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Fandom: Twisted Wonderland

Criado: 17/04/2026

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RomanceDramaAngústiaFantasiaCiúmesEstudo de PersonagemCenário CanônicoSombrio
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Lazos de Sangre, Escamas y Rosas

El viento del Valle de las Espinas soplaba con una suavidad melancólica, acunando las hojas de los sauces llorones que rodeaban el jardín privado del castillo. Era un rincón oculto, un santuario de piedra oscura y vegetación vibrante donde el agua del lago espejado reflejaba el cielo perpetuamente crepuscular del reino. Sobre el puente de piedra labrada, una figura pequeña y delicada observaba el movimiento de los peces bajo la superficie.

Freiliana suspiró, acomodando las mangas acampanadas de su sobretúnica azul cielo. A pesar de sus trescientos seis años, su estatura de apenas un metro con cuarenta y nueve la hacía parecer una criatura de porcelana en comparación con la arquitectura monumental que la rodeaba. Sus ojos marrones, profundos y cálidos, se entornaron con una mezcla de paz y timidez mientras sentía la presencia de alguien detrás de ella. No necesitaba girarse para saber quién era; el aire siempre se volvía más ligero, casi eléctrico, cuando él estaba cerca.

—Te gusta mucho este lugar, ¿verdad, pequeña Freili? —La voz, juvenil pero cargada con el peso de siglos, resonó justo detrás de su oreja.

Freiliana dio un respingo, aunque una sonrisa inmediata iluminó su rostro. Lilia Vanrouge apareció de la nada, como si se hubiera materializado a partir de las sombras mismas. Su cabello oscuro, ahora largo hasta la cintura y recogido en una coleta alta que recordaba sus días como el temible general de las hadas, ondeaba suavemente. Sus ojos rojo oscuro brillaban con esa travesura eterna que tanto la cautivaba.

—¡Lilia! Me has vuelto a asustar —exclamó ella, aunque se giró rápidamente para buscar el refugio de sus brazos.

Lilia soltó una risita cristalina y, con una familiaridad que solo un año y medio de relación secreta podía otorgar, rodeó la cintura de Freiliana y la atrajo hacia él. A pesar de que Lilia no era mucho más alto que ella, midiendo un metro cincuenta y ocho, su presencia era imponente, una mezcla de gracia fae y poder antiguo.

—Es un don que no puedo evitar practicar —dijo él, extendiendo una mano para apretar con ternura una de las mejillas redondeadas de Freiliana—. Estás especialmente radiante hoy. ¿Es por el compromiso?

Freiliana se sonrojó, bajando la mirada hacia el broche turquesa que adornaba su pecho. Hacía apenas un mes que Lilia le había propuesto matrimonio de manera formal, un secreto que guardaban bajo llave mientras él preparaba el terreno para anunciarlo ante la corte. Para el mundo, ella era su protegida, una joven hada dragón de linaje menor a la que él guiaba. Para él, ella era su ancla, el único ser que lograba disipar la melancolía de sus mil ochocientos años de vida.

—Aún me parece un sueño —susurró ella, apoyando la cabeza en el pecho de Lilia—. Pero... a veces me preocupa. Malleus y Silver... ellos no saben nada.

Lilia entrecerró los ojos, un brillo calculador cruzando sus pupilas rojas antes de ser reemplazado por su máscara habitual de diversión.

—Malleus tiene sus propios deberes como Rey ahora, y Silver... bueno, Silver probablemente esté durmiendo en algún rincón del jardín —bromeó Lilia, aunque en su interior sabía que la situación era más compleja.

Lo que Freiliana ignoraba, en su infinita dulzura y pureza, era la tormenta que se gestaba en los corazones de los otros dos hombres que habitaban el castillo. Lilia lo sabía. Había visto las miradas persistentes de Malleus, la forma en que el Rey de los Dragones se quedaba en silencio cuando Freiliana entraba en la habitación, observándola con una intensidad que rozaba la obsesión. Y Silver... su hijo adoptivo, tan disciplinado y estoico, a menudo perdía el hilo de sus pensamientos cuando ella le sonreía, luchando contra una devoción que iba mucho más allá de la amistad.

—No pienses en eso ahora —dijo Lilia, bajando la voz a un tono más ronco y seductor. Sus manos descendieron con posesividad, acariciando las curvas de Freiliana a través de la fina tela de su vestido—. Sabes que me vuelves loco cuando te pones tan seria.

Freiliana soltó un pequeño jadeo, su timidez luchando contra el afecto profundo que sentía por él. Se puso de puntillas, buscando sus labios, y Lilia la complació con un beso que sabía a magia antigua y a una promesa de eternidad. En ese momento, ella no era más que su pequeña hada, y él, el guerrero que había decidido dejar de luchar para amarla.

