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0 curtida
Sienna
Fandom: Jujutsu Kaisen
Criado: 12/04/2026
Tags
OmegaversoDramaAngústiaDor/ConfortoRomanceDiscriminaçãoUA (Universo Alternativo)Estudo de PersonagemAção
Cuchillas sobre el Cristal Roto
El frío de la pista de hielo no se comparaba con el frío que Megumi Fushiguro sentía en los huesos cada vez que su entrenadora lo miraba. A sus diecisiete años, Megumi era la joya de la corona de la familia Fushiguro, un Omega cuya elegancia y técnica en el patinaje artístico eran, en teoría, el orgullo de su casta. En la práctica, Megumi era un prisionero de piel pálida y movimientos etéreos que solo conocía el rigor de una sociedad que esperaba que los Omegas fueran frágiles, perfectos y, sobre todo, sumisos.
Aquella noche, bajo las luces cegadoras de la arena olímpica, Megumi se sentía más como un animal acosado que como un atleta de élite. Su cabello negro estaba perfectamente peinado hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes insistían en caer sobre sus ojos verdes, y su traje, incrustado con cristales que imitaban el rocío, pesaba como una armadura.
La música comenzó. Era una pieza melancólica, un violín que parecía llorar en sintonía con su propio espíritu. Megumi se deslizó, sus cuchillas cortando el hielo con una precisión quirúrgica. Ejecutó un Triple Axel con la ligereza de una pluma, seguido de una combinación de saltos que dejó al público en un silencio sepulcral. Cada giro, cada extensión de sus dedos, era el resultado de años de tortura: de tobillos vendados para ocultar moretones, de dietas extremas y de las palabras hirientes de una entrenadora que lo consideraba poco más que un bloque de mármol por esculpir.
Al terminar, Megumi quedó en una pose final, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando. Sabía que había sido su mejor actuación. No había habido un solo error.
Sin embargo, cuando los puntajes aparecieron en la pantalla gigante, el corazón se le cayó a los pies.
Un cuarto lugar.
—¿Qué? —susurró para sí mismo, sintiendo un nudo de bilis en la garganta.
No saludó al público con la gracia habitual. Patinó directamente hacia la mesa de los jueces, ignorando las cámaras que hacían zoom sobre su rostro pálido.
—¿En qué se basan estos puntajes? —preguntó Megumi, con la voz temblando por la furia contenida. Sus manos, apoyadas en el borde de madera de la mesa de jueces, estaban blancas por el esfuerzo.
El juez principal, un Alfa de mediana edad con una expresión de absoluto desdén, ni siquiera lo miró a los ojos.
—Fushiguro, tu técnica es impecable, pero tu presentación carece de la... "calidez" que se espera de un Omega —dijo el hombre, ajustándose las gafas—. Pareces un autómata. Tu expresión es demasiado dura. Un Omega debe inspirar protección, no desafío.
—He aterrizado todos los saltos —insistió Megumi, con los ojos ardiendo—. He cumplido con cada requisito técnico. Mi expresión no debería restarme diez puntos de la nota artística.
—La estética es parte del deporte, muchacho —intervino otra jueza—. Si no puedes proyectar la dulzura de tu casta, quizá deberías dedicarte a otra cosa.
Megumi no esperó más. No quería llorar frente a ellos, no les daría ese gusto. Se dio la vuelta y salió de la pista, ignorando los gritos de su mánager que lo llamaba desde el "Kiss and Cry".
—¡Megumi! ¡Vuelve aquí ahora mismo! ¡Tienes que dar entrevistas! —gritaba la mujer, cuya voz recordaba a Megumi los días en que ella le golpeaba las pantorrillas con una vara si no estiraba bien las puntas de los pies.
Él no se detuvo. Corrió por los pasillos alfombrados del estadio, todavía con los patines puestos pero con los protectores de plástico chirriando contra el suelo. Necesitaba aire, necesitaba espacio, necesitaba huir de la presión asfixiante de ser el Omega perfecto.
Dobló en una esquina, buscando desesperadamente un lugar donde esconderse, y terminó empujando las puertas dobles de lo que parecía ser un gimnasio de entrenamiento secundario, lejos de la zona de prensa.
