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Una Familia Improvisada
Fandom: Jujutsu Kaisen
Criado: 19/04/2026
Tags
RomanceFatias de VidaDor/ConfortoFofuraHistória DomésticaCenário CanônicoEstudo de PersonagemDramaAngústiaUA (Universo Alternativo)ConsertoTragédiaHumorDivergênciaAção
Sombras, Cigarrillos y el Peso de un Legado
El verano de 2009 en Tokio no solo traía consigo un calor sofocante que parecía derretir el asfalto de las calles de Roppongi, sino también un cambio drástico en la jerarquía del mundo de la hechicería. Gojo Satoru, a sus diecinueve años, ya caminaba con la arrogancia de quien sabe que el cielo y la tierra le pertenecen. Sin embargo, esa tarde, su andar era un poco menos fluido. No por una herida de batalla, sino por las dos pequeñas sombras que lo seguían a pocos pasos de distancia.
Satoru se ajustó las gafas de sol oscuras, dejando que unos mechones de su cabello blanco cayeran sobre su frente. El uniforme de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio le quedaba impecable, pero su expresión era una mezcla de desconcierto y una diversión forzada.
—Bueno, pequeños —dijo Satoru, deteniéndose frente a un edificio de apartamentos de aspecto modesto—, este será su nuevo cuartel general. O casa. Como quieran llamarlo.
Megumi Fushiguro, de apenas seis años, levantó la vista. Sus ojos oscuros eran demasiado profundos para un niño de su edad, cargados con una severidad que Satoru solo había visto en hombres que habían pasado décadas exorcizando maldiciones. El niño no dijo nada; simplemente apretó la correa de su mochila y miró el edificio con desconfianza.
Tsumiki, por el contrario, le dedicó una sonrisa tímida pero cálida. A sus ocho años, ella parecía ser el pegamento que mantenía unido el frágil mundo de Megumi. Llevaba un vestido claro de mangas cortas que ondeaba ligeramente con la brisa caliente.
—Gracias por traernos, Gojo-san —murmuró ella con cortesía.
—¡No hay de qué! —respondió Satoru, agitando una mano en el aire—. Soy el más fuerte, así que cuidar de un par de niños es pan comido. Aunque, para ser honesto, no tengo ni la más remota idea de cómo funciona una lavadora.
—Yo puedo encargarme de eso —intervino Megumi, su voz era pequeña pero firme—. He estado haciéndolo desde hace tiempo.
Satoru sintió un ligero pinchazo de algo parecido a la culpa, una emoción que rara vez experimentaba. Recordó al hombre que había matado apenas unas semanas atrás: Toji Fushiguro. El hombre que casi lo envía al otro mundo y que, en sus últimos momentos, le confió a su hijo. "Haz lo que quieras", le había dicho. Y Satoru, en un arrebato de su propia voluntad, decidió que "lo que quería" era evitar que el clan Zenin pusiera sus garras sobre el potencial de Megumi.
—No seas tan serio, Megumi-chan —dijo Satoru, inclinándose para quedar a su altura—. Ahora que estoy yo, no tendrás que preocuparte por esas cosas aburridas. Bueno, tal vez por algunas. Pero mira, he traído refuerzos.
En ese momento, una figura salió del portal del edificio. Shoko Ieiri, con sus ojeras características y el cabello corto castaño que apenas rozaba su barbilla, caminaba hacia ellos con las manos en los bolsillos de su chaqueta de uniforme. Exhaló un suspiro de humo de un cigarrillo que sostenía entre sus labios, aunque lo apagó rápidamente al ver a los niños.
—Llegas tarde, Satoru —dijo Shoko con su tono habitual de indiferencia—. Y te dije que no fumaría cerca de ellos, pero me has hecho esperar media hora bajo el sol.
—¡Shoko! —exclamó Satoru con entusiasmo—. Mira, aquí están. Los nuevos residentes del desastre que llamamos vida.
Shoko ignoró el histrionismo de su compañero y se arrodilló frente a los niños. A diferencia de la energía errática de Satoru, Shoko emanaba una calma gélida pero extrañamente reconfortante. Sus ojos recorrieron a Megumi y luego a Tsumiki, suavizándose apenas un poco.
