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Carta del Novio
Fandom: Jujutsu Kaisen
Criado: 27/04/2026
Tags
RomanceFatias de VidaFofuraHumorCrack / Humor ParódicoHistória DomésticaCenário CanônicoEstudo de PersonagemDramaDor/ConfortoLinguagem Explícita
Prerrogativas de la Sangre y el Azúcar
El humo del cigarrillo se elevaba en perezosas espirales hacia el techo de la morgue, mezclándose con el olor a antiséptico y el silencio sepulcral que solía reinar en el sótano de la Escuela de Hechicería. Shoko Ieiri dejó escapar un suspiro cansado, observando las ojeras permanentes bajo sus ojos en el reflejo de una bandeja de acero inoxidable. Ser la única médico del mundo de la hechicería era agotador, pero ser la novia del "Hechicero más Fuerte" era, en ocasiones, un trabajo de tiempo completo que no venía incluido en su contrato.
Escuchó el sonido rítmico de unos pasos acercándose. No necesitaba mirar para saber quién era. El rastro de energía maldita infinito y esa presencia abrumadora que parecía ocupar todo el pasillo eran inconfundibles.
— ¡Shoko-chaaaan! —La puerta se abrió de par en par, revelando a Satoru Gojo con su habitual sonrisa radiante y su venda negra cubriéndole los ojos—. He traído mochis de edición limitada de Sendai. ¡Tuve que saltarme una reunión con los altos mandos para conseguirlos! Bueno, en realidad no me salté la reunión, simplemente decidí que mi tiempo era más valioso en la fila de la pastelería.
Shoko se dio la vuelta lentamente, apoyando la cadera contra la mesa de autopsias.
— Satoru, estoy en medio de un informe para Yaga. No tengo tiempo para tus dulces ahora mismo —dijo ella con su tono monótono habitual, aunque sus ojos delataban una pizca de diversión.
Gojo hizo un puchero exagerado, cruzando los brazos sobre su pecho.
— Pero Shoko, ¡son de crema de edamame! Sabes que son imposibles de conseguir. Pensé que apreciarías el esfuerzo de tu increíble y apuesto novio.
Shoko arqueó una ceja. Aquí estaba, la oportunidad perfecta. Hacía apenas unos días que habían hecho oficial su relación —bueno, tan oficial como podía ser algo entre dos personas que se conocían desde los quince años y habían sobrevivido a un infierno juntos— y Shoko había descubierto un fenómeno fascinante: el Infinito de Gojo no tenía defensa contra una frase específica.
— En realidad, Satoru, tengo mucha hambre, pero no de mochis —comentó ella, dejando el cigarrillo en el cenicero—. Necesito que vayas a la oficina de registros en el centro de Tokio y me traigas los expedientes físicos del incidente de la semana pasada. Los necesito para terminar esto.
Gojo se detuvo en seco, su sonrisa flaqueando un poco.
— ¿Al centro? Pero Shoko, eso es aburridísimo. Puedo enviar a un asistente, o incluso pedirle a Ijichi que lo haga. Yo quería pasar la tarde aquí molestándote mientras comes dulces.
Shoko se acercó a él, acortando la distancia hasta que estuvo a pocos centímetros de su pecho. Levantó la vista, encontrándose con la venda negra, y suavizó su expresión justo lo suficiente.
— No quiero que vaya un asistente. Quiero que vayas tú.
— ¿Por qué yo? —preguntó él, ladeando la cabeza como un gato curioso—. Soy el hombre más ocupado del mundo, ¿sabes?
— Porque eres mi novio —soltó ella con total naturalidad, manteniendo el contacto visual.
El efecto fue instantáneo. Gojo se quedó rígido por un segundo, su boca se abrió ligeramente y un leve rubor, casi imperceptible si no fueras un médico experto en observar detalles, subió por su cuello. Se rascó la nuca, claramente desarmado por la lógica irrebatible de Shoko.
— Ah... bueno... si lo pones así... —balbuceó, perdiendo por completo la compostura arrogante que solía mostrar ante el resto del mundo—. Supongo que un viaje rápido no me vendrá mal. ¡Iré y volveré antes de que tu cigarrillo se apague!
