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Y
Fandom: Harry Potter
Criado: 07/05/2026
Tags
UA (Universo Alternativo)SombrioPsicológicoFantasiaDistopiaEstuproViolência GráficaEstudo de PersonagemDivergência
El Despertar del Monarca de Sangre
La Mansión Riddle se alzaba entre las sombras de Little Hangleton como un monumento al miedo. Esa noche, el aire todavía vibraba con la estática de los maleficios lanzados y el olor metálico de la sangre fresca. Los mortífagos habían regresado de una incursión en el Ministerio, una carnicería coreografiada con una precisión quirúrgica que solo su Señor podía inspirar. Mientras la mayoría de los caballeros de la orden oscura se retiraban a lamerse las heridas o a celebrar su crueldad en las mazmorras, el silencio comenzó a reclamar los pasillos de piedra.
Lord Voldemort caminaba con una elegancia depredadora. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre las alfombras desgastadas. Su mente, usualmente un torbellino de odio y fragmentos de almas rotas, se sentía extrañamente lúcida. La victoria de esa noche no le había dado la euforia habitual, sino una claridad gélida.
Al entrar en uno de los salones secundarios, cerca de la chimenea que apenas agonizaba en brasas rojas, se detuvo.
Rabastan Lestrange estaba allí. Se había desplomado en un sillón de orejas, vencido por el agotamiento. Su túnica estaba rasgada en el hombro y una mancha de hollín ensuciaba su mandíbula, pero su rostro estaba sumido en un sueño profundo.
Voldemort se acercó, sus ojos rojos brillando en la penumbra. Rabastan siempre había sido el más silencioso de los hermanos, menos impulsivo que Rodolphus y menos fanático que Bellatrix, pero poseía una lealtad inquebrantable que no necesitaba gritos para demostrarse.
El Señor Oscuro observó la rítmica elevación del pecho del joven mago. Había una paz en ese rostro que Voldemort no había conocido en décadas. Una paz que, de repente, le pareció el tesoro más codiciado del mundo mágico.
—Paz… —susurró Voldemort, y su propia voz, siseante y fría, le produjo un repentino rechazo.
Extendió una mano pálida, de dedos largos y uñas afiladas, deteniéndola a milímetros de la mejilla de Rabastan. En ese momento, algo dentro de la psique fracturada de Tom Riddle hizo clic. La locura, ese caos que lo empujaba a la destrucción sin sentido, retrocedió como una marea baja. El deseo de ser un monstruo deforme fue reemplazado por una ambición mucho más antigua y peligrosa: la perfección.
Cerró los ojos y concentró su inmenso poder hacia adentro. No fue un proceso de curación, sino de reconstrucción. Sus seguidores no estaban preparados para lo que verían al amanecer. La piel escamosa se tensó y recuperó un tono pálido pero vital; la nariz regresó a su puente aristocrático; el cabello oscuro, denso como la noche, brotó de nuevo. Cuando abrió los ojos, ya no eran rendijas escarlatas, sino orbes de un azul tan oscuro que bordeaba el negro, conservando apenas un anillo carmesí alrededor de la pupila como recordatorio de su divinidad.
Ahora era el Lord Voldemort que el mundo nunca debió dejar de temer: un hombre de una belleza letal, un dios caído con la cordura recuperada y el corazón endurecido por el hierro.
Y su primer acto de voluntad en este nuevo estado fue decidir que Rabastan Lestrange no volvería a pertenecer a nadie más, ni siquiera a sí mismo.
—Despierta, mi pequeño cuervo —murmuró, su voz ahora rica, profunda y magnética.
Rabastan se agitó. Sus párpados temblaron y, al abrir los ojos, se encontró con una visión que lo paralizó. No reconoció al hombre frente a él de inmediato, pero la magia que emanaba de él era inconfundible. Era una presión sofocante, una autoridad que le obligaba a doblar las rodillas antes de que su cerebro pudiera procesar quién era.
