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Noche de pasion
Fandom: Kengan ashura
Criado: 22/04/2026
Tags
PWP (Enredo? Que enredo?)Linguagem ExplícitaViolência GráficaCenário CanônicoSombrioDrama
La Bestia bajo el Dominio del Ashura
El bosque que rodeaba las instalaciones de la Asociación Kengan no era un lugar para los débiles de corazón. Los árboles eran antiguos, de troncos gruesos y follaje tan denso que la luz del sol apenas lograba filtrarse, creando un ambiente de penumbra perpetua. Tres jóvenes, aspirantes a luchadores que apenas comenzaban su entrenamiento en las ligas menores, caminaban por un sendero poco transitado. Buscaban un lugar tranquilo para practicar, lejos de las miradas críticas de sus instructores, pero el destino les tenía preparada una lección de una naturaleza mucho más salvaje.
—¿Escucharon eso? —preguntó el más alto de los tres, deteniéndose en seco.
Un sonido gutural, una mezcla entre un gruñido y un quejido de puro placer, rompió el silencio del bosque. No era un animal. Era humano, cargado de una intensidad que les erizó la piel. Movidos por una curiosidad prohibida, los jóvenes se adentraron en la maleza, siguiendo el rastro de los jadeos que se hacían cada vez más nítidos.
Al doblar una formación rocosa, se toparon con una escena que desafiaba cualquier descripción. Se escondieron tras una roca gigante, asomando apenas las cabezas, con la respiración contenida.
Allí, en un claro iluminado por un rayo de sol mortecino, Ohma Tokita, el legendario "Ashura", tenía completamente dominado a Setsuna Kiryu. La dinámica entre ambos era aterradora y fascinante a la vez. Setsuna, conocido como la "Bella Bestia", estaba en un estado de entrega absoluta que ninguno de los jóvenes habría imaginado posible.
Setsuna solo llevaba puesta una camisa blanca, completamente desabotonada y empapada en sudor, que colgaba de sus hombros revelando su torso pálido y fibroso. Su piel era un lienzo de marcas violentas: mordidas profundas adornaban su pecho y sus pezones, que estaban hinchados y enrojecidos. Había restos de semen en sus labios, descendiendo por su cuello hasta sus abdominales marcados, brillando bajo la luz filtrada.
Ohma, por su parte, conservaba su ropa, pero sus pantalones estaban bajados hasta las rodillas, revelando la potencia de sus piernas y su miembro erecto, que buscaba el calor del otro hombre. La expresión de Ohma era de una ferocidad pura, una posesividad que no admitía réplica.
—Más... Ohma, por favor... destrúyeme —gimió Setsuna, con los ojos en blanco y la lengua acariciando sus propios labios manchados.
Los tres jóvenes, ocultos tras la roca, sintieron un calor súbito recorrerles el cuerpo. Ver a un guerrero tan letal y elegante como Kiryu reducido a ese estado de sumisión total era una droga visual. Sus manos bajaron instintivamente a sus braguetas, comenzando a masturbarse en la oscuridad de su escondite, incapaces de apartar la vista.
Ohma no respondió con palabras dulces. Agarró a Setsuna por el cabello, obligándolo a mirarlo a los ojos con una intensidad que hizo temblar al pelilargo.
—Ponte encima —ordenó Ohma con voz ronca, sentándose sobre una raíz gruesa de un árbol—. Hazlo ahora.
Setsuna obedeció con una urgencia casi desesperada. Se posicionó sobre el regazo de Ohma, guiando el miembro del Ashura hacia su entrada. Con un gemido desgarrador que resonó en todo el claro, se dejó caer, permitiendo que Ohma entrara por completo en su ano. La profundidad del impacto fue tal que Setsuna arqueó la espalda, con los ojos desorbitados por el éxtasis y el dolor.
—Muévete rápido —le ordenó Ohma, clavando sus dedos en la cintura de Setsuna.
Setsuna comenzó a cabalgarlo con un ritmo frenético, salvaje. Sus movimientos eran erráticos pero cargados de una pasión violenta. Cada vez que bajaba, el sonido de la carne chocando contra la carne golpeaba los oídos de los chicos escondidos como un tambor de guerra.
—¡Ahhh! ¡Ohma! ¡Siento cómo me desgarras por dentro! —gritaba Setsuna, perdiendo toda compostura.
Ohma, insatisfecho con la velocidad, llevó sus manos hacia los pezones de Setsuna. Los agarró entre sus dedos y los pellizcó con una fuerza brutal, retorciéndolos. El dolor disparó la adrenalina de Kiryu, quien comenzó a moverse aún más rápido, sus caderas convertidas en un torbellino de deseo.
