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Jujutsu kaisen x Male reader

Fandom: Jujutsu kaisen

Criado: 25/04/2026

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El Eco de la Nieve y el Dominio del Silencio

El aeropuerto de Narita no había cambiado mucho en una década, pero Kaito sí lo había hecho. El aire de Japón, húmedo y cargado de una energía maldita que siempre le había parecido asfixiante, golpeó su rostro en cuanto cruzó la puerta de desembarque. Sus ojos, de ese azul gélido que parecía contener el invierno eterno, recorrieron la terminal con una impasibilidad absoluta. A su lado, el paso era firme, casi depredador.

Llevaba un conjunto de seda oscura que recordaba a un *hanfu* modernizado, una prenda que fluía con cada uno de sus movimientos, ocultando las curvas de un cuerpo que ya no era el de aquel adolescente escuálido que se marchó con el corazón hecho trizas. Su cola de leopardo de las nieves, larga y de un pelaje denso que brillaba bajo las luces fluorescentes, estaba firmemente enrollada alrededor de su cintura, un gesto inconsciente de contención ante el estrés de volver al lugar donde todo comenzó.

—Caminas como si esperaras que el suelo se rompiera bajo tus pies, *mìngyùn* —la voz de Lian, profunda y cargada de una vibración que erizaba el vello de la nuca, rompió el silencio.

Kaito no se detuvo, pero sintió la presión inmediata de una mano pesada y posesiva descansando en la base de su cuello. Los dedos de Lian, adornados con anillos de jade verde oscuro, se hundieron con suavidad pero firmeza en su piel, marcando territorio frente a los pocos hechiceros que vigilaban la zona y que ya habían empezado a sudar ante la presencia del Enigma.

—Este lugar solo me trae recuerdos de promesas rotas, Lian —respondió Kaito. Su voz era como el cristal chocando contra el hielo: hermosa, pero cortante—. No espero que el suelo se rompa. Sé que ya está roto.

Lian soltó una risa seca, un sonido que no llegó a sus ojos color ámbar. Se inclinó, pegando sus labios a la oreja redondeada de Kaito, disfrutando del ligero estremecimiento que recorrió al Delta. El aroma del Enigma, una mezcla de sándalo, sangre vieja y una nota metálica de poder absoluto, envolvió a Kaito como una mortaja.

—Ahora estás bajo mi protección. Si alguien intenta reclamar los pedazos de ese corazón que yo mismo pegué, descubrirá por qué el silencio es lo último que escucharán —sentenció Lian, su mirada recorriendo la terminal como un lobo buscando una presa.

El regreso de Kaito no era un secreto para los altos mandos, aunque Satoru Gojo probablemente aún no supiera los detalles. Habían pasado once años desde que el "arma" del clan Gojo desapareció en la noche. Once años desde que Kaito alteró el destino de Nanami y Haibara con sellos que desafiaban la lógica de la causalidad, y desde que lanzó una advertencia que Satoru, en su infinita arrogancia, decidió ignorar a medias.

Mientras caminaban hacia el transporte privado, una figura conocida los esperaba junto a un coche negro. Kento Nanami, ahora un hombre de expresión severa y traje perfectamente planchado, ajustó sus gafas de sol. Al ver a Kaito, su postura se tensó por un segundo. El aroma que desprendía el Delta era diferente: más rico, más maduro, pero sobre todo, estaba marcado por algo tan oscuro y dominante que incluso Nanami sintió el instinto de arrodillarse.

—Kaito —dijo Nanami, su voz manteniendo la compostura profesional—. Ha pasado mucho tiempo.

Kaito se detuvo frente a él. Por un breve instante, la máscara de hielo se agrietó y una chispa de calidez humana asomó en sus ojos azules.

—Sigues vivo, Nanami. Eso es lo único que importa —susurró Kaito.

Sin previo aviso, Lian dio un paso al frente, interponiéndose parcialmente entre ambos. Su altura de casi dos metros y su envergadura física hicieron que Nanami diera un paso atrás por puro instinto de supervivencia. El aroma de Lian se intensificó, una advertencia silenciosa para cualquier Alfa que osara mirar demasiado tiempo a su propiedad.

—¿Y este es el comité de bienvenida? —preguntó Lian con una sonrisa cínica—. Esperaba algo más... ostentoso del clan Gojo.

—Soy un enviado de la Escuela Técnica de Jujutsu, no del clan —respondió Nanami, fijando su vista en Lian con dificultad—. Satoru Gojo nos espera en la academia. Hay asuntos que requieren la intervención de los hechiceros de China.