Y con un destello de azul, desapareció de la habitación.
Shoko volvió a tomar su cigarrillo y dio una calada profunda, permitiéndose una pequeña sonrisa de satisfacción.
— Esto va a ser mucho más divertido de lo que pensaba —murmuró para sí misma.
El juego de la "Carta del Novio" había comenzado oficialmente. Shoko no era una persona manipuladora por naturaleza, pero después de años de lidiar con el ego colosal de Satoru y sus excentricidades, sentía que se merecía ciertos privilegios. Si el destino le había dado al hombre más poderoso de la era moderna como pareja, lo mínimo que podía hacer era simplificarse la vida.
Dos horas más tarde, Shoko estaba sentada en las escaleras del patio principal, disfrutando del aire fresco del atardecer. Gojo apareció de la nada, dejando caer una carpeta pesada sobre su regazo.
— Aquí tienes, Shoko-chan. Los archivos, sellados y firmados. ¿Ves qué eficiente soy? —Se sentó a su lado, estirando sus largas piernas—. Ahora, ¿podemos ir a cenar a ese lugar de sushi que me gusta?
Shoko revisó los documentos. Estaba todo en orden. Cerró la carpeta y miró al cielo anaranjado.
— En realidad, Satoru, tengo antojo de comida casera. Pero estoy demasiado cansada para cocinar.
Gojo soltó una carcajada dramática.
— ¿Yo? ¿Cocinando? Shoko, mis manos están hechas para exorcizar maldiciones y manipular el espacio-tiempo, no para cortar cebollas. Además, ¡podríamos quemar la escuela!
Shoko se giró hacia él, apoyando la barbilla en su mano.
— Pensé que te gustaría esforzarte un poco por mí. Después de todo, eres mi novio, ¿no?
Gojo se atragantó con su propia saliva. Se ajustó la venda, visiblemente inquieto. Esa frase de nuevo. Era como un código de desactivación para su voluntad. No importaba cuán absurda fuera la petición, el recordatorio de su nuevo estatus legal-sentimental parecía anular cualquier rastro de pereza o rebeldía.
— Está bien, está bien —cedió él, levantando las manos en señal de rendición—. Pero si el arroz queda pegajoso, no quiero quejas. ¡Haré el mejor estofado que hayas probado jamás!
— Sabía que podía contar contigo —dijo ella, dándole una palmadita en la mejilla antes de levantarse y caminar hacia los dormitorios, dejando a un Gojo Satoru completamente aturdido y extrañamente motivado en la escalinata.
A medida que pasaban los días, Shoko perfeccionó el uso de la carta. No la usaba para cosas crueles, sino para aquellas pequeñas molestias que Gojo solía ignorar.
— Satoru, saca la basura.
— ¡Pero Shoko, puedo usar el Azul para desintegrarla!
— No, usa las manos y llévala al contenedor. Porque eres mi novio.
Gojo bajaba las escaleras con las bolsas de basura, refunfuñando sobre cómo el hechicero de grado especial estaba siendo desperdiciado en labores domésticas, pero lo hacía con una sonrisa oculta tras su máscara.
— Satoru, deja de molestar a Nanami. Está intentando leer su informe.
— ¡Pero Kento-kun es tan divertido cuando se enoja!
— Déjalo en paz. Hazlo por mí, porque eres mi novio.
Gojo se alejaba de un Nanami confundido y aliviado, murmurando algo sobre cómo Shoko era "demasiado estricta pero encantadora".
Sin embargo, el verdadero desafío llegó una tarde de viernes. La escuela estaba inusualmente tranquila. Gojo había estado fuera en una misión especialmente tediosa en las afueras de Kioto y Shoko esperaba que volviera de mal humor. Cuando Satoru regresó, entró en la oficina de Shoko y se desplomó en el sofá de cuero, quitándose la venda y revelando esos ojos azules que parecían contener el universo entero. Se veía exhausto.
