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Celos y posesión

Fandom: My hero academia

Criado: 25/04/2026

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La huella de la obsesión

La atmósfera en la sala común de la Academia U.A. nunca había sido tan asfixiante. El aire parecía cargado de estática, una tensión silenciosa que amenazaba con estallar ante el más mínimo roce. Hacía apenas unos días, la dinámica del "Bakusquad" y del grupo de Midoriya había cambiado drásticamente, dejando tras de sí un rastro de confusión y corazones rotos.

Shoto Todoroki permanecía sentado en uno de los sofás individuales, manteniendo su habitual expresión gélida, aunque sus ojos bicolores seguían con una fijeza inquietante cada movimiento de Izuku Midoriya. El peliverde, por su parte, se veía visiblemente abrumado. Su naturaleza amable le impedía alejarse de Eijiro Kirishima, especialmente después de que el pelirrojo se sacrificara por él durante la pasantía.

Pero el problema no era la gratitud. El problema era el Don del villano. Un disparo de "Dopamina Obsesiva" que había reprogramado el cerebro de Kirishima para volcar todo su afecto, su lealtad y su deseo en la primera persona que viera al despertar. Y esa persona había sido Midoriya.

Katsuki Bakugo, apoyado contra la pared del fondo, apretaba los puños con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Sus ojos carmesí ardían de una furia que apenas lograba contener. Ver a Kirishima —su Kirishima— ignorarlo por completo era una tortura que no sabía cómo procesar. El pelirrojo ya no buscaba su mirada desafiante, ya no reía de sus insultos ni le apretaba el hombro con esa calidez masculina que tanto le gustaba. Ahora, Kirishima solo tenía ojos para "Deku".

— Es solo temporal —murmuró Denki Kaminari, tratando de romper el hielo, aunque su voz temblaba—. Aizawa-sensei dijo que los efectos del Don desaparecerían en una o dos semanas. Solo tenemos que... tener paciencia.

— ¡Cierra la boca, cargador con patas! —rugió Bakugo, aunque su grito carecía de su habitual energía. Era más un lamento que una amenaza.

Bakugo recordaba perfectamente cómo eran las cosas hace apenas una semana. Su relación con Kirishima era intensa, física y vibrante. A diferencia de la relación casi casta y dulce de Todoroki y Midoriya, ellos se comunicaban a través del contacto directo. Kirishima era el único capaz de derribar sus muros, el único que podía tocarlo sin que él retrocediera. Las marcas en el cuello de Bakugo, que solía ocultar a medias con el cuello del uniforme, eran el testimonio silencioso de noches compartidas donde la masculinidad de ambos se fundía en algo mucho más profundo.

Pero ahora, Kirishima lo miraba como si fuera un extraño agresivo. Peor aún, lo miraba con lástima.

— Izuku, ¿te sientes bien? —La voz de Kirishima, usualmente dirigida a Bakugo con un tono de complicidad, ahora sonaba melosa y protectora mientras se inclinaba hacia Midoriya—. Pareces un poco pálido. ¿Quieres que te traiga algo de beber?

Midoriya se encogió de hombros, nervioso, lanzando una mirada fugaz hacia Todoroki y luego otra, llena de pavor, hacia Bakugo.

— No, Eijiro... estoy bien, de verdad. Solo estoy un poco cansado —respondió Midoriya con una sonrisa forzada.

— No deberías esforzarte tanto —insistió Kirishima, pasando un brazo por los hombros del peliverde con una naturalidad que hizo que Bakugo soltara una pequeña chispa de sus palmas—. Eres demasiado valioso para que te pase algo.

Todoroki se levantó de su asiento. Su lado izquierdo emitió un ligero vapor, señal de que su temperatura corporal estaba subiendo.

— Midoriya —dijo Shoto con una voz que cortaba como el hielo—, creo que tenemos que hablar sobre el entrenamiento matutino. A solas.

Kirishima frunció el ceño, mostrando sus dientes de tiburón en un gesto defensivo que antes solo reservaba para los enemigos.

— Ahora está conmigo, Todoroki. Puede hablar contigo más tarde —sentenció el pelirrojo, apretando el agarre sobre el hombro de Izuku.

La tensión era insoportable. Bakugo no pudo aguantar más y salió de la sala común dando un portazo que resonó en todo el edificio.

