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Otra Oportunidad
Fandom: Chainsaw Man
Criado: 01/05/2026
Tags
DramaAngústiaPsicológicoEstudo de PersonagemCenário CanônicoDivergênciaTragédiaCena PerdidaSobrevivênciaDor/ConfortoHistória DomésticaCiúmesRomanceConsertoFatias de VidaSuspenseAçãoSombrio
Flores en el Hormigón
El primer parpadeo fue un acto de rebelión. El segundo, un reclamo de soberanía sobre sus propios párpados. Reze abrió los ojos a un techo blanco, impoluto, que olía a antiséptico y a olvido. No había cadenas, ni físicas ni mentales. El zumbido constante en el fondo de su conciencia, la voz de Makima que había sido su brújula y su jaula durante tanto tiempo, se había ido. El silencio era tan absoluto que dolía, una ausencia que pesaba más que cualquier presencia.
Se incorporó con la lentitud de un animal herido, evaluando su entorno. Una habitación de hospital, o algo parecido. Sencilla, funcional, desprovista de cualquier rasgo personal. Llevaba una bata de paciente, áspera y anónima. En una silla junto a la cama, su ropa estaba doblada pulcramente: la camisa, la falda, el delantal con textura de munición y, encima de todo, su gargantilla. El alfiler de la granada brillaba débilmente bajo la luz fluorescente. Un escalofrío la recorrió. Era ella misma otra vez. Pero, ¿quién era ella sin una misión, sin una orden que seguir?
La puerta se abrió con un chirrido suave. Un hombre mayor, con el rostro surcado por cicatrices y un parche en el ojo izquierdo, entró en la habitación. No se parecía a los agentes que conocía de Rusia. Llevaba un traje negro, pero su aura era la de un superviviente hastiado, no la de un burócrata.
—Has despertado —dijo el hombre, su voz grave como la piedra—. Soy Kishibe. Capitán de la Cuarta División Especial de Cazadores de Demonios de Seguridad Pública. O lo que queda de ella.
Reze no respondió. Se limitó a observarlo, sus músculos tensos, listos para detonar al menor indicio de amenaza.
—Tranquila —suspiró Kishibe, como si le hubiera leído la mente—. No vamos a hacerte daño. Eres… un cabo suelto. Uno de los muchos que dejó Makima.
El nombre la golpeó como una onda expansiva. Makima. La controladora. La dueña de su voluntad.
—¿Dónde está ella? —preguntó Reze, su propia voz sonando extraña en sus oídos, un instrumento que no había tocado por voluntad propia en mucho tiempo.
Kishibe esbozó algo parecido a una sonrisa, pero no había alegría en ella. Era una mueca de agotamiento y victoria pírrica.
—Muerta. Definitivamente muerta esta vez.
El aire pareció vibrar con la confirmación. Libre. La palabra floreció en su mente, un brote verde y frágil en un páramo de obediencia. Pero la libertad venía con una pregunta inevitable.
—¿Quién? —susurró Reze.
—¿A quién le importa? —replicó Kishibe, encogiéndose de hombros—. El mundo es un lugar un poco menos terrible. Eso es lo que cuenta. Pero tú y yo sabemos que no fue un comité quien lo hizo.
Él no necesitaba decirlo. En el vacío que había dejado Makima, una sola imagen persistía, brillante y caótica: el rugido de una motosierra, un chico con dientes afilados y un sueño estúpidamente simple. Denji. El chico que le había enseñado a nadar, que le había ofrecido una vida normal, que había intentado salvarla incluso después de que ella intentara matarlo. El chico al que había traicionado. El chico que, de alguna manera imposible, había logrado matar a lo imbatible.
Se deshizo de ella. De Makima. Y al hacerlo, la había liberado a ella también.
—¿Qué van a hacer conmigo? —preguntó Reze, su tono volviéndose más frío, más calculador. Era el tono de la espía, de la soldado.
—Buena pregunta —admitió Kishibe, metiendo las manos en los bolsillos—. Oficialmente, eres un arma enemiga. Un Demonio Bomba. Deberíamos desmantelarte o mantenerte encerrada hasta el fin de los tiempos. Pero, extraoficialmente, estamos hasta el cuello de problemas más grandes. Y el chico que te liberó… digamos que tiene debilidad por los casos perdidos.
Se detuvo, mirándola fijamente con su único ojo bueno.
—Te daremos una opción. Puedes quedarte aquí, bajo vigilancia. O puedes desaparecer. Si eliges lo segundo, estás sola. Conviértete en un fantasma. No causes problemas. Si te volvemos a ver en un radar, no seremos tan amables.
La oferta era una trampa y una bendición. Quedarse era ser una prisionera. Irse… ¿a dónde? No podía volver a la Unión Soviética. Su fracaso la convertía en una traidora, un activo defectuoso que sería eliminado sin contemplaciones. No tenía país, ni misión, ni hogar.
No. Eso no era del todo cierto.
