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Respira
Fandom: Lost
Criado: 26/04/2026
Tags
UA (Universo Alternativo)DramaAngústiaDor/ConfortoMpregSobrevivênciaEstudo de PersonagemCrimeRealismo MágicoHistória DomésticaRealismo
El peso de la culpa y el acero
El invierno en Brooklyn no tenía nada que ver con la humedad asfixiante de la isla, pero para James "Sawyer" Ford, el frío calaba de la misma forma, recordándole que la vida siempre encontraba una manera de cobrarte los pecados. El taller mecánico donde trabajaba olía a grasa, anticongelante y cansancio acumulado. Sawyer se limpió las manos con un trapo mugriento, sintiendo un tirón agudo en la zona lumbar que lo obligó a cerrar los ojos y apretar los dientes. Estaba en la semana treinta y ocho, un milagro biológico o una maldición residual de aquel lugar que intentaban olvidar, y su cuerpo ya no era suyo; era un recipiente pesado, hinchado y dolorosamente vivo.
Llevar cuatrillizos no era una tarea para un hombre de su edad, y menos para uno que cargaba con el fantasma de un pasado criminal y un presente de supervivencia. Pero en la isla, las reglas de la naturaleza se habían roto, y él se había traído consigo un "regalo" que ahora pesaba casi tanto como su conciencia. Se acarició el abdomen prominente por debajo de la camiseta térmica manchada de aceite, sintiendo un movimiento frenético bajo su piel, como si los cuatro pequeños estuvieran librando una batalla por el espacio.
—¡Ford! ¡Si no terminas con el alternador del Chevy, no habrá cheque esta semana! —gritó su jefe desde la oficina acristalada.
Sawyer le dedicó un gesto obsceno sin mirarlo. Necesitaba ese dinero. Lo necesitaba más que el aire. Lucy, su pequeña de tres años, lo esperaba en el pequeño y gélido apartamento de la calle Hoyt. Lucy, con su cabello rubio como el de él y los ojos tristes que delataban una lucha que ningún niño debería conocer.
—Ya voy, maldita sea —gruñó Sawyer, intentando enderezarse.
El dolor en su cadera fue como un latigazo. Se apoyó en el capó del coche, respirando con dificultad. Cada vez que inhalaba, sentía que sus pulmones no tenían espacio para expandirse. Los médicos de la ciudad no entendían su fisiología, lo miraban como a un fenómeno de feria, pero a Sawyer no le importaba su curiosidad científica mientras pudieran mantener a Lucy con vida. Su hija había nacido de una relación fugaz con Mia, una mujer que Sawyer conoció en un bar de mala muerte poco después de regresar al mundo real. Mia no buscaba redención, buscaba la siguiente dosis. Lucy nació a los cinco meses de gestación en medio de una fiesta ilegal, rodeada de humo y música estridente, abandonada entre botellas vacías antes de que Sawyer supiera siquiera que existía.
El resultado fue un corazón roto antes de empezar a latir: síndrome de hipoplasia del ventrículo izquierdo y una inmunodeficiencia que convertía un simple resfriado en una sentencia de muerte. Sawyer se convirtió en su protector absoluto, el hombre que robaba, trabajaba dieciséis horas y se dejaba la piel para pagar los tratamientos experimentales y las máquinas que mantenían el pequeño corazón de Lucy funcionando.
Cuando terminó el turno, Sawyer caminó con dificultad hacia la estación de metro. Cada paso era una agonía. Sentía que los bebés estaban encajados tan abajo que en cualquier momento el suelo de su pelvis cedería. Pero no podía permitirse un taxi. El dinero del taxi era una dosis menos de la medicación de Lucy.
Al llegar al apartamento, el silencio lo recibió, solo roto por el pitido rítmico del monitor cardíaco. La niñera, una vecina anciana a la que Sawyer pagaba con favores mecánicos, se levantó del sofá.