—¿Mi… mi Señor? —La voz de Rabastan era un hilo de asombro. Intentó levantarse, pero la mano de Voldemort descendió sobre su hombro, hundiéndolo de nuevo en el terciopelo del sillón.
—Te he observado dormir, Rabastan —dijo Voldemort, inclinándose hasta que sus rostros estuvieron a centímetros—. He visto la paz que posees. Y he decidido que la quiero para mí. A partir de hoy, el mundo temblará bajo un nuevo orden, y tú estarás a mi lado. No como un sirviente, sino como mi consorte. Mi propiedad absoluta.
El corazón de Rabastan martilleó contra sus costillas. El miedo que sentía antes por el monstruo no era nada comparado con el terror absoluto que le inspiraba este hombre perfecto y gélido.
—Señor… yo no soy digno… mi hermano… la familia… —balbuceó, sintiendo que el aire se le escapaba.
—Tu familia me pertenece. Tu sangre me pertenece —replicó Voldemort con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Y tú, Rabastan, serás el sello de mi nueva soberanía.
Sin previo aviso, Voldemort lo tomó del cuello de la túnica y lo puso en pie con una fuerza sobrehumana. Rabastan no pudo luchar; la magia de su Señor lo rodeaba como cadenas invisibles, entumeciendo sus extremidades. Fue conducido, casi arrastrado, hacia los aposentos privados del Lord, un lugar donde ningún mortífago había osado entrar jamás.
Una vez dentro, Voldemort selló la puerta con un movimiento de su mano. La habitación estaba sumida en una luz tenue y ambarina. El Señor Oscuro se despojó de su capa con una parsimonia aterradora, revelando un cuerpo fuerte, esculpido y dominante.
—Mi Señor, por favor… —suplicó Rabastan, retrocediendo hasta que sus piernas chocaron con el borde de la inmensa cama de dosel negro.
—No me pidas clemencia cuando lo que voy a darte es la eternidad —dijo Voldemort.
Se abalanzó sobre él con la velocidad de una serpiente. Rabastan cayó de espaldas sobre las sábanas de seda y, antes de que pudiera reaccionar, el peso de Voldemort lo inmovilizó. Las manos del Señor Oscuro, ahora cálidas pero firmes como el acero, comenzaron a despojarlo de sus ropas con una urgencia controlada.
—No… no quiero… —susurró Rabastan, y las primeras lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, perdiéndose en sus sienes.
Voldemort se detuvo un momento para observar el llanto del joven. No sintió lástima, sino una satisfacción embriagadora. Ver la voluntad de un Lestrange romperse bajo su tacto era más dulce que cualquier maldición imperius.
—Tus lágrimas son hermosas, Rabastan —comentó, pasando la lengua por la mejilla del joven para recoger una gota salada—. Pero son inútiles. He reclamado tu alma ante el altar de mi propia ambición. Ahora reclamaré tu cuerpo.
Las manos de Voldemort recorrieron el torso de Rabastan, deteniéndose en cada cicatriz, en cada marca de batalla, reclamándolas como suyas. Rabastan sentía una impotencia desgarradora. Quería luchar, quería alcanzar su varita, pero su cuerpo no le obedecía; estaba atrapado entre el terror más puro y una respuesta fisiológica traicionera ante la abrumadora presencia masculina del hombre que lo sometía.
—Mírame —ordenó Voldemort, agarrando el mentón de Rabastan con fuerza.
Rabastan obedeció, encontrándose con esos ojos oscuros donde el rojo bailaba como brasas en el fondo de un pozo.
—Vas a ser el primero en saber lo que significa ser amado por un dios —sentenció el Lord.
Voldemort se posicionó, separando las piernas de Rabastan con una rodilla. No hubo gentileza, no hubo cortejo. Era una conquista. Cuando se fundió en el interior del joven mago, Rabastan soltó un grito ahogado que fue silenciado por los labios de Voldemort.
