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A oscuras
Fandom: My hero academia
Criado: 22/04/2026
Tags
RomanceDramaFatias de VidaAçãoCenário CanônicoEstudo de PersonagemLinguagem ExplícitaHistória DomésticaPWP (Enredo? Que enredo?)
Pólvora y Violetas
La biblioteca de la Academia U.A. estaba sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rítmico golpeteo del bolígrafo de Junko Aoi contra la mesa de madera. Eran casi las diez de la noche. Las sombras se alargaban entre las estanterías, pero para Junko, el mundo se reducía a los apuntes de física cuántica y a la presencia irritante del chico sentado frente a ella.
Katsuki Bakugo no era alguien que pasara desapercibido, incluso cuando intentaba estudiar. Su respiración era pesada, cargada de una agresividad contenida, y la forma en que subrayaba sus libros parecía más un ataque que un método de estudio.
—Si sigues haciendo ese ruido con el bolígrafo, juro que te lo haré tragar, pecosa —gruñó Bakugo sin levantar la vista.
Junko arqueó una ceja, sus ojos violetas oscuros brillando con un deje de superioridad. Se echó hacia atrás, permitiendo que su espalda rozara el respaldo de la silla, resaltando su figura atlética y la curva de sus caderas.
—Y si tú sigues respirando como un bulldog con asma, Bakugo, probablemente repruebes el examen por falta de oxígeno en el cerebro —replicó ella con una sonrisa gélida—. Aunque, siendo honestos, no es como si tuvieras mucho que perder ahí arriba.
Bakugo cerró el libro de golpe, el estruendo resonando en la sala vacía. Sus ojos rojos ardían con una intensidad peligrosa.
—¿Qué dijiste, extra? He estado por encima de ti en los simulacros durante todo el semestre. No eres más que una piedra en mi camino.
—Una piedra que siempre termina sacándote mejores notas en estrategia —Junko se inclinó hacia adelante, desafiándolo—. Admítelo, te saca de quicio que alguien con "pecho pequeño", como te gusta burlarte, tenga un cerebro más grande que el tuyo.
—¡Me importa un bledo tu cuerpo! —mintió él, aunque su mirada traicionera bajó un segundo por su piel pecosa y perfecta antes de volver a sus ojos—. Lo que me molesta es tu maldita actitud de sabelotodo.
—Es mutuo, explosivo —ella se puso de pie, recogiendo sus cosas con movimientos lentos y deliberados—. Pero ya tuve suficiente de tu cara por hoy. Me voy a los dormitorios.
—No hemos terminado —Bakugo se levantó también, rodeando la mesa en dos zancadas. Era más alto, más imponente, y el calor que emanaba su cuerpo era casi palpable.
—Yo decido cuándo termino —dijo Junko, clavando su dedo índice en el pecho endurecido del rubio—. Y ahora mismo, estoy harta de ti.
Caminaron por los pasillos en un silencio tenso, una guerra fría que amenazaba con estallar en cualquier momento. Al llegar al ala de los dormitorios del curso de héroes, la tensión era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Al llegar frente a la habitación de Bakugo, Junko se detuvo para lanzarle una última pulla, pero él no la dejó hablar.
—Entra —ordenó Bakugo, abriendo la puerta de su cuarto de una patada.
—¿Perdona? —Junko soltó una risa seca—. ¿Ahora me das órdenes?
—Entra —repitió él, tomándola del brazo. No fue un tirón violento, sino uno cargado de una urgencia que ella reconoció de inmediato.
La puerta se cerró tras ellos con un clic definitivo. La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Junko sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. Estaba atrapada entre la puerta y el cuerpo de Bakugo.
—¿Qué pasa, Bakugo? —su voz, usualmente firme y sarcástica, flaqueó un poco—. ¿Vas a intentar intimidarme en la oscuridad?
—Cállate de una vez —susurró él, acortando la distancia.
