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Naruto
Fandom: Naruto y el chavo del 8
Criado: 12/04/2026
Tags
UA (Universo Alternativo)CrossoverIsekai / Fantasia PortalCrack / Humor ParódicoParódiaPWP (Enredo? Que enredo?)Linguagem ExplícitaOOC (Fora do Personagem)
El Ninja de la Vecindad y el Alquiler del Pecado
La tarde caía sobre la vecindad con un tono anaranjado que recordaba, irónicamente, al color de los atardeceres en la Aldea Oculta de la Hoja. Naruto Uzumaki, el Séptimo Hokage, se encontraba sentado en el borde del barril del Chavo, rascándose la nuca con una expresión de absoluta derrota. No importaba que hubiera derrotado a dioses, alienígenas o criminales de rango S; nada de eso lo había preparado para la furia burocrática del Señor Barriga.
El rubio había llegado a este extraño mundo debido a un fallo en un jutsu de espacio-tiempo, y aunque los vecinos lo habían acogido con relativa curiosidad, la economía local era un enemigo que no podía vencer con un Rasengan. Debía meses de renta del pequeño cuarto que compartía con el Chavo, y el dueño de la vecindad ya le había dado un ultimátum: o pagaba, o se iba a la calle con sus pergaminos y sus kunais.
— ¡Pero es que no tengo ni un peso, de veras! —exclamó Naruto al aire, suspirando con pesadez.
— No se preocupe, joven Naruto —una voz melosa y algo temblorosa resonó detrás de él.
Era Doña Cleotilde, mejor conocida como la Bruja del 71. Llevaba puesto su eterno vestido azul y su expresión, usualmente severa, se había transformado en una mirada de deseo poco disimulada. A su lado, para sorpresa del ninja, estaban Doña Florinda, la Señorita Gloria, y más atrás, las más jóvenes: Paty, la Popis y la Chilindrina. Todas compartían una mirada cómplice que Naruto, en su habitual despiste, no terminaba de descifrar.
— Hemos estado hablando entre nosotras —dijo Doña Florinda, acomodándose los tubos del cabello y cruzándose de brazos, aunque su postura era menos rígida de lo habitual—. El Señor Barriga es un hombre implacable, pero nosotras tenemos... cierta influencia sobre los contratos de esta vecindad.
Naruto se puso de pie, esperanzado.
— ¿En serio? ¿Pueden ayudarme a que no me echen? ¡Haré lo que sea! ¡Limpiaré el patio, arreglaré las goteras, lo que quieran!
La Señorita Gloria, con su belleza serena, dio un paso adelante y le puso una mano en el hombro, haciendo que Naruto se sonrojara levemente.
— No queremos que trabajes, Naruto —murmuró ella con voz sugerente—. Queremos que nos demuestres qué tan grande es ese "espíritu ninja" del que tanto hablas.
— ¿Mi chakra? —preguntó él, confundido—. Bueno, tengo mucho, pero no sé cómo eso ayuda con la renta.
— Ay, qué bruto, póngale cero —intervino la Chilindrina, ajustándose las gafas y acercándose con una sonrisa pícara que no auguraba nada bueno para la inocencia del rubio—. No se trata de energía azul, tontito. Se trata de... un intercambio de servicios más personal. Si nos complaces a todas, nosotras convenceremos al Señor Barriga de que tu deuda está saldada.
Naruto parpadeó varias veces. Miró a Doña Clotilde, que suspiraba como una adolescente; a Doña Florinda, que evitaba la mirada pero mantenía una sonrisa de suficiencia; a la Popis, que abrazaba a su muñeca con fuerza; y a Paty, que le guiñó un ojo.
— ¿A todas? —preguntó Naruto, tragando saliva.
— A todas —confirmó Doña Florinda con autoridad—. Y más vale que empieces pronto, porque la noche es corta y somos muchas.
El grupo se movió hacia el departamento de Doña Florinda, que era el más espacioso y privado. Una vez dentro, el ambiente cambió drásticamente. El olor a café fue reemplazado por una tensión carnal que flotaba en el aire. Naruto, aunque era un hombre casado en su mundo, se sentía como un genin en su primera misión de infiltración.
— Bien, Uzumaki —dijo Doña Florinda, soltándose el delantal y empezando a desabrocharse la blusa con una lentitud tortuosa—. Demuéstranos por qué te llaman el número uno en sorprender a la gente.