—¡Eso es! —rugió Ohma—. ¡Muévete como la perra que eres!
Desde su escondite, los jóvenes estaban en trance. Se imaginaban a sí mismos en el lugar de Ohma, sometiendo a la Bella Bestia, reclamando ese cuerpo que parecía hecho para el pecado. El roce de sus propias manos contra su piel se sentía insuficiente comparado con la carnicería de placer que presenciaban.
A unos metros de allí, oculto tras un matorral diferente y con una expresión de absoluto terror mezclado con una resignación cómica, se encontraba Yamashita Kazuo. El pobre hombre había seguido a Ohma para entregarle unos documentos de la corporación y se había quedado atrapado en esa pesadilla erótica.
—Oh, por todos los cielos... Ohma-san... ¿por qué aquí? —susurró Yamashita, tapándose los ojos con una mano pero dejando un espacio entre los dedos para vigilar que nadie más se acercara—. Si alguien los ve, la reputación de la Asociación... ¡aunque a ellos parece importarles un bledo!
Yamashita vio cómo Ohma envolvía sus brazos alrededor del torso de Setsuna, aplastándolo contra su pecho mientras seguían unidos. El Ashura comenzó a morder el hombro de Kiryu, dejando marcas permanentes mientras sus embestidas se volvían más erráticas y potentes.
—Eres mío, Setsuna —gruñó Ohma al oído del otro—. Nadie más puede tocarte así.
—Solo tú... solo tú puedes matarme de esta forma —respondió Setsuna, con la voz quebrada por el orgasmo inminente.
El ritmo alcanzó un punto de no retorno. Los tres jóvenes tras la roca llegaron a su clímax casi al mismo tiempo que los hombres del claro, manchando la piedra y el suelo, con el corazón latiendo a mil por hora.
Ohma soltó un rugido final mientras se corría profundamente dentro de Setsuna, quien se desplomó sobre el pecho del Ashura, temblando violentamente, con el semen desbordándose de su unión y cubriendo sus muslos. El silencio volvió al bosque, solo roto por las respiraciones pesadas de los amantes.
Yamashita, aprovechando el momento de laxitud, se alejó gateando con cuidado, decidido a olvidar lo que había visto, aunque sabía que la imagen de Ohma dominando a la Bestia lo perseguiría en sus pesadillas... o en sus sueños más extraños.
Los jóvenes, exhaustos y aún temblorosos, se miraron entre sí. No dijeron una palabra. Se levantaron y regresaron por donde vinieron, llevando consigo el secreto de lo que sucede cuando dos monstruos deciden devorarse en la oscuridad del bosque. Aquel día comprendieron que en el mundo de Kengan, la lucha no siempre terminaba en la arena; a veces, la batalla más violenta y apasionada ocurría entre las sombras, donde el Ashura siempre sería el rey.
—¿Escucharon eso? —preguntó el más alto de los tres, deteniéndose en seco.
Un sonido gutural, una mezcla entre un gruñido y un quejido de puro placer, rompió el silencio del bosque. No era un animal. Era humano, cargado de una intensidad que les erizó la piel. Movidos por una curiosidad prohibida, los jóvenes se adentraron en la maleza, siguiendo el rastro de los jadeos que se hacían cada vez más nítidos.
Al doblar una formación rocosa, se toparon con una escena que desafiaba cualquier descripción. Se escondieron tras una roca gigante, asomando apenas las cabezas, con la respiración contenida.
Allí, en un claro iluminado por un rayo de sol mortecino, Ohma Tokita, el legendario "Ashura", tenía completamente dominado a Setsuna Kiryu. La dinámica entre ambos era aterradora y fascinante a la vez. Setsuna, conocido como la "Bella Bestia", estaba en un estado de entrega absoluta que ninguno de los jóvenes habría imaginado posible.
Setsuna solo llevaba puesta una camisa blanca, completamente desabotonada y empapada en sudor, que colgaba de sus hombros revelando su torso pálido y fibroso. Su piel era un lienzo de marcas violentas: mordidas profundas adornaban su pecho y sus pezones, que estaban hinchados y enrojecidos. Había restos de semen en sus labios, descendiendo por su cuello hasta sus abdominales marcados, brillando bajo la luz filtrada.
Ohma, por su parte, conservaba su ropa, pero sus pantalones estaban bajados hasta las rodillas, revelando la potencia de sus piernas y su miembro erecto, que buscaba el calor del otro hombre. La expresión de Ohma era de una ferocidad pura, una posesividad que no admitía réplica.
—Más... Ohma, por favor... destrúyeme —gimió Setsuna, con los ojos en blanco y la lengua acariciando sus propios labios manchados.