—Hola —dijo Shoko—. Soy Shoko Ieiri. Supongo que este idiota de pelo blanco no les ha explicado nada útil, ¿verdad?
Tsumiki negó con la cabeza, mientras Megumi simplemente la observaba con sus ojos analíticos.
—Dijo que era el más fuerte y que nos daría dulces si no hacíamos preguntas —respondió Megumi con seriedad.
Shoko soltó una risa seca y corta, mirando de reojo a Satoru.
—Típico de él. Escuchen, a partir de ahora, yo estaré vigilando que Satoru no se olvide de alimentarlos o de que son seres humanos y no experimentos de laboratorio. Si necesitan algo, cualquier cosa, vienen a mí. ¿Entendido?
—¿Incluso si Megumi se mete en problemas? —preguntó Tsumiki, acercándose un paso a Shoko.
—Especialmente si se mete en problemas —aseguró Shoko, extendiendo una mano para acariciar suavemente la cabeza de la niña.
El grupo subió al apartamento. Gojo había usado su influencia (y el dinero que conllevaba ser el heredero del clan Gojo) para conseguir un lugar espacioso y cómodo. Sin embargo, el lugar se sentía vacío, carente de ese desorden cotidiano que define a un hogar.
Satoru se dejó caer en el sofá de cuero, estirando sus largas piernas sobre la mesa de centro.
—¡Bien! Primera regla del hogar Gojo: no hay reglas, excepto que Megumi tiene que entrenar conmigo dos veces por semana.
—Satoru, tienen seis y ocho años —lo cortó Shoko, sentándose en una silla frente a él—. Necesitan una estructura. Comida real, no solo los dulces que tú comes. Horarios de sueño. Y Tsumiki necesita ir a una escuela normal.
—Ah, sí, la escuela —Satoru hizo un gesto vago con la mano—. Ya me encargué de eso. O le pedí a Ijichi que lo hiciera. Es lo mismo.
Megumi caminaba por la sala, observando las estanterías vacías. Se detuvo frente a un gran ventanal que daba a la ciudad.
—¿Por qué haces esto? —preguntó el niño sin darse la vuelta.
El tono de Megumi no era de gratitud, sino de una sospecha legítima. Satoru se quedó en silencio un momento, sus Seis Ojos analizando el flujo de energía maldita que ya empezaba a brotar del niño de forma inconsciente. Podía ver el potencial, las sombras que se retorcían bajo sus pies, esperando ser llamadas. Pero también veía a un niño que había sido abandonado por un padre que nunca entendió.
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Satoru se ajustó las gafas de sol oscuras, dejando que unos mechones de su cabello blanco cayeran sobre su frente. El uniforme de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio le quedaba impecable, pero su expresión era una mezcla de desconcierto y una diversión forzada.
—Bueno, pequeños —dijo Satoru, deteniéndose frente a un edificio de apartamentos de aspecto modesto—, este será su nuevo cuartel general. O casa. Como quieran llamarlo.
Megumi Fushiguro, de apenas seis años, levantó la vista. Sus ojos oscuros eran demasiado profundos para un niño de su edad, cargados con una severidad que Satoru solo había visto en hombres que habían pasado décadas exorcizando maldiciones. El niño no dijo nada; simplemente apretó la correa de su mochila y miró el edificio con desconfianza.
Tsumiki, por el contrario, le dedicó una sonrisa tímida pero cálida. A sus ocho años, ella parecía ser el pegamento que mantenía unido el frágil mundo de Megumi. Llevaba un vestido claro de mangas cortas que ondeaba ligeramente con la brisa caliente.
—Gracias por traernos, Gojo-san —murmuró ella con cortesía.
—¡No hay de qué! —respondió Satoru, agitando una mano en el aire—. Soy el más fuerte, así que cuidar de un par de niños es pan comido. Aunque, para ser honesto, no tengo ni la más remota idea de cómo funciona una lavadora.
—Yo puedo encargarme de eso —intervino Megumi, su voz era pequeña pero firme—. He estado haciéndolo desde hace tiempo.