—Se ha quedado dormida hace poco, James. Ha tenido un poco de tos —susurró la mujer, mirando con preocupación el vientre enorme de Sawyer—. Deberías estar en un hospital. Estás pálido.
—Estoy bien, Martha. Solo es el peso de estos cuatro forajidos —respondió él con una sonrisa forzada que no llegó a sus ojos.
Cuando la mujer se fue, Sawyer se dejó caer en la silla junto a la cama de Lucy. La niña dormía con una cánula nasal, su pecho subiendo y bajando con un esfuerzo que a Sawyer le partía el alma. Le acarició la frente, notando que estaba fresca, gracias a Dios.
—Hola, pecosa —susurró, usando el apodo que solía dedicar a alguien que ya no estaba—. Papá está aquí.
De repente, una contracción poderosa le recorrió el abdomen, dejándolo sin aliento. Sawyer se agarró a los reposabrazos de la silla, apretando los nudillos hasta que se pusieron blancos. No podía ser ahora. Todavía no. Necesitaba unos días más, necesitaba cobrar el bono de fin de mes.
—Todavía no, chicos —masculló, hablándole a su vientre—. Vuestra hermana nos necesita despiertos. Un poco más. Solo aguantad un poco más.
Se levantó con esfuerzo para ir a la cocina a prepararse un té, pero el dolor volvió, esta vez acompañado de una presión insoportable en la parte baja de la espalda. Se apoyó en la encimera, sintiendo cómo el sudor frío le empapaba la nuca. En ese momento, Lucy se despertó y dejó escapar una tos seca que hizo que el monitor emitiera una alarma estridente.
Sawyer olvidó su propio dolor y se lanzó hacia la cama de su hija.
—Tranquila, Lucy. Respira conmigo, nena. —La tomó en brazos, sentándola para que pudiera expandir mejor sus pulmones. El peso de la niña contra su abdomen era una tortura física, pero él no la soltó.
—Papi... me duele —susurró la pequeña con voz débil.
—Lo sé, cariño. Lo sé. Pero eres una Ford, ¿recuerdas? Somos duros. Como las piedras de la isla.
Lucy apoyó su cabecita en el hombro de Sawyer.
—¿Los hermanitos están bailando? —preguntó ella, sintiendo las patadas frenéticas contra su propia espalda.
Sawyer soltó una carcajada que sonó más como un quejido.
—Están dando una fiesta, Lucy. Son unos impacientes, igual que su padre.
Se quedó así, meciéndola, ignorando las contracciones que empezaban a regularizarse. La situación era desesperada. Estaba solo en un piso de Brooklyn, con una hija que necesitaba cuidados constantes y cuatro bebés a punto de estallar en su interior. La medicación de Lucy para el mes siguiente costaba tres mil dólares que aún no tenía. La ironía no se le escapaba: en la isla, la vida y la muerte eran misterios místicos; aquí, en la selva de asfalto, se reducían a números en una cuenta bancaria.
—Papi, ¿por qué lloras? —preguntó Lucy, estirando su mano pequeña para tocar la mejilla de Sawyer.
—Es el humo del taller, nena. Se me mete en los ojos —mintió él, besándole la palma de la mano.
James Ford siempre había sido un estafador, un hombre que sabía jugar sus cartas. Pero ahora, con el cuerpo al límite y el corazón repartido entre una hija enferma y cuatro hijos por nacer, sentía que la casa siempre ganaba. Sin embargo, mientras miraba a Lucy, supo que no se rendiría. Si tenía que caminar hasta el hospital con los cuatro niños colgando o si tenía que volver a los viejos hábitos de estafador para salvar a su hija, lo haría.
—Escúchame, Lucy —dijo Sawyer, mirándola fijamente a los ojos—. Mañana vamos a ir al médico grande. El que tiene las máquinas brillantes. Tú te vas a poner mejor y yo... bueno, yo voy a traer a tus hermanos para que te ayuden a jugar.