El lugar olía a sudor, cuero y esfuerzo real, no a laca para el cabello y perfume caro.
Megumi se derrumbó contra la pared, deslizándose hasta que sus rodillas tocaron el suelo. El llanto, contenido durante años de represión, estalló de repente. No era un llanto delicado; era un sollozo desgarrador, el sonido de alguien que se está rompiendo por dentro.
—¡Malditos sean todos! —gritó entre dientes, golpeando el suelo con el puño—. ¡Maldita sea esta casta y este deporte de mierda!
—Oye... ¿estás bien?
La voz era profunda, cálida y vibraba con una preocupación genuina que Megumi no estaba acostumbrado a escuchar.
Levantó la vista, con los ojos verdes empañados por las lágrimas y el rostro rojo de frustración. A unos metros de él, un grupo de Betas que estaban recogiendo pesas se habían detenido para mirar, pero quien se acercaba era un Alfa que parecía sacado de un mundo completamente diferente al suyo.
Era alto, de hombros anchos y una musculatura poderosa que no intentaba ocultar bajo la sudadera sin mangas. Su cabello era de un rosa llamativo con los laterales negros, y su piel morena contrastaba con los ojos color avellana que ahora lo observaban con una mezcla de curiosidad y alarma.
Megumi reconoció el rostro. Era Yuji Itadori, el prodigio de la MMA, el hombre que decían que tenía una fuerza sobrehumana y un corazón demasiado grande para el octágono.
—Vete de aquí —escupió Megumi, tratando de recuperar la compostura mientras limpiaba sus mejillas con el dorso de la mano.
Yuji no se fue. Al contrario, se puso en cuclillas frente a él, respetando su espacio pero negándose a ignorarlo.
—Te vi en la pantalla hace un momento —dijo Yuji, ignorando la hostilidad del pelinegro—. Fuiste increíble. Parecía que volabas sobre el hielo. No sé mucho de patinaje, pero sé lo que es el esfuerzo, y tú te esforzaste más que nadie ahí fuera.
—Pues los jueces no piensan lo mismo —respondió Megumi con amargura—. Dicen que soy demasiado "duro". Que no soy un buen Omega.
Itadori frunció el ceño, y por un momento, una chispa de puro instinto Alfa brilló en sus ojos, no dirigida a Megumi, sino a la injusticia de sus palabras.
—Eso es una estupidez —dijo el boxeador con firmeza—. Yo soy un Alfa, y lo que vi ahí fuera fue a un guerrero. Tienes más fuerza en un solo dedo que esos tipos en toda su vida.
Megumi se quedó helado. Nadie le había dicho nunca algo así. Para su familia, él era un activo; para su entrenadora, un proyecto; para los jueces, una decepción estética. Pero para este extraño, este Alfa que olía a sol y a energía pura, él era un guerrero.
—¿Por qué me hablas? —preguntó Megumi en un susurro—. No deberías estar aquí.
—Me aburren las galas —admitió Yuji con una sonrisa pequeña y honesta—. Prefiero el gimnasio. Además, escuché que alguien entraba como si lo persiguiera el mismo diablo.
En ese momento, las puertas del gimnasio se abrieron de par en par. La mánager de Megumi entró, seguida de dos guardias de seguridad. Su rostro estaba congestionado por la ira.
—¡Megumi Fushiguro! ¡Levántate ahora mismo! —gritó ella—. Has hecho un espectáculo vergonzoso frente a los jueces. Tu padre ya se ha enterado y...
La mujer se detuvo en seco al notar la presencia de Itadori. El aura del Alfa, aunque generalmente amable, se había vuelto pesada y protectora en un instante. Yuji se levantó lentamente, colocándose de manera sutil entre Megumi y la mujer.
—Creo que el chico necesita un momento —dijo Yuji. Su voz no era alta, pero tenía el peso del acero.
—¿Y tú quién eres? —preguntó la mánager, recuperando su arrogancia—. Esto es un asunto familiar y profesional. Apártate, Alfa.
