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Fandom: Harry Potter

Criado: 08/05/2026

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La Jaula de Seda y Sangre

El aire gélido de la noche británica no fue suficiente para despejar la niebla que nublaba la mente de Rabastan Lestrange. Sus pasos eran erráticos, una danza torpe sobre el pavimento mojado mientras el mundo a su alrededor giraba en una espiral de colores distorsionados y un calor abrasador que nacía desde lo más profundo de sus entrañas.

En el bar, alguien —un enemigo, un rival envidioso, o quizás simplemente un sádico— había deslizado algo en su Firewhisky. No era un veneno común. Era un afrodisíaco de naturaleza oscura, una pócima diseñada para doblegar la voluntad y encender los instintos más bajos hasta que el cuerpo suplicara por un contacto que la razón rechazaba.

Con un esfuerzo sobrehumano, Rabastan concentró su magia. El pensamiento de su hogar era demasiado lejano, pero la Mansión Riddle, el cuartel general que creía vacío debido al viaje de su Señor a las regiones montañosas de Albania, apareció en su mente como un refugio seguro. Con un chasquido sordo que resonó como un disparo, se apareció en el gran vestíbulo de la mansión.

Cayó de rodillas sobre el frío mármol, jadeando. El silencio de la casa debería haber sido absoluto, pero sus sentidos, agudizados por la droga, detectaron una presencia. Una presencia que emanaba un poder tan vasto y gélido que hizo que el vello de su nuca se erizara.

—¿Rabastan?

La voz era de seda y acero, una melodía peligrosa que cortó la oscuridad. Lord Voldemort no estaba en Albania. Estaba allí, de pie frente a la chimenea apagada, envuelto en túnicas de un negro tan profundo que parecían absorber la escasa luz de la luna.

No era el ser serpentino que muchos imaginaban en sus pesadillas, sino la versión perfeccionada de Tom Riddle que el Lord mantenía cuando deseaba ejercer su magnetismo más letal: apuesto, de facciones aristocráticas y ojos de un rojo carmesí que brillaban con una inteligencia depredadora.

—Mi... mi Lord —logró articular Rabastan, colapsando sobre la alfombra. Su piel ardía, su camisa le quemaba y el sudor empapaba su frente.

Voldemort se acercó con la elegancia de una pantera. Se inclinó sobre el joven Lestrange, observando las pupilas dilatadas y el temblor errático de sus manos. Su mano, de dedos largos y pálidos, se cerró alrededor de la mandíbula de Rabastan, obligándolo a mirarlo.

—Estás bajo los efectos de una sustancia interesante —murmuró Voldemort, y una sonrisa cruel, casi imperceptible, curvó sus labios—. Un regalo inesperado para mi regreso.

—Perdóneme... yo... no sabía que estaba aquí —gimió Rabastan, cerrando los ojos mientras el contacto de la piel fría de su Señor enviaba descargas eléctricas a través de su sistema nervioso.

—No te disculpes, pequeño soldado —susurró el Señor Tenebroso en su oído, su aliento gélido contrastando con el calor febril del joven—. Yo te ayudaré con esta carga. Consideralo una recompensa por tu lealtad.

Lo que siguió fue una noche de sombras y seda. En la habitación principal de la mansión, bajo las sábanas de seda negra, Rabastan se perdió en un torbellino de sensaciones donde el dolor y el placer se fundían bajo el dominio absoluto de Voldemort. El Lord fue metódico, cruel y posesivo, reclamando cada rincón de la voluntad del joven mientras la droga dictaba las respuestas de su cuerpo.

A la mañana siguiente, la realidad golpeó a Rabastan con la fuerza de un mazo.

Se despertó inmóvil, sintiendo el peso de la seda negra contra su piel magullada. Cada músculo de su cuerpo protestaba con un dolor sordo y persistente. Al girar la cabeza con lentitud, el corazón se le detuvo.

A su lado, descansando con una serenidad aterradora, estaba Lord Voldemort. Su torso pálido y musculoso estaba parcialmente descubierto, y las marcas de la noche anterior eran evidentes en ambos. Ver al mago más tenebroso de todos los tiempos en tal estado de intimidad no le trajo consuelo, sino un pánico ciego y visceral.

«He profanado a mi Dios. Me matará. O peor aún, me convertirá en esto para siempre», pensó Rabastan, con la respiración entrecortada.

Preso de un terror irracional, se deslizó fuera de la cama con movimientos torpes. Recogió sus ropas del suelo, vistiéndose con manos temblorosas, y sin mirar atrás, se apareció fuera de la mansión. Fue el peor error de su vida.

