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Ben Tennyson es traicionado y adoptado por Bunny de Game Shaketd

Fandom: Game shakers Ben 10

Criado: 14/04/2026

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El eco de la traición

La lluvia golpeaba el techo de metal del Rustbucket con una insistencia monótona, casi como si el cielo mismo intentara lavar la suciedad de lo que acababa de ocurrir. Ben Tennyson, con apenas diez años y el corazón latiendo desbocado contra sus costillas, se encontraba arrinconado contra la mesa del comedor. Frente a él, las dos personas en las que más confiaba en el mundo lo miraban con una frialdad que nunca creyó posible.

—Entiéndelo, Ben —dijo el abuelo Max, su voz despojada de ese tono cálido y paternal que solía consolar al niño tras una pesadilla—. Es por el bien de todos. El Omnitrix es una responsabilidad demasiado grande para un niño tan impulsivo. Ya hemos tenido suficientes llamadas cercanas.

Ben parpadeó, sintiendo un nudo en la garganta que amenazaba con asfixiarlo. Miró a Gwen, esperando encontrar un rastro de duda, una señal de que esto era una de sus bromas pesadas. Pero su prima no tenía su libro de hechizos a mano; tenía una expresión de superioridad mezclada con una lástima fingida.

—Él tiene razón, Ben —añadió Gwen, cruzándose de brazos—. Solo causas problemas. Si el reloj estuviera en manos de alguien con un poco más de cerebro... o alguien con entrenamiento real, como el abuelo, el mundo estaría más seguro. Danos el brazo.

—¿De qué están hablando? —la voz de Ben salió quebrada, un hilo de incredulidad—. ¡He salvado a miles de personas! ¡Detuve a Vilgax! ¡Luché contra los fenómenos del circo! ¡Soy un héroe!

—Eres un niño con un juguete —sentenció Max, dando un paso adelante. Su mano, esa mano que tantas veces le había dado una palmada de aliento en el hombro, ahora se extendía para sujetar el brazo izquierdo de Ben con una fuerza innecesaria—. Y el tiempo de juego se terminó.

Max sacó un dispositivo que Ben no reconoció, algo que parecía tecnología de los Plomeros diseñada específicamente para interactuar con el Omnitrix. El niño intentó zafarse, pero Gwen usó un movimiento de karate para inmovilizar su otro brazo contra la mesa.

—¡Suéltenme! ¡Abuelo, para! —gritó Ben, las lágrimas finalmente desbordándose—. ¡Gwen, por favor!

—Es por tu propio bien, bobo —susurró ella, aunque sus ojos brillaban con una ambición que Ben nunca había notado antes.

Max colocó el dispositivo sobre la placa frontal del reloj. Un zumbido eléctrico llenó el espacio confinado del vehículo. Ben cerró los ojos, esperando el dolor o el vacío de perder esa parte de sí mismo que lo hacía especial. Sin embargo, en lugar del clic de liberación, el Omnitrix emitió un pitido agudo y violento.

Una luz roja carmesí estalló desde el núcleo, lanzando una onda de choque que empujó a Max y a Gwen hacia atrás, haciéndolos chocar contra las literas y los estantes de la cocina.

—¡Acceso no autorizado detectado! —la voz computarizada del reloj resonó, pero no era la voz habitual. Era más profunda, más autoritaria—. Protocolo de protección de ADN activado. Usuario: Ben Tennyson. Estatus: Protegido.

Ben, jadeando, miró su muñeca. El reloj no se había apagado; al contrario, brillaba con una intensidad que nunca había visto. En el centro de la luz, una figura holográfica comenzó a formarse sobre el dial. No era un alienígena. Era un ser pequeño, de piel gris y ojos inmensos.

—¿Azmuth? —susurró Ben, reconociendo al creador del dispositivo.

La imagen de Azmuth se estabilizó. El Galvan no parecía estar físicamente allí, era una transmisión de emergencia pregrabada o vinculada a la inteligencia artificial del reloj.

