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Subasta de place
Fandom: Kengan ashura
Criado: 13/04/2026
Tags
SombrioDramaAngústiaPsicológicoTragédiaEstudo de PersonagemViolência GráficaDistopia
Carne bajo el Martillo: La Noche de la Sumisión Total
El aire en el salón privado de la Asociación Kengan estaba cargado de una mezcla insoportable de perfume caro, humo de habano y una tensión sexual casi tangible. No era una noche de combates ordinaria. No habría sangre derramada por honor o por contratos millonarios de construcción. Esta noche, lo que se vendía era la voluntad.
En el escenario, iluminados por focos que resaltaban cada músculo y cada cicatriz, se encontraban los activos más valiosos de las corporaciones: los peleadores. Pero no estaban en posición de guardia. Llevaban collares de cuero negro con placas doradas y sus manos estaban unidas por pesadas esposas al frente.
Kazuo Yamashita temblaba en su asiento, ajustándose las gafas mientras miraba a Ohma Tokita. El "Asura" permanecía de pie, con la mirada perdida en el suelo, su orgullo herido pero su cuerpo bajo el control total de las órdenes de Nogi.
—Presidente Nogi... —susurró Yamashita con voz quebrada—. ¿Realmente tenemos que hacer esto? Ohma-san no es un objeto.
Hideki Nogi ni siquiera lo miró, manteniendo sus ojos fijos en la audiencia de magnates que babeaban por la mercancía.
—Es una estrategia de relaciones públicas, Yamashita. Una "subasta de hospitalidad" para asegurar la lealtad de ciertos inversores. Además, los contratos estipulan sumisión absoluta por una noche. No pueden negarse.
A un lado de Ohma, Lihito apretaba los dientes, su rostro rojo de vergüenza mientras Okubo Naoya intentaba mantener una fachada de indiferencia, aunque sus rodillas flaqueaban. Cosmo Imai, el más joven, mantenía los ojos cerrados, tratando de aplicar técnicas de respiración para no entrar en pánico. Incluso Raian Kure, el monstruo de los Kure, estaba allí, aunque su expresión era una mueca de furia contenida que prometía asesinatos masivos una vez que el contrato expirara.
Sin embargo, en el centro de todas las miradas, estaba él. Kiryu Setsuna.
Setsuna no parecía humillado. Al contrario, una sonrisa lánguida y perturbadora curvaba sus labios. Sus ojos brillaban con una intensidad febril mientras observaba a Ohma, ignorando por completo al público que ya empezaba a gritar cifras astronómicas.
—¡Damas y caballeros! —anunció el subastador, un hombre de traje impecable—. ¡Damos comienzo a la puja por el lote número cuatro: "La Bestia de la Belleza", Kiryu Setsuna! Un hombre capaz de retorcer el acero y, esta noche, capaz de ser retorcido por quien pague el precio adecuado. ¡La sumisión es total! ¡Cualquier deseo, cualquier acto, sin restricciones!
—¡Cinco millones! —gritó un hombre gordo en la primera fila.
—¡Diez millones! —replicó una mujer de la alta sociedad, lamiéndose los labios.
Nikaido Ren, que observaba desde las sombras del backstage junto a Kaneda y un resignado Kaede, suspiró con envidia y asco.
—Setsuna está disfrutando esto —comentó Nikaido, ajustándose su propia túnica—. Es un exhibicionista nato. Pero mira a los demás... esto va a terminar mal.
—Es el juego del poder —respondió Kaneda, bebiendo un poco de agua—. Hoy no son guerreros. Son juguetes.
De repente, una voz gélida cortó el bullicio.
—Cincuenta millones.
El silencio cayó sobre la sala. Todos giraron para ver quién había hecho la oferta. Era un coleccionista extranjero, conocido por sus gustos brutales y su afición a documentar sus "adquisiciones".
El subastador golpeó el mazo.
—¡Vendido a la mesa siete! ¡Kiryu Setsuna es suyo por una noche de sumisión completa!
Setsuna fue escoltado fuera del escenario. Al pasar junto a Ohma, le susurró al oído con una voz que hizo que al Asura se le erizara la piel.
—Ohma... mi amado Dios... pronto será tu turno. Espero que quien te compre sea tan cruel como el mío. Quiero verte roto.