Tenía un hogar. O al menos, la idea de uno. Un recuerdo de fuegos artificiales privados en un festival, el calor de una mano en la suya en un cine oscuro, la promesa susurrada en una noche lluviosa. *“Escapemos juntos”*.
—Entiendo —dijo Reze, y por primera vez desde que despertó, una emoción genuina coloreó su voz: determinación.
Kishibe asintió, como si esperara esa respuesta. Se dio la vuelta para marcharse.
—Tu ropa está ahí. La puerta no está cerrada con llave. Considera esto un acto de negligencia administrativa por mi parte —dijo por encima del hombro antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.
Sola de nuevo, Reze se movió con una rapidez renovada. Se vistió, cada prenda un recordatorio de quién era. La falda, las botas, la camisa que siempre parecía demasiado formal para el caos que podía desatar. Por último, tomó la gargantilla. El metal estaba frío contra su piel. Se la abrochó alrededor del cuello. El alfiler de la granada descansaba en la clavícula, un recordatorio constante de su naturaleza. Era una bomba. Pero quizás, solo quizás, no tenía por qué explotar.
Salió de la habitación y recorrió pasillos silenciosos y desiertos. El cuartel de Seguridad Pública se sentía como un mausoleo. El aire estaba impregnado de pena y reconstrucción. Nadie la detuvo. Era un fantasma, tal como Kishibe había sugerido.
Al salir al exterior, la luz del sol la cegó momentáneamente. El estruendo de Tokio la envolvió: el tráfico, las conversaciones de los transeúntes, la música que se escapaba de una tienda. Era abrumador, caótico y maravillosamente vivo. Era el mundo que Denji quería proteger, el mundo en el que él quería vivir una vida normal.
Y ahora, ella también podía.
El amor que había sentido por él… ¿había sido real? En medio de la manipulación y el engaño de su misión, hubo momentos de verdad. La forma en que su corazón se aceleraba cuando él sonreía, la punzada de celos cuando hablaba de Makima, el dolor genuino cuando lo dejó en aquel callejón. Su entrenamiento le decía que eran debilidades, emociones fabricadas para cumplir un objetivo. Pero su corazón, ahora libre de cualquier control externo, le decía lo contrario. Aquellos sentimientos eran suyos. Y seguían ahí, enterrados bajo capas de culpa y arrepentimiento, pero vivos.
No importa lo que haya pasado. Ese amor nunca se fue. Y ahora, podía hacerlo realidad. Podía ser feliz. Podía tener... otra oportunidad.
Pero primero, tenía que encontrarlo.
***
Los siguientes días fueron una lección de anonimato. Reze se movió por la ciudad como una sombra, utilizando las habilidades que le habían inculcado desde niña no para infiltrarse y destruir, sino para sobrevivir y observar. Dormía en albergues baratos pagados con el poco dinero que había robado de un bolsillo descuidado, o en los tejados de edificios altos, donde el ruido de la ciudad se convertía en un murmullo tranquilizador.
Sabía que Denji ya no vivía en el apartamento que compartía con Aki y Power. Ese lugar estaría marcado por la tragedia, un monumento al pasado que todos intentaban olvidar. Buscó en los registros de Seguridad Pública a los que pudo acceder hackeando una red wifi pública con un teléfono robado. La mayoría de los archivos estaban clasificados o borrados, pero encontró una pista: el nombre de Kishibe estaba asociado a una nueva dirección, un modesto apartamento en un barrio residencial tranquilo. Y junto a su nombre, dos dependientes: Denji y una niña llamada Nayuta.
La curiosidad la picó. ¿Una niña? ¿Quién era? ¿Había Denji… seguido adelante? La idea le provocó una extraña punzada en el pecho, algo parecido a los celos que había sentido antes. La desechó. No tenía derecho a sentir eso. No después de lo que hizo.
La verdadera revelación llegó cuando encontró un registro escolar. Denji estaba matriculado en el Cuarto Instituto del Este de Tokio.
Reze casi se rió en voz alta. Era tan absurdo, tan perfecto, tan *Denji*. Después de todo el infierno, después de convertirse en el héroe del infierno y matar al demonio más temido de la Tierra, su gran recompensa era ir al instituto. Era el sueño más mundano y hermoso que se pudiera imaginar.
Esa tarde, se apostó frente a la entrada del instituto. Se mezcló con la multitud, apoyada en una pared de ladrillo al otro lado de la calle, con el delantal guardado en una bolsa para no llamar la atención. El sol de la tarde bañaba la escena con una luz dorada y nostálgica. Vio a grupos de estudiantes salir riendo, hablando de exámenes, de clubes, de amores triviales. Era un mundo al que ella nunca había pertenecido.
Y entonces lo vio.
Era inconfundible. El pelo rubio y desaliñado, la forma en que caminaba con una mezcla de pereza y energía contenida. Llevaba el uniforme del instituto, pero a su manera: la camisa blanca ligeramente arrugada, la corbata aflojada, las manos en los bolsillos. Parecía más alto, o quizás era solo que sus hombros se veían más anchos, cargados con un peso que los otros estudiantes no podían ni imaginar.