Kaito sintió un nudo en el estómago. Satoru. El nombre todavía quemaba. Miró de reojo a Lian, quien mantenía una mano posesiva en su cintura, apretando lo suficiente para que el dolor recordara a Kaito a quién pertenecía ahora. El "Tratamiento de Adaptación" en China no solo había moldeado su cuerpo para ser compatible con un Enigma, sino que había vinculado sus almas de una forma retorcida. Kaito era el ancla de Lian, y Lian era la jaula de Kaito.

El trayecto hacia la escuela fue silencioso. Kaito observaba el paisaje de Tokio a través de la ventanilla, notando cómo la ciudad había crecido, ignorante de las maldiciones que acechaban en cada esquina. Cuando finalmente llegaron a los terrenos de la academia, el aire se volvió denso. Kaito podía sentirlo: la energía de los Seis Ojos. Era como un faro cegador en la distancia.

Al bajar del coche, el grupo se dirigió hacia el campo de entrenamiento principal. Allí, apoyado contra un pilar con su habitual aire de despreocupación, estaba Satoru Gojo. Llevaba su venda negra cubriéndole los ojos, pero Kaito sabía que Satoru lo estaba escaneando, descomponiendo cada átomo de su ser con su visión infinita.

—Vaya, vaya —dijo Satoru, enderezándose. Su voz era más profunda que hace once años, cargada de una autoridad que no necesitaba gritar—. El pequeño leopardo ha vuelto. Y parece que ha traído compañía.

Kaito se mantuvo firme, aunque su cola se enroscó con fuerza alrededor de su cintura bajo la tela del uniforme.

—Satoru —saludó Kaito, su voz plana, desprovista de la devoción que solía tener a los diecisiete años.

Satoru caminó hacia ellos con pasos largos y elegantes. Se detuvo a escasos metros, su atención dividida entre el cambio físico radical de Kaito y la presencia amenazante del hombre a su lado. El infinito siempre estaba activo, pero la presión que emanaba de Lian era tal que parecía querer devorar el espacio mismo.

—Te ves diferente, Kaito —comentó Satoru, ladeando la cabeza—. Más suave. Menos... guerrero. ¿Es eso lo que hacen en China? ¿Convertir a nuestros mejores activos en trofeos de seda?

—Lo que soy ahora no es asunto tuyo, Gojo —respondió Kaito, dando un paso adelante. El movimiento hizo que su técnica, "Marea del Vacío", vibrara sutilmente en el aire. Pequeñas láminas de energía azulada, casi transparentes, empezaron a flotar a su alrededor—. Vine porque hay una amenaza que ni siquiera tus Seis Ojos pueden ignorar solos. No vine por nostalgia.

Lian soltó una carcajada ronca y se colocó detrás de Kaito, rodeando sus hombros con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro. Era una exhibición pública de dominio que hizo que la mandíbula de Satoru se tensara de forma casi imperceptible.

—Es un placer conocer por fin al "Honorable" —dijo Lian con sarcasmo—. Kaito me ha contado tan poco de ti. Supongo que no fuiste lo suficientemente importante como para ocupar espacio en su memoria.

El ambiente cambió en un instante. El aire se volvió pesado, como si la gravedad se hubiera triplicado. Satoru bajó ligeramente la mano, una señal de que estaba a punto de activar su técnica.

—¿Y tú quién se supone que eres? —preguntó Satoru, su tono volviéndose gélido—. Hueles a sangre y a ambición barata.

—Soy Lian. El hombre que recogió lo que tú tiraste a la basura —respondió el Enigma, sus ojos ámbar brillando con una luz depredadora—. Soy quien lo reclamó, quien lo marcó y quien lo hizo suyo en cuerpo y alma. Soy su final, Gojo.

Kaito cerró los ojos por un segundo, sintiendo la humillación y la resignación mezclarse en su pecho. No amaba a Lian, no de la forma en que un alma libre ama a otra. Pero Lian lo había salvado de la autodestrucción cuando Satoru lo rompió. Le había dado un propósito, aunque ese propósito fuera ser el centro de su mundo posesivo.

—Basta —dijo Kaito, y su voz resonó con una autoridad Delta tan potente que incluso las aves que volaban sobre la academia cayeron al suelo, aturdidas—. No hemos venido a medir vuestros egos. La frontera con el continente está sufriendo filtraciones de energía maldita de Grado Especial. Si no cooperamos, ni tu Infinito ni tu Dominio del Silencio servirán de nada cuando el vacío lo consuma todo.

Satoru guardó silencio, observando a Kaito. Por debajo de la venda, sus Seis Ojos analizaban el flujo de energía del Delta. Era inmenso, mucho mayor de lo que recordaba, pero estaba encadenado al hombre que lo sostenía. Sintió una punzada de algo que se parecía sospechosamente al arrepentimiento, una emoción que Satoru Gojo no solía permitirse. Recordó la última advertencia de Kaito antes de irse. Septiembre de 2007. Había salvado a Suguru, sí, pero a cambio había perdido la pieza que mantenía su propio equilibrio.