— Odio los viajes largos —gruñó él, cubriéndose los ojos con el brazo—. Shoko, ven aquí. Necesito recargar energías.
Shoko dejó sus papeles y se acercó al sofá. Se sentó en el borde, observando las facciones refinadas de su novio. A veces era fácil olvidar que, bajo todo ese poder y arrogancia, Satoru seguía siendo el mismo chico que perdió a su mejor amigo y cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros.
— Estoy ocupada, Satoru —dijo ella suavemente, aunque no hizo amago de levantarse.
— Solo cinco minutos —suplicó él, extendiendo una mano para atrapar la de ella—. Por favor.
Shoko suspiró. Podría haber usado la carta para decirle que se fuera a dormir a su habitación y la dejara trabajar, pero esta vez, decidió usarla de otra manera.
— Está bien —dijo ella, acomodándose para que él pudiera apoyar la cabeza en su regazo—. Quédate así un rato. Porque eres mi novio y supongo que es mi deber aguantarte cuando estás así de insoportable.
Gojo soltó una risita suave, cerrando los ojos mientras sentía los dedos de Shoko enredarse en su cabello blanco y sedoso.
— Sabes... —comenzó él, con un tono mucho más serio de lo habitual—, me he dado cuenta de lo que estás haciendo.
Shoko se tensó por un milisegundo, pero mantuvo el ritmo de sus caricias.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que estoy haciendo según tú?
— Ese juego de "la carta del novio" —dijo Gojo, abriendo un ojo para mirarla con una chispa de picardía—. Me haces hacer recados, limpiar, dejar de molestar a la gente... Me tienes comiendo de la palma de tu mano con esa frasecita.
Shoko no se inmutó. Mantuvo su expresión de indiferencia, aunque su corazón dio un vuelco.
— No sé de qué hablas. Solo te recuerdo tus responsabilidades.
Gojo se incorporó un poco, apoyándose en los codos, quedando a escasos centímetros de su rostro. Sus Seis Ojos analizaban cada micro-expresión de Shoko, pero no había malicia en su mirada, solo una ternura infinita.
— Shoko, puedo ver el flujo de energía maldita en todo Japón, ¿crees que no me daría cuenta de que estás usando un "hechizo verbal" conmigo? —Se acercó más, rozando su nariz con la de ella—. Pero lo que no sabes es que yo te dejo ganar.
— ¿Me dejas ganar? —repitió ella con un tono de duda.
— Sí. Me encanta que lo hagas —confesó él en un susurro—. Me gusta que me reclames como tuyo. Me gusta que me pidas cosas no porque sea el "más fuerte", sino porque soy Satoru, el tipo que sale contigo. Así que puedes usar esa carta todo lo que quieras. De hecho, me decepcionaría si dejaras de hacerlo.
Shoko sintió un calor inusual subir por sus mejillas. Por una vez, la imperturbable Shoko Ieiri no tenía una respuesta mordaz. Satoru siempre tenía esa capacidad de darle la vuelta a las situaciones, de ser el que tenía el control incluso cuando parecía que no era así.
— Eres un idiota, Satoru —dijo finalmente, aunque su voz carecía de cualquier rastro de molestia.
— Tu idiota —corrigió él con una sonrisa de suficiencia—. Y como soy tu novio, creo que me merezco un beso como recompensa por ser tan buen juguete de tu juego.
Shoko puso los ojos en blanco, pero no se alejó.
— Solo porque eres mi novio —murmuró ella antes de inclinarse y cerrar la distancia entre ambos.
El beso fue lento, cargado de una historia compartida de años de pérdida y supervivencia. En ese momento, en la penumbra de la oficina, no había maldiciones, no había jerarquías de hechiceros, ni el peso de un destino cruel. Solo estaban ellos dos.
Cuando se separaron, Gojo tenía esa expresión de felicidad absoluta que solía reservar solo para cuando encontraba un dulce nuevo o derrotaba a un enemigo especialmente molesto.
— ¿Sabes qué? —dijo Shoko, recuperando su compostura y volviendo a su tono habitual mientras se levantaba—. Ahora que sé que sabes que yo sé... puedes ir a buscarme un café. El de la máquina de este piso sabe a carbón.