—Cállate, Setsuna —gruñó Ohma, aunque su voz carecía de la fuerza habitual debido a los supresores que les habían administrado para asegurar su "docilidad".
La noche avanzó como una pesadilla de seda y cuero. Uno a uno, los peleadores fueron adjudicados. Okubo y Lihito fueron comprados por un grupo de empresarias que buscaban "diversión física intensa". Cosmo terminó en manos de un magnate que prefería la estética de la juventud. Raian, para sorpresa de todos, fue comprado por una mujer anciana y extremadamente rica que simplemente quería que él se arrodillara ante ella durante diez horas sin hablar.
Pero cuando llegó el turno de la "foto íntima" y la demostración de sumisión, el ambiente se volvió puramente carnal.
En una habitación privada, alfombrada en rojo carmesí, Setsuna fue obligado a desnudarse frente a su comprador y un fotógrafo profesional. Tomoko, la secretaria, observaba desde un monitor oculto, con la cámara en mano, capturando cada momento para los archivos privados de la Asociación.
—Arrodíllate —ordenó el comprador, un hombre de hombros anchos y manos callosas.
Setsuna obedeció al instante. Sus rodillas golpearon el suelo con un sonido seco. Sus manos, aún esposadas, descansaban sobre sus muslos.
—Eres hermoso —dijo el hombre, acercándose y sujetando a Setsuna por el cabello, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás—. Me dijeron que eras un genio del estilo Koei. Quiero ver si puedes ser un genio de la obediencia.
—Soy lo que usted desee que sea —respondió Setsuna, con los ojos entrecerrados y la respiración agitada—. Úseme. Desgárreme. No soy más que carne en sus manos.
El hombre no perdió tiempo. La violencia del encuentro fue inmediata. No hubo ternura, solo la imposición de una voluntad sobre otra. Setsuna gemía, pero no de dolor, sino de una especie de éxtasis retorcido cada vez que el hombre lo golpeaba o lo forzaba a posiciones degradantes. El fotógrafo disparaba, capturando la imagen de la "Bestia de la Belleza" con el rostro contra el suelo, sometido por completo, con la marca de una mano roja en su espalda.
Mientras tanto, en la celda de espera, Ohma escuchaba los ecos de los gritos y los jadeos que venían de las otras habitaciones. Su turno se acercaba. Nogi entró en la habitación, seguido por una figura encapuchada que había pagado la suma más alta de la noche: cien millones de yenes por el Asura.
—Ohma —dijo Nogi con frialdad—. Tu comprador exige anonimato y una sesión de "entrenamiento extremo". No quiero quejas. Si te resistes, el contrato con la Corporación Yamashita queda anulado.
Ohma miró a Yamashita, que estaba de pie en la esquina, llorando en silencio. El peleador cerró los ojos y asintió.
—Entiendo.
El comprador encapuchado se acercó a Ohma. Con un movimiento rápido, le puso una mordaza de cuero y lo empujó hacia la cama de la habitación. Ohma cayó de bruces, sintiendo el frío de las sábanas de satén.
—Vas a ser un buen chico, ¿verdad? —dijo la voz del comprador, que resultó ser una mujer de voz ronca y autoritaria—. Quiero fotos de cada centímetro de tu cuerpo marcado por mi propiedad.
La sesión fue brutal. Ohma fue forzado a mantener posturas que estiraban sus músculos al límite mientras la mujer utilizaba un látigo corto para dejar marcas precisas en sus muslos y torso. Cada vez que Ohma intentaba tensar los músculos para defenderse, ella le recordaba su posición.
—¡Relájate! —le gritó, tirando de la mordaza—. ¡Eres un esclavo esta noche! ¡Muéstrame esa sumisión que prometió Nogi!
Ohma, con el sudor empapando su cuerpo y la mirada nublada por la humillación, finalmente cedió. Dejó que su cuerpo se ablandara, permitiendo que ella hiciera lo que quisiera. Fue en ese momento cuando la foto más infame de la noche fue tomada: Ohma Tokita, el hombre que desafió a los dioses del combate, tendido de espaldas, con las piernas abiertas y los ojos llenos de lágrimas involuntarias, mientras la mano de su "dueña" se cerraba alrededor de su cuello.
Horas más tarde, cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte, los peleadores fueron devueltos a sus áreas de descanso.