Naruto comprendió que no había vuelta atrás. Si quería mantener un techo sobre su cabeza y seguir buscando una forma de volver a casa, tendría que usar sus mejores técnicas, aunque no fueran las que enseñaban en la Academia.
— ¡Kage Bunshin no Jutsu! —gritó, realizando el sello de manos característico.
En un estallido de humo blanco, cinco clones idénticos aparecieron en la sala. Las mujeres soltaron un grito de asombro y deleite. Aquello era más de lo que habían soñado.
— Un Naruto para cada una —dijo el original, con una sonrisa que ya no era de nerviosismo, sino de determinación—. Espero que estén preparadas, ¡porque no pienso rendirme!
La sesión comenzó con un caos de pasión. Doña Clotilde se abalanzó sobre uno de los clones, arrastrándolo hacia el sofá mientras murmuraba hechizos de amor que no necesitaban magia. Doña Florinda, manteniendo su estatus, llevó al Naruto original a su habitación, donde la rigidez de su carácter se desmoronó en cuanto las manos del ninja tocaron su piel.
— ¡Oh, Tesoro! —exclamó ella, pero esta vez no se refería a Quico—. ¡Esto es mucho mejor que el café con el Profesor Jirafales!
Mientras tanto, en la sala, la Señorita Gloria y Paty compartían a un tercer clon. La belleza de ambas contrastaba con la fuerza bruta del Uzumaki. Paty, con la frescura de su juventud, incitaba al ninja a ir más rápido, mientras Gloria aportaba una experiencia que hacía que el clon tuviera que esforzarse por no disiparse en una nube de humo.
La Chilindrina y la Popis, por su parte, rodeaban a otro clon en un rincón.
— ¡Fíjate, fíjate, fíjate! —decía la Chilindrina entre jadeos, mientras exploraba los músculos abdominales del rubio—. ¡Esto sí es un juego de niños grande!
— ¡Ay, te voy a acusar con mi mamá! —decía la Popis, aunque no parecía tener ninguna intención de hacerlo mientras sus manos se perdían bajo la ropa del ninja.
El departamento se llenó de sonidos que los muros de la vecindad nunca habían escuchado. Gemidos, gritos de placer y el rítmico golpeteo de los cuerpos contra los muebles. Naruto, utilizando su inagotable reserva de chakra, se aseguraba de que cada una de ellas recibiera la atención necesaria. Sus manos, curtidas por el entrenamiento, eran sorprendentemente suaves al recorrer las curvas de las mujeres.
— ¡Más, Naruto! ¡No te detengas! —gritaba Doña Clotilde, quien parecía haber rejuvenecido veinte años bajo el vigor del rubio.
El Naruto original, en la habitación de Doña Florinda, estaba descubriendo que detrás de esa fachada de mujer amargada y estricta, había un volcán de pasión reprimida. Florinda lo arañaba, lo besaba con desesperación y le pedía que usara toda su fuerza.
— ¡Enséñame ese poder del zorro! —le suplicaba ella al oído.
Naruto no se contuvo. Sus ojos cambiaron brevemente a un tono rojizo y la intensidad del encuentro subió de nivel. Cada embestida era como un impacto de energía que hacía vibrar las paredes.
Afuera, en el patio, el Chavo miraba la puerta cerrada del departamento de Doña Florinda con curiosidad.
— ¿Qué estarán haciendo allá adentro? —se preguntó, rascándose la cabeza—. Seguro están comiendo tortas de jamón y no me invitaron. Al cabo que ni quería.
Pero dentro, el banquete era otro. Naruto alternaba entre sus clones, intercambiando posiciones y asegurándose de que ninguna se sintiera descuidada. La Señorita Gloria estaba en un estado de éxtasis total, susurrando palabras en un idioma que Naruto no entendía pero que sonaban a pura gloria. Paty reía y gemía a la vez, disfrutando de la vitalidad que solo un ninja de élite podía ofrecer.
Incluso la Popis había dejado de lado su timidez, entregándose a los sentidos de una manera que la hacía olvidar cualquier berrinche. La Chilindrina, siempre astuta, guiaba al clon hacia los puntos que más placer le causaban, demostrando que su inteligencia también se aplicaba a las artes amatorias.
Pasaron las horas y la energía en la habitación no disminuía. Naruto sentía que su chakra se agotaba, pero su voluntad de fuego lo mantenía en pie. Era una cuestión de honor, de supervivencia y, extrañamente, de satisfacción mutua.
