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Hora de aventura
Fandom: Hora de aventura
Criado: 07/05/2026
Tags
FantasiaAventuraHumorCrack / Humor ParódicoHorror CorporalCenário CanônicoAçãoConserto
El Banquete de la Ansiedad Infinita
El Reino de la Dulce Princesa siempre se había caracterizado por su orden, su simetría y su dulce aroma a fresas y azúcar glass. Sin embargo, esa mañana, el aire pesaba más de lo normal. Un aroma denso, como el de mil pasteles horneándose al mismo tiempo, saturaba los pasillos del Castillo de Dulce. Pero no era un aroma de celebración, sino uno de compulsión.
Bonnibel Bubblegum, la soberana del reino, se encontraba sentada frente a una mesa circular en su laboratorio privado. No estaba analizando compuestos químicos ni revisando el presupuesto de los Guardianes de Chicle. Estaba comiendo. Sus manos, usualmente precisas y delicadas, sostenían una pierna de jamón glaseado con una urgencia casi violenta. A su lado, una montaña de envoltorios de caramelos y platos vacíos crecía como un monumento a la gula.
Sus mejillas, antes finas y rosadas, se veían notablemente más redondeadas. Su vestido científico parecía luchar por contener una figura que se expandía hora tras hora. Pero ella no era la única.
—¿Me pasas... el sirope de arce? —preguntó una voz ronca desde el otro lado de la mesa.
Marceline, la Reina de los Vampiros, no estaba succionando el color rojo de los objetos. Estaba devorando una pila de panqueques bañados en una sustancia carmesí que parecía una mezcla entre sangre y mermelada espesa. Su figura esbelta y eterna había cedido ante una redondez inusual; sus brazos se veían mullidos y su rostro, usualmente pálido y afilado, lucía una papada incipiente que ella intentaba ignorar mientras seguía masticando.
—Aquí tienes —respondió la Princesa Flama, entregándole el frasco con una mano que temblaba.
Phoebe, la soberana del Reino del Fuego, era quizás la que más sufría. Su núcleo ardiente parecía estar procesando carbón dulce a una velocidad alarmante. Su vestido de llamas se ensanchaba para acomodar unas caderas que nunca antes habían sido tan prominentes. Cada vez que daba un bocado a un trozo de lava solidificada con azúcar, una pequeña explosión de vapor salía de sus costados.
—Esto no es normal —logró decir Bonnibel, tras tragar un bocado de pastel de zanahoria entero—. He analizado mi metabolismo. He revisado los niveles de glucosa en el aire. No hay ninguna razón lógica para que tengamos este hambre... este vacío.
—Yo no puedo parar —admitió Marceline, limpiándose la comisura de los labios con un gesto perezoso—. Siento que si dejo de comer, me voy a desvanecer. Pero no de hambre de sangre, es... es como si mi estómago fuera un agujero negro. Bonnie, mírame, apenas puedo flotar diez centímetros sobre el suelo.
—Es un ataque —sentenció la Princesa Flama, cuya voz sonaba más grave debido al esfuerzo de su cuerpo por mantenerse estable—. Alguien nos está haciendo esto. Todas las princesas de Ooo están ganando peso. Vi a la Princesa Desayuno esta mañana y... bueno, digamos que ahora parece un banquete completo para cincuenta personas.
Bonnibel dejó caer el cubierto de plata sobre el plato de porcelana, produciendo un sonido metálico que resonó en la sala silenciosa. Se puso de pie con dificultad, sintiendo el peso inusual de su propio cuerpo. Sus movimientos eran lentos, pesados, carentes de la agilidad científica que la caracterizaba.
—Las llamé aquí porque somos las tres más poderosas —dijo la Dulce Princesa, tratando de recuperar su tono de autoridad—. Si esto nos está pasando a nosotras, el resto de Ooo caerá en cuestión de días. Es una maldición de consumo.
—¿Crees que sea el Rey Helado? —preguntó Marceline, estirando la mano para tomar un trozo de pizza fría que quedaba en una caja cercana.
