Fanfy
.studio
Carregando...
Imagem de fundo

El Hijo de El Más Fuerte

Fandom: Jujutsu Kaisen

Criado: 20/04/2026

Tags

RomanceDramaAngústiaDor/ConfortoHistória DomésticaEstudo de PersonagemCenário CanônicoGravidez Não Planejada/IndesejadaDivergênciaFatias de VidaAçãoViolência GráficaFofuraFantasiaConserto
Índice

Humo y Seis Ojos

La noche en Tokio nunca era realmente oscura, pero en el apartamento de Satoru Gojo, el mundo exterior parecía reducirse a un murmullo lejano. El brillo de los rascacielos se filtraba por los ventanales de suelo a techo, bañando la estancia en un tono azulado y frío que contrastaba con el calor que emanaba de los dos cuerpos sobre el sofá.

Satoru, despojado de su característica venda negra y de su abrigo de cuello alto, descansaba con la espalda apoyada en el respaldo de cuero. Su cabello blanco, usualmente peinado hacia arriba con energía, caía ahora de forma desordenada sobre su frente, dándole un aspecto inusualmente vulnerable. Sus ojos, esos Seis Ojos que todo lo veían, estaban fijos en el techo, observando las partículas de energía maldita flotar como polvo en el aire.

A su lado, Shoko Ieiri exhaló una larga nube de humo. El olor a tabaco, que para cualquier otro sería molesto, para Satoru era el aroma de la familiaridad. Ella aún llevaba puesta la bata de laboratorio, aunque desabrochada, y sus zapatos de tacón crema descansaban olvidados en algún lugar de la entrada.

—Vas a terminar quemando el sofá —comentó Satoru con voz perezosa, sin apartar la vista del techo.

—Si eso pasa, puedes comprarte uno nuevo. Tienes dinero de sobra, ¿no, "el más fuerte"? —respondió Shoko con su tono monótono y relajado de siempre.

Ella giró la cabeza para mirarlo. Las ojeras bajo sus ojos castaños parecían más profundas esa noche, testimonio de las horas interminables que pasaba remendando cadáveres y curando a estudiantes heridos. Satoru extendió una mano y, con una delicadeza que reservaba solo para ella, apartó un mechón de cabello castaño que le caía sobre el rostro.

—Te ves cansada —murmuró él.

—Tú te ves ridículo con el pelo así —replicó ella, aunque no se apartó de su toque—. Pero supongo que es una mejora comparado con la venda.

Satoru soltó una carcajada suave, un sonido que rara vez llegaba a sus labios de forma tan genuina. En el Colegio Técnico de Magia de Tokio, él era el pilar, el bufón arrogante, el maestro invencible. Para Shoko, él era simplemente Satoru, el chico con el que había compartido la juventud y las pérdidas.

Lo que tenían era un secreto a voces que nadie se atrevía a confirmar. Por el día, eran colegas: el chamán más poderoso y la mejor médico del mundo de la hechicería. Por la noche, cuando el peso del mundo se volvía demasiado difícil de cargar, se convertían en el refugio del otro. No había promesas, no había etiquetas de "noviazgo" oficial, pero había una pertenencia que no necesitaba palabras.

—¿Sabes? —dijo Satoru, girándose de lado para verla mejor—. A veces pienso que somos los únicos que quedamos.

Shoko apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal sobre la mesa de centro. El silencio se volvió pesado por un momento. Sabía a quién se refería. El fantasma de Suguru Geto siempre flotaba entre ellos, una sombra que nunca terminaba de disiparse.

—Quedamos nosotros —asintió Shoko, cerrando los ojos—. Y mientras sigas siendo tan molesto como siempre, sabré que el mundo no se ha acabado todavía.

Satoru sonrió, pero esta vez fue una sonrisa pequeña, casi triste. Se acercó más a ella, eliminando el poco espacio que quedaba. El Infinito, esa barrera invisible que siempre lo separaba del resto de la humanidad, fue desactivado. Solo con ella se permitía ser tocado.

—Ven aquí —susurró él.

Shoko se dejó envolver por sus largos brazos. Satoru la atrajo hacia su regazo, ocultando el rostro en el hueco de su cuello. Ella olía a medicina, a tabaco y a ese perfume sutil que solo él lograba distinguir. Sus manos, expertas en salvar vidas, se enredaron en el cabello blanco de Satoru, tirando suavemente hacia atrás para obligarlo a mirarla.

—¿Qué quieres, Satoru? —preguntó ella en un susurro.

—Lo mismo de siempre —respondió él, y sus ojos azules brillaron con una intensidad casi sobrenatural—. Olvidar. Solo por unas horas.

—Puedo ayudarte con eso —dijo Shoko antes de acortar la distancia y besarlo.