—Maxwell Tennyson —la voz de Azmuth cortó el aire como una cuchilla—. Tu traición es tan decepcionante como predecible. Los humanos y su sed de control... siempre arruinando el equilibrio galáctico.

Max se levantó con dificultad, frotándose el pecho. Su rostro estaba pálido, pero su determinación no flaqueaba.

—Azmuth, escúchame. Ben es solo un niño. El Omnitrix corre peligro en sus manos. Como Plomero, es mi deber asegurar que el arma más poderosa del universo esté a buen recaudo.

—¿Arma? —Azmuth soltó una carcajada seca y amarga—. Sigues sin entender nada, Maxwell. El Omnitrix es un puente, un archivo de vida. Y Ben Tennyson, a pesar de su inmadurez y sus defectos, ha demostrado algo que tú acabas de perder por completo: pureza de intención.

Gwen se puso en pie, mirando el reloj con rabia.

—¡Él es un irresponsable! ¡Yo podría usarlo mejor! ¡Yo sé de estrategia, de magia, de...!

—Tú tienes el corazón nublado por la envidia, pequeña niña —la interrumpió Azmuth con desdén—. He vigilado cada transformación, cada batalla. Ben ha arriesgado su existencia por seres que ni siquiera conocía, sin pedir nada a cambio más que una pizza fría o un videojuego. Ustedes, en cambio, han conspirado contra su propia sangre por el deseo de poseer lo que no les pertenece.

Ben escuchaba las palabras de Azmuth y sentía un calor extraño en el pecho. Por primera vez en lo que parecía una eternidad, alguien lo veía de verdad. No como un problema, no como un niño tonto, sino como el héroe que intentaba ser.

—El Omnitrix no se moverá de esa muñeca —sentenció Azmuth—. He bloqueado todas las funciones de anulación remota. A partir de este momento, Ben Tennyson es el único administrador autorizado. Cualquier intento de remover el dispositivo por la fuerza resultará en una descarga de energía nivel sub-atómico. ¿Fui claro?

Max retrocedió, visiblemente afectado. La autoridad de Azmuth era absoluta en lo que respecta a su creación.

—Ben... —intentó decir Max, extendiendo una mano—. Tienes que entender...

—¡No! —Ben se puso de pie, su voz ahora firme, aunque sus manos temblaban—. No quiero entender nada. Ustedes me mintieron. Me hicieron creer que éramos un equipo. Que éramos familia.

—Ben, no seas dramático —dijo Gwen, aunque había miedo en su voz—. Solo queremos protegerte de ti mismo.

—Me querían quitar lo único que me hace sentir que valgo para algo —replicó Ben, mirándola fijamente—. Pero Azmuth tiene razón. Ustedes no quieren protegerme. Quieren el poder.

Ben caminó hacia la puerta del Rustbucket. La lluvia seguía cayendo afuera, pero ya no le importaba mojarse. Se sentía más seguro bajo la tormenta que dentro de aquel vehículo que alguna vez fue su hogar.

—Ben, detente —ordenó Max con su voz de mando—. No puedes irte solo. Hay enemigos ahí fuera que te cazarán.

Ben se detuvo en el umbral y miró por encima del hombro. El Omnitrix brillaba con una luz verde reconfortante, como si le estuviera dando ánimos.

—He luchado contra monstruos espaciales y mutantes toda la mitad del verano —dijo Ben con una madurez amarga—. Creo que puedo manejarme solo. Al menos los monstruos no fingen que me quieren para apuñalarme por la espalda.

—¡No llegarás lejos! —gritó Gwen, la frustración rompiendo su fachada—. ¡Sin nosotros no eres nada!

Ben no respondió. Simplemente presionó el dial del reloj. Los símbolos giraron y seleccionó una silueta conocida. Con un golpe seco de su palma, una luz verde inundó el interior del Rustbucket.

Donde antes estaba un niño herido, ahora se encontraba un Pyronite de metro y medio, cuyas llamas ardían con una intensidad azulada, reflejando su estado emocional.

—Observen bien —dijo Fuego, su voz crepitando como un incendio forestal—. Porque esta es la última vez que verán a Ben Tennyson.