El beso sabía a hierro y a posesión. Rabastan apretó los puños contra las sábanas, sintiendo cómo su identidad se desvanecía ante la fuerza bruta y mágica de su Señor. Las manos de Voldemort lo mantenían clavado contra el colchón, asegurándose de que sintiera cada centímetro de esa unión forzada, de ese reclamo absoluto.
—Eres mío —gruñó Voldemort contra su oído, mientras se movía con una cadencia implacable—. Del Ministerio al rincón más oscuro de tu mente, Rabastan. Mío.
El joven solo podía llorar en silencio mientras el placer y el dolor se entrelazaban en una espiral confusa. Sentía la magia de Voldemort fluyendo dentro de él, marcando su núcleo mágico, encadenándolo para siempre al hombre que ahora gobernaría el mundo con una cordura mucho más aterradora que su locura previa.
A la mañana siguiente, el mundo mágico despertó bajo una sombra diferente. Los ataques ya no eran aleatorios ni caóticos. Los mensajes que llegaban al Profeta hablaban de un Lord Voldemort que se presentaba como el legítimo monarca de la sangre pura, un hombre de una elocuencia devastadora y una belleza que seducía tanto como aterraba.
En la mansión, los mortífagos esperaban en el gran salón. Cuando las puertas se abrieron, no apareció el ser serpentino que conocían. Apareció un soberano imponente, vestido con sedas negras y plata. Y a su lado, caminando un paso por detrás, estaba Rabastan Lestrange.
Rabastan tenía la mirada perdida y el cuello cubierto por un cuello alto que ocultaba las marcas de la noche anterior, pero todos pudieron ver el collar de oro sólido con el sello personal de Riddle que rodeaba su garganta.
—A partir de hoy —anunció Voldemort, su voz resonando en cada rincón de la estancia—, las reglas han cambiado. No busco la destrucción, busco el dominio. Y quien ose tocar lo que me pertenece, conocerá un destino peor que la muerte.
Rodolphus Lestrange miró a su hermano, buscando alguna señal de reconocimiento, pero Rabastan no levantó la vista. Solo se mantuvo allí, como una estatua de mármol, un trofeo vivo que testificaba el nuevo y terrible orden del mundo.
Voldemort sintió la mirada de su consorte en su nuca y sonrió para sí mismo. La cordura le había devuelto el gusto por las cosas finas, y Rabastan era, sin duda, la joya más preciada de su corona de sombras. El mundo temblaba, y él, por fin, se sentía completo.
Lord Voldemort caminaba con una elegancia depredadora. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre las alfombras desgastadas. Su mente, usualmente un torbellino de odio y fragmentos de almas rotas, se sentía extrañamente lúcida. La victoria de esa noche no le había dado la euforia habitual, sino una claridad gélida.
Al entrar en uno de los salones secundarios, cerca de la chimenea que apenas agonizaba en brasas rojas, se detuvo.
Rabastan Lestrange estaba allí. Se había desplomado en un sillón de orejas, vencido por el agotamiento. Su túnica estaba rasgada en el hombro y una mancha de hollín ensuciaba su mandíbula, pero su rostro estaba sumido en un sueño profundo.
Voldemort se acercó, sus ojos rojos brillando en la penumbra. Rabastan siempre había sido el más silencioso de los hermanos, menos impulsivo que Rodolphus y menos fanático que Bellatrix, pero poseía una lealtad inquebrantable que no necesitaba gritos para demostrarse.
El Señor Oscuro observó la rítmica elevación del pecho del joven mago. Había una paz en ese rostro que Voldemort no había conocido en décadas. Una paz que, de repente, le pareció el tesoro más codiciado del mundo mágico.
—Paz… —susurró Voldemort, y su propia voz, siseante y fría, le produjo un repentino rechazo.
Extendió una mano pálida, de dedos largos y uñas afiladas, deteniéndola a milímetros de la mejilla de Rabastan. En ese momento, algo dentro de la psique fracturada de Tom Riddle hizo clic. La locura, ese caos que lo empujaba a la destrucción sin sentido, retrocedió como una marea baja. El deseo de ser un monstruo deforme fue reemplazado por una ambición mucho más antigua y peligrosa: la perfección.
