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Una noche confusa

Fandom: Toradora

Criado: 19/04/2026

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Fatias de VidaHumorFofuraCrack / Humor ParódicoHistória DomésticaCenário CanônicoAbuso de Álcool
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Burbujas de Fruta y Verdades a Medias

La cena había transcurrido con la normalidad caótica de siempre. El aroma del katsudon recién hecho aún flotaba en el aire del pequeño apartamento de los Takasu, mezclándose con el sonido rítmico de los palillos chocando contra la cerámica. Yasuko se había marchado hacía apenas media hora, envuelta en un torbellino de disculpas, maquillaje a medio aplicar y tacones que resonaban con prisa hacia su trabajo en el club. En su precipitación, había dejado sobre la mesa una bolsa de papel con varias botellas de colores vibrantes y etiquetas decoradas con frutas tropicales.

Ryuuji estaba de espaldas, concentrado en fregar la sartén con la meticulosidad que lo caracterizaba. Taiga, por su parte, se sentía inusualmente acalorada. El picante que Ryuuji había añadido al plato le quemaba la garganta, y su vaso de agua estaba vacío.

—¡Ryuuji, tengo sed! —exclamó la Tigre Compacto, golpeando la mesa con la palma de la mano.

—Hay agua en la jarra, Taiga. No seas vaga —respondió él sin darse la vuelta, luchando contra una mancha de grasa rebelde.

Taiga bufó, irritada. Sus ojos se posaron en las botellas que Yasuko había olvidado. Parecían inofensivas, como simples refrescos premium de esos que vendían en las tiendas de conveniencia caras. Tomó una que tenía una ilustración de melocotón y, con un movimiento ágil, la destapó. El líquido burbujeó suavemente. Sin pensarlo dos veces, le dio un trago largo.

—Sabe... dulce —murmuró ella, arrugando la nariz—. Y pica un poco.

Ryuuji terminó de secarse las manos y se giró, notando que Taiga sostenía una botella que él no recordaba haber servido.

—¿Qué estás bebiendo? —preguntó, acercándose con curiosidad.

—Jugo de Yasuko. Se lo olvidó. Está rico, aunque sabe a medicina de fresa —respondió Taiga, extendiéndole la botella con un gesto despreocupado—. Ten, prueba. Me quita el calor.

Ryuuji dudó. Sabía que Yasuko solía traer cosas extrañas del trabajo, pero el diseño de la botella era tan infantil y colorido que no sospechó nada turbio. Además, el calor en la cocina era sofocante y el katsudon también lo había dejado sediento. Tomó la botella y bebió un sorbo generoso. Luego otro.

—Es cierto, es muy dulce —comentó Ryuuji, frunciendo el ceño—. Pero tiene un retrogusto extraño... como a...

De repente, sus ojos se abrieron de par en par al leer la letra pequeña en la parte inferior de la etiqueta: *Contenido alcohólico: 9%*. Para alguien que nunca bebía, y considerando que Yasuko solía preferir mezclas dulces pero potentes, aquello era una bomba de tiempo.

—¡Taiga, esto es licor! —exclamó él, pero su voz sonó extrañamente lejana en sus propios oídos.

—No digas tonterías, Perro Tonto. Es solo jugo con gas —replicó ella, arrebatándole la botella para darle otro trago—. Eres un exagerado. Siempre viendo fantasmas donde no los hay.

—No, en serio, Taiga... esto... —Ryuuji sintió que el suelo se inclinaba ligeramente hacia la derecha. Se sentó pesadamente en la silla—. Me siento... como si mi cabeza fuera un globo de helio.

Diez minutos después, la cocina de los Takasu se había transformado en un escenario de surrealismo absoluto. El alcohol, actuando sobre dos estómagos adolescentes y poco acostumbrados, había derribado todas las barreras de la lógica y la compostura.

—¿Sabes qué? —dijo Taiga, señalando a Ryuuji con un dedo tembloroso mientras intentaba mantenerse erguida en la silla—. Tu cara... tu cara parece un onigiri que alguien pisó por accidente.

Ryuuji soltó una carcajada estrepitosa, algo totalmente impropio de su personalidad seria. Se apoyó en la mesa, dejando caer la cabeza hacia un lado.

—¡Pues tú! —respondió él, señalándola a su vez—. Tú eres como una mandarina. Pequeña, ácida y... y... ¡difícil de pelar! ¡Ja!

—¿Una mandarina? —Taiga se puso de pie de un salto, aunque tuvo que sostenerse del borde de la mesa para no caerse—. ¡Soy una Tigre! ¡El animal más temido de la selva! ¡Grrr!

—No das miedo, Taiga. Pareces un hámster enfadado porque le quitaron su semilla de girasol —dijo Ryuuji, limpiándose una lágrima de risa—. Y además, cocinas fatal. El otro día intentaste hacer tostadas y casi invocas a un demonio de humo.

Taiga ensanchó los ojos, ofendida hasta lo más profundo de su ser ebrio.

—¡Mientes! ¡Mis tostadas tenían carácter! —gritó ella, golpeando la mesa—. ¡Tú eres el que está obsesionado con la limpieza! ¡A veces creo que quieres casarte con tu fregona! ¡"Oh, Fregona-san, eres tan brillante y suave"!

Ryuuji se puso serio de repente, aunque sus ojos seguían desenfocados.

—La higiene es importante, Taiga. Si no fuera por mí, vivirías en un nido de moho. Serías la Reina del Moho. Te saldrían champiñones en las orejas y los venderíamos en el mercado para pagar la universidad.