—No —respondió Bonnie con firmeza—. Simon no tiene la capacidad de orquestar algo tan sutil y generalizado. Esto se siente como magia antigua, algo que se alimenta de la esencia misma de lo que significa ser una "princesa" en este mundo.
En ese momento, la puerta del laboratorio se abrió con un estruendo. Mentita entró corriendo, o al menos lo intentó, ya que el pequeño mayordomo también lucía notablemente más ancho de lo habitual, pareciendo más una galleta doble crema que un disco de menta delgado.
—¡Princesa! —exclamó Mentita, recuperando el aliento—. Los informes del exterior son alarmantes. La Princesa Espacio Bultos ha... bueno, ella dice que "por fin tiene las curvas que merece", pero el Reino Helado se está derritiendo por el calor metabólico de las princesas que están allí. ¡Ooo se está desequilibrando!
—¡Basta! —gritó la Princesa Flama, y una llamarada naranja brotó de su cabeza, aunque fue más corta y densa de lo habitual—. No podemos quedarnos aquí sentadas engordando hasta que no podamos movernos. ¡Bonnie, haz algo!
La Dulce Princesa caminó hacia un gran monitor en la pared. Sus dedos, ahora más gruesos, presionaron las teclas con cuidado. En la pantalla apareció un mapa de Ooo con puntos de calor que indicaban los niveles de energía mágica.
—Miren esto —señaló Bonnie—. Hay una fluctuación en el centro de las Tierras Baldías. Es una señal de hambre psíquica. Alguien ha abierto un portal a la Dimensión del Hambre Eterna y lo ha sintonizado con la frecuencia de las coronas reales.
—¿Quieres decir que estamos comiendo por poder? —preguntó Marceline, soltando un suspiro que terminó en un pequeño hipo.
—Exacto —confirmó la científica—. Cuanto más comemos, más energía mágica generamos a través de la digestión, y esa energía está siendo succionada hacia ese punto central. Nos están usando como baterías orgánicas de azúcar y grasa.
—Pues yo voy a ir allí y voy a incinerar a quien sea que esté haciendo esto —dijo Phoebe, intentando levantarse, pero su silla de metal crujió bajo su nuevo peso. Se sonrojó, un brillo escarlata intenso recorriendo su piel de fuego—. Necesito... ayuda para levantarme.
Marceline se acercó y, con un esfuerzo que le hizo tensar los músculos de los hombros, ayudó a la Princesa Flama a ponerse en pie. La vampira se miró en un espejo cercano y soltó una risa amarga.
—Mira nada más, Bonnie. Las heroínas de Ooo parecen ahora el elenco de una cena de Acción de Gracias. Si Finn nos viera ahora, no sabría si pedirnos un autógrafo o un postre.
—No hay tiempo para bromas, Marcy —dijo la Dulce Princesa, mientras se ponía una bata de laboratorio más grande que había sacado de un armario de emergencias—. Tenemos que llegar a las Tierras Baldías. Mentita, prepara el Cisne de Mañana, pero refuerza los asientos.
—Inmediatamente, mi señora —respondió el mayordomo, retirándose con un paso pesado.
El viaje fue incómodo. El Cisne de Mañana, una nave elegante y aerodinámica, volaba a baja altura debido al exceso de peso en la cabina. Las tres princesas se mantenían en silencio, luchando contra el impulso constante de morder cualquier cosa que pareciera comestible. Bonnibel apretaba los puños, Marceline se mordía el labio inferior y Phoebe intentaba meditar para enfriar su ansiedad.
Al llegar a las Tierras Baldías, el paisaje era desolador. En el centro de un cráter, una figura encapuchada sostenía un báculo que terminaba en una boca abierta de piedra. La boca succionaba hilos de luz rosada, roja y naranja que venían del horizonte.
—¡Es el Mago del Desperdicio! —exclamó Bonnie, reconociendo al oscuro personaje de las leyendas de la Ciudad de los Magos.
El Mago se giró, revelando un rostro demacrado y ojos hundidos. Al ver a las tres princesas descender de la nave, soltó una carcajada estridente.