—¿Prometido?
—Prometido por el viejo Sawyer.
Se recostó en la cama con ella, sintiendo cómo el útero se endurecía de nuevo, una ola de dolor que amenazaba con sumergirlo. Cerró los ojos y, por un momento, imaginó el sonido de las olas de la isla, el olor a salitre y la sensación de que, a pesar de todo el caos, había un destino. Si había sobrevivido a un accidente aéreo, a monstruos de humo y a viajes en el tiempo, sobreviviría a Brooklyn. Tenía que hacerlo. Por Lucy. Por los cuatro que venían en camino. Por la redención que nunca pensó que merecería y que ahora cargaba, literalmente, en sus entrañas.
La noche avanzaba y la nieve empezaba a cuajar en el alféizar de la ventana. Sawyer respiraba rítmicamente, luchando contra cada contracción como si fuera un enemigo físico, manteniendo a su hija a salvo en el hueco de su brazo, mientras el monitor cardíaco seguía marcando el compás de su precaria existencia. Estaba cansado, estaba aterrado, pero James Ford no iba a dejar que este mundo le arrebatara lo único puro que le quedaba.
—Aguantad, pequeños bastardos —susurró a la oscuridad—. Mañana será otro día.
Se quedó dormido por apenas unos minutos, soñando con una playa de arena blanca donde Lucy corría sin cansarse, donde su corazón era fuerte y el aire no costaba dinero. Pero el despertar fue brusco: una punzada eléctrica le recorrió la columna y sintió un líquido cálido empapando sus pantalones. Se le rompió la fuente. El tiempo se había agotado.
—Mierda —susurró, mirando el reloj de pared—. Lucy, despierta, nena. Es hora de irnos.
—¿Ya vienen? —preguntó la niña, frotándose los ojos.
—Ya vienen —confirmó Sawyer, sintiendo el miedo y la determinación mezclarse en su pecho—. Y más vale que Nueva York esté preparada para nosotros.
Se levantó, ignorando el dolor cegador, y empezó a preparar la bolsa de oxígeno de Lucy. No había vuelta atrás. James "Sawyer" Ford estaba a punto de enfrentarse a su mayor estafa: convencer al destino de que lo dejara conservar todo lo que amaba, a pesar de no haber pagado todavía todas sus deudas. Con un brazo rodeando a su hija y el otro protegiendo su vientre tenso, salió al pasillo frío, dispuesto a luchar una vez más contra el mundo entero.
Llevar cuatrillizos no era una tarea para un hombre de su edad, y menos para uno que cargaba con el fantasma de un pasado criminal y un presente de supervivencia. Pero en la isla, las reglas de la naturaleza se habían roto, y él se había traído consigo un "regalo" que ahora pesaba casi tanto como su conciencia. Se acarició el abdomen prominente por debajo de la camiseta térmica manchada de aceite, sintiendo un movimiento frenético bajo su piel, como si los cuatro pequeños estuvieran librando una batalla por el espacio.
—¡Ford! ¡Si no terminas con el alternador del Chevy, no habrá cheque esta semana! —gritó su jefe desde la oficina acristalada.
Sawyer le dedicó un gesto obsceno sin mirarlo. Necesitaba ese dinero. Lo necesitaba más que el aire. Lucy, su pequeña de tres años, lo esperaba en el pequeño y gélido apartamento de la calle Hoyt. Lucy, con su cabello rubio como el de él y los ojos tristes que delataban una lucha que ningún niño debería conocer.
—Ya voy, maldita sea —gruñó Sawyer, intentando enderezarse.