Los tres jóvenes, ocultos tras la roca, sintieron un calor súbito recorrerles el cuerpo. Ver a un guerrero tan letal y elegante como Kiryu reducido a ese estado de sumisión total era una droga visual. Sus manos bajaron instintivamente a sus braguetas, comenzando a masturbarse en la oscuridad de su escondite, incapaces de apartar la vista.
Ohma no respondió con palabras dulces. Agarró a Setsuna por el cabello, obligándolo a mirarlo a los ojos con una intensidad que hizo temblar al pelilargo.
—Ponte encima —ordenó Ohma con voz ronca, sentándose sobre una raíz gruesa de un árbol—. Hazlo ahora.
Setsuna obedeció con una urgencia casi desesperada. Se posicionó sobre el regazo de Ohma, guiando el miembro del Ashura hacia su entrada. Con un gemido desgarrador que resonó en todo el claro, se dejó caer, permitiendo que Ohma entrara por completo en su ano. La profundidad del impacto fue tal que Setsuna arqueó la espalda, con los ojos desorbitados por el éxtasis y el dolor.
—Muévete rápido —le ordenó Ohma, clavando sus dedos en la cintura de Setsuna.
Setsuna comenzó a cabalgarlo con un ritmo frenético, salvaje. Sus movimientos eran erráticos pero cargados de una pasión violenta. Cada vez que bajaba, el sonido de la carne chocando contra la carne golpeaba los oídos de los chicos escondidos como un tambor de guerra.
—¡Ahhh! ¡Ohma! ¡Siento cómo me desgarras por dentro! —gritaba Setsuna, perdiendo toda compostura.
Ohma, insatisfecho con la velocidad, llevó sus manos hacia los pezones de Setsuna. Los agarró entre sus dedos y los pellizcó con una fuerza brutal, retorciéndolos. El dolor disparó la adrenalina de Kiryu, quien comenzó a moverse aún más rápido, sus caderas convertidas en un torbellino de deseo.
—¡Eso es! —rugió Ohma—. ¡Muévete como la perra que eres!
Desde su escondite, los jóvenes estaban en trance. Se imaginaban a sí mismos en el lugar de Ohma, sometiendo a la Bella Bestia, reclamando ese cuerpo que parecía hecho para el pecado. El roce de sus propias manos contra su piel se sentía insuficiente comparado con la carnicería de placer que presenciaban.
A unos metros de allí, oculto tras un matorral diferente y con una expresión de absoluto terror mezclado con una resignación cómica, se encontraba Yamashita Kazuo. El pobre hombre había seguido a Ohma para entregarle unos documentos de la corporación y se había quedado atrapado en esa pesadilla erótica.
—Oh, por todos los cielos... Ohma-san... ¿por qué aquí? —susurró Yamashita, tapándose los ojos con una mano pero dejando un espacio entre los dedos para vigilar que nadie más se acercara—. Si alguien los ve, la reputación de la Asociación... ¡aunque a ellos parece importarles un bledo!
Yamashita vio cómo Ohma envolvía sus brazos alrededor del torso de Setsuna, aplastándolo contra su pecho mientras seguían unidos. El Ashura comenzó a morder el hombro de Kiryu, dejando marcas permanentes mientras sus embestidas se volvían más erráticas y potentes.
—Eres mío, Setsuna —gruñó Ohma al oído del otro—. Nadie más puede tocarte así.
—Solo tú... solo tú puedes matarme de esta forma —respondió Setsuna, con la voz quebrada por el orgasmo inminente.
El ritmo alcanzó un punto de no retorno. Los tres jóvenes tras la roca llegaron a su clímax casi al mismo tiempo que los hombres del claro, manchando la piedra y el suelo, con el corazón latiendo a mil por hora.
Ohma soltó un rugido final mientras se corría profundamente dentro de Setsuna, quien se desplomó sobre el pecho del Ashura, temblando violentamente, con el semen desbordándose de su unión y cubriendo sus muslos. El silencio volvió al bosque, solo roto por las respiraciones pesadas de los amantes.
Yamashita, aprovechando el momento de laxitud, se alejó gateando con cuidado, decidido a olvidar lo que había visto, aunque sabía que la imagen de Ohma dominando a la Bestia lo perseguiría en sus pesadillas... o en sus sueños más extraños.
Los jóvenes, exhaustos y aún temblorosos, se miraron entre sí. No dijeron una palabra. Se levantaron y regresaron por donde vinieron, llevando consigo el secreto de lo que sucede cuando dos monstruos deciden devorarse en la oscuridad del bosque. Aquel día comprendieron que en el mundo de Kengan, la lucha no siempre terminaba en la arena; a veces, la batalla más violenta y apasionada ocurría entre las sombras, donde el Ashura siempre sería el rey.