Sus labios se encontraron con una violencia que no fue sorpresa para ninguno de los dos. No fue un beso dulce; fue una colisión de dientes, lengua y años de rivalidad acumulada. Junko enredó sus dedos en el cabello rubio y cenizo de él, tirando con fuerza, mientras las manos de Bakugo bajaban a sus caderas anchas, apretándola contra su cuerpo atlético.
—Te odio —jadeó Junko contra su boca, aunque sus acciones decían lo contrario.
—Yo te odio más —respondió Bakugo, bajando sus besos hacia su cuello, succionando la piel perfecta justo donde empezaban sus pecas.
Él la guio hacia la cama, empujándola con suavidad pero firmeza. En la penumbra, los ojos de Bakugo parecían brasas encendidas. Sus manos, expertas en crear explosiones, ahora se movían con una torpeza sensible, despojándola de su camisa escolar. Cuando sus ojos se posaron en su pecho pequeño, no hubo burla, solo una apreciación intensa que hizo que Junko se sintiera más expuesta que nunca.
—Eres... —Bakugo se detuvo, tragando saliva—... eres hermosa, maldita sea.
Junko sintió un calor abrasador recorrerle la columna. Que el chico más orgulloso de la U.A. admitiera eso era más embriagador que cualquier victoria académica. Ella lo ayudó a quitarse la camiseta, maravillándose ante la musculatura definida que tanto trabajo le había costado conseguir.
—Bakugo... —susurró ella, sintiendo cómo él comenzaba a despojarla del resto de su ropa—. Nunca he... yo nunca...
Él se detuvo en seco, sus manos deteniéndose en el borde de su ropa interior. La miró a los ojos, buscando una confirmación. La impulsividad de Katsuki siempre era su motor, pero en ese momento, la sensibilidad que ocultaba tras capas de gritos salió a la luz.
—¿Estás segura? —preguntó, su voz ronca y más baja de lo normal.
—Si te detienes ahora, te mataré —respondió ella, recuperando un poco de su terquedad característica.
Bakugo soltó una risa breve y cargada de tensión.
—No dejaré que te olvides de esto nunca.
Con una delicadeza que Junko no creía que poseyera, él terminó de desnudarla. Sus manos recorrieron sus piernas, admirando la fuerza de su cuerpo atlético. La piel de Junko parecía brillar bajo la luz lunar. Bakugo comenzó a besarla de nuevo, esta vez con más lentitud, explorando cada rincón de su boca mientras su mano bajaba hacia su intimidad.
Junko soltó un gemido ahogado cuando los dedos de Bakugo la tocaron. Era abrumador. El contraste entre la aspereza de sus manos de guerrero y la suavidad con la que la trataba la estaba volviendo loca.
—Mírame, Junko —pidió él.
Ella abrió los ojos, encontrando los suyos. Bakugo comenzó a moverse rítmicamente, usando sus dedos para prepararla, para asegurarse de que estuviera lista. El placer era una ola que amenazaba con arrastrarla, y ella se aferró a sus hombros, enterrando las uñas en su piel.
—Katsuki... por favor...
El uso de su nombre de pila fue el detonante final. Bakugo se posicionó sobre ella, sus cuerpos encajando como piezas de un rompecabezas que habían estado peleando por unirse durante años. Se movió con cuidado, observando cada cambio en la expresión de Junko.
Cuando la penetró, ella soltó un suspiro entrecortado, una mezcla de dolor momentáneo y una plenitud que nunca había imaginado. Bakugo se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara, besando sus párpados y sus mejillas pecosas.
—Respira —le dijo al oído, su aliento caliente quemándole la piel—. Estoy aquí.
—No te detengas —suplicó ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura.
Bakugo comenzó a moverse, primero con lentitud y luego con la intensidad impulsiva que lo definía. Cada embestida era una declaración de guerra y de entrega al mismo tiempo. Junko se sentía arder, cada nervio de su cuerpo disparando chispas que rivalizaban con los dones de su compañero.