Cerró los ojos y concentró su inmenso poder hacia adentro. No fue un proceso de curación, sino de reconstrucción. Sus seguidores no estaban preparados para lo que verían al amanecer. La piel escamosa se tensó y recuperó un tono pálido pero vital; la nariz regresó a su puente aristocrático; el cabello oscuro, denso como la noche, brotó de nuevo. Cuando abrió los ojos, ya no eran rendijas escarlatas, sino orbes de un azul tan oscuro que bordeaba el negro, conservando apenas un anillo carmesí alrededor de la pupila como recordatorio de su divinidad.
Ahora era el Lord Voldemort que el mundo nunca debió dejar de temer: un hombre de una belleza letal, un dios caído con la cordura recuperada y el corazón endurecido por el hierro.
Y su primer acto de voluntad en este nuevo estado fue decidir que Rabastan Lestrange no volvería a pertenecer a nadie más, ni siquiera a sí mismo.
—Despierta, mi pequeño cuervo —murmuró, su voz ahora rica, profunda y magnética.
Rabastan se agitó. Sus párpados temblaron y, al abrir los ojos, se encontró con una visión que lo paralizó. No reconoció al hombre frente a él de inmediato, pero la magia que emanaba de él era inconfundible. Era una presión sofocante, una autoridad que le obligaba a doblar las rodillas antes de que su cerebro pudiera procesar quién era.
—¿Mi… mi Señor? —La voz de Rabastan era un hilo de asombro. Intentó levantarse, pero la mano de Voldemort descendió sobre su hombro, hundiéndolo de nuevo en el terciopelo del sillón.
—Te he observado dormir, Rabastan —dijo Voldemort, inclinándose hasta que sus rostros estuvieron a centímetros—. He visto la paz que posees. Y he decidido que la quiero para mí. A partir de hoy, el mundo temblará bajo un nuevo orden, y tú estarás a mi lado. No como un sirviente, sino como mi consorte. Mi propiedad absoluta.
El corazón de Rabastan martilleó contra sus costillas. El miedo que sentía antes por el monstruo no era nada comparado con el terror absoluto que le inspiraba este hombre perfecto y gélido.
—Señor… yo no soy digno… mi hermano… la familia… —balbuceó, sintiendo que el aire se le escapaba.
—Tu familia me pertenece. Tu sangre me pertenece —replicó Voldemort con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Y tú, Rabastan, serás el sello de mi nueva soberanía.
Sin previo aviso, Voldemort lo tomó del cuello de la túnica y lo puso en pie con una fuerza sobrehumana. Rabastan no pudo luchar; la magia de su Señor lo rodeaba como cadenas invisibles, entumeciendo sus extremidades. Fue conducido, casi arrastrado, hacia los aposentos privados del Lord, un lugar donde ningún mortífago había osado entrar jamás.
Una vez dentro, Voldemort selló la puerta con un movimiento de su mano. La habitación estaba sumida en una luz tenue y ambarina. El Señor Oscuro se despojó de su capa con una parsimonia aterradora, revelando un cuerpo fuerte, esculpido y dominante.
—Mi Señor, por favor… —suplicó Rabastan, retrocediendo hasta que sus piernas chocaron con el borde de la inmensa cama de dosel negro.
—No me pidas clemencia cuando lo que voy a darte es la eternidad —dijo Voldemort.
Se abalanzó sobre él con la velocidad de una serpiente. Rabastan cayó de espaldas sobre las sábanas de seda y, antes de que pudiera reaccionar, el peso de Voldemort lo inmovilizó. Las manos del Señor Oscuro, ahora cálidas pero firmes como el acero, comenzaron a despojarlo de sus ropas con una urgencia controlada.
—No… no quiero… —susurró Rabastan, y las primeras lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, perdiéndose en sus sienes.