—Soy Yuji Itadori —respondió él, y el nombre pareció causar un efecto inmediato. La mujer palideció ligeramente. No era inteligente enemistarse con la estrella en ascenso de la MMA—. Y no voy a dejar que te lleves a alguien que está claramente sufriendo un ataque de ansiedad.
—Él no está sufriendo nada, está siendo un niño malcriado —siseó ella, intentando rodear a Yuji para alcanzar el brazo de Megumi.
Antes de que pudiera tocarlo, Megumi se puso de pie. Sus piernas temblaban, pero la presencia de Itadori a su lado le dio un tipo de valor que nunca había sentido.
—No me toques —dijo Megumi, con una voz que ya no temblaba—. No voy a volver a esa pista hoy. Y no voy a pedir disculpas.
—¡Te arruinarás la carrera! —chilló la mánager.
—Mi carrera ya está arruinada si la única forma de ganar es dejando de ser yo mismo —replicó Megumi.
Miró a Itadori. El Alfa lo observaba con una expresión de absoluto respeto. No era la mirada lasciva que muchos Alfas le daban a los Omegas en los eventos sociales, ni la mirada clínica de los médicos de la federación. Era la mirada de un igual.
—¿Puedes sacarme de aquí? —preguntó Megumi, sorprendiéndose a sí mismo.
Yuji sonrió, una sonrisa amplia que pareció iluminar el gimnasio gris.
—Claro que sí, Fushiguro.
—¡No puedes irte con él! —gritó la mánager mientras Yuji tomaba la chaqueta deportiva de Megumi y se la ponía sobre los hombros—. ¡Megumi, vuelve aquí!
Yuji ignoró los gritos y guio a Megumi hacia una salida lateral, la que usaban los atletas para evitar a la prensa. Los Betas del gimnasio, que habían estado observando la escena en silencio, simplemente se hicieron a un lado, reconociendo la autoridad silenciosa de Itadori.
Una vez fuera, en el aire fresco de la noche, Megumi respiró hondo. El frío ya no se sentía como una prisión, sino como libertad.
—Gracias —susurró Megumi, todavía consciente de que llevaba la chaqueta de un Alfa que apenas conocía. El aroma de Yuji —madera, lluvia y algo dulce como el azúcar tostado— lo envolvía, calmando sus instintos Omegas de una manera que los supresores nunca lograban.
—No tienes que agradecerme —dijo Yuji, rascándose la nuca con cierta timidez, perdiendo la intensidad de hace un momento—. Odié cómo te hablaron. Nadie debería ser tratado como un objeto, y menos alguien que puede hacer lo que tú haces en el hielo. Fue... fue como ver magia, de verdad.
Megumi sintió un ligero calor subir por sus mejillas.
—Soy terco —admitió el pelinegro—, y probablemente mi familia me mate mañana. Pero no podía soportar un segundo más de esa farsa.
—Bueno, si necesitas un lugar donde esconderte, el gimnasio de mi abuelo siempre está abierto —ofreció Yuji con un guiño—. No hay hielo, pero tenemos sacos de boxeo. Son geniales para sacar la frustración.
Megumi miró sus manos, las manos de un patinador artístico, delgadas y elegantes. Luego miró las de Yuji, grandes y llenas de cicatrices de batallas reales.
—Quizá te tome la palabra —dijo Megumi, y por primera vez en todo el día, una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareció en su rostro.
Yuji se quedó sin aliento por un segundo. Había visto a Megumi en las revistas, siempre serio y distante, pero verlo así, humano y valiente a pesar del miedo, era algo mucho más poderoso.
—Entonces, es un trato —dijo Yuji—. Pero primero, vamos a buscar algo de comer que no sea comida de hospital para atletas. Conozco un lugar de ramen que te devolverá el alma al cuerpo.
—Soy un Omega en plena temporada olímpica, Itadori. No debería comer ramen.
Yuji soltó una carcajada que resonó en la calle vacía.
—A la mierda las reglas por una noche, ¿no crees?
Megumi lo pensó. Pensó en su entrenadora, en los jueces y en las expectativas que lo habían asfixiado desde que tenía cinco años.
