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sangre y plumas..

Fandom: Jujutsu kaisen

Creado: 9/4/2026

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Ecos de Sombras y Secretos en los Pasillos

La mañana en la Academia de Hechicería de Tokio había comenzado con una calma engañosa, de esa que precede a los desastres más pintorescos. El aire fresco de la montaña soplaba suavemente, pero dentro de los muros de piedra, la energía maldita vibraba con una intensidad peculiar. No era una amenaza externa, sino el caos hormonal y sentimental de quienes residían allí.

En el campo de entrenamiento privado, Min Seo ajustaba los botones dorados de su sudadera azul marino. Se sentía mucho mejor después de su periodo de recuperación. Sus dedos acariciaron la empuñadura de la daga *Kagehari*, sintiendo el frío reconfortante del metal. A su lado, Choso la observaba con esa mirada sombría pero profundamente devota que solo reservaba para ella.

—¿Segura que no quieres descansar un poco más? —preguntó Choso, acercándose para acomodarle un mechón de pelo negro con mechas rosadas tras la oreja—. Tu energía todavía se siente algo inestable.

Min Seo sonrió, mostrando el pequeño lunar bajo su labio. Sus ojos heterocromáticos, uno café oscuro y el otro rosado, brillaron con determinación.

—Estoy bien, Choso. Necesito practicar el "Canto del Vacío Nocturno". Si no entreno mi voz, las cuerdas vocales se volverán perezosas —respondió ella, dándole un suave apretón en la mano.

Choso asintió, aunque su expresión seguía siendo la de un hombre que cargaba con el peso del mundo. Él era extremadamente emocional, y verla esforzarse siempre le generaba una mezcla de orgullo y ansiedad protectora.

—Estaré aquí —dijo él en voz baja—. Si necesitas algo... si te sientes mal, solo dímelo.

Min Seo dio un paso hacia el centro del área sombreada por los grandes árboles. Respiró hondo y cerró los ojos.

—*Surge* —susurró.

De las sombras a sus pies, pequeñas criaturas empezaron a materializarse. Los "Búhos del Eco" batieron sus alas silenciosas, rodeándola. Eran seres hechos de oscuridad y sonido, con ojos que imitaban el brillo de los suyos. Min empezó a tararear una melodía baja, una frecuencia que hacía vibrar el aire. De repente, su voz cambió. No era su tono habitual; era la voz de Gojo Satoru, perfecta e idéntica.

—"¡Hola, hola! ¿Alguien quiere dulces?" —dijo la voz de Gojo saliendo de los labios de Min.

Choso parpadeó, desconcertado por la precisión. Min Seo rió con su propia voz y luego se desvaneció en una mancha de sombra, apareciendo instantáneamente diez metros atrás, cerca de las raíces de un cerezo. Estaba perfeccionando la "Manipulación de Oscuridad", moviéndose como si el espacio no existiera.

Sin embargo, la práctica se vio interrumpida por un grito ahogado que venía de los pasillos principales del edificio de profesores.

—¡POR TODOS LOS CIELOS, SATORU! —Esa era la voz de Shoko Ieiri, y sonaba más agotada que de costumbre.

Min y Choso se miraron. La curiosidad pudo más que el entrenamiento. Guardando su daga, Min tomó la mano de Choso y ambos se dirigieron hacia el origen del ruido.

Lo que encontraron fue una escena que ya se estaba volviendo peligrosamente común en la Academia. La puerta de la oficina de profesores estaba abierta de par en par. Shoko estaba de pie en el umbral, con un cigarrillo sin encender en la boca y una expresión de "quiero renunciar a la vida".

Dentro, el profesor Geto y Gojo Satoru estaban en una posición que desafiaba no solo el decoro, sino las leyes de la física. Suguru estaba sentado en su escritorio, con el uniforme tipo kimono ligeramente desordenado, mientras Gojo estaba prácticamente encima de él, con las piernas envueltas alrededor de su cintura y las gafas negras colgando peligrosamente de una oreja. Se estaban besando con una intensidad que sugería que habían olvidado que el resto del mundo existía.

—Hay un invento maravilloso llamado cerradura —dijo Shoko, golpeando el marco de la puerta.

Gojo se separó apenas unos milímetros, con el pelo blanco más revuelto que de costumbre y una sonrisa cínica.

