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Sumisa

Fandom: Jujutsu Kaisen

Criado: 23/04/2026

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RomanceFatias de VidaEstudo de PersonagemCenário CanônicoFofuraDramaPsicológicoHistória DomésticaDor/ConfortoAngústia
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Bajo el Infinito, un Suspiro

El aire en la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio siempre tenía un matiz metálico, una mezcla de incienso purificador y el frío estéril de la morgue. Sin embargo, en los últimos meses, un nuevo aroma se había filtrado en los pasillos: el perfume floral de Shoko Ieiri mezclado con el olor a dulces caros que siempre emanaba de Satoru Gojo.

La noticia de su relación había caído como un rayo en un cielo despejado. Los alumnos de primer año, con Itadori a la cabeza, habían apostado que Shoko terminaría por atar a Gojo a una camilla para obligarlo a comportarse. Los de segundo año, liderados por Maki, estaban convencidos de que Shoko era la única persona en el mundo capaz de propinarle un golpe al "invencible" Satoru sin que el Infinito lo detuviera. Todos esperaban ver a una Shoko dominante, una mujer de hierro que pusiera fin a las payasadas del hechicero más fuerte.

Qué equivocados estaban.

Era una tarde de martes, y el sol se filtraba lánguidamente por las persianas de la oficina médica. Shoko estaba sentada frente a su escritorio, revisando unos informes de autopsia con un cigarrillo apagado entre los labios. La bata blanca le colgaba de los hombros, dándole ese aire de cansancio eterno que tanto la caracterizaba. Sus ojeras, profundas y oscuras, parecían acentuarse bajo la luz fluorescente.

De repente, la puerta se abrió sin previo aviso. No hubo un toque cortés, solo el sonido de alguien que se sentía dueño del espacio.

— ¡Shoko-chan! —exclamó Satoru con esa voz cantarína que solía irritar a los altos mandos.

Entró con zancadas largas, su figura de un metro noventa llenando la habitación al instante. Llevaba su uniforme negro habitual, el cuello alto impecable y la venda cubriendo sus ojos, aunque Shoko sabía que, incluso detrás de la tela, sus Seis Ojos estaban escaneando cada centímetro de ella.

— Estoy trabajando, Satoru —respondió ella sin levantar la vista del papel—. Si te duele algo, ve a ver a un enfermero. Si solo vienes a molestar, la puerta está por donde entraste.

Satoru soltó una risita juguetona y se deslizó detrás de ella con la agilidad de un gato. Sus manos, grandes y de dedos largos, se posaron sobre los hombros de la doctora. Shoko se tensó un poco, pero no se apartó.

— Qué fría eres —susurró él, inclinándose.

Gojo redujo la distancia hasta que su aliento cálido golpeó la oreja de Shoko. Ella intentó mantener la compostura, apretando el bolígrafo con más fuerza de la necesaria.

— Satoru, hablo en serio —dijo ella, aunque su voz sonó un poco más débil de lo que pretendía.

— Yo también hablo en serio —replicó él.

Satoru bajó la mano derecha desde su hombro hasta su cintura, trazando una línea lenta y deliberada. Con la otra mano, retiró suavemente un mechón de cabello castaño que caía sobre el cuello de Shoko. Luego, sin previo aviso, presionó sus labios contra la piel sensible justo debajo de su oreja.

Shoko soltó un suspiro entrecortado. El bolígrafo rodó por la mesa y cayó al suelo con un chasquido sordo.

— ¿No decías que tenías mucho trabajo? —murmuró Satoru contra su piel, su voz ahora era un barítono profundo que vibraba en el pecho de la mujer.

— Te odio —susurró Shoko, aunque sus ojos decaídos se cerraron y su cabeza se inclinó hacia atrás, dándole más acceso.

— Mentirosa —dijo él con una sonrisa que se sentía contra su cuello.

Satoru comenzó a dejar una hilera de besos suaves y lentos, subiendo por la mandíbula hasta llegar al lóbulo de su oreja. No era una agresión, era una seducción meticulosa. Gojo sabía perfectamente que, a pesar de su fachada de mujer cínica y reservada, Shoko era increíblemente sensible a su tacto.

— Satoru... alguien podría entrar —logró decir ella, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas.

— He bajado las persianas al entrar. Y nadie se atrevería a interrumpirnos —respondió él, separándose apenas unos milímetros para mirarla—. Además, te ves tan linda cuando te pones nerviosa. Tus pupilas se dilatan, Shoko. Puedo verlo todo.

— Malditos ojos tuyos —gruñó ella, pero su cuerpo no mentía. Se sentía pequeña bajo la sombra de Gojo, y por una vez, no le importaba.

Satoru aprovechó su rendición momentánea para rodearla por completo con sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello y aspirando su aroma. Sus manos comenzaron a hacerle cosquillas suaves en los costados, un gesto travieso que rompió la última pizca de resistencia de la doctora.

— ¡Ah! ¡Satoru, para! —soltó ella una risita involuntaria, retorciéndose en la silla.

— ¿Por qué? Si te gusta —dijo él, intensificando el juego.

— No... no me gusta... ¡Satoru! —la voz de Shoko, usualmente monótona y seca, ahora estaba llena de vida, de una alegría contenida que solo él lograba sacar a flote.