El ritmo aumentó. La habitación se llenó del sonido de sus respiraciones agitadas y el roce de la piel. Junko sentía que estaba perdiendo el sentido de la realidad, flotando en un mar de sensaciones violetas y rojas.
—¡Katsuki! —gritó ella en un susurro cuando el clímax la alcanzó, arqueando la espalda y apretándolo contra sí.
Él la siguió apenas unos segundos después, gruñendo su nombre con una fuerza que hizo vibrar el pecho de ambos. Se desplomó sobre ella, teniendo cuidado de no dejar caer todo su peso, mientras sus corazones latían al unísono, intentando recuperar el ritmo normal.
Pasaron varios minutos en silencio. El sudor enfriándose en sus cuerpos era el único recordatorio del fuego que acababan de desatar. Bakugo se apartó un poco, pero mantuvo su brazo alrededor de ella, atrayéndola hacia su costado.
—Sigues siendo una molesta —murmuró él, aunque su mano acariciaba distraídamente el cabello violeta de Junko.
—Y tú sigues siendo un idiota impulsivo —respondió ella, acomodando su cabeza en el hueco de su hombro—. Pero supongo que puedo tolerarlo por una noche.
Bakugo soltó un bufido que casi parecía una risa.
—Mañana en el entrenamiento te voy a patear el trasero.
—Inténtalo, rubio —Junko cerró los ojos, sintiéndose extrañamente en paz—. Pero si te distraes pensando en esto, no me culpes cuando termines en el suelo.
—Eso no va a pasar —sentenció él, aunque la estrechó un poco más fuerte contra sí—. Duérmete ya, pecosa. Mañana tenemos clase a primera hora.
La rivalidad seguía ahí, la terquedad no se había ido y el sarcasmo seguía siendo su lenguaje principal. Sin embargo, en la oscuridad de esa habitación, algo había cambiado. Ya no eran solo dos enemigos compitiendo por el primer puesto; eran dos fuerzas de la naturaleza que finalmente habían encontrado su centro en el calor del otro.
Junko se quedó dormida con el aroma a pólvora y sudor de Bakugo rodeándola, sabiendo que, a partir de ahora, las discusiones en la biblioteca tendrían un matiz mucho más peligroso y emocionante.
Katsuki Bakugo no era alguien que pasara desapercibido, incluso cuando intentaba estudiar. Su respiración era pesada, cargada de una agresividad contenida, y la forma en que subrayaba sus libros parecía más un ataque que un método de estudio.
—Si sigues haciendo ese ruido con el bolígrafo, juro que te lo haré tragar, pecosa —gruñó Bakugo sin levantar la vista.
Junko arqueó una ceja, sus ojos violetas oscuros brillando con un deje de superioridad. Se echó hacia atrás, permitiendo que su espalda rozara el respaldo de la silla, resaltando su figura atlética y la curva de sus caderas.
—Y si tú sigues respirando como un bulldog con asma, Bakugo, probablemente repruebes el examen por falta de oxígeno en el cerebro —replicó ella con una sonrisa gélida—. Aunque, siendo honestos, no es como si tuvieras mucho que perder ahí arriba.
Bakugo cerró el libro de golpe, el estruendo resonando en la sala vacía. Sus ojos rojos ardían con una intensidad peligrosa.
—¿Qué dijiste, extra? He estado por encima de ti en los simulacros durante todo el semestre. No eres más que una piedra en mi camino.
—Una piedra que siempre termina sacándote mejores notas en estrategia —Junko se inclinó hacia adelante, desafiándolo—. Admítelo, te saca de quicio que alguien con "pecho pequeño", como te gusta burlarte, tenga un cerebro más grande que el tuyo.
—¡Me importa un bledo tu cuerpo! —mintió él, aunque su mirada traicionera bajó un segundo por su piel pecosa y perfecta antes de volver a sus ojos—. Lo que me molesta es tu maldita actitud de sabelotodo.