Setsuna caminaba por el pasillo, con la ropa rasgada y marcas visibles por todo el cuello y el pecho. Se cruzó con Ohma, que apenas podía mantenerse en pie, apoyado por un destrozado Yamashita.
—¿Lo viste, Ohma? —susurró Setsuna, su voz era un hilo ronco—. ¿Viste lo hermoso que es no tener que luchar? Ser simplemente... un objeto de deseo y dolor.
Ohma no respondió. Sus ojos estaban vacíos, reflejando el trauma de una noche donde su fuerza no significó nada.
—Fue... un éxito financiero —dijo Nogi, apareciendo al final del pasillo con una carpeta de fotos en la mano—. Estas imágenes asegurarán que nuestros socios se mantengan leales. Buen trabajo, todos.
Raian Kure pasó por el lado de Nogi, escupiendo sangre al suelo.
—La próxima vez que me vendas —dijo Raian con una voz que prometía una carnicería futura—, asegúrate de que el comprador tenga un buen seguro de vida. Porque voy a recordar cada segundo de esta humillación.
Nikaido Ren y Kaneda ayudaron a Cosmo a sentarse. El joven peleador temblaba incontrolablemente.
—¿Se acabó? —preguntó Cosmo en un susurro.
—Por ahora —respondió Kaneda, cubriéndolo con una manta—. Por ahora.
En su oficina, Tomoko revisaba las fotos íntimas capturadas durante la subasta. Se detuvo en una de Setsuna. El peleador estaba mirando directamente a la cámara mientras era sometido, con una expresión de triunfo malvado. Luego pasó a la de Ohma. La vulnerabilidad en el rostro del Asura era casi insoportable de ver.
—Sumisión total —murmuró Tomoko, guardando los archivos en una carpeta encriptada—. Quién hubiera dicho que los hombres más fuertes del mundo podían ser tan... frágiles.
La subasta había terminado, pero las cicatrices, tanto físicas como mentales, quedarían grabadas en los guerreros de Kengan para siempre. Esa noche, el ring no fue un lugar de gloria, sino un mercado de carne donde el orgullo fue el precio más bajo pagado.
—Vámonos a casa, Ohma-san —dijo Yamashita, sollozando mientras guiaba a su peleador hacia la salida.
Ohma caminó mecánicamente, sintiendo aún el roce del cuero en sus muñecas y el flash de la cámara quemando su memoria. Había sobrevivido a combates a muerte, pero no sabía si podría sobrevivir al recuerdo de haber sido, por una noche, completamente sumiso.
En el escenario, iluminados por focos que resaltaban cada músculo y cada cicatriz, se encontraban los activos más valiosos de las corporaciones: los peleadores. Pero no estaban en posición de guardia. Llevaban collares de cuero negro con placas doradas y sus manos estaban unidas por pesadas esposas al frente.
Kazuo Yamashita temblaba en su asiento, ajustándose las gafas mientras miraba a Ohma Tokita. El "Asura" permanecía de pie, con la mirada perdida en el suelo, su orgullo herido pero su cuerpo bajo el control total de las órdenes de Nogi.
—Presidente Nogi... —susurró Yamashita con voz quebrada—. ¿Realmente tenemos que hacer esto? Ohma-san no es un objeto.
Hideki Nogi ni siquiera lo miró, manteniendo sus ojos fijos en la audiencia de magnates que babeaban por la mercancía.
—Es una estrategia de relaciones públicas, Yamashita. Una "subasta de hospitalidad" para asegurar la lealtad de ciertos inversores. Además, los contratos estipulan sumisión absoluta por una noche. No pueden negarse.
A un lado de Ohma, Lihito apretaba los dientes, su rostro rojo de vergüenza mientras Okubo Naoya intentaba mantener una fachada de indiferencia, aunque sus rodillas flaqueaban. Cosmo Imai, el más joven, mantenía los ojos cerrados, tratando de aplicar técnicas de respiración para no entrar en pánico. Incluso Raian Kure, el monstruo de los Kure, estaba allí, aunque su expresión era una mueca de furia contenida que prometía asesinatos masivos una vez que el contrato expirara.
Sin embargo, en el centro de todas las miradas, estaba él. Kiryu Setsuna.
Setsuna no parecía humillado. Al contrario, una sonrisa lánguida y perturbadora curvaba sus labios. Sus ojos brillaban con una intensidad febril mientras observaba a Ohma, ignorando por completo al público que ya empezaba a gritar cifras astronómicas.