Finalmente, con un último esfuerzo coordinado, Naruto y sus clones llegaron al clímax al mismo tiempo que las seis mujeres. Un grito unísono llenó el departamento, seguido de un silencio profundo solo interrumpido por las respiraciones agitadas.
Los clones desaparecieron en pequeñas nubes de humo, dejando solo al Naruto original, que cayó de espaldas sobre la cama de Doña Florinda, completamente exhausto.
Las mujeres, esparcidas por la habitación y la sala, tenían expresiones de absoluta plenitud. Doña Florinda se acomodó el cabello, que ahora era un desastre, y miró al rubio con una ternura que nunca le había mostrado a nadie.
— Bien hecho, Uzumaki —dijo ella, recuperando un poco de su compostura—. Creo que... creo que la renta del próximo año también está pagada.
— ¿Solo el próximo año? —preguntó Naruto con una sonrisa débil—. Creo que voy a necesitar mucho ramen para recuperarme de esto.
Doña Clotilde entró en la habitación, envuelta en una sábana, y le dio un beso en la mejilla.
— Mañana mismo le diré al Señor Barriga que yo me encargo de tus deudas, mi pequeño ninja valiente.
La Señorita Gloria y las demás se asomaron por la puerta, todas con sonrisas cómplices. La vecindad nunca volvería a ser la misma. Naruto había logrado lo que nadie más pudo: traer paz y satisfacción absoluta a las mujeres de aquel lugar.
— ¡Eso, eso, eso! —exclamó la Chilindrina desde el fondo, provocando que todos rieran.
Naruto cerró los ojos por un momento, pensando que, después de todo, vivir en la vecindad no era tan malo. Quizás no tenía misiones de rango S, pero este tipo de "entrenamiento" tenía sus propias recompensas.
A la mañana siguiente, cuando el Señor Barriga llegó cobrando la renta, se encontró con una escena inusual. Doña Florinda no lo recibió con un desplante, sino con una sonrisa radiante. Doña Clotilde no estaba persiguiendo a Don Ramón, sino tarareando una melodía alegre. Y Naruto, el joven rubio que siempre parecía preocupado, dormía plácidamente en una hamaca en el patio, con una expresión de paz que ni el mismísimo Sabio de los Seis Caminos podría igualar.
— ¿Y mi dinero? —preguntó el Señor Barriga, confundido.
— No se preocupe, Don Zenón —dijo Gloria, pasando a su lado con un brillo especial en los ojos—. La deuda ha sido pagada con creces.
El dueño de la vecindad se rascó la cabeza, sin entender nada, mientras Naruto, en sueños, murmuraba algo sobre un "Jutsu Multiclones de Placer" y sonreía antes de seguir descansando para la próxima "cuota" del alquiler.
El rubio había llegado a este extraño mundo debido a un fallo en un jutsu de espacio-tiempo, y aunque los vecinos lo habían acogido con relativa curiosidad, la economía local era un enemigo que no podía vencer con un Rasengan. Debía meses de renta del pequeño cuarto que compartía con el Chavo, y el dueño de la vecindad ya le había dado un ultimátum: o pagaba, o se iba a la calle con sus pergaminos y sus kunais.
— ¡Pero es que no tengo ni un peso, de veras! —exclamó Naruto al aire, suspirando con pesadez.
— No se preocupe, joven Naruto —una voz melosa y algo temblorosa resonó detrás de él.
Era Doña Cleotilde, mejor conocida como la Bruja del 71. Llevaba puesto su eterno vestido azul y su expresión, usualmente severa, se había transformado en una mirada de deseo poco disimulada. A su lado, para sorpresa del ninja, estaban Doña Florinda, la Señorita Gloria, y más atrás, las más jóvenes: Paty, la Popis y la Chilindrina. Todas compartían una mirada cómplice que Naruto, en su habitual despiste, no terminaba de descifrar.
— Hemos estado hablando entre nosotras —dijo Doña Florinda, acomodándose los tubos del cabello y cruzándose de brazos, aunque su postura era menos rígida de lo habitual—. El Señor Barriga es un hombre implacable, pero nosotras tenemos... cierta influencia sobre los contratos de esta vecindad.
Naruto se puso de pie, esperanzado.
— ¿En serio? ¿Pueden ayudarme a que no me echen? ¡Haré lo que sea! ¡Limpiaré el patio, arreglaré las goteras, lo que quieran!
La Señorita Gloria, con su belleza serena, dio un paso adelante y le puso una mano en el hombro, haciendo que Naruto se sonrojara levemente.