—A la mierda las reglas —asintió Megumi.
Mientras caminaban juntos hacia la oscuridad de la ciudad, lejos de las luces de la arena, Megumi Fushiguro sintió que, por primera vez en su vida, no estaba patinando sobre hielo delgado, sino caminando sobre tierra firme. Y a su lado, el Alfa de cabello rosa caminaba con un paso seguro, listo para derribar cualquier muro que se atreviera a interponerse en su camino.
Aquella noche, bajo las luces cegadoras de la arena olímpica, Megumi se sentía más como un animal acosado que como un atleta de élite. Su cabello negro estaba perfectamente peinado hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes insistían en caer sobre sus ojos verdes, y su traje, incrustado con cristales que imitaban el rocío, pesaba como una armadura.
La música comenzó. Era una pieza melancólica, un violín que parecía llorar en sintonía con su propio espíritu. Megumi se deslizó, sus cuchillas cortando el hielo con una precisión quirúrgica. Ejecutó un Triple Axel con la ligereza de una pluma, seguido de una combinación de saltos que dejó al público en un silencio sepulcral. Cada giro, cada extensión de sus dedos, era el resultado de años de tortura: de tobillos vendados para ocultar moretones, de dietas extremas y de las palabras hirientes de una entrenadora que lo consideraba poco más que un bloque de mármol por esculpir.
Al terminar, Megumi quedó en una pose final, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando. Sabía que había sido su mejor actuación. No había habido un solo error.
Sin embargo, cuando los puntajes aparecieron en la pantalla gigante, el corazón se le cayó a los pies.
Un cuarto lugar.
—¿Qué? —susurró para sí mismo, sintiendo un nudo de bilis en la garganta.
No saludó al público con la gracia habitual. Patinó directamente hacia la mesa de los jueces, ignorando las cámaras que hacían zoom sobre su rostro pálido.
—¿En qué se basan estos puntajes? —preguntó Megumi, con la voz temblando por la furia contenida. Sus manos, apoyadas en el borde de madera de la mesa de jueces, estaban blancas por el esfuerzo.
El juez principal, un Alfa de mediana edad con una expresión de absoluto desdén, ni siquiera lo miró a los ojos.
—Fushiguro, tu técnica es impecable, pero tu presentación carece de la... "calidez" que se espera de un Omega —dijo el hombre, ajustándose las gafas—. Pareces un autómata. Tu expresión es demasiado dura. Un Omega debe inspirar protección, no desafío.
—He aterrizado todos los saltos —insistió Megumi, con los ojos ardiendo—. He cumplido con cada requisito técnico. Mi expresión no debería restarme diez puntos de la nota artística.
—La estética es parte del deporte, muchacho —intervino otra jueza—. Si no puedes proyectar la dulzura de tu casta, quizá deberías dedicarte a otra cosa.
Megumi no esperó más. No quería llorar frente a ellos, no les daría ese gusto. Se dio la vuelta y salió de la pista, ignorando los gritos de su mánager que lo llamaba desde el "Kiss and Cry".
—¡Megumi! ¡Vuelve aquí ahora mismo! ¡Tienes que dar entrevistas! —gritaba la mujer, cuya voz recordaba a Megumi los días en que ella le golpeaba las pantorrillas con una vara si no estiraba bien las puntas de los pies.
Él no se detuvo. Corrió por los pasillos alfombrados del estadio, todavía con los patines puestos pero con los protectores de plástico chirriando contra el suelo. Necesitaba aire, necesitaba espacio, necesitaba huir de la presión asfixiante de ser el Omega perfecto.
Dobló en una esquina, buscando desesperadamente un lugar donde esconderse, y terminó empujando las puertas dobles de lo que parecía ser un gimnasio de entrenamiento secundario, lejos de la zona de prensa.
El lugar olía a sudor, cuero y esfuerzo real, no a laca para el cabello y perfume caro.
Megumi se derrumbó contra la pared, deslizándose hasta que sus rodillas tocaron el suelo. El llanto, contenido durante años de represión, estalló de repente. No era un llanto delicado; era un sollozo desgarrador, el sonido de alguien que se está rompiendo por dentro.