—¡Shoko! —exclamó con alegría fingida—. Justo a tiempo. ¿Vienes a darnos una charla sobre anatomía?

Suguru suspiró, echando la cabeza hacia atrás mientras intentaba recuperar el aliento, su mechón de pelo suelto cayendo sobre sus ojos morados.

—Te dije que pusieras el "Infinito" en la puerta, Satoru —murmuró Geto con voz ronca.

—¡Pero eso quita la emoción! —replicó el peliblanco.

Min Seo y Choso observaban desde el pasillo. Min se tapó la boca para no reír, mientras Choso simplemente fruncía el ceño, protegiendo a Min con su cuerpo como si la escena fuera un ataque enemigo.

—Deberían ser más discretos —susurró Choso—. Es... poco higiénico.

—Dice el hombre que ayer casi derriba una estantería en la biblioteca —le susurró Min al oído, haciendo que las orejas de Choso se pusieran rojas al instante.

Pero la cadena de encuentros desafortunados no terminó ahí. Mientras bajaban hacia el área de los dormitorios para buscar algo de comer, pasaron por la sala común. Allí, Nobara y Maki estaban entrenando con armas de madera, pero se detuvieron en seco al mirar hacia el rincón del sofá.

Itadori Yuji y Megumi Fushiguro estaban allí. Yuji, con su sudadera roja característica, tenía a Megumi acorralado contra el respaldo. Megumi, el chico frío de pelo rebelde y ojos azules, tenía el rostro completamente encarnado mientras Yuji le susurraba algo al oído que lo hacía temblar. Las manos de Yuji estaban bajo la chaqueta del uniforme de Megumi, y el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba el silencio de la sala.

—¡Oigan! —gritó Nobara, golpeando su martillo contra la palma de su mano—. ¡Busquen una habitación! ¡Maki y yo estamos intentando perfeccionar técnicas de asesinato aquí!

Yuji saltó hacia atrás como si lo hubiera picado un rayo, rascándose la nuca con una risa nerviosa y el rostro del mismo color que su sudadera.

—¡Lo siento, Nobara! ¡Es que Megumi se veía tan lindo cuando se quejaba del clima y yo solo...!

—Cállate, Itadori —gruñó Megumi, cubriéndose la cara con las manos, aunque sus dedos no podían ocultar lo mucho que estaba disfrutando el momento previo.

Inumaki pasó por allí en ese momento, bajándose el cuello del uniforme para revelar sus marcas de ojos de serpiente.

—Hojuelas de bonito —dijo con un tono de desaprobación juguetona, negando con la cabeza antes de seguir su camino hacia la cocina.

Min Seo soltó una carcajada limpia. La Academia era un desastre absoluto, un nido de amor y hormonas que apenas se mantenía unido por la voluntad de Shoko y la paciencia de los de segundo año.

—Vamos a mi habitación —dijo Min, tirando de la estola de Choso—. Quiero practicar un poco más... pero en privado.

Choso la siguió sin dudarlo. Una vez dentro del cuarto de Min, el ambiente cambió. La habitación estaba decorada con un estilo "dark cute", con pósteres de bandas coreanas y luces tenues. Min se sentó en el borde de la cama y Choso cerró la puerta con llave, asegurándose de que esta vez nadie los interrumpiera.

Choso se arrodilló frente a ella. Siempre era así de intenso, así de entregado. Sus manos, marcadas por el uso de su sangre, temblaban ligeramente mientras rodeaban la cintura de Min.

—¿Estás bien? —preguntó él, su voz rompiéndose un poco—. ¿No te duele nada del entrenamiento?

Min Seo sonrió con ternura. Adoraba esa faceta de Choso; era un hombre que podía ser aterrador en combate, pero que en la intimidad se deshacía en mimos y preocupaciones.

—Estoy perfecta, Choso. Solo quiero que me toques.

Él soltó un pequeño gemido, ocultando su rostro en el regazo de ella. Choso era lo que muchos llamarían un "man who whimpers"; se dejaba llevar por sus emociones de una manera casi física. Sentir las manos de Min en su cabello negro, desarmando sus moños, lo hacía sentir que finalmente tenía un hogar después de tanto sufrimiento como pintura de la muerte.