Su corazón dio un vuelco doloroso. Era él. Estaba vivo. Estaba bien. Estaba viviendo su sueño.
Una parte de ella, la parte entrenada para ser un arma, le dijo que se fuera. Que lo dejara en paz. Su presencia solo traería problemas, recuerdos dolorosos, el caos inherente a su naturaleza. Él había encontrado una apariencia de paz. Ella no tenía derecho a perturbarla.
Pero otra parte, la chica que había aprendido a nadar en una piscina escolar por la noche, la que había sentido el sabor de la sangre y la dulzura de un beso al mismo tiempo, no podía moverse. Tenía que saber. Necesitaba ver su rostro, oír su voz. Necesitaba saber si en su mundo normal había un pequeño espacio para ella.
Esperó a que se alejara un poco del gentío, caminando por una calle lateral más tranquila. Cruzó la calle, sus botas apenas haciendo ruido sobre el asfalto. Su corazón martilleaba contra sus costillas, un ritmo frenético que amenazaba con convertirse en una detonación.
—¿Denji?
Su voz fue apenas un susurro, pero él se detuvo en seco. Se quedó de espaldas a ella por un instante que pareció una eternidad. Luego, lentamente, se giró.
Sus ojos se abrieron de par en par. La incredulidad luchó contra el reconocimiento en su rostro. Vio el destello de sus dientes afilados cuando su boca se entreabrió en un shock silencioso. Parecía que estaba viendo un fantasma. Y, en cierto modo, lo era.
—¿Reze? —su voz era ronca, cargada de una emoción que ella no pudo descifrar—. ¿Eres... eres tú? ¿De verdad?
Ella asintió, incapaz de hablar. Una pequeña y tímida sonrisa se dibujó en sus labios. Se sentía extrañamente vulnerable, expuesta bajo su mirada.
—Sí, Denji. Soy yo.
Él dio un paso hacia ella, luego otro, como si se acercara a un animal asustadizo. Se detuvo a un par de metros de distancia, estudiándola. Había ojeras bajo sus ojos, más profundas que las que ella recordaba. Parecía cansado, infinitamente cansado, pero también más centrado, más presente.
—Pero... ¿cómo? Yo te... Makima te...
—Makima está muerta —lo interrumpió Reze suavemente—. Y yo... ya no estoy bajo su control. Soy libre.
La palabra "libre" flotó entre ellos. Denji parpadeó, procesando la información. Una tormenta de emociones cruzó su rostro: confusión, alivio, y algo más, algo que parecía dolor.
—Creí que te había perdido —murmuró él, su mirada clavada en el suelo—. Creí que os había perdido a todos.
El plural la golpeó. "A todos". Aki. Power. Y ella. La había puesto en la misma categoría que su familia.
—Denji, yo... —comenzó a decir, la disculpa atascada en su garganta. ¿Cómo podía pedir perdón por intentar arrancarle el corazón?
—No —la cortó él, levantando la vista. Había una nueva dureza en sus ojos, una resignación que no estaba allí antes—. No lo digas. Ya no importa. Todo eso... fue por culpa de ella. Tú no eras tú.
Su perdón era tan simple, tan inmerecido, que a Reze le costó aceptarlo. Él siempre había sido así, capaz de ver la bondad incluso donde no la había.
—He pensado mucho en ti —confesó ella, dando un paso más cerca—. En nosotros. En la promesa que hicimos.
Denji se tensó. El recuerdo de esa noche lluviosa, de su oferta desesperada, era un puente frágil entre dos vidas completamente diferentes.
—¿Aún te acuerdas? —preguntó Reze en voz baja, su corazón latiendo con una esperanza frágil—. De nuestra promesa. De escapar juntos.
Él la miró, y por un instante, vio al chico que conoció en el festival. El chico ingenuo y lleno de anhelos. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios.
—Claro que me acuerdo —dijo—. Me acuerdo de todo. De la escuela, de las flores, de tu canción. Te esperé en la cafetería. Durante mucho tiempo.
Cada palabra era un clavo en el ataúd de su culpa. Él la había esperado. A pesar de todo, había ido, aferrándose a la esperanza de que ella fuera real.
—Lo siento —susurró Reze, y esta vez la disculpa salió, cruda y genuina—. Lo siento mucho, Denji. Fui una idiota. Estaba asustada. Pero ahora... ahora es diferente. Podemos hacerlo. Todavía podemos escapar. Lejos de Seguridad Pública, lejos de Rusia, lejos de todo. Solo tú y yo. Podemos tener una vida normal. La que tú querías.
Extendió una mano, su palma hacia arriba, una invitación. Era la misma oferta que él le había hecho a ella. Ahora los papeles se habían invertido.