—Es mutuo, explosivo —ella se puso de pie, recogiendo sus cosas con movimientos lentos y deliberados—. Pero ya tuve suficiente de tu cara por hoy. Me voy a los dormitorios.
—No hemos terminado —Bakugo se levantó también, rodeando la mesa en dos zancadas. Era más alto, más imponente, y el calor que emanaba su cuerpo era casi palpable.
—Yo decido cuándo termino —dijo Junko, clavando su dedo índice en el pecho endurecido del rubio—. Y ahora mismo, estoy harta de ti.
Caminaron por los pasillos en un silencio tenso, una guerra fría que amenazaba con estallar en cualquier momento. Al llegar al ala de los dormitorios del curso de héroes, la tensión era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Al llegar frente a la habitación de Bakugo, Junko se detuvo para lanzarle una última pulla, pero él no la dejó hablar.
—Entra —ordenó Bakugo, abriendo la puerta de su cuarto de una patada.
—¿Perdona? —Junko soltó una risa seca—. ¿Ahora me das órdenes?
—Entra —repitió él, tomándola del brazo. No fue un tirón violento, sino uno cargado de una urgencia que ella reconoció de inmediato.
La puerta se cerró tras ellos con un clic definitivo. La habitación estaba a oscuras, solo iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba por la ventana. Junko sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. Estaba atrapada entre la puerta y el cuerpo de Bakugo.
—¿Qué pasa, Bakugo? —su voz, usualmente firme y sarcástica, flaqueó un poco—. ¿Vas a intentar intimidarme en la oscuridad?
—Cállate de una vez —susurró él, acortando la distancia.
Sus labios se encontraron con una violencia que no fue sorpresa para ninguno de los dos. No fue un beso dulce; fue una colisión de dientes, lengua y años de rivalidad acumulada. Junko enredó sus dedos en el cabello rubio y cenizo de él, tirando con fuerza, mientras las manos de Bakugo bajaban a sus caderas anchas, apretándola contra su cuerpo atlético.
—Te odio —jadeó Junko contra su boca, aunque sus acciones decían lo contrario.
—Yo te odio más —respondió Bakugo, bajando sus besos hacia su cuello, succionando la piel perfecta justo donde empezaban sus pecas.
Él la guio hacia la cama, empujándola con suavidad pero firmeza. En la penumbra, los ojos de Bakugo parecían brasas encendidas. Sus manos, expertas en crear explosiones, ahora se movían con una torpeza sensible, despojándola de su camisa escolar. Cuando sus ojos se posaron en su pecho pequeño, no hubo burla, solo una apreciación intensa que hizo que Junko se sintiera más expuesta que nunca.
—Eres... —Bakugo se detuvo, tragando saliva—... eres hermosa, maldita sea.
Junko sintió un calor abrasador recorrerle la columna. Que el chico más orgulloso de la U.A. admitiera eso era más embriagador que cualquier victoria académica. Ella lo ayudó a quitarse la camiseta, maravillándose ante la musculatura definida que tanto trabajo le había costado conseguir.
—Bakugo... —susurró ella, sintiendo cómo él comenzaba a despojarla del resto de su ropa—. Nunca he... yo nunca...
Él se detuvo en seco, sus manos deteniéndose en el borde de su ropa interior. La miró a los ojos, buscando una confirmación. La impulsividad de Katsuki siempre era su motor, pero en ese momento, la sensibilidad que ocultaba tras capas de gritos salió a la luz.
—¿Estás segura? —preguntó, su voz ronca y más baja de lo normal.
—Si te detienes ahora, te mataré —respondió ella, recuperando un poco de su terquedad característica.
Bakugo soltó una risa breve y cargada de tensión.
—No dejaré que te olvides de esto nunca.
