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Love Me Like a Curse

Fandom: The Originals, The Vammpire Diaries

Criado: 24/04/2026

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FantasiaDramaAngústiaMistérioSombrioPsicológicoGótico SulistaEstudo de PersonagemUA (Universo Alternativo)RomanceDor/ConfortoDivergência
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Ecos del Abismo

El Barrio Francés de Nueva Orleans siempre había tenido un olor particular: una mezcla de jazmín, humedad estancada y sangre vieja. Para Scarlett Devereaux, ese aroma no era solo una característica geográfica, era una advertencia. Cada piedra del pavimento parecía vibrar bajo sus pies, reconociendo la anomalía que caminaba sobre ellas.

Katherine Pierce caminaba a su lado con la gracia de una pantera que conocía perfectamente dónde estaban escondidas las trampas. No llevaba el paso apresurado de alguien que huye, sino la confianza de quien sabe que, si el mundo se acaba, ella será la que apague la luz. Se detuvo frente a un escaparate oscuro, ajustándose el cuello de su chaqueta de cuero mientras lanzaba una mirada de reojo a Scarlett.

—Estás tensa, Scar. Si sigues apretando la mandíbula de esa forma, vas a terminar rompiéndote un diente y no tengo ganas de buscar un dentista que no haga preguntas —comentó Katherine, su tono cargado de ese sarcasmo defensivo que era su marca registrada.

Scarlett soltó un suspiro tembloroso, intentando relajar los hombros.

—Siento como si la ciudad me estuviera gritando, Katerina. No es como en Virginia o en Europa. Aquí la magia es… ruidosa.

Katherine se acercó un paso, su expresión suavizándose apenas un milímetro, una concesión que solo Scarlett recibía.

—Nueva Orleans es un cementerio con música de jazz. Es normal que lo sientas. Pero recuerda lo que te enseñé: tú eres el centro. El ruido exterior no importa si tú controlas el silencio interior.

Scarlett asintió, aunque por dentro la sensación era muy distinta. No era ruido lo que sentía, era reconocimiento. Su magia, esa fuerza que no tenía nombre en los grimorios tradicionales y que Katherine había bautizado como algo "abismal", estaba despertando. No canalizaba la energía de la naturaleza ni de los ancestros; parecía generarla desde un vacío oscuro y primigenio que latía al ritmo de su propio corazón.

Recordó el día que Katherine la encontró. Cuatro años, rodeada de los cadáveres de quienes debían protegerla, con las manos manchadas de una energía negra que no era ceniza ni hollín. Katherine no huyó. No la entregó a un aquelarre. Simplemente la tomó de la mano y le dijo que el mundo siempre temería lo que no podía encadenar.

—No importa lo que pase aquí —murmuró Katherine, rompiendo el hilo de sus pensamientos. Se colocó frente a ella, obligándola a mirarla a los ojos—. No estás sola. Nunca lo has estado conmigo. Si los Mikaelson intentan algo, recordarán por qué he sobrevivido cinco siglos huyendo de ellos.

—Ellos no saben quién soy —respondió Scarlett en un susurro—. Aún no.

—Y no lo sabrán si mantienes ese fuego bajo control. Vamos, el bourbon no se va a beber solo y necesito un respiro de tanta mística ancestral.

Caminaron hacia el *Rousseau’s*, pero antes de que pudieran cruzar el umbral, el aire se volvió gélido. No era un cambio de temperatura climático, sino una presencia. Una que Scarlett reconoció por las historias de advertencia que Katherine le había contado durante años.

Rebekah Mikaelson salió del local con la elegancia de una reina y la mirada de alguien que ha visto imperios caer. Se detuvo en seco al verlas. Su mirada ignoró inicialmente a Scarlett, clavándose con un odio refinado en Katherine.

—Katerina Pierce. Me preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que esa nariz tuya olfateara una oportunidad para causar problemas en mi ciudad —dijo Rebekah, su voz arrastrando cada sílaba con desprecio.

Katherine sonrió, una curva de labios perfecta y carente de calidez.