Gojo se echó a reír, echándose hacia atrás en el sofá.
— ¡Vaya! Ni un minuto de tregua. ¿Y por qué debería ir yo en lugar de usar mi técnica para traer uno de Italia en un segundo?
Shoko se detuvo en la puerta, mirándolo por encima del hombro con una sonrisa depredadora.
— Porque eres mi novio, y me gusta el café del puesto que está a tres manzanas de aquí. El que no permite el uso de técnicas de espacio-tiempo en su local porque el dueño es un viejo gruñón que odia a los hechiceros. Tendrás que hacer fila como una persona normal.
Gojo suspiró de forma dramática, poniéndose de pie y ajustándose la chaqueta negra.
— A la orden, jefa. Iré a hacer fila con los mortales. Pero que conste que esto me va a costar un abrazo muy largo cuando vuelva.
— Ya veremos —respondió ella, volviendo a su escritorio.
Mientras escuchaba a Gojo salir tarareando una melodía alegre, Shoko se dio cuenta de que el juego de la "Carta del Novio" no era realmente un juego de poder. Era su manera de mantener a Satoru anclado a la realidad, de recordarle que, a pesar de su poder divino, había alguien que lo veía como un hombre común, con defectos y virtudes, alguien que necesitaba sacar la basura y comprar café.
Y para Satoru, era la validación de que, por fin, después de tanto tiempo siendo una herramienta de la sociedad o un símbolo de poder, era simplemente alguien que pertenecía a otro ser humano.
Shoko encendió otro cigarrillo, pero esta vez, antes de dar la primera calada, lo miró y lo dejó en el cenicero.
"Tal vez debería dejar de fumar", pensó. "Si se lo pido a Satoru, probablemente me esconda los encendedores usando el Infinito".
Sonrió para sus adentros. Tener a Gojo Satoru de novio era, efectivamente, algo muy bueno y muy malo al mismo tiempo. Pero Shoko no lo cambiaría por nada en el mundo, siempre y cuando tuviera su carta bajo la manga.
Al final del día, el juego continuaría. Y mientras Satoru siguiera respondiendo a esa frase con esa mirada de devoción absoluta, Shoko sabía que, sin importar cuántas maldiciones aparecieran en el horizonte, todo estaría bien. Porque, después de todo, él era su novio. Y ella era la única mujer en el mundo capaz de domar al hechicero más fuerte con solo cinco palabras.
Escuchó el sonido rítmico de unos pasos acercándose. No necesitaba mirar para saber quién era. El rastro de energía maldita infinito y esa presencia abrumadora que parecía ocupar todo el pasillo eran inconfundibles.
— ¡Shoko-chaaaan! —La puerta se abrió de par en par, revelando a Satoru Gojo con su habitual sonrisa radiante y su venda negra cubriéndole los ojos—. He traído mochis de edición limitada de Sendai. ¡Tuve que saltarme una reunión con los altos mandos para conseguirlos! Bueno, en realidad no me salté la reunión, simplemente decidí que mi tiempo era más valioso en la fila de la pastelería.
Shoko se dio la vuelta lentamente, apoyando la cadera contra la mesa de autopsias.
— Satoru, estoy en medio de un informe para Yaga. No tengo tiempo para tus dulces ahora mismo —dijo ella con su tono monótono habitual, aunque sus ojos delataban una pizca de diversión.
Gojo hizo un puchero exagerado, cruzando los brazos sobre su pecho.
— Pero Shoko, ¡son de crema de edamame! Sabes que son imposibles de conseguir. Pensé que apreciarías el esfuerzo de tu increíble y apuesto novio.
Shoko arqueó una ceja. Aquí estaba, la oportunidad perfecta. Hacía apenas unos días que habían hecho oficial su relación —bueno, tan oficial como podía ser algo entre dos personas que se conocían desde los quince años y habían sobrevivido a un infierno juntos— y Shoko había descubierto un fenómeno fascinante: el Infinito de Gojo no tenía defensa contra una frase específica.