A la mañana siguiente, el ambiente en el salón de clases de la 1-A no era mejor. Bakugo entró el último, con las ojeras marcadas bajo sus ojos. No había dormido. No podía dejar de pensar en cómo Kirishima lo había olvidado. En cómo los recuerdos de sus meses juntos, de sus promesas susurradas en la oscuridad de los dormitorios, habían sido borrados por un químico cerebral barato.

Se sentó en su pupitre, tratando de ignorar el mundo, hasta que sus ojos se posaron en la fila de atrás.

Allí estaban ellos. Kirishima y Midoriya estaban sumergidos en una conversación privada, riendo de algo que Midoriya decía con timidez. Pero lo que detuvo el corazón de Bakugo no fue la risa. Fue la vestimenta de Midoriya.

El peliverde llevaba una camisa de cuello alto debajo del uniforme escolar, algo completamente inusual en él, especialmente considerando el calor que hacía ese día. Midoriya solía ser descuidado con su apariencia, pero hoy parecía estar tratando de ocultar algo con desesperación.

Bakugo sintió una punzada de sospecha que le revolvió el estómago. Se quedó observando, con los sentidos agudizados por la paranoia y los celos.

En un momento dado, Kirishima se acercó para susurrarle algo al oído a Midoriya, y al hacerlo, su mano rozó el cuello de la camisa del peliverde. Midoriya se encogió, riendo por el cosquilleo, y en ese movimiento descuidado, la tela se desplazó hacia abajo.

Bakugo sintió que el mundo se detenía.

En la base del cuello de Midoriya, claramente visible por un segundo antes de que el pecoso se recolocara la prenda con nerviosismo, había una marca. No era un simple moretón. Era una mordida profunda, circular, con la marca inconfundible de unos dientes afilados que encajaban perfectamente con la dentadura de Kirishima.

Era la misma marca que Kirishima solía dejarle a él. El pelirrojo, en medio de su pasión, a veces perdía el control de su Don de endurecimiento y su fuerza, dejando huellas permanentes que Bakugo portaba como medallas de guerra.

La sangre de Bakugo hirvió. No era solo el hecho de que Kirishima estuviera bajo un hechizo; era el hecho de que estaba tocando a Deku de la misma manera en que lo tocaba a él. Estaba entregando su intensidad, su fuego y su "hombría" a la persona que Bakugo más despreciaba y, a la vez, a la pareja de uno de sus compañeros.

— ¡Tú... maldito Deku! —El grito de Bakugo hizo que toda la clase se quedara en silencio.

Se levantó de un salto, pateando su silla, y caminó a grandes zancadas hacia el fondo del salón. Todoroki, que también había estado observando a Midoriya con sospecha desde su asiento, se puso en pie de inmediato, interceptando el camino de Bakugo.

— Bakugo, cálmate —dijo Todoroki, aunque sus propios ojos estaban fijos en el cuello de Midoriya—. No hagas una escena.

— ¡Quítate de en medio, Mitad-Mitad! —rugió Bakugo, empujándolo—. ¡¿No lo has visto?! ¡¿No has visto lo que ese estúpido pecoso tiene en el cuello?!

Midoriya se puso de pie, temblando, llevándose las manos al cuello para asegurar la tela de su camisa. Su rostro estaba rojo como un tomate.

— ¡Kacchan, no es lo que parece! ¡Yo no... Eijiro simplemente se emocionó anoche y...!

— ¡¿Eijiro?! —preguntó Todoroki, su voz bajando a un tono peligrosamente grave—. Midoriya, ¿por qué Kirishima estaba lo suficientemente cerca de ti anoche como para dejarte una marca así?

Kirishima se levantó también, poniéndose delante de Midoriya como un escudo humano. Sus ojos brillaban con una determinación que Bakugo conocía demasiado bien, pero que ahora no iba dirigida a protegerlo a él.

— Déjenlo en paz —dijo Kirishima con firmeza—. Izuku no ha hecho nada malo. Yo lo amo, y si quiero demostrarle mi afecto, no es asunto de ninguno de ustedes. Especialmente no tuyo, Bakugo. Siempre estás gritando y siendo desagradable. No entiendo cómo alguien podría querer estar cerca de ti.

Esas palabras fueron como un cuchillo directo al pecho de Bakugo. El rechazo de Kirishima, sumado a la evidencia física de su "traición" involuntaria, rompió los últimos restos de su autocontrol.

— ¡Él es mío, imbécil! —gritó Bakugo, sus manos soltando explosiones controladas pero ruidosas—. ¡Tú me amas a mí! ¡Tú me mordías a mí! ¡Esa marca no debería estar en ese nerd de mierda!