Min Seo deslizó sus manos por los hombros de Choso, bajando lentamente. Sabía perfectamente lo que hacía. Sus dedos se detuvieron en la parte interna de sus propios muslos, rozando la tela del uniforme. Ese era uno de sus puntos más sensibles, y Choso lo sabía.

Él levantó la vista, con las ojeras marcadas bajo sus ojos claros, pero con una chispa de deseo ardiente.

—¿Puedo? —preguntó, su voz apenas un susurro.

—Siempre —respondió ella.

Choso comenzó a besar la piel de sus piernas, subiendo con lentitud tortuosa. Sus manos, grandes y cálidas, apretaban con firmeza pero sin lastimar. Min soltó un jadeo cuando la boca de Choso encontró el tatuaje de las estrellas en su muslo derecho. La técnica del "Canto del Vacío Nocturno" no era lo único que hacía vibrar su cuerpo en ese momento; la energía de Choso, su sangre latiendo con fuerza, creaba una conexión que ninguna técnica maldita podría replicar.

—Min... —murmuró él contra su piel, soltando otro de esos sonidos bajos y vulnerables que tanto la volvían loca—. Eres tan... tan hermosa. No sé qué haría si algo te pasara.

—Nada me va a pasar, tonto —dijo ella, inclinándose para besarlo, sintiendo el piercing de su labio rozar la piel de Choso—. Tienes que confiar más en mi fuerza.

—Confío en tu fuerza —dijo él, subiendo para besarla con desesperación—, pero no confío en mi corazón. Se detiene cada vez que dejas de respirar por un segundo.

Se entregaron el uno al otro con una pasión que mezclaba la ferocidad de su naturaleza con la dulzura de su amor. En ese espacio, Min no tenía que ser la hechicera de la voz sombría, y Choso no tenía que ser el hermano mayor protector de todos. Eran solo ellos dos.

Sin embargo, la paz duró poco.

Un golpe seco en la puerta los hizo saltar.

—¡MIN SEO! ¡CHOSO! —La voz de Nobara resonó desde el pasillo—. ¡Dice Gojo que hay una misión de emergencia y que dejen de hacer lo que sea que estén haciendo porque el olor a hormonas llega hasta la entrada!

Choso se quedó congelado, con la cara hundida en el cuello de Min, soltando un gemido de pura frustración.

—¡Váyanse! —gritó Min, tratando de recomponer su uniforme y su respiración—. ¡Estábamos... estábamos meditando!

—¡Sí, claro! —se escuchó la voz de Yuji a lo lejos—. ¡Y Megumi y yo estábamos repasando historia japonesa! ¡Muevan el trasero, los esperamos abajo!

Min Seo miró a Choso, quien tenía el cabello totalmente desordenado y una expresión de derrota absoluta. Ella se echó a reír, una risa clara y melodiosa que activó sin querer a uno de sus "Búhos del Eco", que empezó a repetir el gemido de frustración de Choso por toda la habitación.

—¡Cállalo! —pidió Choso, avergonzado, cubriéndose la cara con su bufanda.

—Es parte del entrenamiento, cariño —dijo ella, dándole un beso rápido en la nariz antes de levantarse—. Vamos, el deber llama. Pero esta noche... esta noche pondré un sello de silencio en la puerta.

Choso suspiró, recuperando su compostura sombría mientras se levantaba y se ajustaba la túnica.

—Más vale que así sea. No creo que mi corazón soporte otra interrupción de Kugisaki.

Salieron al pasillo, encontrándose con el resto del grupo. La Academia de Hechicería de Tokio podía ser un lugar peligroso, lleno de maldiciones y muerte, pero mientras caminaban juntos —Gojo bromeando con un Geto que fingía molestia, Yuji y Megumi compartiendo miradas cómplices, y Shoko fumando al fondo—, Min Seo sintió que, a pesar de las interrupciones y la falta de privacidad, no cambiaría ese caos por nada en el mundo.

—¿Lista para usar ese "Eco Absoluto" en la misión? —preguntó Maki, ajustándose las gafas y cargando su lanza.

Min Seo sonrió, sintiendo la energía maldita fluir por su garganta, lista para convertirse en un arma.

—Lista. Y más vale que las maldiciones estén preparadas, porque hoy tengo mucha energía acumulada que soltar.

Choso caminó a su lado, con su mano rozando la de ella, siempre protector, siempre alerta, y profundamente enamorado de la mujer que dominaba las sombras con su voz.
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