— En realidad, Satoru, tengo mucha hambre, pero no de mochis —comentó ella, dejando el cigarrillo en el cenicero—. Necesito que vayas a la oficina de registros en el centro de Tokio y me traigas los expedientes físicos del incidente de la semana pasada. Los necesito para terminar esto.
Gojo se detuvo en seco, su sonrisa flaqueando un poco.
— ¿Al centro? Pero Shoko, eso es aburridísimo. Puedo enviar a un asistente, o incluso pedirle a Ijichi que lo haga. Yo quería pasar la tarde aquí molestándote mientras comes dulces.
Shoko se acercó a él, acortando la distancia hasta que estuvo a pocos centímetros de su pecho. Levantó la vista, encontrándose con la venda negra, y suavizó su expresión justo lo suficiente.
— No quiero que vaya un asistente. Quiero que vayas tú.
— ¿Por qué yo? —preguntó él, ladeando la cabeza como un gato curioso—. Soy el hombre más ocupado del mundo, ¿sabes?
— Porque eres mi novio —soltó ella con total naturalidad, manteniendo el contacto visual.
El efecto fue instantáneo. Gojo se quedó rígido por un segundo, su boca se abrió ligeramente y un leve rubor, casi imperceptible si no fueras un médico experto en observar detalles, subió por su cuello. Se rascó la nuca, claramente desarmado por la lógica irrebatible de Shoko.
— Ah... bueno... si lo pones así... —balbuceó, perdiendo por completo la compostura arrogante que solía mostrar ante el resto del mundo—. Supongo que un viaje rápido no me vendrá mal. ¡Iré y volveré antes de que tu cigarrillo se apague!
Y con un destello de azul, desapareció de la habitación.
Shoko volvió a tomar su cigarrillo y dio una calada profunda, permitiéndose una pequeña sonrisa de satisfacción.
— Esto va a ser mucho más divertido de lo que pensaba —murmuró para sí misma.
El juego de la "Carta del Novio" había comenzado oficialmente. Shoko no era una persona manipuladora por naturaleza, pero después de años de lidiar con el ego colosal de Satoru y sus excentricidades, sentía que se merecía ciertos privilegios. Si el destino le había dado al hombre más poderoso de la era moderna como pareja, lo mínimo que podía hacer era simplificarse la vida.
Dos horas más tarde, Shoko estaba sentada en las escaleras del patio principal, disfrutando del aire fresco del atardecer. Gojo apareció de la nada, dejando caer una carpeta pesada sobre su regazo.
— Aquí tienes, Shoko-chan. Los archivos, sellados y firmados. ¿Ves qué eficiente soy? —Se sentó a su lado, estirando sus largas piernas—. Ahora, ¿podemos ir a cenar a ese lugar de sushi que me gusta?
Shoko revisó los documentos. Estaba todo en orden. Cerró la carpeta y miró al cielo anaranjado.
— En realidad, Satoru, tengo antojo de comida casera. Pero estoy demasiado cansada para cocinar.
Gojo soltó una carcajada dramática.
— ¿Yo? ¿Cocinando? Shoko, mis manos están hechas para exorcizar maldiciones y manipular el espacio-tiempo, no para cortar cebollas. Además, ¡podríamos quemar la escuela!
Shoko se giró hacia él, apoyando la barbilla en su mano.
— Pensé que te gustaría esforzarte un poco por mí. Después de todo, eres mi novio, ¿no?
Gojo se atragantó con su propia saliva. Se ajustó la venda, visiblemente inquieto. Esa frase de nuevo. Era como un código de desactivación para su voluntad. No importaba cuán absurda fuera la petición, el recordatorio de su nuevo estatus legal-sentimental parecía anular cualquier rastro de pereza o rebeldía.
— Está bien, está bien —cedió él, levantando las manos en señal de rendición—. Pero si el arroz queda pegajoso, no quiero quejas. ¡Haré el mejor estofado que hayas probado jamás!
