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Island chaos

Fandom: Monster verse, Sonic the hedgehog (idw, Charlie,games)

Criado: 06/05/2026

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AçãoAventuraSobrevivênciaCrossoverIsekai / Fantasia PortalHumorUA (Universo Alternativo)Ficção Científica
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Entre Sombras y Titanes: El Rugido de lo Desconocido

La batalla final contra Infinite había sumido a la ciudad en un caos de neón rojo y cubos de realidad distorsionada. El cielo parecía romperse, pero justo cuando el fin parecía inminente, algo cambió. Infinite, herido y con su máscara agrietada, soltó un gruñido de pura frustración antes de impulsarse hacia la gigantesca nave nodriza de Eggman.

Shadow no dudó. Con un destello de energía dorada, se lanzó en su persecución, ignorando las explosiones a su alrededor. No iba a dejar que ese error de la naturaleza escapara de nuevo. Sin embargo, al irrumpir en uno de los hangares secundarios de la nave, no encontró solo al chacal.

—¿Tú? —Shadow se detuvo en seco, sus ojos rubíes fijos en la figura que revisaba unas cajas de suministros con un bumerán en la mano.

Sticks la Tejón dio un salto, poniéndose en guardia con una mirada paranoica.

—¡Ah! ¡Un impostor de sombras enviado por el gobierno subterráneo! —gritó ella, antes de entrecerrar los ojos—. Oh, espera. Eres el tipo serio que siempre parece que necesita una siesta.

—Sticks —gruñó Shadow, relajando ligeramente su postura—. ¿Qué haces en la nave de Eggman? Esto es una zona de guerra.

—Vine a terminar con el tipo de la máscara brillante —respondió ella con una seriedad inusual, guardando su bumerán—. Si lo dejas vivo, el caos seguirá creciendo como moho en un sándwich olvidado. Es una anomalía, Shadow. Y las anomalías deben ser eliminadas antes de que nos controlen la mente con ondas de radio.

Shadow asintió lentamente, sorprendido por la lógica, aunque retorcida, de la tejón.

—Tienes razón. No podemos permitir que recupere fuerzas.

Avanzaron por el pasillo metálico hasta que llegaron a la cámara central del hangar. Allí estaba Infinite, pero no estaba solo. Frente a él, levitaban las siete Chaos Emeralds, brillando con una intensidad que Shadow nunca había sentido antes. Eran las auténticas, no las réplicas de energía que el Rubí Fantasma solía proyectar.

Junto a Infinite, una figura envuelta en una luz cegadora manipulaba la realidad misma. No era Eggman. Era algo... diferente.

—¡Detente! —rugió Shadow, cargando energía en sus palmas.

Infinite giró la cabeza, mostrando un ojo lleno de odio.

—Demasiado tarde, erizo. Si no puedo gobernar este mundo, veré qué queda de ustedes en el siguiente.

La luz estalló. No fue una explosión de fuego, sino un vacío blanco que succionó el sonido, el aire y la gravedad. Shadow sintió que sus moléculas se estiraban hasta el límite antes de perder el conocimiento.

Cuando Shadow abrió los ojos, lo primero que registró fue el olor. No era el metal quemado o el ozono de la ciudad, sino tierra húmeda, vegetación antigua y el rancio aroma de la depredación. Se puso de pie de un salto, sintiendo la arena bajo sus botas.

—¿Sticks? —llamó, mirando a su alrededor.

—¡Aquí abajo, y sigo pensando que esto es un complot de los alienígenas! —Sticks salió de entre unos helechos gigantes, sacudiéndose el polvo de su falda.

Shadow cerró los ojos, intentando concentrarse. Buscó el pulso de las Chaos Emeralds, esa vibración familiar que siempre podía rastrear. Pero no había nada.

—Están desconectadas —murmuró frunciendo el ceño—. Es como si algo las ocultara, o como si este lugar estuviera fuera del alcance de su frecuencia natural.

—Shadow... —la voz de Sticks sonó inusualmente pequeña—. No creo que las esmeraldas sean nuestro mayor problema ahora. Mira.

Shadow siguió la dirección de su dedo. A unos cientos de metros, emergiendo de entre la densa selva que bordeaba la playa, una montaña de pelo y músculo se alzaba hacia el cielo. No era un robot, ni una creación genética de Eggman. Era un simio de proporciones titánicas, con cicatrices que contaban historias de mil batallas.

El titán, Kong, bajó la mirada hacia los dos pequeños intrusos. Sus fosas nasales se dilataron y un rugido que hizo temblar el suelo y los huesos de Shadow escapó de su garganta, desplazando las nubes bajas con la fuerza del aire.

—¿Un espécimen gigante? —Shadow dio un paso al frente, sus manos brillando con energía—. No importa el tamaño. Se interpone en mi camino.

—¡Espera, Shadow! ¡Ese tipo parece el rey de este basurero! —advirtió Sticks, retrocediendo.

Shadow no escuchó. Se impulsó con sus Air Shoes, dejando un rastro de fuego en la arena, y saltó hacia la cara del titán.

—¡Chaos Spear! —gritó, lanzando múltiples lanzas de energía amarilla directamente hacia los ojos del gigante.

Las explosiones impactaron en el rostro de Kong, obligándolo a retroceder un paso y a cubrirse con un brazo del tamaño de un edificio. El titán soltó un gruñido de dolor y furia, lanzando un manotazo devastador hacia el aire. Shadow esquivó el golpe, pero la onda expansiva lo desorientó por un segundo. El poder de ese ser no era mágico, era fuerza bruta pura, algo que desafiaba la escala de lo que el erizo solía enfrentar.