— No queremos que trabajes, Naruto —murmuró ella con voz sugerente—. Queremos que nos demuestres qué tan grande es ese "espíritu ninja" del que tanto hablas.
— ¿Mi chakra? —preguntó él, confundido—. Bueno, tengo mucho, pero no sé cómo eso ayuda con la renta.
— Ay, qué bruto, póngale cero —intervino la Chilindrina, ajustándose las gafas y acercándose con una sonrisa pícara que no auguraba nada bueno para la inocencia del rubio—. No se trata de energía azul, tontito. Se trata de... un intercambio de servicios más personal. Si nos complaces a todas, nosotras convenceremos al Señor Barriga de que tu deuda está saldada.
Naruto parpadeó varias veces. Miró a Doña Clotilde, que suspiraba como una adolescente; a Doña Florinda, que evitaba la mirada pero mantenía una sonrisa de suficiencia; a la Popis, que abrazaba a su muñeca con fuerza; y a Paty, que le guiñó un ojo.
— ¿A todas? —preguntó Naruto, tragando saliva.
— A todas —confirmó Doña Florinda con autoridad—. Y más vale que empieces pronto, porque la noche es corta y somos muchas.
El grupo se movió hacia el departamento de Doña Florinda, que era el más espacioso y privado. Una vez dentro, el ambiente cambió drásticamente. El olor a café fue reemplazado por una tensión carnal que flotaba en el aire. Naruto, aunque era un hombre casado en su mundo, se sentía como un genin en su primera misión de infiltración.
— Bien, Uzumaki —dijo Doña Florinda, soltándose el delantal y empezando a desabrocharse la blusa con una lentitud tortuosa—. Demuéstranos por qué te llaman el número uno en sorprender a la gente.
Naruto comprendió que no había vuelta atrás. Si quería mantener un techo sobre su cabeza y seguir buscando una forma de volver a casa, tendría que usar sus mejores técnicas, aunque no fueran las que enseñaban en la Academia.
— ¡Kage Bunshin no Jutsu! —gritó, realizando el sello de manos característico.
En un estallido de humo blanco, cinco clones idénticos aparecieron en la sala. Las mujeres soltaron un grito de asombro y deleite. Aquello era más de lo que habían soñado.
— Un Naruto para cada una —dijo el original, con una sonrisa que ya no era de nerviosismo, sino de determinación—. Espero que estén preparadas, ¡porque no pienso rendirme!
La sesión comenzó con un caos de pasión. Doña Clotilde se abalanzó sobre uno de los clones, arrastrándolo hacia el sofá mientras murmuraba hechizos de amor que no necesitaban magia. Doña Florinda, manteniendo su estatus, llevó al Naruto original a su habitación, donde la rigidez de su carácter se desmoronó en cuanto las manos del ninja tocaron su piel.
— ¡Oh, Tesoro! —exclamó ella, pero esta vez no se refería a Quico—. ¡Esto es mucho mejor que el café con el Profesor Jirafales!
Mientras tanto, en la sala, la Señorita Gloria y Paty compartían a un tercer clon. La belleza de ambas contrastaba con la fuerza bruta del Uzumaki. Paty, con la frescura de su juventud, incitaba al ninja a ir más rápido, mientras Gloria aportaba una experiencia que hacía que el clon tuviera que esforzarse por no disiparse en una nube de humo.
La Chilindrina y la Popis, por su parte, rodeaban a otro clon en un rincón.
— ¡Fíjate, fíjate, fíjate! —decía la Chilindrina entre jadeos, mientras exploraba los músculos abdominales del rubio—. ¡Esto sí es un juego de niños grande!
— ¡Ay, te voy a acusar con mi mamá! —decía la Popis, aunque no parecía tener ninguna intención de hacerlo mientras sus manos se perdían bajo la ropa del ninja.
El departamento se llenó de sonidos que los muros de la vecindad nunca habían escuchado. Gemidos, gritos de placer y el rítmico golpeteo de los cuerpos contra los muebles. Naruto, utilizando su inagotable reserva de chakra, se aseguraba de que cada una de ellas recibiera la atención necesaria. Sus manos, curtidas por el entrenamiento, eran sorprendentemente suaves al recorrer las curvas de las mujeres.
— ¡Más, Naruto! ¡No te detengas! —gritaba Doña Clotilde, quien parecía haber rejuvenecido veinte años bajo el vigor del rubio.