—¡Mírenlas! —gritó el Mago—. ¡Las grandes soberanas, tan llenas de vida, tan llenas de... todo! Gracias por su contribución. Su apetito alimentará mi ascenso. ¡Ooo será un desierto y yo seré el único que no sentirá hambre nunca más!
—¡Ya basta de hablar! —rugió la Princesa Flama.
Phoebe intentó lanzar una bola de fuego, pero lo que salió de sus manos fue una llamarada lenta y densa, casi como lava espesa. El Mago la esquivó con facilidad, burlándose de su falta de agilidad.
—¿Qué pasa, princesita? ¿El peso te impide ser rápida? —se mofó el villano.
Marceline se transformó en un murciélago gigante, pero su forma transformada era igualmente masiva. Sus alas batían el aire con dificultad, produciendo un sonido sordo. Intentó abalanzarse sobre el Mago, pero su trayectoria fue torpe y terminó chocando contra una roca, provocando un pequeño temblor.
—¡Marcy! —gritó Bonnie.
La Dulce Princesa sacó un arma de su cinturón, un desintegrador molecular, pero antes de que pudiera disparar, un calambre estomacal la hizo doblarse de dolor. El hambre era insoportable. Era un vacío que le gritaba en el cerebro que dejara de luchar y buscara sustento.
—No pueden ganar —dijo el Mago, acercándose con el báculo en alto—. Cuanto más luchen, más energía gastan, y más hambre les dará. Es un ciclo perfecto.
Bonnibel, arrodillada en el suelo, miró a sus amigas. Marceline intentaba levantarse, jadeando, su rostro mostrando una redondez que la hacía ver extrañamente vulnerable. Phoebe estaba sentada, su fuego brillando con un tono mortecino, luchando contra las lágrimas de frustración.
—Marcy... Phoebe... —susurró Bonnie—. No luchen contra el hambre. Úsenla.
—¿De qué hablas? —preguntó Marceline, transformándose de nuevo en su forma humanoide, aunque permaneciendo sentada en el suelo—. Me muero de ganas de comer un camión de pasteles, Bonnie. No puedo pensar.
—El báculo —dijo Bonnie, sus ojos brillando con una chispa de genialidad científica—. El báculo es el punto de entrada. Si no podemos detener el flujo de energía hacia él, tenemos que sobrecargarlo. Tenemos que enviarle TODA nuestra hambre de golpe.
—¿Cómo hacemos eso? —preguntó la Princesa Flama.
—Conéctense conmigo —ordenó la Dulce Princesa—. Marceline, muerde mi brazo, pero no para succionar sangre, sino para crear un vínculo psíquico. Phoebe, toma mi mano. Vamos a concentrarnos en ese vacío que sentimos. No lo repriman. Déjenlo salir.
Las tres se unieron en un círculo extraño y pesado en medio del cráter. El Mago del Desperdicio se detuvo, confundido por la falta de resistencia.
—¿Qué están haciendo? ¿Un último banquete mental? —se rió él, levantando su báculo.
En ese momento, Bonnibel cerró los ojos y visualizó el hambre. No como una debilidad, sino como una fuerza bruta. Sintió la pesadez de su cuerpo, la redondez de sus formas, y en lugar de rechazarlo, lo aceptó. Marceline y Phoebe hicieron lo mismo. El vínculo se activó.
Un torrente de energía oscura y voraz salió disparado de las tres princesas. No era luz, era una sombra hambrienta que rugía como un animal salvaje. La energía no fluyó suavemente hacia el báculo; lo golpeó como un tsunami.
—¿Qué...? ¡Es demasiado! —gritó el Mago, intentando soltar el arma, pero sus manos estaban pegadas a la piedra por la succión—. ¡Deténganse! ¡Me van a consumir!
—Querías nuestro apetito —dijo Marceline con una voz que resonó con el eco de mil demonios—, pues quédate con todo.
El báculo comenzó a agrietarse. La boca de piedra se dilató hasta límites imposibles, emitiendo un sonido de cristal rompiéndose. Con una explosión final de energía pura, el artefacto estalló en mil pedazos, lanzando una onda de choque que recorrió todas las Tierras Baldías.