El beso fue el detonante. Lo que comenzó como una necesidad de consuelo se transformó rápidamente en la pasión desenfrenada que definía sus encuentros nocturnos. Satoru la levantó con facilidad, sus 190 centímetros de altura dándole una ventaja física que siempre utilizaba para acorralarla contra las superficies del apartamento.

Se movieron hacia la habitación con una urgencia nacida de la frustración acumulada. En el mundo de la hechicería, la muerte era una compañera constante; por eso, cuando estaban juntos, se aferraban a la vida con una ferocidad casi violenta.

—Satoru... —jadeó Shoko cuando él la depositó sobre la cama, despojándola de la bata y el jersey azul de cuello alto con movimientos rápidos y precisos.

—Estoy aquí, Shoko —murmuró él contra su piel, sus labios recorriendo el lunar bajo su ojo, bajando por su mandíbula hasta su cuello—. No voy a ir a ningún lado.

La ropa fue desapareciendo, dejando al descubierto la pálida piel de Shoko y los músculos definidos de Satoru. En la oscuridad, la piel del albino parecía brillar, un contraste marcado con las sábanas oscuras. Cuando sus cuerpos finalmente se unieron, el aire en la habitación pareció cargarse de electricidad.

No era solo sexo; era una batalla y una tregua al mismo tiempo. Satoru se movía con una intensidad que reflejaba su poder, pero sus manos siempre eran cuidadosas, rodeando la cintura de Shoko como si fuera lo único que lo mantenía anclado a la tierra. Ella, por su parte, respondía con una exigencia silenciosa, enterrando sus uñas en sus hombros, recordándole que, a pesar de su estatus divino, seguía siendo un hombre de carne y hueso.

—Mírame —pidió él, su voz rota por el esfuerzo.

Shoko abrió los ojos, encontrándose con ese azul infinito que siempre parecía contener el cielo entero. En ese momento, no había maldiciones, no había alumnos que proteger, no había ancianos del consejo conspirando en las sombras. Solo estaban ellos dos, sudorosos y jadeantes, buscando en el otro una validación que nadie más podía darles.

—Te veo —respondió ella, rodeando su cuello con los brazos y atrayéndolo para otro beso profundo.

Las horas pasaron en un desenfoque de caricias, suspiros y el sonido de la respiración acompasada. Cuando finalmente el agotamiento los venció, se quedaron entrelazados bajo las mantas. El silencio regresó, pero ya no era un silencio pesado, sino uno cómodo.

Satoru jugaba con un mechón del cabello de Shoko, mientras ella descansaba la cabeza en su pecho, escuchando el latido rítmico de su corazón.

—¿Crees que alguien sospecha? —preguntó Satoru de repente, rompiendo la calma.

—Utahime cree que eres un pervertido por naturaleza, así que si nos viera, probablemente no se sorprendería tanto —respondió Shoko con una pequeña sonrisa—. Y los chicos... son jóvenes. Están demasiado ocupados intentando no morir.

—Tienes razón —concedió Satoru—. Además, sería divertido ver la cara de Nanami si se enterara.

—Pobre hombre, déjalo en paz. Ya tiene suficiente estrés conmigo fumando en la morgue.

Satoru soltó una risita y besó la coronilla de Shoko. A veces se preguntaba si deberían hacerlo oficial, si debería tomar su mano frente a todos y declarar que ella era suya. Pero ambos sabían que eso cambiaría la dinámica. En su mundo, el amor era una debilidad que los enemigos podían usar. Este secreto era su armadura.

—Shoko —dijo él, su tono volviéndose serio por un instante.

—¿Dime?

—Gracias.

Ella no necesitó preguntar por qué. Ella también le estaba agradecida. En un mundo que exigía que Satoru fuera un dios y que Shoko fuera una máquina de curar, estas noches eran el único espacio donde se les permitía ser humanos.

—Duérmete, Satoru —dijo ella suavemente, cerrando los ojos—. Mañana tienes clase temprano y yo tengo tres autopsias pendientes.

—Qué romántica eres —bromeó él, aunque también cerró los ojos, sintiéndose finalmente en paz.

El sol comenzaría a salir en unas pocas horas, y con él, las máscaras volverían a sus lugares. Satoru Gojo se pondría su venda y su sonrisa arrogante, y Shoko Ieiri se pondría su bata blanca y su expresión de indiferencia. Pero mientras la luna siguiera en lo alto, el cielo y la tierra se encontraban en aquel apartamento, unidos por un vínculo que no necesitaba nombres, solo la certeza de que, al final del día, no estaban solos.
Índice

Quer criar seu próprio fanfic?

Cadastre-se na Fanfy e crie suas próprias histórias!

Criar meu fanfic