—¡Damas y caballeros! —anunció el subastador, un hombre de traje impecable—. ¡Damos comienzo a la puja por el lote número cuatro: "La Bestia de la Belleza", Kiryu Setsuna! Un hombre capaz de retorcer el acero y, esta noche, capaz de ser retorcido por quien pague el precio adecuado. ¡La sumisión es total! ¡Cualquier deseo, cualquier acto, sin restricciones!
—¡Cinco millones! —gritó un hombre gordo en la primera fila.
—¡Diez millones! —replicó una mujer de la alta sociedad, lamiéndose los labios.
Nikaido Ren, que observaba desde las sombras del backstage junto a Kaneda y un resignado Kaede, suspiró con envidia y asco.
—Setsuna está disfrutando esto —comentó Nikaido, ajustándose su propia túnica—. Es un exhibicionista nato. Pero mira a los demás... esto va a terminar mal.
—Es el juego del poder —respondió Kaneda, bebiendo un poco de agua—. Hoy no son guerreros. Son juguetes.
De repente, una voz gélida cortó el bullicio.
—Cincuenta millones.
El silencio cayó sobre la sala. Todos giraron para ver quién había hecho la oferta. Era un coleccionista extranjero, conocido por sus gustos brutales y su afición a documentar sus "adquisiciones".
El subastador golpeó el mazo.
—¡Vendido a la mesa siete! ¡Kiryu Setsuna es suyo por una noche de sumisión completa!
Setsuna fue escoltado fuera del escenario. Al pasar junto a Ohma, le susurró al oído con una voz que hizo que al Asura se le erizara la piel.
—Ohma... mi amado Dios... pronto será tu turno. Espero que quien te compre sea tan cruel como el mío. Quiero verte roto.
—Cállate, Setsuna —gruñó Ohma, aunque su voz carecía de la fuerza habitual debido a los supresores que les habían administrado para asegurar su "docilidad".
La noche avanzó como una pesadilla de seda y cuero. Uno a uno, los peleadores fueron adjudicados. Okubo y Lihito fueron comprados por un grupo de empresarias que buscaban "diversión física intensa". Cosmo terminó en manos de un magnate que prefería la estética de la juventud. Raian, para sorpresa de todos, fue comprado por una mujer anciana y extremadamente rica que simplemente quería que él se arrodillara ante ella durante diez horas sin hablar.
Pero cuando llegó el turno de la "foto íntima" y la demostración de sumisión, el ambiente se volvió puramente carnal.
En una habitación privada, alfombrada en rojo carmesí, Setsuna fue obligado a desnudarse frente a su comprador y un fotógrafo profesional. Tomoko, la secretaria, observaba desde un monitor oculto, con la cámara en mano, capturando cada momento para los archivos privados de la Asociación.
—Arrodíllate —ordenó el comprador, un hombre de hombros anchos y manos callosas.
Setsuna obedeció al instante. Sus rodillas golpearon el suelo con un sonido seco. Sus manos, aún esposadas, descansaban sobre sus muslos.
—Eres hermoso —dijo el hombre, acercándose y sujetando a Setsuna por el cabello, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás—. Me dijeron que eras un genio del estilo Koei. Quiero ver si puedes ser un genio de la obediencia.
—Soy lo que usted desee que sea —respondió Setsuna, con los ojos entrecerrados y la respiración agitada—. Úseme. Desgárreme. No soy más que carne en sus manos.
El hombre no perdió tiempo. La violencia del encuentro fue inmediata. No hubo ternura, solo la imposición de una voluntad sobre otra. Setsuna gemía, pero no de dolor, sino de una especie de éxtasis retorcido cada vez que el hombre lo golpeaba o lo forzaba a posiciones degradantes. El fotógrafo disparaba, capturando la imagen de la "Bestia de la Belleza" con el rostro contra el suelo, sometido por completo, con la marca de una mano roja en su espalda.
Mientras tanto, en la celda de espera, Ohma escuchaba los ecos de los gritos y los jadeos que venían de las otras habitaciones. Su turno se acercaba. Nogi entró en la habitación, seguido por una figura encapuchada que había pagado la suma más alta de la noche: cien millones de yenes por el Asura.