Voldemort se detuvo un momento para observar el llanto del joven. No sintió lástima, sino una satisfacción embriagadora. Ver la voluntad de un Lestrange romperse bajo su tacto era más dulce que cualquier maldición imperius.
—Tus lágrimas son hermosas, Rabastan —comentó, pasando la lengua por la mejilla del joven para recoger una gota salada—. Pero son inútiles. He reclamado tu alma ante el altar de mi propia ambición. Ahora reclamaré tu cuerpo.
Las manos de Voldemort recorrieron el torso de Rabastan, deteniéndose en cada cicatriz, en cada marca de batalla, reclamándolas como suyas. Rabastan sentía una impotencia desgarradora. Quería luchar, quería alcanzar su varita, pero su cuerpo no le obedecía; estaba atrapado entre el terror más puro y una respuesta fisiológica traicionera ante la abrumadora presencia masculina del hombre que lo sometía.
—Mírame —ordenó Voldemort, agarrando el mentón de Rabastan con fuerza.
Rabastan obedeció, encontrándose con esos ojos oscuros donde el rojo bailaba como brasas en el fondo de un pozo.
—Vas a ser el primero en saber lo que significa ser amado por un dios —sentenció el Lord.
Voldemort se posicionó, separando las piernas de Rabastan con una rodilla. No hubo gentileza, no hubo cortejo. Era una conquista. Cuando se fundió en el interior del joven mago, Rabastan soltó un grito ahogado que fue silenciado por los labios de Voldemort.
El beso sabía a hierro y a posesión. Rabastan apretó los puños contra las sábanas, sintiendo cómo su identidad se desvanecía ante la fuerza bruta y mágica de su Señor. Las manos de Voldemort lo mantenían clavado contra el colchón, asegurándose de que sintiera cada centímetro de esa unión forzada, de ese reclamo absoluto.
—Eres mío —gruñó Voldemort contra su oído, mientras se movía con una cadencia implacable—. Del Ministerio al rincón más oscuro de tu mente, Rabastan. Mío.
El joven solo podía llorar en silencio mientras el placer y el dolor se entrelazaban en una espiral confusa. Sentía la magia de Voldemort fluyendo dentro de él, marcando su núcleo mágico, encadenándolo para siempre al hombre que ahora gobernaría el mundo con una cordura mucho más aterradora que su locura previa.
A la mañana siguiente, el mundo mágico despertó bajo una sombra diferente. Los ataques ya no eran aleatorios ni caóticos. Los mensajes que llegaban al Profeta hablaban de un Lord Voldemort que se presentaba como el legítimo monarca de la sangre pura, un hombre de una elocuencia devastadora y una belleza que seducía tanto como aterraba.
En la mansión, los mortífagos esperaban en el gran salón. Cuando las puertas se abrieron, no apareció el ser serpentino que conocían. Apareció un soberano imponente, vestido con sedas negras y plata. Y a su lado, caminando un paso por detrás, estaba Rabastan Lestrange.
Rabastan tenía la mirada perdida y el cuello cubierto por un cuello alto que ocultaba las marcas de la noche anterior, pero todos pudieron ver el collar de oro sólido con el sello personal de Riddle que rodeaba su garganta.
—A partir de hoy —anunció Voldemort, su voz resonando en cada rincón de la estancia—, las reglas han cambiado. No busco la destrucción, busco el dominio. Y quien ose tocar lo que me pertenece, conocerá un destino peor que la muerte.
Rodolphus Lestrange miró a su hermano, buscando alguna señal de reconocimiento, pero Rabastan no levantó la vista. Solo se mantuvo allí, como una estatua de mármol, un trofeo vivo que testificaba el nuevo y terrible orden del mundo.
Voldemort sintió la mirada de su consorte en su nuca y sonrió para sí mismo. La cordura le había devuelto el gusto por las cosas finas, y Rabastan era, sin duda, la joya más preciada de su corona de sombras. El mundo temblaba, y él, por fin, se sentía completo.