— ¡Basta! —intervino Iida, tratando de mediar, pero nadie le prestaba atención.

Todoroki se acercó a Midoriya, ignorando a Bakugo por un momento. Su mirada era una mezcla de dolor y decepción.

— Izuku —dijo suavemente—, permitiste que te hiciera eso. Sabes que Kirishima no es dueño de sus actos debido al Don, pero tú... tú eres consciente. ¿Por qué no lo detuviste?

Midoriya comenzó a llorar, las lágrimas resbalando por sus mejillas pecosas.

— Lo intenté... de verdad lo intenté, Shoto. Pero él... él es tan entusiasta y me sentía tan culpable por lo que pasó en la pasantía... No supe cómo decirle que no cuando se puso así. Él cree que somos pareja, su cerebro se lo dice a cada segundo...

— ¡Pues su cerebro miente! —Bakugo lanzó una explosión hacia el techo, llenando el aula de humo—. ¡Él es mi pareja! ¡Él me pertenece!

Kirishima endureció sus brazos, sus ojos entrecerrados.

— Yo no le pertenezco a nadie, y menos a alguien tan explosivo y violento como tú. Izuku es dulce, es amable... él es todo lo que siempre he querido.

El silencio que siguió a esa declaración fue sepulcral. Bakugo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Ver a Kirishima defender a Midoriya con la misma pasión con la que antes lo defendía a él era una agonía insoportable. Y ver la mordida en el cuello de Midoriya era la prueba final de que, aunque fuera por un efecto químico, Kirishima lo había reemplazado por completo.

Todoroki, por su parte, sentía una angustia diferente. Él confiaba en Midoriya, pero ver que su novio no había sido capaz de poner límites, permitiendo que otro hombre lo marcara de esa manera tan íntima, le generaba una inseguridad que nunca antes había sentido.

— Esto no puede seguir así —dijo Todoroki, mirando a Aizawa, quien acababa de entrar al salón, alertado por el ruido.

El profesor observó la escena: Bakugo al borde de un colapso nervioso, Kirishima protegiendo a un Midoriya lloroso, y Todoroki con el corazón visiblemente roto.

— Kirishima, Midoriya, a la oficina del director. Ahora —ordenó Aizawa con voz cansada—. Bakugo, Todoroki, quédense aquí.

Mientras Kirishima guiaba a Midoriya fuera del salón, pasando su brazo por la cintura del peliverde en un gesto posesivo, Bakugo se dejó caer en su asiento, escondiendo el rostro entre sus manos. Sus hombros temblaban levemente.

Todoroki se quedó de pie, mirando hacia la puerta por donde se habían ido.

— No es él, Bakugo —dijo Shoto, aunque su voz carecía de convicción—. Es el Don del villano.

— Lo sé —susurró Bakugo entre dientes—. Pero él lo mira como si fuera real. Lo toca como si fuera real. Y esa mordida... esa maldita mordida no se va a borrar en una semana.

Bakugo cerró los ojos, recordando cómo se sentía cuando Kirishima lo mordía a él. Era un acto de pertenencia, de fuego compartido. Ahora, cada vez que mirara a Midoriya, vería el fantasma de la traición química de su novio. Y cada vez que mirara a Kirishima, se preguntaría si, en algún rincón oscuro de su mente, el pelirrojo realmente prefería la dulzura de Deku sobre su propia tormenta.

La etapa dulce de Todoroki y Midoriya se había agriado en un instante, y la pasión explosiva de Bakugo y Kirishima se había convertido en un incendio forestal que amenazaba con consumirlo todo.

En el pasillo, Kirishima le susurró a Midoriya:

— No dejes que te asusten, Izuku. Yo siempre te protegeré.

Midoriya solo pudo asentir, sintiendo el peso de la marca en su cuello como una cadena que lo ataba a una situación que no quería, mientras su corazón seguía perteneciendo al chico de hielo y fuego que se había quedado atrás, en un salón lleno de humo y promesas rotas.

La semana iba a ser muy larga, y las cicatrices, tanto físicas como emocionales, tardarían mucho más que siete días en sanar. Bakugo lo sabía. Todoroki lo sabía. Y en el fondo, Midoriya temía que, cuando el efecto del Don desapareciera, nada volviera a ser igual entre los cuatro. Porque hay marcas que, una vez hechas, no dejan de doler aunque la piel se regenere.
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