Denji miró su mano, luego su rostro. Vio la sinceridad en sus ojos, el anhelo que reflejaba el suyo propio. Por un momento, la esperanza brilló en su rostro. La idea era tan tentadora. Dejarlo todo atrás. Olvidar al Demonio de la Motosierra, olvidar la sangre y la pérdida, y simplemente ser Denji con Reze.
Estaba a punto de decir algo, a punto de quizás, incluso, tomar su mano, cuando una pequeña voz tiró del bajo de su pantalón.
—Denji, tengo hambre. ¿Quién es esta señora?
Ambos bajaron la mirada. De pie junto a Denji, agarrada a su pierna, había una niña pequeña. No tendría más de siete u ocho años. Tenía el pelo oscuro y largo, y unos ojos inquietantes. Eran amarillos, con pupilas concéntricas que parecían absorber la luz. Y en su cabeza, apenas visibles entre los mechones de pelo, había dos pequeños cuernos rojos.
Reze se quedó helada. Conocía esos ojos. Los había visto en sus pesadillas. Eran los ojos de Makima.
El ambiente cambió en un instante. La burbuja de intimidad y nostalgia que los había envuelto se hizo añicos. Denji se agachó, su expresión suavizándose al instante al mirar a la niña. Era una ternura protectora, paternal.
—Tranquila, Nayuta —dijo él en voz baja—. Ya casi vamos a casa. Ella es... una vieja amiga. Se llama Reze.
La niña, Nayuta, levantó la vista hacia Reze. Su mirada no era la de una niña curiosa. Era fría, analítica, posesiva. Inclinó la cabeza, olfateando el aire sutilmente.
—Huele a perra —declaró Nayuta con una simplicidad brutal, su voz infantil desprovista de cualquier inocencia. Su mirada se clavó en Reze—. No me gusta.
El insulto, tan extrañamente familiar, fue como un puñetazo en el estómago para Reze. Pero fue la sensación que emanaba de la niña lo que realmente la aterrorizó. Era débil, inmaduro, pero inconfundible. El aura del Demonio del Control.
La pesadilla no había terminado. Solo había cambiado de forma.
Denji suspiró, claramente acostumbrado a este tipo de comportamiento.
—Nayuta, no digas eso. No es educado. Pide perdón.
—No —respondió la niña, desafiante, apretando más fuerte la pierna de Denji—. Es una mala mujer. Quiere llevarte lejos. Denji es mío.
La palabra "mío" resonó en el aire, cargada con el mismo poder posesivo que Makima había ejercido sobre él. Denji no estaba libre. Estaba atrapado en una nueva jaula, una construida con la responsabilidad y quizás incluso el afecto por la reencarnación de su peor enemiga. Estaba criando a su propia carcelera.
Reze bajó lentamente la mano que había extendido. La promesa de escapar juntos sonaba ahora hueca y ridícula. ¿Escapar a dónde? ¿Y dejar a esta niña, este demonio, atrás? Denji nunca lo haría. Su estúpido y enorme corazón no se lo permitiría.
Miró a Denji, que ahora intentaba razonar con Nayuta en susurros. Vio la fatiga en sus hombros, la resignación en su rostro. No era el chico despreocupado que había conocido. Era un padre, un guardián, un hombre encadenado a su pasado de la forma más cruel posible.
Su sueño de una segunda oportunidad, de una vida normal y feliz con él, se desmoronó. La realidad era mucho más complicada, mucho más dolorosa. El hormigón del mundo de Denji era demasiado grueso, demasiado duro para que sus frágiles flores de esperanza pudieran crecer.
Nayuta volvió a mirarla, y esta vez, en sus ojos amarillos, Reze vio un destello de triunfo. Un reconocimiento. La niña sabía exactamente quién era Reze y qué representaba: una amenaza para su control sobre Denji.
Denji se levantó, pasándose una mano por el pelo con frustración.
—Lo siento, Reze. Ella es... complicada.
—Es ella, ¿verdad? —preguntó Reze, su voz vacía de emoción.
Denji no necesitó preguntar a quién se refería. Simplemente asintió, su mirada sombría.
—Kishibe me pidió que la cuidara. Para que no se convierta en... otra Makima. Tengo que darle muchos abrazos y esas cosas.
La ironía era tan amarga que a Reze le costó respirar. El universo tenía un sentido del humor retorcido y cruel.
—Ya veo —dijo ella. El espacio entre ellos se había convertido en un abismo insalvable.
La oferta de escapar, el sueño de una vida juntos, todo se había evaporado. Su segunda oportunidad había durado apenas diez minutos. Miró a Denji, atrapado entre su pasado encarnado en ella y su presente encarnado en Nayuta. Y por primera vez, Reze comprendió que su amor por él podría requerir no aferrarse, sino dejarlo ir. Pero la parte egoísta de ella, la chica que solo quería ser feliz, se negaba a rendirse.
—Denji... —comenzó de nuevo, su voz temblando ligeramente—, aún podemos...
Pero se detuvo. La mirada de Nayuta, fija en ella, era una advertencia. Una promesa de dolor. Y la expresión de Denji, dividida y atormentada, era la respuesta final. Su sueño no era solo suyo. Y ahora, su sueño incluía a la niña con ojos de demonio.
