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Hinata Hyüga Sakura Haruno pareja aumento de peso ame infinita

Fandom: Naruto

Criado: 14/04/2026

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RomanceUA (Universo Alternativo)Fatias de VidaFofuraHistória DomésticaEstudo de PersonagemDivergência
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El peso de la paz y el néctar de la lluvia

La lluvia en la Aldea Oculta de la Lluvia nunca se detenía del todo, pero ya no era un llanto de guerra. Ahora, bajo la supervisión de la Alianza Shinobi, Ame se había convertido en un refugio de paz, un lugar donde el tiempo parecía dilatarse entre el vapor y el sonido constante del agua golpeando las tuberías de metal. En lo alto de una de las torres más lujosas, en una habitación diseñada para la máxima comodidad, la paz tenía un aroma dulce: a canela, a crema y a la piel cálida de dos mujeres que habían decidido dejar atrás el mundo de los ninjas.

Sakura Haruno suspiró, un sonido profundo que hizo vibrar su pecho y el generoso volumen de su vientre. Estaba recostada sobre un mar de cojines reforzados, su cuerpo ocupando casi la totalidad de una cama circular hecha a medida. Con quinientos kilogramos de peso, Sakura ya no era la ágil kunoichi que corría por los campos de batalla; ahora era una montaña de suavidad rosada, una visión de opulencia y rendición a los placeres que la vida civil le ofrecía.

A su lado, hundida en la misma suavidad, Hinata Hyūga intentaba alcanzar una bandeja de bollos de canela glaseados. Su cuerpo, aunque ligeramente más pequeño que el de Sakura, no se quedaba atrás. Con cuatrocientos setenta y ocho kilogramos, Hinata era una cascada de curvas pálidas y suavidad infinita. Sus ojos de perla brillaban con una satisfacción que nunca encontró en el estricto dojo de su clan.

— Sakura-chan... —susurró Hinata, su voz apenas un hilo de seda debido al esfuerzo de moverse—. Creo que... creo que me he quedado sin alcance.

Sakura soltó una risita que provocó una ola rítmica a través de sus amplias caderas y su abdomen, que descansaba pesadamente sobre sus muslos. Extendió un brazo, ahora grueso y suave, para tomar la bandeja y acercarla a su pareja.

— No te preocupes, Hina —dijo Sakura, con una sonrisa perezosa—. Sabes que siempre cuidaré de que no te falte nada.

— Es solo que... —Hinata aceptó un bollo, sintiendo el azúcar pegajoso en sus dedos—, todavía me cuesta creer que esta sea nuestra vida ahora. A veces escucho la lluvia y pienso que alguien va a entrar por esa puerta para enviarnos a una misión de rango S.

Sakura negó con la cabeza, sus mejillas rozando sus propios hombros debido a la plenitud de su rostro.

— Nuestra única misión ahora es disfrutar —afirmó Sakura, tomando un bocado de un pastel de chocolate que descansaba sobre su propio pecho, usándolo como una mesa natural—. Ya salvamos al mundo, Hinata. Dejamos que los demás se encarguen de las fronteras. Nosotras nos ganamos el derecho a ser... así.

Hinata masticó lentamente, cerrando los ojos mientras el sabor inundaba sus sentidos. El peso de su cuerpo era como una manta pesada y reconfortante que la mantenía anclada al presente. Recordó los días de hambre en el frente, la disciplina férrea de Neji, la presión de ser la heredera perfecta. Todo eso se había disuelto en las calorías y el amor que Sakura le profesaba.

— Tienes razón —dijo Hinata, dejando que su cabeza cayera hacia atrás contra el respaldo acolchado—. Nunca me he sentido tan segura. Ni tan... llena.

— Estás preciosa, Hina —murmuró Sakura, observando con devoción cómo la piel de Hinata se tensaba y se desbordaba sobre la seda de su camisón—. Esos cuatrocientos setenta y ocho kilos te sientan de maravilla. Eres como una diosa de la abundancia.

Hinata se sonrojó, un tinte carmesí extendiéndose por sus mejillas redondeadas.

— Tú eres la que se ve increíble, Sakura-chan —respondió ella, extendiendo una mano para acariciar el brazo de la pelirrosa—. Llegar a los quinientos... es un logro. Te ves tan... imponente. Tan suave.

Sakura soltó un suspiro de satisfacción. Había algo profundamente liberador en haber superado la barrera del medio tonelada. Como médico, sabía que su cuerpo estaba bajo una presión inmensa, pero también había usado su control de chakra para fortalecer sus órganos y su estructura ósea, permitiéndoles disfrutar de este estilo de vida sin los riesgos ordinarios. Era una aplicación poco convencional del Ninjutsu Médico, pero para ella, era la máxima expresión de su libertad.

— A veces me pregunto qué diría Tsunade-sama si nos viera —comentó Sakura con una pizca de travesura—. Probablemente querría unirse a nosotras tras la tercera botella de sake.

— O se escandalizaría de que hayamos dejado de entrenar —añadió Hinata con una risita suave—. Pero ya no importa. Aquí, en Ame, solo somos Sakura y Hinata.

La lluvia arreció afuera, golpeando los cristales reforzados de la torre. El sonido creaba una atmósfera de aislamiento perfecto. Dentro de la habitación, el aire era cálido y olía a vainilla.

— Ven aquí —pidió Sakura, aunque "venir" significaba simplemente inclinarse la una hacia la otra, ya que sus masas corporales ya estaban en contacto permanente.

Hinata hizo un esfuerzo, apoyando su peso sobre un codo mientras su vientre se desplazaba hacia un lado, encontrándose con el de Sakura. El contacto de tanta piel cálida y suave era embriagador. Sakura envolvió a Hinata en un abrazo que se sentía eterno, sus dedos hundiéndose en la suavidad del costado de la Hyūga.

— Te amo, Sakura-chan —susurró Hinata, buscando los labios de la otra mujer.

— Y yo a ti, mi dulce Hina —respondió Sakura.

Cuando sus labios se encontraron, el beso fue lento, cargado de la misma inercia que sus cuerpos. No había prisa. No había enemigos que derrotar, ni aldeas que proteger. Solo estaba el sabor del azúcar, el calor del otro y el peso reconfortante de una vida dedicada al exceso y al afecto.

El beso se profundizó, y Sakura llevó una mano a la nuca de Hinata, acariciando su cabello oscuro mientras sus cuerpos se presionaban mutuamente. Era una danza de suavidad, un encuentro de dos fuerzas que habían decidido que el mundo podía esperar fuera de su burbuja de confort.

— ¿Quieres que pidamos más postre? —preguntó Sakura al separarse apenas unos milímetros, sus ojos verdes brillando con afecto y gula.

Hinata sonrió, su respiración un poco agitada por el pequeño esfuerzo del beso.

— Creo que todavía queda espacio para un poco de tarta de fresa —contestó Hinata, acomodándose de nuevo entre los cojines—. Después de todo, tenemos toda la noche y la lluvia no parece que vaya a parar.

— Nunca para —dijo Sakura, estirándose para alcanzar el timbre de servicio—. Y nosotras tampoco.

Mientras la lluvia seguía cayendo sobre la aldea de metal, dentro de la torre, dos de las mujeres más poderosas que el mundo ninja había conocido continuaban su silenciosa y dulce transformación, celebrando cada nuevo kilo como una victoria sobre su pasado, hundiéndose felices en la eternidad de su propio peso.
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