—Rebekah. Veo que sigues usando el mismo tono de superioridad. Te sienta bien, aunque es un poco… anticuado, ¿no crees? Como ese vestido.

Rebekah dio un paso al frente, y la tensión en la calle pareció solidificarse. Fue entonces cuando sus ojos azules se desviaron hacia Scarlett. La Original frunció el ceño, su instinto milenario detectando algo que no encajaba.

—¿Y quién es esta? —preguntó Rebekah, su tono cambiando de la molestia a una curiosidad peligrosa—. No eres un vampiro. Pero tampoco hueles como las brujas que mendigan favores a mis hermanos.

—Se llama Scarlett —intervino Katherine, dando un paso sutil para posicionarse ligeramente delante de ella—. Y no es de tu incumbencia. Estamos de paso.

—Nada en lo que tú estés involucrada es "de paso", Katerina —replicó Rebekah, acercándose más a Scarlett. La examinó con una intensidad depredadora—. Hay algo en ti… me resulta familiar, pero de una forma que me da escalofríos. Y no soy alguien que se asuste fácilmente.

Scarlett sintió un pinchazo en la base del cráneo. El Abismo dentro de ella reaccionó a la provocación de la Original. No fue un hechizo consciente. Fue una respuesta biológica.

—No soy nada que deba preocuparte, Lady Rebekah —dijo Scarlett, tratando de mantener la voz firme—. Solo busco pasar desapercibida.

—Llegas tarde para eso —dijo una voz masculina desde las sombras.

Elijah Mikaelson emergió de la penumbra con su impecable traje y esa expresión de calma que precedía a la tormenta. Detrás de él, Klaus caminaba con una sonrisa lobuna, sus ojos brillando con una desconfianza que hizo que Scarlett retrocediera un paso instintivamente.

—Mi hermana tiene razón —dijo Elijah, observando a Scarlett con fijeza—. El equilibrio de la ciudad se ha alterado desde que pusiste un pie en ella. Freya dice que hay una corriente de energía que no puede rastrear. Una magia que no fluye, sino que devora.

Klaus se colocó al lado de Rebekah, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Una protegida de Katerina Pierce que emite una vibración mágica capaz de inquietar a una bruja de mil años… —Klaus soltó una risa seca—. Esto se pone interesante. ¿Qué eres, pequeña? ¿Un experimento? ¿Un arma?

—Es mi familia —siseó Katherine, y por primera vez, los Mikaelson escucharon una nota de sinceridad real en su voz—. Y si dan un paso más, descubrirán que no he pasado estos años solo enseñándole a esconderse.

Rebekah, ignorando la amenaza de Katherine, se centró en Scarlett. Había algo en la joven que la atraía y la repelía al mismo tiempo. Una vulnerabilidad envuelta en un poder que parecía no tener límites.

—¿Tienes miedo de nosotros, Scarlett? —preguntó Rebekah, suavizando un poco el tono, aunque sus ojos seguían siendo dagas.

—Debería tenerlo —respondió Scarlett. El aire a su alrededor empezó a distorsionarse. Las sombras de los edificios cercanos parecieron alargarse de manera antinatural, extendiéndose hacia los pies de los Mikaelson como dedos de tinta—. Pero el miedo es algo que dejé atrás hace mucho tiempo.

En ese instante, ocurrió.

La *Abyssal Witchcraft* de Scarlett no salió como un rayo de luz o una explosión de fuego. Fue un vacío. Durante un segundo, el sonido de la calle desapareció. La luz de las farolas se extinguió y volvió a encenderse en un parpadeo. El suelo pareció ceder, no físicamente, sino en la percepción de todos los presentes. Fue como si la realidad misma hubiera contenido el aliento.

Rebekah retrocedió un paso, sorprendida. Sintió un vacío en el pecho, una sensación de insignificancia que nunca había experimentado en diez siglos de existencia.

Katherine, que conocía bien esa manifestación, puso una mano en el hombro de Scarlett. El contacto físico sirvió como un ancla, devolviendo la magia al interior de la joven.

—Basta —susurró Katherine.