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y púrpura. El momento dorado había pasado, dando paso a un crepúsculo incierto. Reze se quedó allí, en medio de la acera, un fantasma de un futuro que nunca sería, enfrentada a la imposible realidad del presente de Denji. Su oportunidad se había convertido en una elección imposible. Y ella no sabía qué hacer.
Se incorporó con la lentitud de un animal herido, evaluando su entorno. Una habitación de hospital, o algo parecido. Sencilla, funcional, desprovista de cualquier rasgo personal. Llevaba una bata de paciente, áspera y anónima. En una silla junto a la cama, su ropa estaba doblada pulcramente: la camisa, la falda, el delantal con textura de munición y, encima de todo, su gargantilla. El alfiler de la granada brillaba débilmente bajo la luz fluorescente. Un escalofrío la recorrió. Era ella misma otra vez. Pero, ¿quién era ella sin una misión, sin una orden que seguir?
La puerta se abrió con un chirrido suave. Un hombre mayor, con el rostro surcado por cicatrices y un parche en el ojo izquierdo, entró en la habitación. No se parecía a los agentes que conocía de Rusia. Llevaba un traje negro, pero su aura era la de un superviviente hastiado, no la de un burócrata.
—Has despertado —dijo el hombre, su voz grave como la piedra—. Soy Kishibe. Capitán de la Cuarta División Especial de Cazadores de Demonios de Seguridad Pública. O lo que queda de ella.
Reze no respondió. Se limitó a observarlo, sus músculos tensos, listos para detonar al menor indicio de amenaza.
—Tranquila —suspiró Kishibe, como si le hubiera leído la mente—. No vamos a hacerte daño. Eres… un cabo suelto. Uno de los muchos que dejó Makima.
El nombre la golpeó como una onda expansiva. Makima. La controladora. La dueña de su voluntad.
—¿Dónde está ella? —preguntó Reze, su propia voz sonando extraña en sus oídos, un instrumento que no había tocado por voluntad propia en mucho tiempo.
Kishibe esbozó algo parecido a una sonrisa, pero no había alegría en ella. Era una mueca de agotamiento y victoria pírrica.
—Muerta. Definitivamente muerta esta vez.
El aire pareció vibrar con la confirmación. Libre. La palabra floreció en su mente, un brote verde y frágil en un páramo de obediencia. Pero la libertad venía con una pregunta inevitable.
—¿Quién? —susurró Reze.
—¿A quién le importa? —replicó Kishibe, encogiéndose de hombros—. El mundo es un lugar un poco menos terrible. Eso es lo que cuenta. Pero tú y yo sabemos que no fue un comité quien lo hizo.
Él no necesitaba decirlo. En el vacío que había dejado Makima, una sola imagen persistía, brillante y caótica: el rugido de una motosierra, un chico con dientes afilados y un sueño estúpidamente simple. Denji. El chico que le había enseñado a nadar, que le había ofrecido una vida normal, que había intentado salvarla incluso después de que ella intentara matarlo. El chico al que había traicionado. El chico que, de alguna manera imposible, había logrado matar a lo imbatible.
Se deshizo de ella. De Makima. Y al hacerlo, la había liberado a ella también.
—¿Qué van a hacer conmigo? —preguntó Reze, su tono volviéndose más frío, más calculador. Era el tono de la espía, de la soldado.
—Buena pregunta —admitió Kishibe, metiendo las manos en los bolsillos—. Oficialmente, eres un arma enemiga. Un Demonio Bomba. Deberíamos desmantelarte o mantenerte encerrada hasta el fin de los tiempos. Pero, extraoficialmente, estamos hasta el cuello de problemas más grandes. Y el chico que te liberó… digamos que tiene debilidad por los casos perdidos.
Se detuvo, mirándola fijamente con su único ojo bueno.
—Te daremos una opción. Puedes quedarte aquí, bajo vigilancia. O puedes desaparecer. Si eliges lo segundo, estás sola. Conviértete en un fantasma. No causes problemas. Si te volvemos a ver en un radar, no seremos tan amables.
La oferta era una trampa y una bendición. Quedarse era ser una prisionera. Irse… ¿a dónde? No podía volver a la Unión Soviética. Su fracaso la convertía en una traidora, un activo defectuoso que sería eliminado sin contemplaciones. No tenía país, ni misión, ni hogar.
No. Eso no era del todo cierto.
Tenía un hogar. O al menos, la idea de uno. Un recuerdo de fuegos artificiales privados en un festival, el calor de una mano en la suya en un cine oscuro, la promesa susurrada en una noche lluviosa. *“Escapemos juntos”*.
—Entiendo —dijo Reze, y por primera vez desde que despertó, una emoción genuina coloreó su voz: determinación.
Kishibe asintió, como si esperara esa respuesta. Se dio la vuelta para marcharse.