Satoru sintió un ligero pinchazo de algo parecido a la culpa, una emoción que rara vez experimentaba. Recordó al hombre que había matado apenas unas semanas atrás: Toji Fushiguro. El hombre que casi lo envía al otro mundo y que, en sus últimos momentos, le confió a su hijo. "Haz lo que quieras", le había dicho. Y Satoru, en un arrebato de su propia voluntad, decidió que "lo que quería" era evitar que el clan Zenin pusiera sus garras sobre el potencial de Megumi.
—No seas tan serio, Megumi-chan —dijo Satoru, inclinándose para quedar a su altura—. Ahora que estoy yo, no tendrás que preocuparte por esas cosas aburridas. Bueno, tal vez por algunas. Pero mira, he traído refuerzos.
En ese momento, una figura salió del portal del edificio. Shoko Ieiri, con sus ojeras características y el cabello corto castaño que apenas rozaba su barbilla, caminaba hacia ellos con las manos en los bolsillos de su chaqueta de uniforme. Exhaló un suspiro de humo de un cigarrillo que sostenía entre sus labios, aunque lo apagó rápidamente al ver a los niños.
—Llegas tarde, Satoru —dijo Shoko con su tono habitual de indiferencia—. Y te dije que no fumaría cerca de ellos, pero me has hecho esperar media hora bajo el sol.
—¡Shoko! —exclamó Satoru con entusiasmo—. Mira, aquí están. Los nuevos residentes del desastre que llamamos vida.
Shoko ignoró el histrionismo de su compañero y se arrodilló frente a los niños. A diferencia de la energía errática de Satoru, Shoko emanaba una calma gélida pero extrañamente reconfortante. Sus ojos recorrieron a Megumi y luego a Tsumiki, suavizándose apenas un poco.
—Hola —dijo Shoko—. Soy Shoko Ieiri. Supongo que este idiota de pelo blanco no les ha explicado nada útil, ¿verdad?
Tsumiki negó con la cabeza, mientras Megumi simplemente la observaba con sus ojos analíticos.
—Dijo que era el más fuerte y que nos daría dulces si no hacíamos preguntas —respondió Megumi con seriedad.
Shoko soltó una risa seca y corta, mirando de reojo a Satoru.
—Típico de él. Escuchen, a partir de ahora, yo estaré vigilando que Satoru no se olvide de alimentarlos o de que son seres humanos y no experimentos de laboratorio. Si necesitan algo, cualquier cosa, vienen a mí. ¿Entendido?
—¿Incluso si Megumi se mete en problemas? —preguntó Tsumiki, acercándose un paso a Shoko.
—Especialmente si se mete en problemas —aseguró Shoko, extendiendo una mano para acariciar suavemente la cabeza de la niña.
El grupo subió al apartamento. Gojo había usado su influencia (y el dinero que conllevaba ser el heredero del clan Gojo) para conseguir un lugar espacioso y cómodo. Sin embargo, el lugar se sentía vacío, carente de ese desorden cotidiano que define a un hogar.
Satoru se dejó caer en el sofá de cuero, estirando sus largas piernas sobre la mesa de centro.
—¡Bien! Primera regla del hogar Gojo: no hay reglas, excepto que Megumi tiene que entrenar conmigo dos veces por semana.
—Satoru, tienen seis y ocho años —lo cortó Shoko, sentándose en una silla frente a él—. Necesitan una estructura. Comida real, no solo los dulces que tú comes. Horarios de sueño. Y Tsumiki necesita ir a una escuela normal.
—Ah, sí, la escuela —Satoru hizo un gesto vago con la mano—. Ya me encargué de eso. O le pedí a Ijichi que lo hiciera. Es lo mismo.
Megumi caminaba por la sala, observando las estanterías vacías. Se detuvo frente a un gran ventanal que daba a la ciudad.
—¿Por qué haces esto? —preguntó el niño sin darse la vuelta.
El tono de Megumi no era de gratitud, sino de una sospecha legítima. Satoru se quedó en silencio un momento, sus Seis Ojos analizando el flujo de energía maldita que ya empezaba a brotar del niño de forma inconsciente. Podía ver el potencial, las sombras que se retorcían bajo sus pies, esperando ser llamadas. Pero también veía a un niño que había sido abandonado por un padre que nunca entendió.
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