Sin embargo, el idilio fue interrumpido por el sonido de pasos pesados y rítmicos. Lilia se separó de ella apenas unos centímetros, manteniendo un brazo protector alrededor de su hombro, justo cuando una figura imponente emergió de entre los árboles.

Malleus Draconia caminaba con la elegancia de un depredador alfa. Su estatura era colosal, alcanzando los dos metros treinta y cuatro con sus majestuosos cuernos negros curvándose hacia el cielo. Sus ojos verde jade, con pupilas verticales, se fijaron de inmediato en la pareja. El aire pareció enfriarse de golpe, cargándose de una electricidad estática que erizó el vello de los brazos de Freiliana.

—Lilia. Freiliana —saludó Malleus con una voz profunda que vibraba en el pecho de los presentes—. No esperaba encontrarlos aquí a estas horas.

—¡Malleus! —Freiliana se separó ligeramente de Lilia, aunque sus dedos seguían entrelazados con los de él—. Estábamos... disfrutando de la vista del lago.

Malleus guardó silencio, su mirada descendiendo hacia las manos unidas de ambos. Un destello de algo oscuro y gélido pasó por sus ojos. Como Rey, Malleus estaba comprometido por deber político con una noble de otro reino, un arreglo que despreciaba en silencio. Ver a Freiliana, tan pequeña y suave, al lado de su mentor, despertaba en él un hambre que apenas podía contener. Para él, Freiliana era un misterio que deseaba descifrar, una luz que quería encerrar en su torre para que nadie más pudiera verla.

—Es un lugar tranquilo —dijo Malleus, dando un paso adelante, acortando la distancia de manera intimidante—. Aunque me pregunto si Lilia no te está aburriendo con sus viejas historias de guerra.

—Nunca me aburro con Lilia —respondió Freiliana con una firmeza que sorprendió incluso al Rey. Ella se pegó más al costado de Lilia, dejando claro dónde residía su lealtad.

Lilia sonrió, una expresión afilada que mostraba apenas la punta de sus colmillos.

—Mi señor, Freiliana tiene un gusto exquisito por la historia. Quizás más que por los juguetes electrónicos que tanto le gustan a usted —lanzó Lilia, un dardo sutil envuelto en cortesía.

Antes de que Malleus pudiera responder, otra presencia se unió al grupo. Silver caminaba con paso marcial, su espada al cinto y su expresión serena, aunque sus ojos lavanda denotaban la fatiga crónica que siempre lo perseguía. Al ver a Freiliana, su postura se relajó imperceptiblemente.

—Padre, mi señor Malleus —dijo Silver, haciendo una reverencia—. He terminado la ronda de vigilancia.

—Buen trabajo, Silver —dijo Lilia, observando a su hijo adoptivo—. Justo a tiempo para unirte a nuestra charla.

Silver miró a Freiliana. Para él, ella era lo más parecido a un sueño hecho realidad. A menudo, en sus ataques de sueño, soñaba con ella, con su risa y su aroma a flores silvestres. Verla allí, vestida de azul, tan pequeña que parecía que un soplo de viento podría llevársela, hacía que su instinto de protección se disparara. Pero también sentía una punzada de dolor al ver cómo ella miraba a Lilia. Silver respetaba a su padre por encima de todo, pero el corazón no entendía de jerarquías.

—Freiliana —saludó Silver con su voz monótona pero suave—. Espero que el frío del valle no te esté afectando.

—Estoy bien, Silver, gracias —respondió ella con una sonrisa dulce—. Lilia me mantiene caliente.

Las palabras, dichas con total inocencia, cayeron como piedras en un pozo profundo. Malleus apretó los puños detrás de su espalda, y Silver bajó la mirada, fingiendo ajustar su guantelete. La tensión en el puente era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.

—Lilia —dijo Malleus de repente, su voz cargada de una autoridad real—, hay asuntos de la frontera que debemos discutir. Ahora.

Lilia suspiró, sabiendo que era una táctica para separarlo de Freiliana. Miró a su prometida y le acarició el cabello con una ternura que no se molestó en ocultar frente a los otros dos.

—Ve a la cocina, querida. Quizás puedas intentar preparar ese té de hierbas que tanto me gusta. Yo iré en un momento.

Freiliana asintió, aunque una sombra de duda cruzó su rostro. Ella sabía que la cocina no era su fuerte, ni el de Lilia, pero aceptó la excusa para retirarse de la asfixiante atmósfera. Con una última mirada cariñosa a Lilia, pasó por el lado de Malleus y Silver, rozando accidentalmente el brazo del Rey.