El Naruto original, en la habitación de Doña Florinda, estaba descubriendo que detrás de esa fachada de mujer amargada y estricta, había un volcán de pasión reprimida. Florinda lo arañaba, lo besaba con desesperación y le pedía que usara toda su fuerza.
— ¡Enséñame ese poder del zorro! —le suplicaba ella al oído.
Naruto no se contuvo. Sus ojos cambiaron brevemente a un tono rojizo y la intensidad del encuentro subió de nivel. Cada embestida era como un impacto de energía que hacía vibrar las paredes.
Afuera, en el patio, el Chavo miraba la puerta cerrada del departamento de Doña Florinda con curiosidad.
— ¿Qué estarán haciendo allá adentro? —se preguntó, rascándose la cabeza—. Seguro están comiendo tortas de jamón y no me invitaron. Al cabo que ni quería.
Pero dentro, el banquete era otro. Naruto alternaba entre sus clones, intercambiando posiciones y asegurándose de que ninguna se sintiera descuidada. La Señorita Gloria estaba en un estado de éxtasis total, susurrando palabras en un idioma que Naruto no entendía pero que sonaban a pura gloria. Paty reía y gemía a la vez, disfrutando de la vitalidad que solo un ninja de élite podía ofrecer.
Incluso la Popis había dejado de lado su timidez, entregándose a los sentidos de una manera que la hacía olvidar cualquier berrinche. La Chilindrina, siempre astuta, guiaba al clon hacia los puntos que más placer le causaban, demostrando que su inteligencia también se aplicaba a las artes amatorias.
Pasaron las horas y la energía en la habitación no disminuía. Naruto sentía que su chakra se agotaba, pero su voluntad de fuego lo mantenía en pie. Era una cuestión de honor, de supervivencia y, extrañamente, de satisfacción mutua.
Finalmente, con un último esfuerzo coordinado, Naruto y sus clones llegaron al clímax al mismo tiempo que las seis mujeres. Un grito unísono llenó el departamento, seguido de un silencio profundo solo interrumpido por las respiraciones agitadas.
Los clones desaparecieron en pequeñas nubes de humo, dejando solo al Naruto original, que cayó de espaldas sobre la cama de Doña Florinda, completamente exhausto.
Las mujeres, esparcidas por la habitación y la sala, tenían expresiones de absoluta plenitud. Doña Florinda se acomodó el cabello, que ahora era un desastre, y miró al rubio con una ternura que nunca le había mostrado a nadie.
— Bien hecho, Uzumaki —dijo ella, recuperando un poco de su compostura—. Creo que... creo que la renta del próximo año también está pagada.
— ¿Solo el próximo año? —preguntó Naruto con una sonrisa débil—. Creo que voy a necesitar mucho ramen para recuperarme de esto.
Doña Clotilde entró en la habitación, envuelta en una sábana, y le dio un beso en la mejilla.
— Mañana mismo le diré al Señor Barriga que yo me encargo de tus deudas, mi pequeño ninja valiente.
La Señorita Gloria y las demás se asomaron por la puerta, todas con sonrisas cómplices. La vecindad nunca volvería a ser la misma. Naruto había logrado lo que nadie más pudo: traer paz y satisfacción absoluta a las mujeres de aquel lugar.
— ¡Eso, eso, eso! —exclamó la Chilindrina desde el fondo, provocando que todos rieran.
Naruto cerró los ojos por un momento, pensando que, después de todo, vivir en la vecindad no era tan malo. Quizás no tenía misiones de rango S, pero este tipo de "entrenamiento" tenía sus propias recompensas.
A la mañana siguiente, cuando el Señor Barriga llegó cobrando la renta, se encontró con una escena inusual. Doña Florinda no lo recibió con un desplante, sino con una sonrisa radiante. Doña Clotilde no estaba persiguiendo a Don Ramón, sino tarareando una melodía alegre. Y Naruto, el joven rubio que siempre parecía preocupado, dormía plácidamente en una hamaca en el patio, con una expresión de paz que ni el mismísimo Sabio de los Seis Caminos podría igualar.
— ¿Y mi dinero? —preguntó el Señor Barriga, confundido.
— No se preocupe, Don Zenón —dijo Gloria, pasando a su lado con un brillo especial en los ojos—. La deuda ha sido pagada con creces.
El dueño de la vecindad se rascó la cabeza, sin entender nada, mientras Naruto, en sueños, murmuraba algo sobre un "Jutsu Multiclones de Placer" y sonreía antes de seguir descansando para la próxima "cuota" del alquiler.