El Mago salió despedido por los aires, desapareciendo en el horizonte como una estrella fugaz de mala suerte.
El silencio volvió al cráter. Las tres princesas quedaron tendidas en el suelo, respirando con dificultad. Gradualmente, sintieron cómo la presión en sus estómagos desaparecía. El hambre compulsiva se esfumó, dejando tras de sí solo un cansancio profundo.
Bonnibel se incorporó lentamente. Se miró las manos. Seguían siendo un poco más gruesas de lo normal, pero la sensación de expansión constante se había detenido.
—¿Se acabó? —preguntó Phoebe, cuya llama volvía a ser de un color amarillo brillante y ágil.
—El portal está cerrado —confirmó Bonnie, ajustándose las gafas—. La energía regresará a sus fuentes originales. Nuestro metabolismo debería volver a la normalidad en unos días... con un poco de ejercicio y una dieta balanceada.
Marceline se tumbó de espaldas, mirando el cielo de Ooo.
—Bueno —dijo la vampira con una sonrisa perezosa—, aunque haya sido una maldición, tengo que admitir que ese pastel de zanahoria estaba increíble.
—Marcy, no empieces —advirtió Bonnie, aunque no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Hablo en serio —insistió Marceline, dándose una palmadita en su ahora suave abdomen—. Quizás no me importe quedarme con un poco de estas curvas por un tiempo. Me hace ver más... imponente.
—Yo solo quiero volver a mi trono y no sentir que me voy a derretir sobre él —suspiró la Princesa Flama, levantándose con mucha más facilidad que antes—. Pero Bonnie tiene razón. Hicimos un buen equipo.
Las tres caminaron de regreso al Cisne de Mañana. El camino era largo y sus cuerpos aún pesaban más de lo habitual, pero ya no había urgencia, solo la camaradería de quienes habían sobrevivido a la prueba más extraña que Ooo les había lanzado.
—Por cierto —dijo Bonnie mientras subía a la nave—, mañana a primera hora, todas a la clase de aeróbicos reales. Sin excepciones.
Marceline y Phoebe compartieron una mirada de horror.
—¿Sabes qué? —dijo Marceline—. Creo que prefiero otra maldición.
Las risas de las tres princesas resonaron en el valle, mientras el sol de Ooo comenzaba a ponerse, iluminando un reino que, por una vez, estaba satisfecho y en paz.
Bonnibel Bubblegum, la soberana del reino, se encontraba sentada frente a una mesa circular en su laboratorio privado. No estaba analizando compuestos químicos ni revisando el presupuesto de los Guardianes de Chicle. Estaba comiendo. Sus manos, usualmente precisas y delicadas, sostenían una pierna de jamón glaseado con una urgencia casi violenta. A su lado, una montaña de envoltorios de caramelos y platos vacíos crecía como un monumento a la gula.
Sus mejillas, antes finas y rosadas, se veían notablemente más redondeadas. Su vestido científico parecía luchar por contener una figura que se expandía hora tras hora. Pero ella no era la única.
—¿Me pasas... el sirope de arce? —preguntó una voz ronca desde el otro lado de la mesa.
Marceline, la Reina de los Vampiros, no estaba succionando el color rojo de los objetos. Estaba devorando una pila de panqueques bañados en una sustancia carmesí que parecía una mezcla entre sangre y mermelada espesa. Su figura esbelta y eterna había cedido ante una redondez inusual; sus brazos se veían mullidos y su rostro, usualmente pálido y afilado, lucía una papada incipiente que ella intentaba ignorar mientras seguía masticando.
—Aquí tienes —respondió la Princesa Flama, entregándole el frasco con una mano que temblaba.
Phoebe, la soberana del Reino del Fuego, era quizás la que más sufría. Su núcleo ardiente parecía estar procesando carbón dulce a una velocidad alarmante. Su vestido de llamas se ensanchaba para acomodar unas caderas que nunca antes habían sido tan prominentes. Cada vez que daba un bocado a un trozo de lava solidificada con azúcar, una pequeña explosión de vapor salía de sus costados.