Con una delicadeza que Junko no creía que poseyera, él terminó de desnudarla. Sus manos recorrieron sus piernas, admirando la fuerza de su cuerpo atlético. La piel de Junko parecía brillar bajo la luz lunar. Bakugo comenzó a besarla de nuevo, esta vez con más lentitud, explorando cada rincón de su boca mientras su mano bajaba hacia su intimidad.
Junko soltó un gemido ahogado cuando los dedos de Bakugo la tocaron. Era abrumador. El contraste entre la aspereza de sus manos de guerrero y la suavidad con la que la trataba la estaba volviendo loca.
—Mírame, Junko —pidió él.
Ella abrió los ojos, encontrando los suyos. Bakugo comenzó a moverse rítmicamente, usando sus dedos para prepararla, para asegurarse de que estuviera lista. El placer era una ola que amenazaba con arrastrarla, y ella se aferró a sus hombros, enterrando las uñas en su piel.
—Katsuki... por favor...
El uso de su nombre de pila fue el detonante final. Bakugo se posicionó sobre ella, sus cuerpos encajando como piezas de un rompecabezas que habían estado peleando por unirse durante años. Se movió con cuidado, observando cada cambio en la expresión de Junko.
Cuando la penetró, ella soltó un suspiro entrecortado, una mezcla de dolor momentáneo y una plenitud que nunca había imaginado. Bakugo se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara, besando sus párpados y sus mejillas pecosas.
—Respira —le dijo al oído, su aliento caliente quemándole la piel—. Estoy aquí.
—No te detengas —suplicó ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura.
Bakugo comenzó a moverse, primero con lentitud y luego con la intensidad impulsiva que lo definía. Cada embestida era una declaración de guerra y de entrega al mismo tiempo. Junko se sentía arder, cada nervio de su cuerpo disparando chispas que rivalizaban con los dones de su compañero.
El ritmo aumentó. La habitación se llenó del sonido de sus respiraciones agitadas y el roce de la piel. Junko sentía que estaba perdiendo el sentido de la realidad, flotando en un mar de sensaciones violetas y rojas.
—¡Katsuki! —gritó ella en un susurro cuando el clímax la alcanzó, arqueando la espalda y apretándolo contra sí.
Él la siguió apenas unos segundos después, gruñendo su nombre con una fuerza que hizo vibrar el pecho de ambos. Se desplomó sobre ella, teniendo cuidado de no dejar caer todo su peso, mientras sus corazones latían al unísono, intentando recuperar el ritmo normal.
Pasaron varios minutos en silencio. El sudor enfriándose en sus cuerpos era el único recordatorio del fuego que acababan de desatar. Bakugo se apartó un poco, pero mantuvo su brazo alrededor de ella, atrayéndola hacia su costado.
—Sigues siendo una molesta —murmuró él, aunque su mano acariciaba distraídamente el cabello violeta de Junko.
—Y tú sigues siendo un idiota impulsivo —respondió ella, acomodando su cabeza en el hueco de su hombro—. Pero supongo que puedo tolerarlo por una noche.
Bakugo soltó un bufido que casi parecía una risa.
—Mañana en el entrenamiento te voy a patear el trasero.
—Inténtalo, rubio —Junko cerró los ojos, sintiéndose extrañamente en paz—. Pero si te distraes pensando en esto, no me culpes cuando termines en el suelo.
—Eso no va a pasar —sentenció él, aunque la estrechó un poco más fuerte contra sí—. Duérmete ya, pecosa. Mañana tenemos clase a primera hora.
La rivalidad seguía ahí, la terquedad no se había ido y el sarcasmo seguía siendo su lenguaje principal. Sin embargo, en la oscuridad de esa habitación, algo había cambiado. Ya no eran solo dos enemigos compitiendo por el primer puesto; eran dos fuerzas de la naturaleza que finalmente habían encontrado su centro en el calor del otro.
Junko se quedó dormida con el aroma a pólvora y sudor de Bakugo rodeándola, sabiendo que, a partir de ahora, las discusiones en la biblioteca tendrían un matiz mucho más peligroso y emocionante.