—¡Malditos sean todos! —gritó entre dientes, golpeando el suelo con el puño—. ¡Maldita sea esta casta y este deporte de mierda!
—Oye... ¿estás bien?
La voz era profunda, cálida y vibraba con una preocupación genuina que Megumi no estaba acostumbrado a escuchar.
Levantó la vista, con los ojos verdes empañados por las lágrimas y el rostro rojo de frustración. A unos metros de él, un grupo de Betas que estaban recogiendo pesas se habían detenido para mirar, pero quien se acercaba era un Alfa que parecía sacado de un mundo completamente diferente al suyo.
Era alto, de hombros anchos y una musculatura poderosa que no intentaba ocultar bajo la sudadera sin mangas. Su cabello era de un rosa llamativo con los laterales negros, y su piel morena contrastaba con los ojos color avellana que ahora lo observaban con una mezcla de curiosidad y alarma.
Megumi reconoció el rostro. Era Yuji Itadori, el prodigio de la MMA, el hombre que decían que tenía una fuerza sobrehumana y un corazón demasiado grande para el octágono.
—Vete de aquí —escupió Megumi, tratando de recuperar la compostura mientras limpiaba sus mejillas con el dorso de la mano.
Yuji no se fue. Al contrario, se puso en cuclillas frente a él, respetando su espacio pero negándose a ignorarlo.
—Te vi en la pantalla hace un momento —dijo Yuji, ignorando la hostilidad del pelinegro—. Fuiste increíble. Parecía que volabas sobre el hielo. No sé mucho de patinaje, pero sé lo que es el esfuerzo, y tú te esforzaste más que nadie ahí fuera.
—Pues los jueces no piensan lo mismo —respondió Megumi con amargura—. Dicen que soy demasiado "duro". Que no soy un buen Omega.
Itadori frunció el ceño, y por un momento, una chispa de puro instinto Alfa brilló en sus ojos, no dirigida a Megumi, sino a la injusticia de sus palabras.
—Eso es una estupidez —dijo el boxeador con firmeza—. Yo soy un Alfa, y lo que vi ahí fuera fue a un guerrero. Tienes más fuerza en un solo dedo que esos tipos en toda su vida.
Megumi se quedó helado. Nadie le había dicho nunca algo así. Para su familia, él era un activo; para su entrenadora, un proyecto; para los jueces, una decepción estética. Pero para este extraño, este Alfa que olía a sol y a energía pura, él era un guerrero.
—¿Por qué me hablas? —preguntó Megumi en un susurro—. No deberías estar aquí.
—Me aburren las galas —admitió Yuji con una sonrisa pequeña y honesta—. Prefiero el gimnasio. Además, escuché que alguien entraba como si lo persiguiera el mismo diablo.
En ese momento, las puertas del gimnasio se abrieron de par en par. La mánager de Megumi entró, seguida de dos guardias de seguridad. Su rostro estaba congestionado por la ira.
—¡Megumi Fushiguro! ¡Levántate ahora mismo! —gritó ella—. Has hecho un espectáculo vergonzoso frente a los jueces. Tu padre ya se ha enterado y...
La mujer se detuvo en seco al notar la presencia de Itadori. El aura del Alfa, aunque generalmente amable, se había vuelto pesada y protectora en un instante. Yuji se levantó lentamente, colocándose de manera sutil entre Megumi y la mujer.
—Creo que el chico necesita un momento —dijo Yuji. Su voz no era alta, pero tenía el peso del acero.
—¿Y tú quién eres? —preguntó la mánager, recuperando su arrogancia—. Esto es un asunto familiar y profesional. Apártate, Alfa.
—Soy Yuji Itadori —respondió él, y el nombre pareció causar un efecto inmediato. La mujer palideció ligeramente. No era inteligente enemistarse con la estrella en ascenso de la MMA—. Y no voy a dejar que te lleves a alguien que está claramente sufriendo un ataque de ansiedad.
—Él no está sufriendo nada, está siendo un niño malcriado —siseó ella, intentando rodear a Yuji para alcanzar el brazo de Megumi.