— Sabía que podía contar contigo —dijo ella, dándole una palmadita en la mejilla antes de levantarse y caminar hacia los dormitorios, dejando a un Gojo Satoru completamente aturdido y extrañamente motivado en la escalinata.
A medida que pasaban los días, Shoko perfeccionó el uso de la carta. No la usaba para cosas crueles, sino para aquellas pequeñas molestias que Gojo solía ignorar.
— Satoru, saca la basura.
— ¡Pero Shoko, puedo usar el Azul para desintegrarla!
— No, usa las manos y llévala al contenedor. Porque eres mi novio.
Gojo bajaba las escaleras con las bolsas de basura, refunfuñando sobre cómo el hechicero de grado especial estaba siendo desperdiciado en labores domésticas, pero lo hacía con una sonrisa oculta tras su máscara.
— Satoru, deja de molestar a Nanami. Está intentando leer su informe.
— ¡Pero Kento-kun es tan divertido cuando se enoja!
— Déjalo en paz. Hazlo por mí, porque eres mi novio.
Gojo se alejaba de un Nanami confundido y aliviado, murmurando algo sobre cómo Shoko era "demasiado estricta pero encantadora".
Sin embargo, el verdadero desafío llegó una tarde de viernes. La escuela estaba inusualmente tranquila. Gojo había estado fuera en una misión especialmente tediosa en las afueras de Kioto y Shoko esperaba que volviera de mal humor. Cuando Satoru regresó, entró en la oficina de Shoko y se desplomó en el sofá de cuero, quitándose la venda y revelando esos ojos azules que parecían contener el universo entero. Se veía exhausto.
— Odio los viajes largos —gruñó él, cubriéndose los ojos con el brazo—. Shoko, ven aquí. Necesito recargar energías.
Shoko dejó sus papeles y se acercó al sofá. Se sentó en el borde, observando las facciones refinadas de su novio. A veces era fácil olvidar que, bajo todo ese poder y arrogancia, Satoru seguía siendo el mismo chico que perdió a su mejor amigo y cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros.
— Estoy ocupada, Satoru —dijo ella suavemente, aunque no hizo amago de levantarse.
— Solo cinco minutos —suplicó él, extendiendo una mano para atrapar la de ella—. Por favor.
Shoko suspiró. Podría haber usado la carta para decirle que se fuera a dormir a su habitación y la dejara trabajar, pero esta vez, decidió usarla de otra manera.
— Está bien —dijo ella, acomodándose para que él pudiera apoyar la cabeza en su regazo—. Quédate así un rato. Porque eres mi novio y supongo que es mi deber aguantarte cuando estás así de insoportable.
Gojo soltó una risita suave, cerrando los ojos mientras sentía los dedos de Shoko enredarse en su cabello blanco y sedoso.
— Sabes... —comenzó él, con un tono mucho más serio de lo habitual—, me he dado cuenta de lo que estás haciendo.
Shoko se tensó por un milisegundo, pero mantuvo el ritmo de sus caricias.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que estoy haciendo según tú?
— Ese juego de "la carta del novio" —dijo Gojo, abriendo un ojo para mirarla con una chispa de picardía—. Me haces hacer recados, limpiar, dejar de molestar a la gente... Me tienes comiendo de la palma de tu mano con esa frasecita.
Shoko no se inmutó. Mantuvo su expresión de indiferencia, aunque su corazón dio un vuelco.
— No sé de qué hablas. Solo te recuerdo tus responsabilidades.
Gojo se incorporó un poco, apoyándose en los codos, quedando a escasos centímetros de su rostro. Sus Seis Ojos analizaban cada micro-expresión de Shoko, pero no había malicia en su mirada, solo una ternura infinita.
— Shoko, puedo ver el flujo de energía maldita en todo Japón, ¿crees que no me daría cuenta de que estás usando un "hechizo verbal" conmigo? —Se acercó más, rozando su nariz con la de ella—. Pero lo que no sabes es que yo te dejo ganar.
— ¿Me dejas ganar? —repitió ella con un tono de duda.
