevo. Pero no me pidas que te enseñe. Muéstrame algo que yo no sepa hacer.

Aiden apretó el pin en su mano derecha. El metal frío se clavó en su palma, pero se sintió como una promesa.

— Lo haré —susurró Aiden para sí mismo—. No seré su sombra. Seré el sistema que lo controle todo.

A partir de ese día, Aiden Park dejó de ser un simple observador. Se convirtió en un fantasma en los gimnasios de boxeo, en los dojos de judo y en las peleas callejeras. No se inscribía en las clases; se sentaba en las sombras, miraba, y luego provocaba a los luchadores más fuertes para que lo golpearan.

Cada hematoma era una lección. Cada costilla rota era un dato guardado en su memoria muscular.

— ¿Por qué haces esto, Aiden? —le preguntó una vez un compañero de clase que lo vio salir de un callejón con el labio partido—. Podrías ser el mejor estudiante, podrías tener una vida tranquila. ¿Por qué buscar problemas con gente que es claramente más fuerte que tú?

Aiden se limpió la sangre con la manga de su camisa. Sus ojos, antes llenos de confusión infantil, ahora tenían la profundidad de un pozo sin fondo.

— Porque la fuerza no es algo que se hereda siempre —respondió Aiden con calma—. A veces, la fuerza es algo que robas de aquellos que creen que la poseen.

— Estás loco —dijo el chico, alejándose con miedo.

Aiden no respondió. No necesitaba que lo entendieran. Su ambición era un secreto que guardaba bajo siete llaves. No quería fama, no quería que las bandas corearan su nombre como hacían con Gapryong. Quería el control. Quería entender cada estilo, cada movimiento, cada debilidad del cuerpo humano hasta que el mundo de las peleas no fuera un caos, sino un tablero de ajedrez donde él conociera todos los movimientos posibles.

Pasaron los años y Aiden creció. Su cuerpo se volvió atlético, fibroso, diseñado para la resistencia más que para el espectáculo. Seguía pareciendo un joven normal, alguien que podrías ignorar en el metro. Y eso era exactamente lo que él quería.

El anonimato era su mejor arma.

Un día, mientras entrenaba solo en un parque al atardecer, practicando una transición de agarre que había visto en una pelea clandestina la noche anterior, sintió una presencia familiar.

No era Gapryong. Era alguien más joven, alguien con un aura de arrogancia que hacía que el aire vibrara.

— Así que tú eres el chico que sigue a mi padre —dijo una voz burlona.

Aiden se detuvo y giró la cabeza. Frente a él estaba un joven de su edad, con una mirada afilada y una sonrisa que desbordaba confianza. Era evidente que compartía la sangre de la leyenda.

— ¿Quién eres? —preguntó Aiden, aunque ya sospechaba la respuesta.

— Eso no importa ahora —dijo el joven, poniéndose en guardia—. Mi padre dice que tienes una forma extraña de aprender. Que eres como una grabadora humana. Quiero ver si es verdad, o si solo eres un saco de boxeo con delirios de grandeza.

Aiden ajustó su postura. No era la postura de Gapryong, ni la de un boxeador, ni la de un karateka. Era una amalgama extraña, algo que parecía fluido y rígido al mismo tiempo.

— Adelante —dijo Aiden—. Golpéame. Necesito aprender algo nuevo hoy.

El hijo de Gapryong se lanzó hacia adelante con una velocidad cegadora. El primer golpe impactó en la mejilla de Aiden, lanzándolo hacia atrás. Aiden sintió el crujido, saboreó la sangre. Pero mientras caía, sus ojos nunca se apartaron de los pies de su oponente.

"El peso se desplaza hacia la pierna delantera... el hombro derecho baja antes del gancho... la apertura está en el flanco izquierdo durante la recuperación".

Aiden se levantó, escupiendo sangre, y sonrió. Una sonrisa genuina y aterradora.

— Gracias —dijo Aiden—. Ese movimiento de pies... es muy útil.

El otro joven frunció el ceño, sintiendo por primera vez una punzada de incomodidad. Había golpeado a Aiden con la intención de humillarlo, pero Aiden no se sentía humillado. Se sentía alimentado.

La pelea continuó durante media hora. Aiden recibió una paliza sistemática. Tenía un ojo hinchado, el torso lleno de marcas moradas y respiraba con dificultad. Pero al final de la sesión, el hijo de Gapryong estaba jadeando, frustrado porque, sin importar cuántas veces derribara a Aiden, el chico se levantaba cada vez más rápido, esquivando golpes que antes le daban de lleno.

— Estás loco —dijo el joven, bajando los puños—. Eres un masoquista.

— No —dijo Aiden, poniéndose derecho con un esfuerzo sobrehumano—. Soy un estudiante. Y la clase de hoy ha terminado.

Aiden se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su casa. Sabía que Kim Gapryong probablemente estaba observando desde algún lugar cercano, oculto en las sombras de los árboles.

No buscaba su aprobación. Ya no.

Aiden Park sabía que su genética era normal. Sabía que no nació con el "Estado" o con una fuerza sobrehumana. Pero mientras caminaba bajo las luces de neón de Seúl, sentía cómo la información de la pelea se asentaba en sus músculos, cómo su mente reorganizaba cada golpe recibido en una base de datos de combate perfecta.

Gapryong lo había rechazado porque no tenía el fuego de un monstruo.

Lo que el legendario luchador no entendía era que Aiden no quería ser un monstruo. Quería ser el arquitecto que construyera la jaula para todos ellos.

— Algún día —susurró Aiden, mirando el pin de metal que siempre llevaba en el bolsillo—, no serás tú quien me diga que me vaya a casa. Seré yo quien decida cuándo se acaba la pelea.

La llama que se encendió a los siete años ya no era una pequeña chispa. Era un incendio controlado, una ambición fría y calculadora que amenazaba con devorar todo el sistema de peleas de Corea. Aiden Park seguía siendo invisible para la mayoría, un protector silencioso de los débiles y un ambicioso secreto en las sombras.

Pero el aprendizaje en combate no tenía límites. Y Aiden Park tenía toda la vida para seguir recibiendo golpes, hasta que ya no quedara nadie capaz de tocarlo.
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