Antes de que pudiera tocarlo, Megumi se puso de pie. Sus piernas temblaban, pero la presencia de Itadori a su lado le dio un tipo de valor que nunca había sentido.
—No me toques —dijo Megumi, con una voz que ya no temblaba—. No voy a volver a esa pista hoy. Y no voy a pedir disculpas.
—¡Te arruinarás la carrera! —chilló la mánager.
—Mi carrera ya está arruinada si la única forma de ganar es dejando de ser yo mismo —replicó Megumi.
Miró a Itadori. El Alfa lo observaba con una expresión de absoluto respeto. No era la mirada lasciva que muchos Alfas le daban a los Omegas en los eventos sociales, ni la mirada clínica de los médicos de la federación. Era la mirada de un igual.
—¿Puedes sacarme de aquí? —preguntó Megumi, sorprendiéndose a sí mismo.
Yuji sonrió, una sonrisa amplia que pareció iluminar el gimnasio gris.
—Claro que sí, Fushiguro.
—¡No puedes irte con él! —gritó la mánager mientras Yuji tomaba la chaqueta deportiva de Megumi y se la ponía sobre los hombros—. ¡Megumi, vuelve aquí!
Yuji ignoró los gritos y guio a Megumi hacia una salida lateral, la que usaban los atletas para evitar a la prensa. Los Betas del gimnasio, que habían estado observando la escena en silencio, simplemente se hicieron a un lado, reconociendo la autoridad silenciosa de Itadori.
Una vez fuera, en el aire fresco de la noche, Megumi respiró hondo. El frío ya no se sentía como una prisión, sino como libertad.
—Gracias —susurró Megumi, todavía consciente de que llevaba la chaqueta de un Alfa que apenas conocía. El aroma de Yuji —madera, lluvia y algo dulce como el azúcar tostado— lo envolvía, calmando sus instintos Omegas de una manera que los supresores nunca lograban.
—No tienes que agradecerme —dijo Yuji, rascándose la nuca con cierta timidez, perdiendo la intensidad de hace un momento—. Odié cómo te hablaron. Nadie debería ser tratado como un objeto, y menos alguien que puede hacer lo que tú haces en el hielo. Fue... fue como ver magia, de verdad.
Megumi sintió un ligero calor subir por sus mejillas.
—Soy terco —admitió el pelinegro—, y probablemente mi familia me mate mañana. Pero no podía soportar un segundo más de esa farsa.
—Bueno, si necesitas un lugar donde esconderte, el gimnasio de mi abuelo siempre está abierto —ofreció Yuji con un guiño—. No hay hielo, pero tenemos sacos de boxeo. Son geniales para sacar la frustración.
Megumi miró sus manos, las manos de un patinador artístico, delgadas y elegantes. Luego miró las de Yuji, grandes y llenas de cicatrices de batallas reales.
—Quizá te tome la palabra —dijo Megumi, y por primera vez en todo el día, una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareció en su rostro.
Yuji se quedó sin aliento por un segundo. Había visto a Megumi en las revistas, siempre serio y distante, pero verlo así, humano y valiente a pesar del miedo, era algo mucho más poderoso.
—Entonces, es un trato —dijo Yuji—. Pero primero, vamos a buscar algo de comer que no sea comida de hospital para atletas. Conozco un lugar de ramen que te devolverá el alma al cuerpo.
—Soy un Omega en plena temporada olímpica, Itadori. No debería comer ramen.
Yuji soltó una carcajada que resonó en la calle vacía.
—A la mierda las reglas por una noche, ¿no crees?
Megumi lo pensó. Pensó en su entrenadora, en los jueces y en las expectativas que lo habían asfixiado desde que tenía cinco años.
—A la mierda las reglas —asintió Megumi.
Mientras caminaban juntos hacia la oscuridad de la ciudad, lejos de las luces de la arena, Megumi Fushiguro sintió que, por primera vez en su vida, no estaba patinando sobre hielo delgado, sino caminando sobre tierra firme. Y a su lado, el Alfa de cabello rosa caminaba con un paso seguro, listo para derribar cualquier muro que se atreviera a interponerse en su camino.