—Shoko te está esperando en la enfermería —dijo Satoru finalmente, rompiendo la tensión—. Dice que si no te ve en diez minutos, vendrá aquí a arrastrarte de las orejas.

Kaito asintió levemente. Se zafó del agarre de Lian con una suavidad que indicaba práctica.

—Iré a verla. Lian, quédate aquí. No rompas nada.

El Enigma gruñó, claramente insatisfecho con la idea de dejar a Kaito solo en territorio de Alfas, pero asintió. Sabía que Kaito necesitaba este momento.

—No tardes, *mìngyùn* —advirtió Lian—. Mi paciencia tiene un límite, y este lugar me desagrada profundamente.

Kaito caminó hacia los edificios interiores, sintiendo la mirada de Satoru clavada en su espalda. Cada paso era un recordatorio de quién solía ser y de la criatura en la que se había convertido. Ya no era el niño que esperaba una palabra de aliento de los Seis Ojos. Era un Delta Superior, un superviviente, y el precio de su supervivencia era la marca de un Enigma que nunca lo dejaría ir.

Al entrar en la enfermería, el olor a desinfectante y cigarrillos lo recibió antes que la vista. Shoko Ieiri estaba sentada en su escritorio, revisando unos informes. Al sentir la presencia de Kaito, levantó la vista. Sus ojos, cansados pero agudos, se abrieron de par en par.

—Te ves... diferente —dijo Shoko, levantándose para abrazarlo.

Kaito se dejó abrazar, hundiendo su rostro en el hombro de su vieja amiga. Solo con ella se permitía bajar la guardia.

—Me hicieron esto, Shoko —susurró Kaito, su voz apenas un hilo—. Me cambiaron para que pudiera soportar a un Enigma. Ya no soy el mismo.

Shoko se separó un poco, analizando los rasgos de Kaito, su nueva figura y la tristeza que emanaba de su aroma a pesar de la marca dominante de Lian.

—Satoru es un idiota —dijo ella con sencillez—. Siempre lo fue. Pero tú... tú sigues ahí dentro, Kaito. Aunque huelas a ese tipo y aunque tu cuerpo haya cambiado, tus ojos siguen siendo los mismos.

—Él me salvó, Shoko. Cuando Satoru me rechazó frente al consejo, yo estaba listo para morir. Lian me dio una razón para odiar, y el odio es un combustible muy potente.

—El odio no te mantiene caliente en las noches de invierno, Kaito —replicó Shoko con tristeza.

—No —concedió él, mirando hacia la ventana, donde podía ver a lo lejos la figura de Lian y Satoru enfrentados en una guerra de voluntades—. Pero el hielo tampoco siente el frío.

Mientras tanto, en el patio, la conversación entre los dos hombres más poderosos de sus respectivos territorios se volvía más oscura.

—¿Crees que puedes venir aquí y marcar territorio en mi casa? —preguntó Satoru, su voz bajando a un susurro peligroso.

Lian se acercó a él, su audición de híbrido de conejo captando el ritmo acelerado del corazón de Gojo.

—No es una creencia, Gojo. Es un hecho. Kaito me pertenece. Sus cicatrices tienen mi nombre, su placer tiene mi aroma y su lealtad es para el hombre que no lo vio como una herramienta, sino como una joya. Tú tuviste tu oportunidad y la quemaste junto con ese contrato.

Satoru sonrió, pero era una sonrisa carente de humor.

—Las joyas pueden cambiar de dueño, Lian. Y el Infinito no conoce límites.

Lian mostró sus colmillos afilados, una expresión animal que contrastaba con su elegante traje de seda.

—Inténtalo. Intenta tocar lo que es mío, y te mostraré por qué en China me llaman el Enigma del Silencio. No habrá técnica maldita que te salve cuando no puedas ni escuchar tus propios pensamientos.

El aire entre ellos estalló en chispas de energía maldita. La calma antes de la tormenta había terminado. Kaito, desde la ventana de la enfermería, observó cómo el cielo empezaba a oscurecerse. Sabía que su regreso no era solo una misión diplomática. Era el comienzo de una guerra, no solo entre hechiceros, sino por los restos de un corazón que él mismo creía muerto, pero que empezaba a latir con una fuerza dolorosa ante la proximidad del hombre que una vez fue su mundo.

Kaito apretó los puños, sus uñas clavándose en sus palmas. Su técnica, la "Marea del Vacío", rugió en sus venas. No permitiría que lo usaran de nuevo. Si Satoru y Lian querían pelear por él, descubrirían que el leopardo de las nieves ya no estaba en una jaula.

Él era la tormenta.
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