El dolor en su cadera fue como un latigazo. Se apoyó en el capó del coche, respirando con dificultad. Cada vez que inhalaba, sentía que sus pulmones no tenían espacio para expandirse. Los médicos de la ciudad no entendían su fisiología, lo miraban como a un fenómeno de feria, pero a Sawyer no le importaba su curiosidad científica mientras pudieran mantener a Lucy con vida. Su hija había nacido de una relación fugaz con Mia, una mujer que Sawyer conoció en un bar de mala muerte poco después de regresar al mundo real. Mia no buscaba redención, buscaba la siguiente dosis. Lucy nació a los cinco meses de gestación en medio de una fiesta ilegal, rodeada de humo y música estridente, abandonada entre botellas vacías antes de que Sawyer supiera siquiera que existía.
El resultado fue un corazón roto antes de empezar a latir: síndrome de hipoplasia del ventrículo izquierdo y una inmunodeficiencia que convertía un simple resfriado en una sentencia de muerte. Sawyer se convirtió en su protector absoluto, el hombre que robaba, trabajaba dieciséis horas y se dejaba la piel para pagar los tratamientos experimentales y las máquinas que mantenían el pequeño corazón de Lucy funcionando.
Cuando terminó el turno, Sawyer caminó con dificultad hacia la estación de metro. Cada paso era una agonía. Sentía que los bebés estaban encajados tan abajo que en cualquier momento el suelo de su pelvis cedería. Pero no podía permitirse un taxi. El dinero del taxi era una dosis menos de la medicación de Lucy.
Al llegar al apartamento, el silencio lo recibió, solo roto por el pitido rítmico del monitor cardíaco. La niñera, una vecina anciana a la que Sawyer pagaba con favores mecánicos, se levantó del sofá.
—Se ha quedado dormida hace poco, James. Ha tenido un poco de tos —susurró la mujer, mirando con preocupación el vientre enorme de Sawyer—. Deberías estar en un hospital. Estás pálido.
—Estoy bien, Martha. Solo es el peso de estos cuatro forajidos —respondió él con una sonrisa forzada que no llegó a sus ojos.
Cuando la mujer se fue, Sawyer se dejó caer en la silla junto a la cama de Lucy. La niña dormía con una cánula nasal, su pecho subiendo y bajando con un esfuerzo que a Sawyer le partía el alma. Le acarició la frente, notando que estaba fresca, gracias a Dios.
—Hola, pecosa —susurró, usando el apodo que solía dedicar a alguien que ya no estaba—. Papá está aquí.
De repente, una contracción poderosa le recorrió el abdomen, dejándolo sin aliento. Sawyer se agarró a los reposabrazos de la silla, apretando los nudillos hasta que se pusieron blancos. No podía ser ahora. Todavía no. Necesitaba unos días más, necesitaba cobrar el bono de fin de mes.
—Todavía no, chicos —masculló, hablándole a su vientre—. Vuestra hermana nos necesita despiertos. Un poco más. Solo aguantad un poco más.
Se levantó con esfuerzo para ir a la cocina a prepararse un té, pero el dolor volvió, esta vez acompañado de una presión insoportable en la parte baja de la espalda. Se apoyó en la encimera, sintiendo cómo el sudor frío le empapaba la nuca. En ese momento, Lucy se despertó y dejó escapar una tos seca que hizo que el monitor emitiera una alarma estridente.
Sawyer olvidó su propio dolor y se lanzó hacia la cama de su hija.
—Tranquila, Lucy. Respira conmigo, nena. —La tomó en brazos, sentándola para que pudiera expandir mejor sus pulmones. El peso de la niña contra su abdomen era una tortura física, pero él no la soltó.
—Papi... me duele —susurró la pequeña con voz débil.
—Lo sé, cariño. Lo sé. Pero eres una Ford, ¿recuerdas? Somos duros. Como las piedras de la isla.
Lucy apoyó su cabecita en el hombro de Sawyer.
—¿Los hermanitos están bailando? —preguntó ella, sintiendo las patadas frenéticas contra su propia espalda.
Sawyer soltó una carcajada que sonó más como un quejido.
—Están dando una fiesta, Lucy. Son unos impacientes, igual que su padre.