—Tu ropa está ahí. La puerta no está cerrada con llave. Considera esto un acto de negligencia administrativa por mi parte —dijo por encima del hombro antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.
Sola de nuevo, Reze se movió con una rapidez renovada. Se vistió, cada prenda un recordatorio de quién era. La falda, las botas, la camisa que siempre parecía demasiado formal para el caos que podía desatar. Por último, tomó la gargantilla. El metal estaba frío contra su piel. Se la abrochó alrededor del cuello. El alfiler de la granada descansaba en la clavícula, un recordatorio constante de su naturaleza. Era una bomba. Pero quizás, solo quizás, no tenía por qué explotar.
Salió de la habitación y recorrió pasillos silenciosos y desiertos. El cuartel de Seguridad Pública se sentía como un mausoleo. El aire estaba impregnado de pena y reconstrucción. Nadie la detuvo. Era un fantasma, tal como Kishibe había sugerido.
Al salir al exterior, la luz del sol la cegó momentáneamente. El estruendo de Tokio la envolvió: el tráfico, las conversaciones de los transeúntes, la música que se escapaba de una tienda. Era abrumador, caótico y maravillosamente vivo. Era el mundo que Denji quería proteger, el mundo en el que él quería vivir una vida normal.
Y ahora, ella también podía.
El amor que había sentido por él… ¿había sido real? En medio de la manipulación y el engaño de su misión, hubo momentos de verdad. La forma en que su corazón se aceleraba cuando él sonreía, la punzada de celos cuando hablaba de Makima, el dolor genuino cuando lo dejó en aquel callejón. Su entrenamiento le decía que eran debilidades, emociones fabricadas para cumplir un objetivo. Pero su corazón, ahora libre de cualquier control externo, le decía lo contrario. Aquellos sentimientos eran suyos. Y seguían ahí, enterrados bajo capas de culpa y arrepentimiento, pero vivos.
No importa lo que haya pasado. Ese amor nunca se fue. Y ahora, podía hacerlo realidad. Podía ser feliz. Podía tener... otra oportunidad.
Pero primero, tenía que encontrarlo.
***
Los siguientes días fueron una lección de anonimato. Reze se movió por la ciudad como una sombra, utilizando las habilidades que le habían inculcado desde niña no para infiltrarse y destruir, sino para sobrevivir y observar. Dormía en albergues baratos pagados con el poco dinero que había robado de un bolsillo descuidado, o en los tejados de edificios altos, donde el ruido de la ciudad se convertía en un murmullo tranquilizador.
Sabía que Denji ya no vivía en el apartamento que compartía con Aki y Power. Ese lugar estaría marcado por la tragedia, un monumento al pasado que todos intentaban olvidar. Buscó en los registros de Seguridad Pública a los que pudo acceder hackeando una red wifi pública con un teléfono robado. La mayoría de los archivos estaban clasificados o borrados, pero encontró una pista: el nombre de Kishibe estaba asociado a una nueva dirección, un modesto apartamento en un barrio residencial tranquilo. Y junto a su nombre, dos dependientes: Denji y una niña llamada Nayuta.
La curiosidad la picó. ¿Una niña? ¿Quién era? ¿Había Denji… seguido adelante? La idea le provocó una extraña punzada en el pecho, algo parecido a los celos que había sentido antes. La desechó. No tenía derecho a sentir eso. No después de lo que hizo.
La verdadera revelación llegó cuando encontró un registro escolar. Denji estaba matriculado en el Cuarto Instituto del Este de Tokio.
Reze casi se rió en voz alta. Era tan absurdo, tan perfecto, tan *Denji*. Después de todo el infierno, después de convertirse en el héroe del infierno y matar al demonio más temido de la Tierra, su gran recompensa era ir al instituto. Era el sueño más mundano y hermoso que se pudiera imaginar.
Esa tarde, se apostó frente a la entrada del instituto. Se mezcló con la multitud, apoyada en una pared de ladrillo al otro lado de la calle, con el delantal guardado en una bolsa para no llamar la atención. El sol de la tarde bañaba la escena con una luz dorada y nostálgica. Vio a grupos de estudiantes salir riendo, hablando de exámenes, de clubes, de amores triviales. Era un mundo al que ella nunca había pertenecido.
Y entonces lo vio.
Era inconfundible. El pelo rubio y desaliñado, la forma en que caminaba con una mezcla de pereza y energía contenida. Llevaba el uniforme del instituto, pero a su manera: la camisa blanca ligeramente arrugada, la corbata aflojada, las manos en los bolsillos. Parecía más alto, o quizás era solo que sus hombros se veían más anchos, cargados con un peso que los otros estudiantes no podían ni imaginar.
Su corazón dio un vuelco doloroso. Era él. Estaba vivo. Estaba bien. Estaba viviendo su sueño.
Una parte de ella, la parte entrenada para ser un arma, le dijo que se fuera. Que lo dejara en paz. Su presencia solo traería problemas, recuerdos dolorosos, el caos inherente a su naturaleza. Él había encontrado una apariencia de paz. Ella no tenía derecho a perturbarla.