—Esto no es normal —logró decir Bonnibel, tras tragar un bocado de pastel de zanahoria entero—. He analizado mi metabolismo. He revisado los niveles de glucosa en el aire. No hay ninguna razón lógica para que tengamos este hambre... este vacío.
—Yo no puedo parar —admitió Marceline, limpiándose la comisura de los labios con un gesto perezoso—. Siento que si dejo de comer, me voy a desvanecer. Pero no de hambre de sangre, es... es como si mi estómago fuera un agujero negro. Bonnie, mírame, apenas puedo flotar diez centímetros sobre el suelo.
—Es un ataque —sentenció la Princesa Flama, cuya voz sonaba más grave debido al esfuerzo de su cuerpo por mantenerse estable—. Alguien nos está haciendo esto. Todas las princesas de Ooo están ganando peso. Vi a la Princesa Desayuno esta mañana y... bueno, digamos que ahora parece un banquete completo para cincuenta personas.
Bonnibel dejó caer el cubierto de plata sobre el plato de porcelana, produciendo un sonido metálico que resonó en la sala silenciosa. Se puso de pie con dificultad, sintiendo el peso inusual de su propio cuerpo. Sus movimientos eran lentos, pesados, carentes de la agilidad científica que la caracterizaba.
—Las llamé aquí porque somos las tres más poderosas —dijo la Dulce Princesa, tratando de recuperar su tono de autoridad—. Si esto nos está pasando a nosotras, el resto de Ooo caerá en cuestión de días. Es una maldición de consumo.
—¿Crees que sea el Rey Helado? —preguntó Marceline, estirando la mano para tomar un trozo de pizza fría que quedaba en una caja cercana.
—No —respondió Bonnie con firmeza—. Simon no tiene la capacidad de orquestar algo tan sutil y generalizado. Esto se siente como magia antigua, algo que se alimenta de la esencia misma de lo que significa ser una "princesa" en este mundo.
En ese momento, la puerta del laboratorio se abrió con un estruendo. Mentita entró corriendo, o al menos lo intentó, ya que el pequeño mayordomo también lucía notablemente más ancho de lo habitual, pareciendo más una galleta doble crema que un disco de menta delgado.
—¡Princesa! —exclamó Mentita, recuperando el aliento—. Los informes del exterior son alarmantes. La Princesa Espacio Bultos ha... bueno, ella dice que "por fin tiene las curvas que merece", pero el Reino Helado se está derritiendo por el calor metabólico de las princesas que están allí. ¡Ooo se está desequilibrando!
—¡Basta! —gritó la Princesa Flama, y una llamarada naranja brotó de su cabeza, aunque fue más corta y densa de lo habitual—. No podemos quedarnos aquí sentadas engordando hasta que no podamos movernos. ¡Bonnie, haz algo!
La Dulce Princesa caminó hacia un gran monitor en la pared. Sus dedos, ahora más gruesos, presionaron las teclas con cuidado. En la pantalla apareció un mapa de Ooo con puntos de calor que indicaban los niveles de energía mágica.
—Miren esto —señaló Bonnie—. Hay una fluctuación en el centro de las Tierras Baldías. Es una señal de hambre psíquica. Alguien ha abierto un portal a la Dimensión del Hambre Eterna y lo ha sintonizado con la frecuencia de las coronas reales.
—¿Quieres decir que estamos comiendo por poder? —preguntó Marceline, soltando un suspiro que terminó en un pequeño hipo.
—Exacto —confirmó la científica—. Cuanto más comemos, más energía mágica generamos a través de la digestión, y esa energía está siendo succionada hacia ese punto central. Nos están usando como baterías orgánicas de azúcar y grasa.
—Pues yo voy a ir allí y voy a incinerar a quien sea que esté haciendo esto —dijo Phoebe, intentando levantarse, pero su silla de metal crujió bajo su nuevo peso. Se sonrojó, un brillo escarlata intenso recorriendo su piel de fuego—. Necesito... ayuda para levantarme.
Marceline se acercó y, con un esfuerzo que le hizo tensar los músculos de los hombros, ayudó a la Princesa Flama a ponerse en pie. La vampira se miró en un espejo cercano y soltó una risa amarga.
