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Fandom: Band Of Brothers

Criado: 23/04/2026

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HistóricoDramaEstudo de PersonagemSobrevivênciaRealismoCenário CanônicoAngústia
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Tinta y sangre en el barro

El invierno en Europa tenía un olor particular: una mezcla de pólvora quemada, metal frío y la humedad estancada de hombres que llevaban demasiado tiempo sin ver una bañera. Joe Liebgott, sentado sobre una caja de municiones medio vacía, observaba a través del humo de su cigarrillo a la figura que, unos metros más allá, parecía estar en un mundo completamente distinto.

David Kenyon Webster estaba apoyado contra el tronco de un árbol desnudo, sosteniendo un pequeño cuaderno de cuero con una delicadeza que resultaba casi insultante en aquel entorno. Sus dedos, largos y sorprendentemente limpios para un paracaidista en campaña, movían un lápiz con una soltura que a Joe le revolvía el estómago.

—Míralo —masculló Liebgott para nadie en particular, aunque Guarnere estaba lo suficientemente cerca como para escucharlo—. Escribiendo sus memorias. ¿Qué crees que ponga? "¿Querido diario, hoy el barro ensució mis botas de Harvard?".

Guarnere soltó una carcajada ronca, pero no respondió. Liebgott, sin embargo, no podía apartar la vista. Había algo en Webster que le producía una picazón constante, una irritación que no podía rascar. No era solo que fuera un universitario con ínfulas de intelectual; era el hecho de que Webster estaba allí por elección. El tipo venía de una familia con dinero, de esas que podían haberle conseguido un puesto cómodo en un escritorio de Washington o, mejor aún, haberlo mantenido en la universidad hasta que la guerra fuera un mal recuerdo en los libros de historia.

Pero no. El muy idiota se había alistado en los paracaidistas. Se había lanzado sobre Normandía y ahora estaba aquí, en Holanda, compartiendo el mismo aire gélido que el resto de los mortales.

—Es un maldito turista —murmuró Joe, aplastando la colilla con la bota.

Se puso en pie. Sus movimientos eran eléctricos, llenos de una energía nerviosa que siempre parecía estar a punto de estallar en un golpe o en un insulto. Caminó hacia Webster, tratando de que sus pasos sobre las hojas secas sonaran lo más amenazadores posible.

Webster ni siquiera levantó la vista hasta que la sombra de Liebgott cubrió su cuaderno. Sus ojos azules, claros y exasperantemente tranquilos, se encontraron con los de Joe.

—¿Te falta luz para tu novela, Webster? —soltó Liebgott con una sonrisa torcida, cargada de sarcasmo.

Webster cerró el cuaderno con calma, sin rastro de molestia en el rostro.

—Solo tomo algunas notas, Liebgott. La memoria es un instrumento traicionero, especialmente bajo presión.

—Oh, "un instrumento traicionero" —repitió Joe, imitando el acento culto del otro—. Escuchen a Shakespeare. ¿Qué pasa? ¿No te basta con lo que ves? ¿Tienes que adornarlo con palabras bonitas para que tu mami no se asuste cuando lo lea?

Webster se enderezó. Era alto, más alto que Joe, y mantenía esa postura erguida que delataba años de educación privada y privilegios. Sin embargo, no había arrogancia física en él, sino una especie de distanciamiento filosófico que a Liebgott le resultaba aún más irritante.

—No escribo para mi madre —respondió Webster con voz suave—. Escribo porque alguien tiene que recordar esto tal como es. Sin la propaganda de los periódicos.

—Lo que es, es una mierda —sentenció Joe, acercándose un paso más, invadiendo su espacio personal—. Sangre, tripas y frío. No necesitas un lápiz para saber eso. Lo que yo no entiendo, y lo que nadie aquí entiende, es qué demonios haces tú aquí.

Webster enarcó una ceja, manteniendo el contacto visual.

—Soy un paracaidista, igual que tú.

—No me vengas con esa basura —escupió Liebgott—. Tú podrías estar en una biblioteca en Massachusetts, bebiendo té y leyendo a tipos muertos. Tienes dinero, tienes estudios. No tienes que estar en este agujero. Entonces, ¿por qué? ¿Es por la gloria? ¿Quieres ser un héroe para escribir un libro y hacerte rico?

Webster guardó silencio durante un largo momento. El viento sopló entre los árboles, agitando las ramas secas. A lo lejos, el eco de la artillería recordaba que la paz era una fantasía lejana.

—No busco la gloria, Joe —dijo finalmente—. La gloria es para los que no están aquí para ver el desastre.

—Entonces, ¿por qué? —insistió Liebgott. Había una urgencia real en su voz, una curiosidad que intentaba disfrazar de desprecio—. ¿Qué intentas demostrar?

—Nada —respondió Webster, y por primera vez, hubo una grieta en su fachada de serenidad—. Solo quería estar donde la historia sucede. Supongo que es una forma de curiosidad morbosa, o quizás solo quería saber si era capaz de soportarlo.

Liebgott soltó una risa seca, carente de humor.

—¿Saber si eras capaz? Míranos. Estamos muriendo por pedazos. No hay nada filosófico en que te vuelen una pierna, Webster. No hay ninguna gran verdad en ver a un chico de dieciocho años llamando a su madre mientras se desangra.