Pero otra parte, la chica que había aprendido a nadar en una piscina escolar por la noche, la que había sentido el sabor de la sangre y la dulzura de un beso al mismo tiempo, no podía moverse. Tenía que saber. Necesitaba ver su rostro, oír su voz. Necesitaba saber si en su mundo normal había un pequeño espacio para ella.
Esperó a que se alejara un poco del gentío, caminando por una calle lateral más tranquila. Cruzó la calle, sus botas apenas haciendo ruido sobre el asfalto. Su corazón martilleaba contra sus costillas, un ritmo frenético que amenazaba con convertirse en una detonación.
—¿Denji?
Su voz fue apenas un susurro, pero él se detuvo en seco. Se quedó de espaldas a ella por un instante que pareció una eternidad. Luego, lentamente, se giró.
Sus ojos se abrieron de par en par. La incredulidad luchó contra el reconocimiento en su rostro. Vio el destello de sus dientes afilados cuando su boca se entreabrió en un shock silencioso. Parecía que estaba viendo un fantasma. Y, en cierto modo, lo era.
—¿Reze? —su voz era ronca, cargada de una emoción que ella no pudo descifrar—. ¿Eres... eres tú? ¿De verdad?
Ella asintió, incapaz de hablar. Una pequeña y tímida sonrisa se dibujó en sus labios. Se sentía extrañamente vulnerable, expuesta bajo su mirada.
—Sí, Denji. Soy yo.
Él dio un paso hacia ella, luego otro, como si se acercara a un animal asustadizo. Se detuvo a un par de metros de distancia, estudiándola. Había ojeras bajo sus ojos, más profundas que las que ella recordaba. Parecía cansado, infinitamente cansado, pero también más centrado, más presente.
—Pero... ¿cómo? Yo te... Makima te...
—Makima está muerta —lo interrumpió Reze suavemente—. Y yo... ya no estoy bajo su control. Soy libre.
La palabra "libre" flotó entre ellos. Denji parpadeó, procesando la información. Una tormenta de emociones cruzó su rostro: confusión, alivio, y algo más, algo que parecía dolor.
—Creí que te había perdido —murmuró él, su mirada clavada en el suelo—. Creí que os había perdido a todos.
El plural la golpeó. "A todos". Aki. Power. Y ella. La había puesto en la misma categoría que su familia.
—Denji, yo... —comenzó a decir, la disculpa atascada en su garganta. ¿Cómo podía pedir perdón por intentar arrancarle el corazón?
—No —la cortó él, levantando la vista. Había una nueva dureza en sus ojos, una resignación que no estaba allí antes—. No lo digas. Ya no importa. Todo eso... fue por culpa de ella. Tú no eras tú.
Su perdón era tan simple, tan inmerecido, que a Reze le costó aceptarlo. Él siempre había sido así, capaz de ver la bondad incluso donde no la había.
—He pensado mucho en ti —confesó ella, dando un paso más cerca—. En nosotros. En la promesa que hicimos.
Denji se tensó. El recuerdo de esa noche lluviosa, de su oferta desesperada, era un puente frágil entre dos vidas completamente diferentes.
—¿Aún te acuerdas? —preguntó Reze en voz baja, su corazón latiendo con una esperanza frágil—. De nuestra promesa. De escapar juntos.
Él la miró, y por un instante, vio al chico que conoció en el festival. El chico ingenuo y lleno de anhelos. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios.
—Claro que me acuerdo —dijo—. Me acuerdo de todo. De la escuela, de las flores, de tu canción. Te esperé en la cafetería. Durante mucho tiempo.
Cada palabra era un clavo en el ataúd de su culpa. Él la había esperado. A pesar de todo, había ido, aferrándose a la esperanza de que ella fuera real.
—Lo siento —susurró Reze, y esta vez la disculpa salió, cruda y genuina—. Lo siento mucho, Denji. Fui una idiota. Estaba asustada. Pero ahora... ahora es diferente. Podemos hacerlo. Todavía podemos escapar. Lejos de Seguridad Pública, lejos de Rusia, lejos de todo. Solo tú y yo. Podemos tener una vida normal. La que tú querías.
Extendió una mano, su palma hacia arriba, una invitación. Era la misma oferta que él le había hecho a ella. Ahora los papeles se habían invertido.
Denji miró su mano, luego su rostro. Vio la sinceridad en sus ojos, el anhelo que reflejaba el suyo propio. Por un momento, la esperanza brilló en su rostro. La idea era tan tentadora. Dejarlo todo atrás. Olvidar al Demonio de la Motosierra, olvidar la sangre y la pérdida, y simplemente ser Denji con Reze.
Estaba a punto de decir algo, a punto de quizás, incluso, tomar su mano, cuando una pequeña voz tiró del bajo de su pantalón.
—Denji, tengo hambre. ¿Quién es esta señora?