—Mira nada más, Bonnie. Las heroínas de Ooo parecen ahora el elenco de una cena de Acción de Gracias. Si Finn nos viera ahora, no sabría si pedirnos un autógrafo o un postre.
—No hay tiempo para bromas, Marcy —dijo la Dulce Princesa, mientras se ponía una bata de laboratorio más grande que había sacado de un armario de emergencias—. Tenemos que llegar a las Tierras Baldías. Mentita, prepara el Cisne de Mañana, pero refuerza los asientos.
—Inmediatamente, mi señora —respondió el mayordomo, retirándose con un paso pesado.
El viaje fue incómodo. El Cisne de Mañana, una nave elegante y aerodinámica, volaba a baja altura debido al exceso de peso en la cabina. Las tres princesas se mantenían en silencio, luchando contra el impulso constante de morder cualquier cosa que pareciera comestible. Bonnibel apretaba los puños, Marceline se mordía el labio inferior y Phoebe intentaba meditar para enfriar su ansiedad.
Al llegar a las Tierras Baldías, el paisaje era desolador. En el centro de un cráter, una figura encapuchada sostenía un báculo que terminaba en una boca abierta de piedra. La boca succionaba hilos de luz rosada, roja y naranja que venían del horizonte.
—¡Es el Mago del Desperdicio! —exclamó Bonnie, reconociendo al oscuro personaje de las leyendas de la Ciudad de los Magos.
El Mago se giró, revelando un rostro demacrado y ojos hundidos. Al ver a las tres princesas descender de la nave, soltó una carcajada estridente.
—¡Mírenlas! —gritó el Mago—. ¡Las grandes soberanas, tan llenas de vida, tan llenas de... todo! Gracias por su contribución. Su apetito alimentará mi ascenso. ¡Ooo será un desierto y yo seré el único que no sentirá hambre nunca más!
—¡Ya basta de hablar! —rugió la Princesa Flama.
Phoebe intentó lanzar una bola de fuego, pero lo que salió de sus manos fue una llamarada lenta y densa, casi como lava espesa. El Mago la esquivó con facilidad, burlándose de su falta de agilidad.
—¿Qué pasa, princesita? ¿El peso te impide ser rápida? —se mofó el villano.
Marceline se transformó en un murciélago gigante, pero su forma transformada era igualmente masiva. Sus alas batían el aire con dificultad, produciendo un sonido sordo. Intentó abalanzarse sobre el Mago, pero su trayectoria fue torpe y terminó chocando contra una roca, provocando un pequeño temblor.
—¡Marcy! —gritó Bonnie.
La Dulce Princesa sacó un arma de su cinturón, un desintegrador molecular, pero antes de que pudiera disparar, un calambre estomacal la hizo doblarse de dolor. El hambre era insoportable. Era un vacío que le gritaba en el cerebro que dejara de luchar y buscara sustento.
—No pueden ganar —dijo el Mago, acercándose con el báculo en alto—. Cuanto más luchen, más energía gastan, y más hambre les dará. Es un ciclo perfecto.
Bonnibel, arrodillada en el suelo, miró a sus amigas. Marceline intentaba levantarse, jadeando, su rostro mostrando una redondez que la hacía ver extrañamente vulnerable. Phoebe estaba sentada, su fuego brillando con un tono mortecino, luchando contra las lágrimas de frustración.
—Marcy... Phoebe... —susurró Bonnie—. No luchen contra el hambre. Úsenla.
—¿De qué hablas? —preguntó Marceline, transformándose de nuevo en su forma humanoide, aunque permaneciendo sentada en el suelo—. Me muero de ganas de comer un camión de pasteles, Bonnie. No puedo pensar.
—El báculo —dijo Bonnie, sus ojos brillando con una chispa de genialidad científica—. El báculo es el punto de entrada. Si no podemos detener el flujo de energía hacia él, tenemos que sobrecargarlo. Tenemos que enviarle TODA nuestra hambre de golpe.
—¿Cómo hacemos eso? —preguntó la Princesa Flama.