—Lo sé —dijo Webster, y su mirada se volvió introspectiva, perdiéndose en algún punto detrás del hombro de Liebgott—. Pero si los hombres como yo, los que tienen la opción de no estar aquí, se quedaran en casa... entonces la guerra solo pertenecería a los que no tienen otra salida. Y eso haría que el mundo fuera un lugar mucho más oscuro de lo que ya es.

Joe frunció el ceño. Odiaba cuando Webster hablaba así. Odiaba que sus palabras tuvieran sentido de una manera abstracta que él no quería procesar. Para Liebgott, la vida era práctica: matar al enemigo, mantener vivos a sus amigos, sobrevivir un día más. Las razones de Webster le parecían un lujo que no podían permitirse.

—Eres un bicho raro —dijo Liebgott, aunque el veneno en su voz había disminuido un poco—. Un bicho raro y un pretencioso.

—Y tú eres un cínico, Liebgott —replicó Webster con una pequeña sonrisa—. Pero eres un cínico que se preocupa demasiado por lo que piensa un "turista" como yo.

Joe sintió que el calor le subía al rostro.

—No me importa lo que pienses. Me molestas. Tu cara me molesta, tu cuaderno me molesta y esa forma que tienes de mirar todo como si fueras un antropólogo observando a los nativos me pone enfermo.

Webster soltó una risa corta, genuina.

—¿Antropólogo? No sabía que conocías esa palabra.

—Sé más de lo que crees, universitario —gruñó Joe, señalándolo con el dedo—. No creas que por ser un judío de San Francisco soy un ignorante. He visto más mundo del que tus libros podrán enseñarte jamás.

—No lo dudo —admitió Webster, volviendo a su tono serio—. De hecho, creo que eres la persona más realista que he conocido. Por eso me resultas tan interesante.

Liebgott se quedó helado. No esperaba eso. Esperaba un insulto, una réplica mordaz sobre su falta de educación formal, o incluso un silencio condescendiente. Pero no que Webster lo llamara "interesante".

—¿Interesante? —repitó Joe, incrédulo—. ¿Soy un capítulo en tu pequeño diario? "¿Día 45: El espécimen Liebgott sigue siendo un imbécil"?

—Algo así —dijo Webster, guardando el cuaderno en el bolsillo de su chaqueta—. Eres directo, Joe. No hay filtros en ti. En un mundo lleno de retórica y mentiras políticas, tu honestidad es... refrescante. Incluso si viene acompañada de un deseo de golpearme en la cara.

Liebgott lo estudió durante un largo silencio. Webster era un enigma. Era un hombre que pertenecía a los salones de conferencias y a las cenas de etiqueta, pero allí estaba, con el uniforme manchado de grasa y los ojos cargados con el peso de lo que había visto en los campos de Francia. Había algo en su desapego que Joe envidiaba y odiaba a partes iguales. Webster podía distanciarse del horror escribiendo sobre él; Joe tenía que masticarlo y tragarlo cada segundo del día.

—Si salimos de esta —dijo Liebgott, bajando la voz—, y escribes ese libro... asegúrate de decir que odiaba cada minuto que pasé cerca de ti.

Webster asintió solemnemente, aunque sus ojos azules brillaron con una chispa de diversión.

—Lo pondré en el prólogo, te lo prometo.

—Más te vale —dijo Joe. Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo tras un par de pasos—. Oye, Webster.

El intelectual levantó la vista.

—¿Sí?

—Ten cuidado con ese cuaderno. Si te matan, no quiero tener que cargarlo yo solo para que alguien sepa por qué un idiota como tú decidió morir en Holanda.

Webster no respondió de inmediato. Observó la espalda de Liebgott mientras este se alejaba hacia el resto del pelotón. Había una tensión en los hombros de Joe, una rigidez que hablaba de un hombre que cargaba con el mundo sobre su espalda y se negaba a admitir que le pesaba.

—No planeo morir, Joe —murmuró Webster para sí mismo—. Todavía quedan demasiadas páginas en blanco.

Se sentó de nuevo, pero esta vez no abrió el cuaderno. Se quedó mirando el horizonte, donde el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un rojo que recordaba demasiado a la sangre. Pensó en Liebgott, en su rabia, en su lealtad feroz y en esa curiosidad que intentaba ocultar tras una máscara de desprecio.

Webster sabía que Joe nunca lo admitiría, pero en aquel breve intercambio, ambos habían encontrado algo que escaseaba en la guerra: una conexión humana que no dependía de las órdenes o de la supervivencia mutua, sino de la simple y desconcertante necesidad de entender al otro.

Sacó el lápiz y, con trazos rápidos, escribió una sola línea al final de la página:

"Liebgott sigue preguntando por qué estoy aquí. Lo que no sabe es que, mientras él siga preguntando, yo seguiré teniendo una razón para responder".

Cerró el cuaderno y se ajustó el casco. El frío seguía allí, el barro seguía allí, y la guerra continuaba su marcha implacable. Pero, por un momento, el peso del fusil sobre su hombro se sintió un poco menos absurdo.

A unos metros, Joe Liebgott encendía otro cigarrillo, observando de reojo a Webster. Seguía pensando que era un tipo molesto, pretencioso y completamente fuera de lugar. Pero también decidió que, si las cosas se ponían feas esa noche, se aseguraría de que el universitario tuviera la oportunidad de seguir escribiendo sus tonterías. Al fin y al cabo, alguien tenía que contar la historia, y Joe estaba demasiado ocupado viviendo la suya como para molestarse en buscar las palabras adecuadas.
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