Ambos bajaron la mirada. De pie junto a Denji, agarrada a su pierna, había una niña pequeña. No tendría más de siete u ocho años. Tenía el pelo oscuro y largo, y unos ojos inquietantes. Eran amarillos, con pupilas concéntricas que parecían absorber la luz. Y en su cabeza, apenas visibles entre los mechones de pelo, había dos pequeños cuernos rojos.
Reze se quedó helada. Conocía esos ojos. Los había visto en sus pesadillas. Eran los ojos de Makima.
El ambiente cambió en un instante. La burbuja de intimidad y nostalgia que los había envuelto se hizo añicos. Denji se agachó, su expresión suavizándose al instante al mirar a la niña. Era una ternura protectora, paternal.
—Tranquila, Nayuta —dijo él en voz baja—. Ya casi vamos a casa. Ella es... una vieja amiga. Se llama Reze.
La niña, Nayuta, levantó la vista hacia Reze. Su mirada no era la de una niña curiosa. Era fría, analítica, posesiva. Inclinó la cabeza, olfateando el aire sutilmente.
—Huele a perra —declaró Nayuta con una simplicidad brutal, su voz infantil desprovista de cualquier inocencia. Su mirada se clavó en Reze—. No me gusta.
El insulto, tan extrañamente familiar, fue como un puñetazo en el estómago para Reze. Pero fue la sensación que emanaba de la niña lo que realmente la aterrorizó. Era débil, inmaduro, pero inconfundible. El aura del Demonio del Control.
La pesadilla no había terminado. Solo había cambiado de forma.
Denji suspiró, claramente acostumbrado a este tipo de comportamiento.
—Nayuta, no digas eso. No es educado. Pide perdón.
—No —respondió la niña, desafiante, apretando más fuerte la pierna de Denji—. Es una mala mujer. Quiere llevarte lejos. Denji es mío.
La palabra "mío" resonó en el aire, cargada con el mismo poder posesivo que Makima había ejercido sobre él. Denji no estaba libre. Estaba atrapado en una nueva jaula, una construida con la responsabilidad y quizás incluso el afecto por la reencarnación de su peor enemiga. Estaba criando a su propia carcelera.
Reze bajó lentamente la mano que había extendido. La promesa de escapar juntos sonaba ahora hueca y ridícula. ¿Escapar a dónde? ¿Y dejar a esta niña, este demonio, atrás? Denji nunca lo haría. Su estúpido y enorme corazón no se lo permitiría.
Miró a Denji, que ahora intentaba razonar con Nayuta en susurros. Vio la fatiga en sus hombros, la resignación en su rostro. No era el chico despreocupado que había conocido. Era un padre, un guardián, un hombre encadenado a su pasado de la forma más cruel posible.
Su sueño de una segunda oportunidad, de una vida normal y feliz con él, se desmoronó. La realidad era mucho más complicada, mucho más dolorosa. El hormigón del mundo de Denji era demasiado grueso, demasiado duro para que sus frágiles flores de esperanza pudieran crecer.
Nayuta volvió a mirarla, y esta vez, en sus ojos amarillos, Reze vio un destello de triunfo. Un reconocimiento. La niña sabía exactamente quién era Reze y qué representaba: una amenaza para su control sobre Denji.
Denji se levantó, pasándose una mano por el pelo con frustración.
—Lo siento, Reze. Ella es... complicada.
—Es ella, ¿verdad? —preguntó Reze, su voz vacía de emoción.
Denji no necesitó preguntar a quién se refería. Simplemente asintió, su mirada sombría.
—Kishibe me pidió que la cuidara. Para que no se convierta en... otra Makima. Tengo que darle muchos abrazos y esas cosas.
La ironía era tan amarga que a Reze le costó respirar. El universo tenía un sentido del humor retorcido y cruel.
—Ya veo —dijo ella. El espacio entre ellos se había convertido en un abismo insalvable.
La oferta de escapar, el sueño de una vida juntos, todo se había evaporado. Su segunda oportunidad había durado apenas diez minutos. Miró a Denji, atrapado entre su pasado encarnado en ella y su presente encarnado en Nayuta. Y por primera vez, Reze comprendió que su amor por él podría requerir no aferrarse, sino dejarlo ir. Pero la parte egoísta de ella, la chica que solo quería ser feliz, se negaba a rendirse.
—Denji... —comenzó de nuevo, su voz temblando ligeramente—, aún podemos...
Pero se detuvo. La mirada de Nayuta, fija en ella, era una advertencia. Una promesa de dolor. Y la expresión de Denji, dividida y atormentada, era la respuesta final. Su sueño no era solo suyo. Y ahora, su sueño incluía a la niña con ojos de demonio.
El sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y púrpura. El momento dorado había pasado, dando paso a un crepúsculo incierto. Reze se quedó allí, en medio de la acera, un fantasma de un futuro que nunca sería, enfrentada a la imposible realidad del presente de Denji. Su oportunidad se había convertido en una elección imposible. Y ella no sabía qué hacer.