Malleus se tensó ante el contacto, cerrando los ojos por un breve segundo para saborear la calidez que ella dejaba a su paso. Silver, por su parte, la siguió con la mirada hasta que desapareció tras los muros de piedra.

Cuando ella se fue, la máscara de Lilia cayó. Se irguió, su presencia expandiéndose hasta llenar el espacio con una autoridad que recordaba por qué había sido el general más temido del Valle de las Espinas.

—Sé lo que están pensando —dijo Lilia, su voz ahora fría y cortante como el acero—. Y les sugiero que lo olviden.

Malleus se giró hacia él, su aura mágica estallando en chispas verdes que bailaban alrededor de sus cuernos.

—¿A qué te refieres, Lilia? —preguntó el Rey, su voz como un trueno lejano.

—No me subestimen —continuó Lilia, dando un paso hacia Malleus sin amilanarse ante la diferencia de estatura—. Freiliana no es un objeto para su curiosidad ni un consuelo para su soledad. Ella es mía. Nos vamos a casar.

El silencio que siguió fue absoluto. Silver levantó la cabeza bruscamente, el shock borrando cualquier rastro de sueño en sus ojos. Malleus, por su parte, sintió una rabia sorda crecer en su pecho, una mezcla de traición y envidia.

—¿Casarse? —repitió Silver con la voz quebrada—. Padre, ella es... ella es tan joven.

—Tiene trescientos años, Silver. Es una mujer adulta que sabe lo que quiere —replicó Lilia—. Y lo que quiere es estar a mi lado.

Malleus dio un paso hacia Lilia, su sombra cubriendo al antiguo general.

—Estás comprometido con su protección, Lilia, no con su posesión —siseó Malleus.

—La protejo de todo, incluso de las ambiciones de un Rey que no sabe lo que es el amor —respondió Lilia con una sonrisa desafiante—. Ella me ama a mí. Me lo demuestra cada noche. No busquen lo que no pueden tener.

Sin decir una palabra más, Lilia se dio la vuelta y se alejó con paso ligero, dejando a Malleus y Silver sumidos en un silencio amargo.

Mientras tanto, en las cocinas del castillo, Freiliana intentaba concentrarse en hervir agua, ignorando que se había convertido en el centro de una guerra silenciosa entre los tres hombres más poderosos del reino. Ella solo pensaba en el momento en que Lilia regresara, en el calor de sus manos y en la seguridad de sus promesas.

Poco después, Lilia entró en la cocina. Cerró la puerta con un movimiento de su mano, activando un hechizo de silencio. Freiliana se giró, sonriendo, pero antes de que pudiera decir nada, Lilia la alcanzó y la levantó en vilo, sentándola sobre la mesa de madera tallada.

—Lilia, ¿qué pasa? —preguntó ella, sorprendida por la intensidad de su mirada.

—Nada, mi pequeña —murmuró él, hundiendo el rostro en su cuello, aspirando su aroma—. Solo necesitaba recordarte que eres mía.

Sus manos, expertas y posesivas, comenzaron a desatar las cintas de su sobretúnica. Lilia siempre había tenido una fascinación particular por las curvas de Freiliana, encontrando en su suavidad un contraste necesario a su propia naturaleza afilada. Sus dedos acariciaron el escote de su vestido, deleitándose en la calidez de su piel.

—Te amo, Lilia —susurró Freiliana, rodeando su cuello con los brazos, entregándose a su toque con la confianza ciega de quien no conoce la malicia del mundo.

—Y yo a ti —respondió él, aunque en su mente todavía resonaba el eco de la mirada de Malleus.

Lilia sabía que el camino por delante sería difícil. Sabía que mantener a Freiliana a su lado significaba desafiar al Rey y romper el corazón de su hijo. Pero mientras la sentía vibrar bajo sus caricias, mientras veía la devoción pura en sus ojos marrones, Lilia Vanrouge decidió que quemaría el Valle de las Espinas entero antes de dejarla ir.

Afuera, la noche caía sobre el castillo. Malleus observaba desde su balcón la luz que emanaba de la ventana de la cocina, con el corazón apretado por una envidia que amenazaba con consumirlo. Silver, sentado en las raíces de un árbol antiguo, luchaba por no quedarse dormido, temiendo que, si cerraba los ojos, la imagen de Freiliana en brazos de su padre lo perseguiría para siempre.

En el reino de las hadas, el amor nunca era sencillo, y para Freiliana, la pequeña hada dragón, el amor de un antiguo general era un refugio que pronto se convertiría en su prisión dorada, protegida por el hombre que la amaba con una intensidad que rozaba la locura.
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