—Conéctense conmigo —ordenó la Dulce Princesa—. Marceline, muerde mi brazo, pero no para succionar sangre, sino para crear un vínculo psíquico. Phoebe, toma mi mano. Vamos a concentrarnos en ese vacío que sentimos. No lo repriman. Déjenlo salir.
Las tres se unieron en un círculo extraño y pesado en medio del cráter. El Mago del Desperdicio se detuvo, confundido por la falta de resistencia.
—¿Qué están haciendo? ¿Un último banquete mental? —se rió él, levantando su báculo.
En ese momento, Bonnibel cerró los ojos y visualizó el hambre. No como una debilidad, sino como una fuerza bruta. Sintió la pesadez de su cuerpo, la redondez de sus formas, y en lugar de rechazarlo, lo aceptó. Marceline y Phoebe hicieron lo mismo. El vínculo se activó.
Un torrente de energía oscura y voraz salió disparado de las tres princesas. No era luz, era una sombra hambrienta que rugía como un animal salvaje. La energía no fluyó suavemente hacia el báculo; lo golpeó como un tsunami.
—¿Qué...? ¡Es demasiado! —gritó el Mago, intentando soltar el arma, pero sus manos estaban pegadas a la piedra por la succión—. ¡Deténganse! ¡Me van a consumir!
—Querías nuestro apetito —dijo Marceline con una voz que resonó con el eco de mil demonios—, pues quédate con todo.
El báculo comenzó a agrietarse. La boca de piedra se dilató hasta límites imposibles, emitiendo un sonido de cristal rompiéndose. Con una explosión final de energía pura, el artefacto estalló en mil pedazos, lanzando una onda de choque que recorrió todas las Tierras Baldías.
El Mago salió despedido por los aires, desapareciendo en el horizonte como una estrella fugaz de mala suerte.
El silencio volvió al cráter. Las tres princesas quedaron tendidas en el suelo, respirando con dificultad. Gradualmente, sintieron cómo la presión en sus estómagos desaparecía. El hambre compulsiva se esfumó, dejando tras de sí solo un cansancio profundo.
Bonnibel se incorporó lentamente. Se miró las manos. Seguían siendo un poco más gruesas de lo normal, pero la sensación de expansión constante se había detenido.
—¿Se acabó? —preguntó Phoebe, cuya llama volvía a ser de un color amarillo brillante y ágil.
—El portal está cerrado —confirmó Bonnie, ajustándose las gafas—. La energía regresará a sus fuentes originales. Nuestro metabolismo debería volver a la normalidad en unos días... con un poco de ejercicio y una dieta balanceada.
Marceline se tumbó de espaldas, mirando el cielo de Ooo.
—Bueno —dijo la vampira con una sonrisa perezosa—, aunque haya sido una maldición, tengo que admitir que ese pastel de zanahoria estaba increíble.
—Marcy, no empieces —advirtió Bonnie, aunque no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Hablo en serio —insistió Marceline, dándose una palmadita en su ahora suave abdomen—. Quizás no me importe quedarme con un poco de estas curvas por un tiempo. Me hace ver más... imponente.
—Yo solo quiero volver a mi trono y no sentir que me voy a derretir sobre él —suspiró la Princesa Flama, levantándose con mucha más facilidad que antes—. Pero Bonnie tiene razón. Hicimos un buen equipo.
Las tres caminaron de regreso al Cisne de Mañana. El camino era largo y sus cuerpos aún pesaban más de lo habitual, pero ya no había urgencia, solo la camaradería de quienes habían sobrevivido a la prueba más extraña que Ooo les había lanzado.
—Por cierto —dijo Bonnie mientras subía a la nave—, mañana a primera hora, todas a la clase de aeróbicos reales. Sin excepciones.
Marceline y Phoebe compartieron una mirada de horror.
—¿Sabes qué? —dijo Marceline—. Creo que prefiero otra maldición.
Las risas de las tres princesas resonaron en el valle, mientras el sol de Ooo comenzaba a ponerse, iluminando un reino que, por una vez, estaba satisfecho y en paz.