***

Tres días después, Rabastan se ocultaba en una de las propiedades menores de los Lestrange en el norte de Escocia. No había comido, apenas había dormido, esperando en cualquier momento el rayo de luz verde que terminara con su agonía.

Sin embargo, el final no llegó con un *Avada Kedavra*.

Llegó con un cambio en la presión atmosférica del salón y el olor a ozono y magia antigua. Lord Voldemort apareció en el centro de la habitación, su expresión no era de furia explosiva, sino de una calma glacial que era infinitamente más aterradora.

—¿Realmente pensaste que podías huir de mí, Rabastan? —preguntó Voldemort, dando un paso al frente.

Rabastan retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de piedra.

—Mi Lord... yo... estaba confundido... no quería faltarle al respeto...

—Me abandonaste —cortó Voldemort, su voz bajando a un susurro peligroso—. Desperté y mi cama estaba fría. Nadie desprecia el favor del Señor Tenebroso y vive para contarlo sin pagar un precio.

Antes de que Rabastan pudiera alcanzar su varita, Voldemort ya estaba sobre él. Con un movimiento fluido, el Lord lo inmovilizó contra la pared, su mano apretando su cuello no para asfixiarlo, sino para someterlo.

—Regresarás conmigo —sentenció—. No como un simple soldado que se esconde en las sombras, sino como algo más. Mi consorte. Mi propiedad personal.

—¡No! —exclamó Rabastan, luchando débilmente—. Soy su servidor, mi Lord. Déjeme luchar por usted, déjeme morir por su causa, pero no me pida esto... no soy un juguete...

Voldemort soltó una risa seca y carente de humor.

—No tienes elección, pequeño pájaro. Nunca la tuviste desde el momento en que entraste en mi casa aquella noche.

Con un movimiento de su mano, el entorno cambió. Ya no estaban en Escocia, sino de vuelta en la opulencia oscura de la Mansión Riddle. Voldemort arrojó a Rabastan sobre el diván de terciopelo y comenzó a despojarlo de sus defensas, tanto físicas como mágicas.

Esta vez no hubo drogas que nublaran el juicio de Rabastan. Todo era nítido. Voldemort se tomó su tiempo, preparando el cuerpo del joven con una lentitud tortuosa. Sus manos acariciaban cada centímetro de la piel de Rabastan, ignorando sus protestas y sus intentos de resistencia.

—Mírame —ordenó Voldemort, obligándolo a encontrar sus ojos rojos—. Eres mío. Tu sangre, tu magia, tu aliento... todo me pertenece.

Rabastan jadeó cuando sintió la invasión, el dolor inicial transformándose en una plenitud abrumadora mientras Voldemort se fundía con él, uniendo sus cuerpos en un acto de dominio absoluto. El Lord se movía con una cadencia poderosa, marcando el ritmo de la rendición de su subordinado.

—Por favor... —suplicó Rabastan, aunque ya no sabía qué estaba pidiendo.

—Shhh —susurró Voldemort, inclinándose para besar la marca que sus propios dientes habían dejado en el hombro del joven—. Serás el consorte más poderoso que este mundo haya visto. Te daré todo lo que desees, excepto tu libertad.

—Yo solo quería ser su soldado... —susurró Rabastan con las últimas fuerzas que le quedaban, mientras las lágrimas de frustración y placer involuntario corrían por sus mejillas.

Voldemort se detuvo un momento, observándolo con una mezcla de posesividad y una extraña forma de afecto oscuro. Acarició la mejilla de Rabastan con el dorso de su mano.

—Seguirás siendo mi soldado, Rabastan. Pero lucharás mis batallas desde mi trono, y dormirás en mi cama cada noche. Aprenderás a amar tus cadenas, porque están hechas de la seda más fina y la sangre más pura.

Rabastan cerró los ojos, sintiendo cómo su voluntad se desmoronaba ante el poder abrumador del hombre que lo reclamaba. En el silencio de la mansión, comprendió la amarga verdad: en el juego de Lord Voldemort, no había espacio para la negativa. Había sido capturado por el depredador más inteligente y sanguinario, y su destino ya no le pertenecía.

Voldemort volvió a moverse, enterrándose más profundamente en él, sellando el contrato de una eternidad de servidumbre y deseo. Rabastan Lestrange, el fiero soldado de los Mortífagos, se perdió definitivamente en el abrazo del monstruo que ahora llamaba suyo.
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