Se quedó así, meciéndola, ignorando las contracciones que empezaban a regularizarse. La situación era desesperada. Estaba solo en un piso de Brooklyn, con una hija que necesitaba cuidados constantes y cuatro bebés a punto de estallar en su interior. La medicación de Lucy para el mes siguiente costaba tres mil dólares que aún no tenía. La ironía no se le escapaba: en la isla, la vida y la muerte eran misterios místicos; aquí, en la selva de asfalto, se reducían a números en una cuenta bancaria.
—Papi, ¿por qué lloras? —preguntó Lucy, estirando su mano pequeña para tocar la mejilla de Sawyer.
—Es el humo del taller, nena. Se me mete en los ojos —mintió él, besándole la palma de la mano.
James Ford siempre había sido un estafador, un hombre que sabía jugar sus cartas. Pero ahora, con el cuerpo al límite y el corazón repartido entre una hija enferma y cuatro hijos por nacer, sentía que la casa siempre ganaba. Sin embargo, mientras miraba a Lucy, supo que no se rendiría. Si tenía que caminar hasta el hospital con los cuatro niños colgando o si tenía que volver a los viejos hábitos de estafador para salvar a su hija, lo haría.
—Escúchame, Lucy —dijo Sawyer, mirándola fijamente a los ojos—. Mañana vamos a ir al médico grande. El que tiene las máquinas brillantes. Tú te vas a poner mejor y yo... bueno, yo voy a traer a tus hermanos para que te ayuden a jugar.
—¿Prometido?
—Prometido por el viejo Sawyer.
Se recostó en la cama con ella, sintiendo cómo el útero se endurecía de nuevo, una ola de dolor que amenazaba con sumergirlo. Cerró los ojos y, por un momento, imaginó el sonido de las olas de la isla, el olor a salitre y la sensación de que, a pesar de todo el caos, había un destino. Si había sobrevivido a un accidente aéreo, a monstruos de humo y a viajes en el tiempo, sobreviviría a Brooklyn. Tenía que hacerlo. Por Lucy. Por los cuatro que venían en camino. Por la redención que nunca pensó que merecería y que ahora cargaba, literalmente, en sus entrañas.
La noche avanzaba y la nieve empezaba a cuajar en el alféizar de la ventana. Sawyer respiraba rítmicamente, luchando contra cada contracción como si fuera un enemigo físico, manteniendo a su hija a salvo en el hueco de su brazo, mientras el monitor cardíaco seguía marcando el compás de su precaria existencia. Estaba cansado, estaba aterrado, pero James Ford no iba a dejar que este mundo le arrebatara lo único puro que le quedaba.
—Aguantad, pequeños bastardos —susurró a la oscuridad—. Mañana será otro día.
Se quedó dormido por apenas unos minutos, soñando con una playa de arena blanca donde Lucy corría sin cansarse, donde su corazón era fuerte y el aire no costaba dinero. Pero el despertar fue brusco: una punzada eléctrica le recorrió la columna y sintió un líquido cálido empapando sus pantalones. Se le rompió la fuente. El tiempo se había agotado.
—Mierda —susurró, mirando el reloj de pared—. Lucy, despierta, nena. Es hora de irnos.
—¿Ya vienen? —preguntó la niña, frotándose los ojos.
—Ya vienen —confirmó Sawyer, sintiendo el miedo y la determinación mezclarse en su pecho—. Y más vale que Nueva York esté preparada para nosotros.
Se levantó, ignorando el dolor cegador, y empezó a preparar la bolsa de oxígeno de Lucy. No había vuelta atrás. James "Sawyer" Ford estaba a punto de enfrentarse a su mayor estafa: convencer al destino de que lo dejara conservar todo lo que amaba, a pesar de no haber pagado todavía todas sus deudas. Con un brazo rodeando a su hija y el otro protegiendo su vientre tenso, salió al pasillo frío, dispuesto a luchar una vez más contra el mundo entero.