— Sí. Me encanta que lo hagas —confesó él en un susurro—. Me gusta que me reclames como tuyo. Me gusta que me pidas cosas no porque sea el "más fuerte", sino porque soy Satoru, el tipo que sale contigo. Así que puedes usar esa carta todo lo que quieras. De hecho, me decepcionaría si dejaras de hacerlo.
Shoko sintió un calor inusual subir por sus mejillas. Por una vez, la imperturbable Shoko Ieiri no tenía una respuesta mordaz. Satoru siempre tenía esa capacidad de darle la vuelta a las situaciones, de ser el que tenía el control incluso cuando parecía que no era así.
— Eres un idiota, Satoru —dijo finalmente, aunque su voz carecía de cualquier rastro de molestia.
— Tu idiota —corrigió él con una sonrisa de suficiencia—. Y como soy tu novio, creo que me merezco un beso como recompensa por ser tan buen juguete de tu juego.
Shoko puso los ojos en blanco, pero no se alejó.
— Solo porque eres mi novio —murmuró ella antes de inclinarse y cerrar la distancia entre ambos.
El beso fue lento, cargado de una historia compartida de años de pérdida y supervivencia. En ese momento, en la penumbra de la oficina, no había maldiciones, no había jerarquías de hechiceros, ni el peso de un destino cruel. Solo estaban ellos dos.
Cuando se separaron, Gojo tenía esa expresión de felicidad absoluta que solía reservar solo para cuando encontraba un dulce nuevo o derrotaba a un enemigo especialmente molesto.
— ¿Sabes qué? —dijo Shoko, recuperando su compostura y volviendo a su tono habitual mientras se levantaba—. Ahora que sé que sabes que yo sé... puedes ir a buscarme un café. El de la máquina de este piso sabe a carbón.
Gojo se echó a reír, echándose hacia atrás en el sofá.
— ¡Vaya! Ni un minuto de tregua. ¿Y por qué debería ir yo en lugar de usar mi técnica para traer uno de Italia en un segundo?
Shoko se detuvo en la puerta, mirándolo por encima del hombro con una sonrisa depredadora.
— Porque eres mi novio, y me gusta el café del puesto que está a tres manzanas de aquí. El que no permite el uso de técnicas de espacio-tiempo en su local porque el dueño es un viejo gruñón que odia a los hechiceros. Tendrás que hacer fila como una persona normal.
Gojo suspiró de forma dramática, poniéndose de pie y ajustándose la chaqueta negra.
— A la orden, jefa. Iré a hacer fila con los mortales. Pero que conste que esto me va a costar un abrazo muy largo cuando vuelva.
— Ya veremos —respondió ella, volviendo a su escritorio.
Mientras escuchaba a Gojo salir tarareando una melodía alegre, Shoko se dio cuenta de que el juego de la "Carta del Novio" no era realmente un juego de poder. Era su manera de mantener a Satoru anclado a la realidad, de recordarle que, a pesar de su poder divino, había alguien que lo veía como un hombre común, con defectos y virtudes, alguien que necesitaba sacar la basura y comprar café.
Y para Satoru, era la validación de que, por fin, después de tanto tiempo siendo una herramienta de la sociedad o un símbolo de poder, era simplemente alguien que pertenecía a otro ser humano.
Shoko encendió otro cigarrillo, pero esta vez, antes de dar la primera calada, lo miró y lo dejó en el cenicero.
"Tal vez debería dejar de fumar", pensó. "Si se lo pido a Satoru, probablemente me esconda los encendedores usando el Infinito".
Sonrió para sus adentros. Tener a Gojo Satoru de novio era, efectivamente, algo muy bueno y muy malo al mismo tiempo. Pero Shoko no lo cambiaría por nada en el mundo, siempre y cuando tuviera su carta bajo la manga.
Al final del día, el juego continuaría. Y mientras Satoru siguiera respondiendo a esa frase con esa mirada de devoción absoluta, Shoko sabía que, sin importar cuántas maldiciones aparecieran en el horizonte, todo estaría bien. Porque, después de todo, él era su novio. Y ella era la única mujer en el mundo capaz de domar al hechicero más fuerte con solo cinco palabras.