—Ohma —dijo Nogi con frialdad—. Tu comprador exige anonimato y una sesión de "entrenamiento extremo". No quiero quejas. Si te resistes, el contrato con la Corporación Yamashita queda anulado.
Ohma miró a Yamashita, que estaba de pie en la esquina, llorando en silencio. El peleador cerró los ojos y asintió.
—Entiendo.
El comprador encapuchado se acercó a Ohma. Con un movimiento rápido, le puso una mordaza de cuero y lo empujó hacia la cama de la habitación. Ohma cayó de bruces, sintiendo el frío de las sábanas de satén.
—Vas a ser un buen chico, ¿verdad? —dijo la voz del comprador, que resultó ser una mujer de voz ronca y autoritaria—. Quiero fotos de cada centímetro de tu cuerpo marcado por mi propiedad.
La sesión fue brutal. Ohma fue forzado a mantener posturas que estiraban sus músculos al límite mientras la mujer utilizaba un látigo corto para dejar marcas precisas en sus muslos y torso. Cada vez que Ohma intentaba tensar los músculos para defenderse, ella le recordaba su posición.
—¡Relájate! —le gritó, tirando de la mordaza—. ¡Eres un esclavo esta noche! ¡Muéstrame esa sumisión que prometió Nogi!
Ohma, con el sudor empapando su cuerpo y la mirada nublada por la humillación, finalmente cedió. Dejó que su cuerpo se ablandara, permitiendo que ella hiciera lo que quisiera. Fue en ese momento cuando la foto más infame de la noche fue tomada: Ohma Tokita, el hombre que desafió a los dioses del combate, tendido de espaldas, con las piernas abiertas y los ojos llenos de lágrimas involuntarias, mientras la mano de su "dueña" se cerraba alrededor de su cuello.
Horas más tarde, cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte, los peleadores fueron devueltos a sus áreas de descanso.
Setsuna caminaba por el pasillo, con la ropa rasgada y marcas visibles por todo el cuello y el pecho. Se cruzó con Ohma, que apenas podía mantenerse en pie, apoyado por un destrozado Yamashita.
—¿Lo viste, Ohma? —susurró Setsuna, su voz era un hilo ronco—. ¿Viste lo hermoso que es no tener que luchar? Ser simplemente... un objeto de deseo y dolor.
Ohma no respondió. Sus ojos estaban vacíos, reflejando el trauma de una noche donde su fuerza no significó nada.
—Fue... un éxito financiero —dijo Nogi, apareciendo al final del pasillo con una carpeta de fotos en la mano—. Estas imágenes asegurarán que nuestros socios se mantengan leales. Buen trabajo, todos.
Raian Kure pasó por el lado de Nogi, escupiendo sangre al suelo.
—La próxima vez que me vendas —dijo Raian con una voz que prometía una carnicería futura—, asegúrate de que el comprador tenga un buen seguro de vida. Porque voy a recordar cada segundo de esta humillación.
Nikaido Ren y Kaneda ayudaron a Cosmo a sentarse. El joven peleador temblaba incontrolablemente.
—¿Se acabó? —preguntó Cosmo en un susurro.
—Por ahora —respondió Kaneda, cubriéndolo con una manta—. Por ahora.
En su oficina, Tomoko revisaba las fotos íntimas capturadas durante la subasta. Se detuvo en una de Setsuna. El peleador estaba mirando directamente a la cámara mientras era sometido, con una expresión de triunfo malvado. Luego pasó a la de Ohma. La vulnerabilidad en el rostro del Asura era casi insoportable de ver.
—Sumisión total —murmuró Tomoko, guardando los archivos en una carpeta encriptada—. Quién hubiera dicho que los hombres más fuertes del mundo podían ser tan... frágiles.
La subasta había terminado, pero las cicatrices, tanto físicas como mentales, quedarían grabadas en los guerreros de Kengan para siempre. Esa noche, el ring no fue un lugar de gloria, sino un mercado de carne donde el orgullo fue el precio más bajo pagado.
—Vámonos a casa, Ohma-san —dijo Yamashita, sollozando mientras guiaba a su peleador hacia la salida.
Ohma caminó mecánicamente, sintiendo aún el roce del cuero en sus muñecas y el flash de la cámara quemando su memoria. Había sobrevivido a combates a muerte, pero no sabía si podría sobrevivir al recuerdo de haber sido, por una noche, completamente sumiso.