Él se detuvo de golpe, pero no se alejó. La mantuvo atrapada entre sus brazos y el escritorio. Shoko estaba agitada, con el cabello ligeramente revuelto y un rubor evidente que cubría incluso su lunar bajo el ojo derecho. Se veía vulnerable, sumisa ante la atención abrumadora del hombre más poderoso del mundo.

— Eres la única persona que puede estar tan cerca de mí, Shoko —dijo Satoru, esta vez sin rastro de burla en su voz.

Él se quitó la venda con un movimiento fluido, dejando al descubierto esos ojos color cielo que parecían contener el universo entero. Shoko se quedó sin aliento. Siempre era lo mismo; no importaba cuántos años pasaran, la intensidad de su mirada la desarmaba por completo.

— Y tú eres el único idiota que se atreve a interrumpir mis autopsias para hacerme cosquillas —respondió ella, recuperando un poco de su mordacidad, aunque sus manos ahora buscaban el cuello del abrigo negro de él para acercarlo más.

— Admitelo, prefieres esto a abrir cadáveres.

— Quizás —admitió ella en un susurro, bajando la mirada—. Solo quizás.

Satoru sonrió, una sonrisa triunfal pero llena de una ternura que reservaba exclusivamente para ella. La levantó de la silla como si no pesara nada, sentándola sobre el escritorio entre los papeles y los informes olvidados. Shoko envolvió sus piernas alrededor de su cintura, ocultando su rostro en el hombro de él.

— ¿Qué pasó con la doctora seria y reservada que todos conocen? —preguntó Satoru de forma burlona, mientras acariciaba su espalda por debajo de la bata médica.

— Se tomó un descanso —respondió Shoko con la voz amortiguada por su hombro—. Y tú tienes la culpa.

— Acepto la responsabilidad. Es un trabajo difícil, pero alguien tiene que hacerlo.

Se quedaron así por un largo momento, disfrutando del silencio de la oficina. Para el resto del mundo, ellos eran los pilares de la sociedad de hechiceros: el arma definitiva y la sanadora indispensable. Pero en la penumbra de esa habitación, solo eran dos personas cansadas que habían encontrado un refugio el uno en el otro.

De pronto, un ruido de pasos rápidos se escuchó en el pasillo exterior.

— ¡Ieiri-san! ¡Gojo-sensei se robó mis dulces y creo que está aquí! —la voz de Itadori resonó a través de la puerta de madera.

Shoko se puso rígida al instante, intentando bajarse del escritorio, pero Satoru la mantuvo firmemente en su lugar, con una expresión de pura diversión en el rostro.

— ¡Satoru, suéltame! —susurró ella, presa del pánico—. ¡Es tu alumno!

— Shh —Satoru puso un dedo sobre sus propios labios y luego se inclinó para susurrarle al oído—: Si te quedas quieta, no nos oirá. Pero si te mueves, los papeles harán ruido... y tendrá que entrar a investigar.

Shoko lo miró con incredulidad. Estaba acorralada. La sumisión que sentía ante él no era por miedo, sino por esa extraña fascinación que Satoru ejercía sobre su voluntad. Él sabía que ella no quería un escándalo, y usaba eso a su favor para mantenerla justo donde quería: entre sus brazos.

— Te odio tanto —repitió ella, aunque esta vez sus manos se enredaron en el cabello blanco y suave de él.

— Te encanta —corrigió Satoru antes de sellar sus labios con un beso profundo que acalló cualquier otra protesta.

Fuera, Itadori esperó unos segundos, rascándose la cabeza.

— Qué raro, juraría que sentí la energía de Gojo-sensei aquí... Bueno, seguro se fue a molestar a Nanamin.

Los pasos se alejaron. Shoko soltó un suspiro de alivio que se convirtió en un gemido cuando Satoru mordisqueó suavemente su labio inferior.

— Se ha ido —dijo Gojo, separándose apenas un centímetro, con los ojos brillando de picardía—. ¿En qué estábamos?

— Estábamos en que te ibas a ir para dejarme terminar este informe —dijo Shoko, aunque su cuerpo decía lo contrario mientras se presionaba más contra él.

— Mmm, no me convences. Creo que la doctora necesita una dosis extra de atención antes de volver al trabajo.

Satoru volvió a bajar sus manos hacia su cintura, y Shoko supo que la batalla estaba perdida. En la jerarquía del mundo, ella era la que decidía quién vivía y quién moría en su mesa de operaciones. Pero en el mundo privado de Satoru Gojo, ella era simplemente Shoko, la mujer que se derretía bajo su toque y que encontraba, en la arrogancia juguetona de aquel hombre, el único lugar donde podía dejar de ser fuerte por un momento.

— Solo diez minutos más —cedió ella, rodeando el cuello de él con sus brazos.

— Lo que tú digas, jefa —mintió Satoru, sabiendo perfectamente que no la dejaría ir hasta que el sol se ocultara por completo tras los edificios de la escuela.

Porque Satoru Gojo podía ser el más fuerte, pero solo Shoko Ieiri tenía el poder de hacerlo bajar a la tierra, y a cambio, él se encargaba de que ella nunca tuviera que tocar el suelo si no quería. En ese equilibrio de poder y entrega, habían encontrado su propia forma de perfección, lejos de las maldiciones, de la sangre y del peso del destino que ambos cargaban sobre sus hombros.
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