De un salto, Ben salió del vehículo y se lanzó hacia el bosque. Cada paso que daba dejaba una huella chamuscada en la tierra mojada, pero no miró atrás.

Dentro del Rustbucket, el silencio era sepulcral. Max se dejó caer en el asiento del conductor, ocultando su rostro entre las manos. Gwen miraba la puerta abierta, apretando los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Lo hemos perdido —susurró Max.

—Él volverá —dijo Gwen, aunque su voz carecía de convicción—. No sabe estar solo. Tarde o temprano necesitará nuestra ayuda.

Mientras tanto, en lo profundo del bosque, Fuego se detuvo bajo un gran roble, cuya copa lo protegía parcialmente de la lluvia. El Omnitrix emitió un pitido y Ben volvió a su forma humana, cayendo de rodillas sobre el barro. El frío de la noche comenzó a calarlo, pero el calor del reloj en su muñeca seguía allí, constante.

—¿Azmuth? —llamó en voz baja.

Una pequeña interfaz holográfica se activó.

—Aún estoy aquí, Ben Tennyson.

—¿Por qué me ayudaste? —preguntó el niño, abrazando sus rodillas—. Ellos tenían razón en algo... soy un desastre. Siempre rompo las cosas. Siempre actúo antes de pensar.

—El universo está lleno de seres que piensan demasiado y no actúan nunca, o que actúan solo por beneficio propio —respondió la voz del Galvan—. Tú tienes algo que escasea en la galaxia: un instinto heroico desinteresado. El Omnitrix fue creado para que las especies pudieran caminar en los zapatos de otras. Tú has hecho más que eso; has dado voz a los que no la tenían.

Ben se limpió las lágrimas con la manga de su camisa sucia.

—Pero estoy solo. El abuelo... él sabía todo sobre los Plomeros, sobre los alienígenas. Él era mi guía.

—Ahora tú serás tu propio guía —dijo Azmuth—. He desbloqueado una función de aprendizaje en tu unidad. El reloj te proporcionará información táctica y descripciones de las especies cuando lo necesites. No estás solo, Ben. Llevas el ADN de un millón de especies contigo. Eres un ejército de un solo hombre.

Ben miró el Omnitrix. El símbolo verde brillaba en la oscuridad del bosque como un faro. Por primera vez en su vida, sintió que el peso del reloj no era una carga, sino un escudo.

—¿Qué debo hacer ahora? —preguntó Ben, poniéndose en pie y mirando hacia el horizonte, donde las luces de una ciudad lejana parpadeaban.

—Lo que mejor sabes hacer, Ben Tennyson —respondió Azmuth antes de que el holograma se desvaneciera—. Ser un héroe. Pero esta vez, hazlo por ti mismo.

Ben respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire fresco de la noche. La traición de su familia dolía como una herida abierta, un vacío que quizás nunca se llenaría del todo. Pero mientras caminaba hacia la oscuridad, alejándose de los restos de su infancia, Ben Tennyson se dio cuenta de algo importante.

Ya no necesitaba que nadie le diera permiso para ser valiente. Ya no necesitaba que Gwen lo corrigiera o que el abuelo Max le diera órdenes.

Presionó el reloj una vez más. Las siluetas pasaron rápidamente: Bestia, Cuatrobrazos, XLR8... Se detuvo en una que nunca había usado mucho, pero que ahora parecía apropiada.

—Es hora de ser héroe —susurró para sí mismo.

La transformación fue rápida y silenciosa. Una figura delgada y fantasmal se elevó sobre los árboles, volviéndose invisible contra el cielo nublado. Ben Tennyson había dejado de ser el niño que buscaba aprobación. Ahora era algo más. Algo que el abuelo Max y Gwen pronto aprenderían a temer, y que el resto del mundo aprendería a admirar.

La lluvia continuó cayendo, borrando sus huellas en el barro, pero en el corazón del bosque, el fuego de la determinación acababa de encenderse, y no había traición en el mundo capaz de apagarlo.
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