—¡No quiero ser la Reina del Moho! —sollozó Taiga dramáticamente, volviendo a sentarse—. ¡Quiero ser... quiero ser un poste de luz!

—¿Un poste de luz? —Ryuuji la miró con genuina confusión.

—Sí. Así sería alta. Todo el mundo me miraría hacia arriba. Y daría luz a los perritos perdidos por la noche —explicó ella con una solemnidad absoluta, como si estuviera revelando el sentido de la vida.

—Eso es... lo más estúpido que he oído nunca —sentenció Ryuuji, empezando a reírse de nuevo—. Si fueras un poste de luz, los perros te orinarían encima, Taiga. Piénsalo.

Taiga se quedó en silencio un momento, procesando la información. De repente, su labio inferior empezó a temblar.

—¡Eres malo, Ryuuji! ¡Eres un perro pulgoso y malvado! ¡Siempre arruinando mis sueños de iluminación pública!

—¡Y tú eres una violenta! —contraatacó él, levantando la voz—. ¡Ayer me pegaste porque el arroz estaba "demasiado blanco"! ¿Cómo puede el arroz estar demasiado blanco? ¡Es arroz!

—¡Era insultantemente blanco! ¡Me estaba juzgando con su blancura! —chilló ella—. ¡Igual que tus ojos de delincuente! ¡Tus ojos dicen: "Voy a robarte la cartera y luego voy a limpiar tu casa con lejía"!

Ryuuji se levantó, tambaleándose, y empezó a caminar en círculos por la cocina.

—Mis ojos son una herencia genética, no una elección estética —dijo él, usando palabras grandes que apenas podía pronunciar—. Soy una víctima de la biología. Como los caracoles. ¿Por qué los caracoles llevan su casa a cuestas? Es ineficiente. Deberían alquilar un apartamento, como tú.

Taiga lo siguió con la mirada, mareada por el movimiento circular.

—Los caracoles no pagan alquiler porque no tienen bolsillos para llevar dinero, idiota. Además, mi apartamento es más grande que el tuyo. Podría meter tres Ryuujis ahí dentro. Pero no lo haré, porque uno ya es demasiado molesto.

—¿Ah, sí? Pues si soy tan molesto, ¿por qué siempre vienes aquí a cenar? —preguntó él, deteniéndose frente a ella y fallando el cálculo de la distancia, quedando a escasos centímetros de su rostro.

Taiga se quedó congelada. El olor a melocotón y alcohol flotaba entre los dos. Sus ojos grandes y nublados se encontraron con los de él.

—Vengo... vengo porque el moho me da miedo —susurró ella, perdiendo repentinamente la combatividad—. Y porque tus manos huelen a suavizante de telas. Es un olor... aceptable.

Ryuuji parpadeó lentamente. Su cerebro intentaba conectar los cables, pero el cortocircuito era total.

—Tú hueles a champú de fresa y a problemas —respondió él en el mismo tono bajo—. Muchos problemas. Tantos problemas que si fueran granos de arena, tendríamos una playa privada en el salón.

—Quiero ir a la playa —dijo Taiga, cambiando de tema con la velocidad de un rayo—. Vamos ahora. Trae el flotador de patito.

—Taiga, son las once de la noche y estamos en medio de la ciudad. No hay playa.

—¡Tú eres la playa! —gritó ella, dándole un empujón que lo hizo caer sentado en el suelo—. ¡Eres arenoso y molesto!

Ryuuji, desde el suelo, la miró indignado.

—¡Eso no tiene sentido! ¡Acabas de decir que soy un poste de luz... no, que tú eras el poste! ¡Ya me confundiste!

—¡Me confundiste tú con tu lógica de limpiador de alcantarillas! —Taiga se dejó caer al suelo junto a él, agotada por el esfuerzo de mantenerse en pie—. Ryuuji...

—¿Qué?

—Creo que el suelo se está moviendo. Creo que estamos en un barco.

Ryuuji cerró los ojos y sintió, efectivamente, que la habitación oscilaba como un navío en plena tormenta.

—Sí... un barco —coincidió él—. Un barco lleno de botellas de Yasuko.

—Ryuuji... —Taiga apoyó la cabeza en el hombro de él, sin darse cuenta de lo que hacía—. Si el barco se hunde... ¿limpiarás el fondo del mar?

—Claro —murmuró él, sintiendo un sueño pesado apoderarse de sus extremidades—. Pasaré la aspiradora por los corales. Quedarán... impecables.

—Eres un tonto... mi tonto perro doméstico...

Poco a poco, las voces se fueron apagando. La discusión sobre caracoles, postes de luz y arroz demasiado blanco terminó en un silencio solo interrumpido por la respiración acompasada de ambos. Se quedaron allí, sentados en el suelo de la cocina, apoyados el uno en el otro entre botellas vacías de licor de frutas y platos sucios.

Cuando Yasuko regresó horas más tarde, tras haber recordado a mitad de su turno que había dejado el "encargo especial" para sus compañeras sobre la mesa, se encontró con una escena que la hizo soltar una risita ahogada. Sacó su teléfono y tomó una foto de los dos adolescentes profundamente dormidos.

—Vaya, vaya —susurró Yasuko, guardando las botellas restantes—. Parece que el jugo de mamá era más fuerte de lo que pensaban.

A la mañana siguiente, el dolor de cabeza sería legendario, y ninguno de los dos recordaría por qué Taiga insistiría, durante semanas, en que Ryuuji tenía una deuda pendiente con todos los caracoles del mundo. Pero en ese momento, en la penumbra de la cocina, la paz era absoluta, aunque estuviera cimentada en burbujas de melocotón y una confusión monumental.
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