Al ver que el titán se preparaba para aplastar el suelo donde Sticks estaba paralizada, Shadow descendió a toda velocidad, la tomó por la cintura y utilizó un estallido de velocidad para desaparecer entre la maleza justo antes de que el puño de Kong creara un cráter en la playa.

Corrieron durante minutos, adentrándose en el corazón de la selva mientras los rugidos de Kong seguían resonando a sus espaldas, marcando su territorio. Finalmente, Shadow se detuvo en un afloramiento rocoso, jadeando levemente.

—Esa cosa... es persistente —dijo Shadow, limpiándose el sudor.

—Y tú eres un imprudente —respondió Sticks, ya recuperada de su asombro—. No puedes ir por ahí lanzando chispas a todo lo que sea más grande que una casa. Aquí las reglas son diferentes.

Shadow se giró para observar el entorno, tratando de trazar un plan de reconocimiento, pero se quedó mudo al ver lo que Sticks había hecho en apenas unos instantes de "descanso". Utilizando ramas, lianas y algunas piedras afiladas, la tejón había improvisado un refugio rudimentario pero extrañamente sólido contra la pared de la roca.

—¿Cómo has hecho eso tan rápido? —preguntó Shadow, genuinamente sorprendido.

—Supervivencia básica, Shadow. El gobierno no te enseña eso en sus laboratorios espaciales —dijo ella, señalando una segunda estructura pequeña y algo más precaria a unos metros de distancia—. Ese es el tuyo. Ni se te ocurra entrar en el mío. No pienso dormir contigo, aún no es temporada de apareamiento y, aunque lograste lastimar a ese gigante peludo, no creas que es suficiente para impresionarme.

Shadow parpadeó, procesando el comentario con una mezcla de irritación y desconcierto.

—Ni en un millón de años, Sticks —respondió secamente—. Solo necesito un lugar para vigilar.

El erizo se sentó en la entrada de su refugio improvisado, ignorando las divagaciones de Sticks sobre cómo las bayas de la isla probablemente contenían sueros de la verdad. Las semanas pasaron con una lentitud desesperante. Shadow intentaba cada día localizar las esmeraldas o alguna señal de Infinite, pero la isla parecía devorar cualquier rastro de tecnología o energía externa.

Se alimentaban de lo que Sticks cazaba o recolectaba, y Shadow aprendió, a regañadientes, a respetar el instinto de la tejón. Ella conocía los peligros de la selva antes de que estos aparecieran. Habían visto otras cosas: hormigas gigantes, criaturas con alas de cuero y algo que Sticks llamaba "lagartos calavera" que merodeaban en las sombras. Pero Kong siempre estaba allí, una presencia constante y dominante en el horizonte.

Una mañana, mientras Shadow afilaba una estaca de madera (más por instinto que por necesidad), un sonido extraño rompió la monotonía de la selva. No era el rugido de una bestia, ni el viento entre los árboles.

Era el rítmico y metálico batir de aspas.

Shadow se puso de pie de inmediato, sus orejas moviéndose hacia la fuente del ruido. Sticks salió de su choza con el bumerán en alto.

—¿Oyes eso? —preguntó ella—. ¡Son ellos! ¡Los hombres de negro han venido por mis secretos!

—No —dijo Shadow, entrecerrando los ojos hacia el cielo nublado—. Son helicópteros. Pero no son de Eggman, ni de G.U.N.

Sobre el dosel de la selva, una flota de helicópteros militares apareció, volando en formación. Llevaban cargas pesadas colgando de cables y volaban con una confianza que Shadow sabía que perderían pronto en este lugar.

—Están entrando en el territorio del gigante —observó Shadow, viendo cómo las aeronaves se dirigían hacia el centro de la isla.

—¡Van a causar un desastre! —gritó Sticks—. ¡Ese ruido va a despertar hasta a los ancestros de las piedras!

Shadow observó cómo los helicópteros comenzaban a soltar cargas que explotaban al tocar el suelo, enviando columnas de fuego y humo hacia el cielo. El suelo comenzó a vibrar. No era un terremoto. Era Kong.

—Si esos humanos creen que tienen el control, están a punto de recibir una lección muy dolorosa —dijo Shadow, comenzando a correr hacia la zona de impacto—. Vamos, Sticks. Si hay humanos, hay una forma de salir de esta isla. Pero tenemos que llegar a ellos antes de que el titán los convierta en chatarra.

—¡O antes de que nos culpen a nosotros de la lluvia de fuego! —exclamó Sticks, siguiéndolo con una agilidad asombrosa.

Mientras se acercaban, el rugido de Kong volvió a escucharse, pero esta vez no era una advertencia. Era una declaración de guerra. Shadow vio el primer helicóptero ser derribado por una palmera lanzada con la precisión de un proyectil.

El mundo de los hombres acababa de chocar con el mundo de los monstruos, y Shadow, el ser supremo, se encontraba atrapado en medio, sin sus esmeraldas y con una tejón paranoica como única aliada.

—Prepárate —le dijo Shadow a Sticks mientras saltaban sobre un tronco caído—. Esto se va a poner feo.

—¡Feo es mi segundo nombre! —respondió ella con una sonrisa salvaje—. ¡Bueno, en realidad es "Peligro", pero entiendo el punto!

Shadow no pudo evitar una pequeña mueca que casi parecía una sonrisa. A pesar de todo, la adrenalina estaba volviendo. La Isla de la Calavera aún no sabía qué clase de guerreros habían aterrizado en sus costas, pero estaban a punto de averiguarlo.
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