El silencio volvió a ser el habitual de la noche. Klaus tenía la mano en el pomo de una daga invisible, su expresión pasando de la burla a una cautela mortal. Elijah permanecía inmóvil, procesando lo que acababa de presenciar.

—Eso no fue magia —dijo Rebekah, su voz apenas un hilo—. La magia tiene un origen, una conexión con algo vivo. Eso… eso era la nada.

—Es lo que soy —respondió Scarlett, recuperando el control, aunque sus ojos todavía conservaban un brillo oscuro que no era humano.

—Katerina —dijo Klaus, dando un paso adelante con una intención clara de atacar—, nos has traído una plaga a casa. No permitiré que algo tan impredecible camine por mis calles.

—Pruébame, Klaus —desafió Katherine, mostrando sus colmillos—. He sobrevivido a ti durante siglos. Imagina lo que puedo hacer ahora que tengo algo por lo que realmente vale la pena luchar.

Elijah puso una mano en el pecho de su hermano, deteniéndolo.

—Niklaus, espera. Si Freya tiene razón, atacar sin entender a qué nos enfrentamos sería una imprudencia que no podemos permitirnos.

Rebekah no dejaba de mirar a Scarlett. Había visto el poder, sí, pero también había visto el agotamiento en los ojos de la chica después del estallido. Había visto a una joven que cargaba con un peso que ninguna persona debería soportar sola. Sintió una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la empatía, mezclada con una fascinación que no podía explicar.

—Váyanse —dijo Rebekah, para sorpresa de sus hermanos—. Por ahora. Pero no crean que esto ha terminado. Scarlett… esa cosa que vive dentro de ti… Nueva Orleans no es un buen lugar para guardar secretos. Acabará saliendo a la luz.

Katherine tomó a Scarlett del brazo y empezaron a caminar en dirección opuesta, alejándose de la familia Original. Scarlett no miró atrás, pero sentía la mirada de Rebekah quemándole la nuca.

Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos, en la seguridad de un callejón sombrío, Scarlett se apoyó contra la pared, respirando con dificultad.

—Lo vieron —dijo Scarlett, con las manos temblando—. Rebekah lo vio.

Katherine la tomó por la cara, obligándola a mirarla. Sus ojos, normalmente llenos de astucia, estaban cargados de una devoción feroz.

—Que lo vean —dijo Katherine con firmeza—. Que tiemblen. No eres un monstruo, Scar. Eres una fuerza de la naturaleza que ellos no pueden comprender. Y mientras yo respire, nadie, ni siquiera un Mikaelson, te pondrá una mano encima.

Scarlett cerró los ojos, dejando que la presencia de Katherine la calmara. Pero en el fondo de su mente, el Abismo seguía susurrando. No era solo una fuente de poder; era una conciencia que buscaba algo. Y esa noche, al cruzarse con Rebekah Mikaelson, el Abismo había encontrado algo que le interesaba.

Lejos de allí, en el balcón del recinto de los Mikaelson, Rebekah observaba la ciudad. Sus hermanos discutían en el interior sobre amenazas y linajes perdidos, pero ella permanecía en silencio. Todavía podía sentir el frío de esa magia en su piel.

Había pasado mil años buscando algo que la sorprendiera, algo que la hiciera sentir viva en su inmortalidad. Y en esa extraña chica de ojos atormentados y magia imposible, Rebekah Mikaelson acababa de encontrar el misterio más peligroso de su vida.

—¿Qué eres realmente, Scarlett Devereaux? —susurró al viento de la noche.

La respuesta, aunque ella aún no lo sabía, cambiaría el destino de su familia para siempre. Porque Scarlett no era solo una bruja de un linaje olvidado. Era el principio del fin de las reglas que los Originales habían dado por sentadas durante un milenio.

Y Katherine Pierce, la mujer que nunca amaba a nadie, estaba dispuesta a quemar el mundo entero con tal de que Scarlett fuera la única que quedara en pie entre las cenizas. El juego había cambiado, y por primera vez, los Mikaelson no tenían todas las piezas.
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